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Full text of "La frontera de Cristal Carlos Fuentes"

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LA FRONTERA DE 
CRISTAL 



CARLOS FUENTES 



(Una Novela En Nueve Cuentos) 



En Lafronteradecristal, Carlos Fuentes es el mismo narrador de sus mejores libros: agresi- 
vo, vital, poderoso. Encuentra todos los angulos posibles en una historia, con una variante in- 
sospechada: la comicidad, que ahora Neva al lector a la carcajada franca con algunas de sus pa- 
ginas mas memorables, no por agiles menos penetrantes y agudas. Como contraste a este 
humor mordaz, Fuentes aborda la problematica brutal de la inmigracion, los abusos que en su 
nombre se cometen contra quienes han de salir de su pais para ganarse mejor el sustento. En 
esta novela (a traves de nueve cuentos) Fuentes reproduce la separacion que se ha dado entre 
Mexico y Estados Unidos a lo largo de 200 ahos, y la examina con el cristal de la discriminacion, 
el racismo, la violencia, la sexualidad, la fascinacion mutua, el rencor y el sufrimiento, pero tam- 
bien la fuerza de la vida mexicana, que parece sobrevivir a todas las agresiones de la injusticia, 
la corrupcion y el mal gobierno en Mexico, donde se originan los dramas de los personajes de 
La frontera de cristal, unidos entre si por las servidumbres y grandezas de una familia: los Ba- 
rroso. 



Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 



INDICE 



LACAPITALINA 



LA PENA 



EL DESPOJO 



LA RAYA DEL OLVIDO 



MALINTZIN DE LAS MAQUILAS 



LAS AMIGAS 



LA FRONTERA DE CRISTAL 



LA APUESTA 



RIO GRANDE, RIO BRAVO 



Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 



LA CAPITAL IN A 



A Hector Aguilar Camfn 
"No hay absolutamente nada de interes para el visitante en Campazas." La categorica afirma- 
cion de la Guide Bleu arranco una pequena sonrisa a Michelina Laborde, quebrando fugazmente 
la sim etna perfecta de su belleza facial — su "mascarita mexicana", le dijo un admirador trances — , 
esos huesos perfectos de las beldades de Mexico a las que el tiempo parece no afectar. Rostros 
perfectos para la muerte, anadio el galan, y eso ya no le gusto a Michelina. 

Era una mujer joven de gustos sofisticados porque asi la educaron, asi la heredaron y asi la re- 
finaron. Pertenecia a una "vieja familia", pero cien ahos antes, su educacion no habriasido dema- 
siado diferente. "Ha cambiado el mundo, rosotros no", decia siempre su abuela quien seguia 
siendo la columna vertebral de la casa. Solo que antes habia mas poder detras de las buenas 
maneras. Habia haciendas, tribunales de excepcion y bendiciones de la Iglesia. Tambien habia 
crinolinas. Era mas facil disimular los defectos fisicos que la moda moderna revelaba. Unos blue 
jeans acentuan las nalgas gruesas o las piernas flacas. "Nuestras mujeres tienen la condicion del 
tordo", le oyo todavia decir a su abuelo (qepd): "Pata flaca, culo gordo." 

Se imaginaba con crinolina y se sentia mas libre que con pantalon vaquero. jQue bonito saber- 
se imaginada, escondida, cruzando las piernas sin que nadie lo notase, atreviendose, incluso, a 
no usar nada debajo de la crinolina, recibir el aire fresco y libre en esas nalgas tan mentadas, en 
los intersticios mismos del pudor, sabiendo que los hombres tenian que imaginarla! Odiaba la mo- 
da top — less en las playas; era enemiga personal del bikini y solo a regahadientes se ponia la mi- 
nifalda. 

Se ruborizo pensando todo esto cuando la azafata del Gruman se acerco a susurrarle el proxi- 
mo arribo del avion particular al aeropuerto de Campazas. Ella trato de distinguir una ciudad en 
medio del desierto, las montahas calvas y el polvo inquieto. No vio nada. Su mirada le fue secues- 
trada por un espejismo: el no lejano y mas alia las cupulas de oro, las torres de vidrio, los cruces 
de las carreteras como grandes alamares de piedra... Pero eso era del otro lado de la frontera de 
cristal. Aca abajo, la guia de turismo tenia razon: no habia nada. 

La recibio don Leonardo, su padrino. El la habia invitado despues de conocerla en la capital, 
hacia apenas seis meses. 

— Date una vuelta por mi tierra. Te va a gustar, ahijada. Te mando mi avion privado. 

A ella, para que es mas que la verdad, le gusto su padrino. Era un hombre de cincuenta ahos 
de edad, veinticinco mas que ella, robusto, patilludo, medio calvo, pero con un perfil perfecto, cla- 
sico, como de emperador romano, y la sonrisa y la mirada necesarias para acompaharlo. Sobre 
todo tenia los ojos de ensohacion que le decian: te he estado esperando mucho tiempo. 

Michelina hubiese rechazado la perfeccion pura; no habia conocido hombre guaperrimo que no 
la decepcionase. Se sentian mas bonitos que ella. La hermosura les daba aires de tirania insopor- 
tables. El padrino don Leonardo tenia ese perfil perfecto pero lo desmentian los cachetes, la cal- 
va, la edad misma... La sonrisa, en cambio, decia, no me tomes muy en serio, soy cachondo y va- 
cilador; pero la mirada, otra vez, era de un apasionamiento irresistible, me enamoro en serio, le 
decia, se pedirlo todo porque tambien se darlo todo, ^que me dices? 

— cQue me dices Michelina? 

— Ay padrino, que nos conocimos cuando yo naci, ^como me dice que hace solo seis me...? 

La interrumpio: — Es la tercera vez que te conozco ahijada. Cada vez me parece la primera. 
^Cuantas mefaltan? 

3 



Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 



— Ojala que muchas — dijo ella sin pensar que se iba a sonrojar, aunque nadie se lo iba a notar 
porque acababa de pasar diez dias en Zihuatanejo y nadie podia distinguir si se ponia colorada o 
nada mas estaba quemadita por el sol. Pero era una mujer que llenaba el espacio, dondequiera 
que estuviera. Coincidia con sus lugares, los hacia mas bellos. Un coro de chiflidos machos la re- 
cibia en los lugares publicos, tambien en el pequeno aeropuerto de Campazas. Pero cuando los 
galancetes vieron con quien venia, se impuso un respetuoso silencio. 

Don Leonardo Barroso era un hombre poderoso aqui en el norte, pero tambien en la capital. El 
padre de Michelina Laborde la ofrecio como ahijada del entonces Ministro por los motivos mas ob- 
vios. Proteccion, ambicion, una minuscula parcela de poder. 

— jEl poder! 

Era risible. El propio padrino se los explicaba cuando estuvo en la capital hace seis meses. La 
salud de Mexico ha consistido en que renueva sus elites periodicamente. Por las buenas o por las 
malas. Cuando las aristocracias nativas se eternizan, las sacamos a patadas. La inteligencia so- 
cial y politica del pais consiste, mas bien, en saber retirarse a tiempo y dejar abiertas las puertas a 
la renovacion constante. Politicamente, la no reeleccion es nuestra gran valvula de escape. Aqui 
no puede haber Somozas ni Trujillos. Nadie es indispensable. Seis ahitos y a su casa. ^Robo mu- 
cho? Mejor. Es el pago social por saber retirarse y no volver a decir ni mu. Imaginense que Stalin 
hubiera durado nomas seis ahos y entregado pacificamente el poder a Trotsky, este a Kamenev, y 
este a Bujarin, etcetera. Hoy si que la URSS seria la primera potencia del mundo. En Mexico, ni el 
rey de Espaha les concedio titulos seguros a los criollos, ni la republica autorizo aristocracias... 

— Pero siempre ha habido diferencias — lo interrumpio la abuela Laborde, sentada frente a sus 
cajas de curiosidades — . Quiero decir, siempre ha habido gente decente. Me dan risa los que pre- 
sumen de aristocracia porfirista, solo porque duraron treinta ahos en el poder. jTreinta ahos no 
son nada! Cuando nuestra familia vio entrar a los partidarios de Porfirio Diaz a la capital despues 
de la revolucion de Tuxtepec, se horrorizaron: ^quienes eran estos grehudos oaxaquehos, acom- 
pahados de unos cuantos abarroteros espaholes y alpargateros gabachos? j Porfirio Diaz! jCor- 
cueras! jLimantours! jPuro arribista! Entonces la gente decente eramos lerdistas... 

La abuelita de Michelina tiene ochenta y cuatro ahos y sigue tan campante. Lucida, irreverente 
y fundada en el mas excentrico de los poderes. La familia perdio influencia despues de la Revolu- 
cion, y dona Zarina Ycaza de Laborde se refugio en la curiosa ocupacion de coleccionar triques, 
chunches y sobre todo revistas. Cuanta muheca (o muheco) de moda aparecio, tratarase de Ma- 
merto el Charro o Chupamirto el Peladito, del Capitan Tiburon o Popeye el Marino, ella lo rescato 
del olvido, llenando todo un armario de esos popeyes rellenos de algodon, reparandolos, cosien- 
dolos cuando las entrahas se les salian. 

Tarjetas postales, anuncios de peliculas, cajetillas de cigarros, cajitas de cerillos, corcholatas 
de refrescos, revistas de monos, todo lo acumulo dona Zarina con un celo que desesperaba a sus 
hijos y aun a sus nietos, hasta que una compahia norteamericana de memorabilia le compro su 
edicion completa de las revistas Hoy, Mahana y Siempre por cincuenta mil dolares (cifra redonda) 
y todos abrieron los ojos: en sus cajones, en sus armarios, la anciana lo que guardaba era una 
mina de oro, la plata del recuerdo, las joyas de la memoria... jEra la Zarina de la Nostalgia!, dijo el 
nieto mas culto. 

Se le nublaba la mirada a dona Zarina mirando afuera de la casa a la calle de Rio Sena. Si se 
hubiera conservado la ciudad como ella conservo la muheca de la Ratoncita Mimi... Pero de eso 
mas valia ni hablar. Ella se quedo aqui y asistio a la muerte paradojica de una ciudad que mien- 
tras mas crecia mas disminuia, como si la ciudad de Mexico fuese, ella misma, un pobre ser que 
nacio, credo y, fatalmente, se murio... Volvio a clavar las narices en los tomos coleccionados de 
Chamaco Chico y no espero que nadie escuchara, o entendiera, su lapidaria frase: — Plus ga 
change, plus c'est la meme chose... 



Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

La familia se refugio en el Servicio Diplomatico para ganarse la vida con decencia y mantener 
sus costumbres, su cultura y aun, ilusoriamente, sus blasones. En Paris, el padre de Michelina fue 
comisionado para acompanar al entonces joven diputado Leonardo Barroso y con cada copa de 
Borgona, con cada comilona en el Grand Vefour, con cada excursion a los castillos del Loira, la 
gratitud de don Leonardo hacia el agregado diplomatico de vieja familia fue creciendo hasta ex- 
tenderse, primero a su esposa y en seguida a su hija recien nacida. No lo pidieron ellos; lo ofrecio 
el mismo: 

— Dejenme ser padrino de la chamaca. 

Michelina Laborde e Ycaza: la capitalina. Ustedes la conocen de tanto aparecer en las paginas 
a colores de los periodicos. Un rostro clasico de criolla, piel blanca pero con sombra mediterranea, 
oliva y azucar refinada, simetrias perfectas de los ojos largos, negros, protegidos por parpados de 
nube y una ligerisima borrasca de las ojeras; simetria de la nariz recta, inmovil, y vibrante solo en 
las aletas inquietas e inquietantes, como si un vampiro tratase de escapar de la noche encerrada 
dentro de ese cuerpo luminoso. Tambien los pomulos, en apariencia fragiles como una cascara de 
codorniz detras de la piel sonriente, intentaban abrirse mas alia del tiempo de la piel, hacia la ca- 
lavera perfecta. Y por ultimo, la luenga cabellera negra de Michelina, flotante, lustrosa, olorosa a 
jabon mas que a laca, era, fatalmente, el anuncio estremecedor de sus demas pilosidades ocultas. 
Todo lo dividia, cada vez, la barba partida, la honda comilla del menton, la separacion de la piel... 

Todo esto lo penso don Leonardo cuando la vio ya crecidita y se dijo en seguida: — La quiero 
para mi hijo. 

2 Viajada, guapa, sofisticada, la capitalina miro sin asombro los rasgos de la ciudad de Cam- 
pazas. Su plaza central polvorienta y una iglesia humilde pero orgullosa, de paredes deshechas y 
portada erguida, labrada, proclamante: hasta aqui llego el barroco, hasta el limite del desierto. 
Hasta aqui nada mas. Mendigos y perros sueltos. 

Mercados magicamente nutridos y bellos, altoparlantes ofreciendo baratas y arrullando boleros. 
El imperio del refresco: ^hay un pais que consuma mayor cantidad de aguas gaseosas? Humo de 
cigarrillos negros, ovalados, fuertemente tropicales. Olor de cacahuate garapihado. 

— No te extrahes del aspecto de tu madrina — le iba diciendo don Leonardo como para distraer 
la atencion de la fealdad del pueblo — . Decidio darse una restiradita, tu sabes. Hasta Brasil se fue, 
con el famoso Pitanguy. Cuando regreso, no la reconoci. 

— No la recuerdo muy bien — sonrio Michelina. 

— Estuve a punto de devolverla. "Esta no es mi mujer, de esta yo no me enamore..." 

— No la puedo comparar — dijo Michelina con un involuntario tono de celo. 

El se rio pero Michelina volvio a pensar en la moda de ayer, en la crinolina que disimulaba el 
cuerpo y el velo que escondia el rostro, lo hacia misterioso y hasta deseable. Las luces antiguas 
eran bajas. La vela y el velo... Habia demasiadas monjas en la historia de su familia y pocas co- 
sas exaltaban la imaginacion de Michelina mas que la vocacion del encierro voluntario y, una vez 
dentro, amparada, la liberacion de los poderes de la imaginacion; a quien querer, a quien desear, 
a quien rezarle, de que cosas confesarse... A los doce ahos, queria encerrarse en algun viejo 
convento colonial, rezar mucho, azotarse, darse bahos de agua fria y rezar mas: Quiero ser 
siempre niha. Virgencita, amparame, no me hagas mujer... 

El chofer pito frente a una reja inmensa, de hierro forjado, como ella las habia visto en peliculas 
sobre Hollywood a la entrada de los estudios, y si, le dijo el padrino, aqui nuestro barrio lo llaman 
Disneylandia, la gente de aqui del norte es muy choteadora, pero en alguna parte tenemos que 
vivir, ahijada, y ahora se necesita proteccion, ni modo, hay que defenderse y defender lo propio. 



Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

— Que mas diera yo que vivir con las puertas abiertas, como haciamos antes en el norte. Pero 
ahora hasta los gringos necesitan guardias armados y perros policias. Ser rico es un pecado. 

Antes: la mirada de Michelina divago de su recuerdo de los conventos coloniales mexicanos y 
los castillos franceses a la vision real de este conjunto de mansiones amuralladas, mitad fortale- 
zas, mitad mausoleos, mansiones y capiteles griegos, columnas y esbeltas estatuas de dioses con 
hojas de parra; mezquitas arabes con chorritos de agua y minaretes de yeso; reproducciones de 
Tara, la plantation de Lo que el viento se llevo, con su portico neoclasico. Ni una teja, ni un ado- 
be, solo marmol, cemento, piedra, yeso y mas rejas, rejas detras de las rejas, dentro de las rejas, 
hacia las rejas, un laberinto enrejado y el zumbido inaudible de las puertas cocheras abiertas con 
un hedor de gasolina estancada, orinada involuntariamente por las manadas de Porsches, Merce- 
des, BMW s que reposaban como mastodontes en las cuevas de los garajes. 

La casa de los Barroso era Tudor — Normando, con techos de dos aguas, pizarra azul, mam- 
posteria evidente en la fachada y emplomados de colores por doquier. Solo faltaban la ribera del 
no Avon en el jardin y la cabeza de Ana Bolena en un baul. 

Se detuvo el Mercedes, el chofer bajo corriendo, era un dado veloz vestido de azul marino y ca- 
ra de mapache, capaz de abotonarse el saco mientras coma a abrirle la puerta del automovil al 
patron y a la ahijada. Bajaron Michelina y su padrino, este le dio la mano y la condujo a la entrada 
de la residencia, se abrio la puerta, dona Lucila Barroso le sonrio a Michelina, don Leonardo exa- 
geraba, la sehora se veia mas vieja que el, abrazo a la muchacha, atras estaba el muchacho, Ma- 
rianito, el heredero, que nunca viajaba, que salia muy poco, que ella no conocia, que ya era tiem- 
po de que lo conociera, un muchacho muy retirado, muy serio, muy formal, muy lector, muy dado 
a refugiarse en el rancho a leer dia y noche, ya era tiempo de que saliera un poco, ya habia cum- 
plido los veintiun ahos, esa misma noche la capitalina y el provinciano, la ahijada y el hijo, podrian 
irse a bailar del otro lado de la frontera, en los Estados Unidos, a media hora de aqui, bailar, co- 
nocerse, congeniar, como no, no faltaba mas... 

3 Marianito regreso solo, borracho, llorando. Doha Lucila lo oyo dando traspies en la escalera 
y penso lo imposible, un ladron, Leonardo, se nos ha metido un ladron, no es posible, los guar- 
dias, las rejas. El padrino corrio en bata y encontro a su hijo hincado en un descanso de la escale- 
ra, vomitando. Lo ayudo a levantarse, lo acaricio, se le anudo la garganta al padre, el hijo le man- 
cho de vomito la bonita bata de estampados liberty. Lo ayudo a llegar hasta la recamara oscura, 
sin lamparas, como lo habia pedido el muchacho desde siempre, mientras el padre bromeaba: 
Has de ser gato. Ves en la oscuridad. Te vas a quedar ciego. ^Como le haces para leer a oscu- 
ras? 

— cQue paso, hijito? 

— Nada, papa, nada. 

— cQue te hizo? Dime nomas que te hizo, hijito. 

— Nada, papa. Te lo juro. Ella no me hizo nada. 

_<i,No fue amable? 

— Muy amable, papa. Demasiado amable. Ella no me hizo nada. Fui yo. 

Fue el. Le dio vergijenza. En el coche ella trato de conversar muy amablemente de libros y via- 
jes. Por lo menos, el coche era oscuro, el chofer silencioso. La discoteca no. El ruido era insopor- 
table. Las luces eran crudas, terribles, como navajas blancas y lo perseguian a el, parecian bus- 
carlo a el, nomas a el, a ella hasta las sombras la respetaban, la deseaban, la envolvian con 
amor, ella se movia y bailaba envuelta en sombras, preciosa, papa, es una muchacha preciosa... 

— Apenas buena para ti, hijo. 



Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 



— Vieras como la admiraban todos, como me la envidiaban, papa. 

— Se siente bonito, ^verdad Mariano?, se siente a todo dar que le envidien a uno a su vieja, 
^que paso, que paso, te trato mal? 

— No, ella es muy bien educada, demasiado bien educada, diria yo, todo lo hace bien, luego se 
le nota que es capitalina, que ha viajado, que tiene lo mejor, <|,por que no la persiguieron a ella las 
luces de la discoteca, por que a mi...? 

— Pero ella te dejo, ^no es cierto? 

— No, yo me sail, tome un taxi gringo, le deje el chofer con el Mercedes a ella... 

— Te pregunto si te dejo hacer... 

— No, me compre una botella de Jack Daniels, me la bebi de un trago, senti que me moria, to- 
me un taxi gringo, te digo, cruce de regreso la frontera, no se muy bien lo que digo... 

— Ella te humillo, ^no es cierto? 

Le dijo a su padre que no, o quiza que si, la correccion de Michelina, su correccion lo humilla- 
ba, su compasion lo ofendia, Michelina era como una monja con habito de Yves St. Laurent, en 
vez del sulpicio traia una de esas bolsitas de cadena dorada de Coco Chanel, bailaba en las som- 
bras, bailaba con las sombras, no con el, a el lo entregaba a los navajazos de la luz parpadeante, 
alba, helada, donde todos lo pudieran ver mejor y reirse de el, sentir repulsion, pedir que lo corrie- 
ran, estropeaba las fiestas, como lo habian dejado entrar, era un monstruo, el solo quiso reunirse 
en la sombra con ella, refugiarse en la individualidad que siempre lo habia protegido, te juro papa 
que no quise abusar de ella, solo le pedi lo que ella misma me estaba dando, un poquito de pie- 
dad, en sus brazos, con un beso, ^que le costaba darme un solo beso?, ^tu si me das besos, pa- 
pa, a ti no te espanto? 

Don Leonardo le acaricio la cabeza a su hijo, le envidio la cabellera bronceada, leonada, el que 
se habia quedado pelon tan pronto. Le beso la frente y lo ayudo a acomodarse en la cama, lo acu- 
rruco como cuando era niho, no lo bendijo porque no creia en eso, pero estuvo a punto de arrullar- 
lo con una cancion. Le parecio ridiculo cantarle una de cuna. La verdad es que solo recordaba bo- 
leros y todos hablaban de hombres humillados, de mujeres hipocritas. 

— Te la cogiste, hijo, i verdad que si? 

4 La fiesta de bienvenida para Michelina fue todo un exito, sobre todo porque dona Lucila le 
exigio a los hombres de la casa — don Leonardo y Marianito — que se hicieran ojo de hormiga. 

— Vayanse al rancho y no regresen hasta tarde. Queremos una fiesta de puras cuatitas, para 
estar muy a gusto y chismear sabroso. 

Leonardo se armo de paciencia. Sabia que Michelina no iba a aguantar las babosadas que de- 
cia esta bola de viejas cada vez que se juntaban. Marianito no estaba en condiciones de viajar, 
pero su padre no se lo dijo a Lucila; el chico no se hacia notar nunca, de todos modos, era tan 
discreto, era una sombra... Don Leonardo se fue solo a comer con unos gringos del otro lado de la 
frontera, Cena a las seis de la tarde, que barbarie. Pero regreso cuando la fiesta estaba en su 
apogeo, solo que le hizo al joven mozo indigena una seha con el dedo sobre los labios para que 
guardara silencio. De todos modos era un pacuache que no hablaba espahol y por eso lo contra- 
taba siempre dona Lucila, asi las sehoras podian decir lo que se les ocurriera sin testigos. Ade- 
mas, este jovencito indigena era esbelto y bello como un dios del desierto, no de marmol bianco, 
sino mas bien de ebano, y cuando se les subian los jaiboles, las sehoras lo desvestian colectiva- 
mente y lo hacian pasearse desnudo con una bandeja en la cabeza. Eran unas cuatitas a todo 



Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

dar, sin inhibiciones, i° que se creian las capitalinas que nomas por ser del norte ellas eran de a 
tiro nacas? Brincos dieran: si la frontera estaba a un paso aqui nomas, a media hora se estaba en 
un Neiman Marcus, un Saks, un Cartier, ^de que les presumian las capitalinas, las chilangas con- 
denadas a vestirse en Perisur? Pero mucha discrecion — dona Lucila se llevo el dedo indice a los 
labios — que ahi viene entrando la ahijada de Leonardo y dicen que es muy presumida, muy viaja- 
da y muy chic, como se dice, de manera que portense naturales pero no la ofendan. 

Era la unica sin cirugia facial y se sento muy sonriente y amable entre la veintena de mujeres 
ricas, perfumadas, ajuareadas del otro lado de la frontera, enjoyadas, casi todas con las cabelle- 
ras tenidas de caoba, algunas con anteojos de fantasia veneciana, otras ensayando acuosamente 
sus pupilentes, pero todas liberadas y si la capitalina queria seguirles la onda, OK, pero si resulta- 
ba ser una apretada, ni caso le iban a hacer... Esta era la chorcha de las cuatitas, y aqui se bebi- 
an licores dulzones porque se subian mas rapido y con mas sabrosura, como si la vida fuese un 
postre interminable (^desert? ^dessert? ^postre? ^desierto?, ay que bolas me hago, Lucilita, y es 
nomas mi primera monjita...). Mezclaban el anis dulce con cubitos de hielo y eso daba una monja, 
una bebida nubosa que se subia rapidito, como beberse el cielo, muchachas, como emborrachar- 
se de nubes: empezaron a cantar, tu y las nubes me traen muy locas, tu y las nubes me van a ma- 
tar.. . 

Todas heron y bebieron mas monjas y alguien le dijo a Michelina que se animara, que parecia 
una monja sentada alii en el centra de la sala sobre un puf de brocados lilas, toda simetrica, ^pero 
que tu ahijada no tiene nada chueco, Lucilita?, oye es solo ahijada de mi marido, no mia, de todos 
modos, jque perfeccion, los ojos parejos, la naricita recta, la barbita partida, los labios tan...! Unas 
se rieron apenadas, miraron a Lucila con sonrojo, pero Lucila como si nada, habia echado concha, 
las alusiones se le resbalaban cual agua, ella como si nada aqui celebrando la ausencia de hom- 
bres — bueno, salvo el indito ese que no cuenta — y la ahijada de mi marido es muy fina, pero muy 
amable, no me la acomplejen, dejenla ser como es y nosotras somos como somos, que al cabo 
del convento venimos todas, no se olviden, todas pasamos por escuelas de monjas, todas nos 
liberamos un dia, de manera que no abochornen a Michelina, pero si ya estamos de regreso en el 
convento, Lucilita, dijo una sehora de anteojos incrustados de diamantes, solitas, sin hombres, 
ipero pensando nomas en ellos!... Esto dio pie a un interminable ping pong sobre los hombres, 
sus maldades, su tacaheria, su indiferencia, su capacidad para evadirse de las responsabilidades 
alegando el exceso de trabajo, su miedo al dolor fisico, quisiera ver a un solo cabron de estos pa- 
rir una sola vez, su poca destreza sexual, en fin, £c6mo no iban a buscarse lovers?, a ver, a ver, 
que sabes, Rosalba, no sean de a tiro tarugas, yo solo se lo que ustedes me cuentan, yo aqui 
donde me ven, santa, santa mia, y volvieron a cantar otro poquito, y luego otra vez se rieron de 
los hombres ("Ambrosio esta loco, ha obligado a la criada a usar perfume y rasurarse los sobacos, 
itu crees?, la pobre gatita se va a sentir gente decente"; "se hace el muy generoso porque tene- 
mos cuenta mancomunada en Nueva York, pero yo ya averigije de la cuenta secreta en Suiza, el 
numero y todo averigije, seduje al abogado, a ver si conmigo puede el codomontano de Nicolas"; 
"todos creen que hasta que se mueran nos toca la lana, hay que saberse las cuentas de banco y 
el acceso a las tarjetas de credito por si un dia nos abandonan"; "yo a mi primer marido le saque 
de un jalon cien mil dolares de la tarjeta optima antes de que se diera cuenta"; "tenemos que ver 
juntos peliculas porno, porque si no, de piano no pasa lo que te dije..."; "que si el sehor presidente 
me llamo, que si el sehor presidente me dijo, me confio el secreto, me distinguio con un abrazo, 
"ya casense", — le dije; pero no se atrevieron a encuerar al pacuache enfrente de Michelina, que 
las acompahaba en sus risas amablemente, jugueteando con su collar de perlas y asintiendo con 
gracia a las bromas de las mujeres, perfecta en su posicion ni de distancia ni de confusion con 
ellas, temerosa de que todo acabara en el gran abrazo colectivo, el desahogo, los sudores, el Man- 
to, el arrepentimiento, el deseo vibrante y suprimido, la admision terrible: no hay absolutamente 
nada en Campazas de interes para nadie, forastero o lugareho, chilango o norteho... Ay, que ga- 
nas de tomar el Gruman y salir volando a Vail ahoritita mismo, ^para que, para encontrarse con 
mas mexicans insatisfechos, aterrados de que todo el dinero del mundo no sirva estrictamente 
para un carajo porque siempre hay algo mas, y mas, y mas, inalcanzable, ser la reina de Inglate- 
rra, ser el sultan de Brunei, ser un cuero como Kim Basinger o tener un cuero como Tom Cruise? 
Estallaron en carcajadas e imitaron los movimientos de los esquiadores, pero no estaban en las 
cumbres de Colorado, sino en el desierto del norte de Mexico, que estallo repentinamente en el 



Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

firmamento al ponerse el sol y paso por las ventanas emplomadas de la mansion Tudor — 
Normanda, iluminando los rostros de las veinte mujeres, pintandolas de rojo luciferino, cegandoles 
los pupilentes y obligandolas a todas a mirar el espectaculo diario del sol desapareciendo en me- 
dio del fuego, llevandose al inframundo todos sus tesoros, exhibiendolos por ultima vez entre las 
montanas calvas y las llanuras pedregosas, dejando solo los nopales como coronas de la noche, 
llevandoselo todo, la vida, la belleza, la ambicion, la envidia, la fortuna, ^volvera a salir el sol? 

Todas las miradas se concentraron en la puesta del sol. Salvo dos. Leonardo Barroso lo miraba 
todo detras de una cortina carmesi. Michelina Laborde e Ycaza lo miraba a el hasta que el la miro 
a ella. 

Las dos miradas se reunieron en el exacto instante en que nadie tenia interes en ver a donde 
miraba la capitalina ni averiguar si Leonardo habia regresado. Las veinte mujeres veian en silen- 
cio la puesta del sol como si asistieran, llorando, a sus propios funerales. 

Entonces entro la tambora nortena, aquello se lleno de hombres de stetson y chamarra, se 
rompio el encanto, todas aullaron de gusto y ni se dieron cuenta cuando Michelina pidio permiso, 
se dirigio hasta la cortina y entre sus pesados pliegues encontro la mano ardiente de su padrino. 

5 Solo Lucila oyo con que estruendo desesperado, con que chirriar de ruedas arranco desde 
el garaje el Lincoln convertible pero no le presto importancia porque por mas que corriese, el au- 
tomovil nunca alcanzaria los limites del horizonte rojo. Esto le parecio a la sehora Barroso una 
bonita idea poetica, "nunca alcanzaremos el horizonte", pero no tenia palabras para comunicarse- 
la a sus cuatitas que por lo demas ya estaban bien pedas. Quizas solo imagino un ruido de motor 
y no era mas que el eco del guitarron en su cabecita loca. 

Leonardo no estaba borracho. Su horizonte tenia un limite: la frontera con los Estados Unidos. 
El aire de la noche subita lo despejo aim mas, le aclaro las ideas y la mirada. Manejaba con una 
mano. Con la otra, apretaba la de Michelina. Le dijo que le apenaba tener que decirlo, pero ella 
debia comprender que tendria cuanto quisiera, no queria alardear, pero para ella seria todo el di- 
nero, todo el poder, ahora solo veia el desierto encuerado, pero su vida podia ser como esa ciu- 
dad encantada del otro lado de la frontera, torres de oro, palacios de cristal... 

Si, le dijo ella, lo se, lo acepto. 

Leonardo freno bruscamente, saliendose de la recta carretera del desierto. A lo lejos, los vigila- 
ban los tumulos de piedra catedralicia, ahora dibujados como fragiles siluetas de papel en el atar- 
decer. 

La miro como si el tambien pudiese leer en la oscuridad. Los ojos de la muchacha brillaban su- 
ficientemente. Al menos eso tendrian en comun Marianito su hijo y ella, el don de penetrar la os- 
curidad, de mirar en la noche. Quizas sin esa penumbra no habria visto claramente lo que recono- 
cio en los ojos de su ahijada. La luz del dia habria cegado las miradas, es cierto. Se requeria la 
noche para ver claro el alma de esta mujer. 

Si, le dijo, lo se y acepto. 

Leonardo se sujeto con todas sus fuerzas a la direccion del Lincoln inmovil como si se aferrase 
a la roca de su ser mas intimo. El dinero era el. El poder era el. El amor deseado, se dio cuenta, 
era el suyo. 

— No, yo no. 

— Tu — le dijo Michelina — . Tu eres lo que yo quiero. 

Lo beso con esos labios perfectos y el sintio en su propia barba rasurada pero renaciente a esa 
hora, la hondura de la barbilla partida de Michelina. El se hundio en la boca abierta de su ahijada, 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

como si toda la luz no tuviera mas origen que esa lengua, esos dientes, esa saliva. Cerro los ojos 
para besar y vio toda la luz del mundo. Pero no solto la direccion. Sus dedos tenian voz y gritaban 
por acercarse al cuerpo de Michelina, hurgar entre sus botones, encontrar y acariciar y poner de 
pie los pezones, la siguiente simetria de esta beldad perfecta. 

La beso largamente, explorando con su lengua el paladar de la muchacha, perfectamente for- 
mado, sin hendedura, y entonces Dios y el Demonio, aliados otra vez, le hicieron sentir que besa- 
ba a su propio hijo, que la lengua del padre se heria y sangraba en la hendedura filosa del paladar 
roto como una barrera de corales, que la suavidad del labio de Michelina era brutalmente sustitui- 
da por la carnosidad abultada, irritada, rojiza, herida, emplastada de mucosidades, drenada por 
salivas gruesas, de su propio hijo. 

^Esto sintio ella cuando el se la cogio anoche, sin quererlo confesar? ^Por que le decia ella 
ahora que lo queria a el, el padre, si era transparente que ella estaba aqui para seducir al hijo in- 
capaz de seducir a nadie? ^No estaba ella aqui para concluir el pacto de las familias, la protec- 
cion ilimitada que el poderoso politico Leonardo Barroso le habia dado a la empobrecida familia 
Laborde e Ycaza, agradeciendo unos dias maravillosos en Paris, los vinos, los restoranes, los 
monumentos? ^Para esto valia la pena vivir, trabajar, hacerse rico? Paris era la recompensa y 
ahora Paris era ella, ella encarnaba al mundo, Europa, el buen gusto, y el le estaba ofreciendo el 
complemento de su elegancia y belleza, el dinero sin el cual ella muy pronto dejaria de ser elegan- 
te y bella, solo una aristocrata excentrica, como su anciana abuela, encorvada sobre las curiosi- 
dades coleccionables del pasado... 

La invitaba a concluir el pacto. La apadrino para distinguir a su familia. Ahora le ofrecia a su 
hijo en matrimonio. El broche de oro. 

— Pero si yo ya tengo un novio en la capital. Leonardo miro fijamente hasta perder sus propios 
ojos en el desierto. 

— Ya no. 

— No te miento, padrino. 

— Todo se puede comprar. Ese mequetrefe se interesaba mas en la lana que en ti. 

— Lo hiciste por mi, ^verdad? Tu tambien me quieres, ^no es cierto? 

— No entiendes. No entiendes nada. 

Por su cabeza paso la raya invisible de la frontera y su promesa. En los hoteles de lujo del otro 
lado lo conocian, no le pedian identificacion o maletas para alquilarle la suite mas lujosa, por una 
noche o por unas horas, enviarle el canasto de frutas y la champaha helada antes de que saliera 
del elevador. Un salon. Una recamara. Un baho. Los dos duchandose juntos, enjabonandose, 
acariciandose... 

Leonardo encendio el motor, le dio media vuelta al Lincoln y arranco de regreso a Campazas. 

La abuela dona Zarina estuvo de acuerdo con su nieta. Michelina se casaria vestida a la an- 
tigua, con ropajes autenticos que la anciana, naturalmente, habia venido coleccionando a lo largo 
de las generaciones. La muchacha podia escoger. 

Una crinolina, dijo la joven, siempre sohe con una crinolina, para que todos me adivinen, me 
imaginen y no sepan claramente como es la novia. Entonces, dijo alegremente la abuela, te hace 
falta un velo. 

Se puso una noche su ropa de novia, la crinolina y el velo, y se acosto a dormir sola por ultima 
vez. Se soho en un convento, paseandose entre patios y arcadas, capillas y corredores, mientras 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

las demas monjas, acorraladas, se asomaban como animales entre las rejillas de sus celdas, le 
gritaban obscenidades porque se iba a casar, porque preferia el amor de un hombre a los espon- 
sales con Cristo, la injuriaban por faltar a su voto, por salirse de su orden, de su clase. 

Entonces Michelina trataba de huir de su sueno, cuyo espacio era identico al del convento, pe- 
ro todas las monjas, congregadas f rente al altar, le impedian el paso; las criadas negras les arran- 
caban los habitos a las hermanas, las desnudaban hasta las cinturas y las monjas pedian a gritos 
los azotes para suprimir el diablo de la carne y darle el ejemplo a Sor Michelina; otras menstrua- 
ban impudicamente sobre las losas y luego lamian su propia sangre y hacian cruces con ella so- 
bre la piedra helada; otras mas se acostaban al lado de los Cristas yacentes, llagados, heridos, 
espinados, y aqui el sueno de Michelina en la ciudad de Mexico se unfa al de Mariano en la reca- 
mara sin luces de Campazas, pues el muchacho tambien sohaba con uno de esos Cristas doloro- 
sos de las iglesias mexicanas, mas dolorosos que sus Madres las Virgenes, recostado el Hijo de- 
ntro de un feretro de cristal, rodeado de flores empolvadas, el mismo convirtiendose en polvo, 
desapareciendo en su viaje de regreso al espiritu, dejando solo el testimonio de unos clavos, una 
lanza, una corona de espinas, un trapo mojado de vinagre... jQue ganas de dejar atras las mise- 
rias del cuerpo pasajero! 

Que solo el Cristo, y como lo envidiaba el. Si a Cristo adolorido, befado, herido, lo dejaban en 
santa paz, ^por que no a el, que solo querfa vivir en el rancho de sus padres, leyendo todo el dia, 
sin mas compahia que esos indios naturales e indiferentes a las perversiones de la naturaleza, 
que algunos llamaban pacuaches y otros "indios borrados", como el, indios invisibles, seres mime- 
ticos de ese gran lienzo de imitaciones y metamorfosis que es el desierto? ^Estaba mas encerra- 
do, mas aislado el en el rancho del desierto que su familia en Disneylandia, sin ningun contacto 
con Campazas, con el pais, ignorando cuanto ocurre del otro lado de sus altos muros, consu- 
miendo pura cosa rnportada, mirando pura television por cable, tan encerrados como el? £Por 
que le negaban su soledad, su aislamiento, si era inferior a los de ellos: el que lefa tanto, cosas 
tan hermosas, mundos tan perfectos como su imaginacion los querfa, pasados infinitamente no- 
vedosos, futures adivinados ya, ya gozados? 

Soho con una liebre. 

Una liebre es un cuadrupedo salvaje de orejas largas y cola corta. 

Su pelo es rojizo y sus crfas nacen peludas. 

Sus patas son mas largas que las del conejo. Corre muy rapido porque es muy tfmido. 

No hurga como otros de su especie: anida, busca un espacio estable, tibio, respetado, donde lo 
dejen estar. 

Es mamffero. Nace de la leche, la desea de vuelta, quiere mamar en la oscuridad, ser mama- 
do, en un nido, sin sobresaltos, sin nadie que lo observe gozar... 

No habfa una sola mujer en el mundo que soportara su deseo. Mariano solo querfa vivir final- 
mente, ffsicamente, donde siempre quiso vivir en la voluntad y vivio siempre en el espfritu. En una 
rancherfa. Con poco dinero, muchos libros y unos indios borrados, silenciosos como el. Solo, por- 
que no habfa una sola mujer en el mundo que eclipsara todo el espacio, salvo la recamara donde 
el espacio y la presencia coincidfan. ^Era ella Michelina? ^Ella respetarfa su soledad? ^Ella lo 
liberarfa para siempre de la ambicion, la herencia, el deber social, la necesidad de mostrarse en 
publico? 

El no tuvo la culpa de que dentro de su boca viviera una liebre ciega, peluda, veloz y voraz, ani- 
dada para siempre sobre su lengua. 

7 El dfa de la boda, Michelina entro a la sala de la mansion Tudor — Normanda con su hermo- 
so vestido antiguo de crinolina, zapatillas de raso bianco sin tacon y un espeso velo bianco que 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

ocultaba completamente sus facciones. Lo cehia una corona de azahar. Iba del brazo de su pa- 
dre, el embajador retirado don Herminio Laborde. La madre de Michelina no se sintio dispuesta a 
hacer el viaje hasta el norte (las malas lenguas dijeron que desaprobaba el matrimonio pero no 
tenia manera de impedirlo). La abuela, aunque anciana, hubiese viajado con gusto. 

— Yo ya he visto todas las cruzas imaginables, y una mas, aunque sea entre tigresa y gorila, no 
me va a asustar, menos entre paloma y conejo. 

Sus achaques no le permitieron viajar; estaba presente de alguna manera en la crinolina, en el 
velo... Dona Lucila paso un mes entero en Houston, ajuareandose como si la novia fuese ella y 
hoy parecia una confeccion de pasteleria. Encarnaba el mismisimo pastel de novios: triangulada 
como una piramide de crema, la coronaba una cereza de sombrero, su pelo era una delicia de ca- 
ramelo, su rostro un gran merengue sonriente, sus pechugas un oleaje de crema chantilly, y luego 
el vestido drapeado como una mortaja tenia los tonos de la jalea de zarzamora vertida sobre una 
masade mazapan. 

No le dio, en cambio, el brazo a su hijo Mariano. Fue el propio Leonardo Barroso quien abarco 
las espaldas de Mariano con un amplio abrazo. El joven vestia sencillamente, de gabardina beige 
con camisa azul y corbata de alamares. Su esposa no se apoyaba en su hijo, sino en la fiesta, la 
multitud de amigos, conocidos, curiosos que asistian a la boda del hijo de uno de los hombres 
mas poderosos etcetera. Tierras, aduanas, fraccionamientos, la riqueza y el poder que dan el con- 
trol de una frontera ilusoria, de cristal, porosa, por donde circulan cada aho millones de personas, 
ideas, mercancias, todo (en voz baja, contrabando, estupefacientes, billetes falsos...) ^Quien no 
tenia que ver, o dependia de, o aspiraba a servir a, don Leonardo Barroso, zar de la frontera nor- 
te? Que desgracia de hijo. Todo se tiene que compensar en esta vida. El hijo lo humaniza. Pero la 
capitalina de piano se vendio, no me digas que no. La humanidad se compra, don Enrique. O la 
compraventa se humaniza, don Raul. 

Aunque por esos ahos ya se le habian hecho todas las concesiones posibles a la Iglesia catoli- 
ca, don Leonardo Barroso mantenia su jacobinismo liberal, la vieja tradicion de la reforma y la re- 
volucion mexicanas. 

— Soy liberal pero respeto la religion. 

En su recamara, para horror de dona Lucila, tenia una reproduccion del Guernica de Picasso, 
en vez del Sagrado Corazon de Jesus. — jQue monos mas feos! Hasta un niho dibuja mejor — . 
Por fortuna, para estas fechas la pareja dormia en recamaras separadas, de manera que cada 
uno tenia su propio icono sobre la cabecera: Pablo y Jesus, unidos por la vision del sacrificio, la 
muerte y la redencion. Don Leonardo no pisaba iglesias y centra la ceremonia nupcial en el aspec- 
to civil y en su casa, nomas eso faltaba. Sin embargo, el atuendo de la novia le imponia al acto 
una misteriosa severidad, mas que eclesiastica, sagrada. 

— iSera bruja? 

— No hombre, es una de esas chilangas ensoberbecidas que nos vienen a tratar de apantallar 
a los provincianos. 

— cSera la ultima moda? 

— De la polilla, vieja, de la polilla. 

— ^No se dejara ver la cara? 

— Dicen que es chulisima. 

Las voces se acallaron. El juez dijo las palabras acostumbradas y leyo una version abreviada 
de la epistola de Melchor Ocampo. Deberes. Derechos. Apoyos. Todo compartido, la salud y la 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

enfermedad, la alegria y el dolor, el lecho, el tiempo, los tiempos. Los cuerpos. Las miradas. Fir- 
maron los testigos. Firmaron los novios. Don Leonardo levanto el velo de Michelina y acerco la 
cara de Mariano a la de su novia. Michelina no pudo controlar el gesto de asco. Entonces Leonar- 
do los beso a los dos. Primero tomo entre las manos el rostro de su hijo y acerco los labios que 
Michelina tanto apreciaba, cachondos y vaciladores, al labio de su hijo Mariano, lo beso con lo 
mismo que Michelina atribuyo a la mirada del padre: Me enamoro en serio, se pedirlo todo porque 
tambien se darlo todo... 

Los labios se separaron y don Leonardo le acaricio la cabeza a su hijo, lo beso en ese labio 
espantoso, Normita, mientras dona Lucila palidecia y se queria morir y luego, haciendo gala de su 
audacia y de su personalidad — por algo es Leonardo Barroso — con la baba del hijo en la boca, 
fue el quien levanto de nuevo el velo caido de la novia — juna preciosidad, Rosalba, tenias ra- 
zon! — y le planto un beso largo y terrible, hija, que de suegro (o de padrino) francamente no tenia 
nada. 

jQue mahanita, les digo, que mahana!, jpor nada nos la perdemos! jCampazas nunca sera la 
misma despues de estas bodas! 

El Lincoln convertible, esta vez encapotado, cruzo rapidamente el desierto vespertino, frio y si- 
lencioso, llenandolo de rumor de llantas y motor, espantando a las liebres que salian saltando le- 
jos de la carretera recta, la linea ininterrumpida hasta la frontera, a romper el ilusorio cristal de la 
separacion, la membrana de vidrio entre Mexico y los Estados Unidos y seguir corriendo por las 
supercarreteras del norte hasta la ciudad encantada, la tentacion del desierto, iluminada, brillante, 
llena de Neiman — Marcus y Saks y Cartier y Marriotts donde los esperaba a los novios la suite de 
lujo, con champaha y canastas de frutas, salon, espaciosos closets, recamara con cama king size, 
muchos espejos donde admirar a Michelina, un baho de marmoles color de rosa donde baharse 
con ella, enjabonarla, acariciarla, ruborizarla — tenia las nalgas mas grandes de lo que parecia, 
las piernas mas flacas, la condicion del tordo — , ay mujer de ojos borrascosos, naricilla inmovil y 
aletas nerviosas por donde se te escapa la noche, labios divididos, humedos, por donde mi lengua 
se pierde sin encontrar barreras de coral ni cuevas de estalactita ni bovedas goticas despedaza- 
das, solo el cosquilleo de tu barbilla dividida, preciosa mia, el anuncio de tus otras duplicidades, 
las que ahora acaricio lentamente, para que nada se gaste entre nosotros, para que todo dure en 
medio de la expectativa, la sorpresa, el deseo de mas, y mas, si padrino, dame mas, ya nada nos 
separa, padrino, tu me lo dijiste, ^te acuerdas?, cada vez que me veas quiero que sea la primera, 
ay Leonardo, es que me enamore de tus ojos porque me decian tantas cosas. 

— Se pedirlo todo porque tambien se darlo todo, ^que me dices, mi chilanga? 

— Eso mismo, padrino, eso... 

Entro por la ventana entreabierta una cancion en la voz de Luis Miguel, "Me haces falta, mucha 
falta; no se tu"... Como iban a saber Leonardo y Michelina que esa musica venia desde un rancho 
de indios borrados, pacuaches, donde Mariano leia libros y escuchaba musica y se extasiaba adi- 
vinando el canto de los pajaros a las cuatro de la mahana. Esa madrugada, paso un jet por los 
cielos y los pajaros se callaron para siempre. Ella ya no estaba... 



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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 



LA PENA 

A Julio Ortega 

Juan Zamora me ha pedido que cuente este cuento de espaldas. Es decir: el va a estar de 
espaldas al lector todo el tiempo. Dice que siente vergijenza. O como el dice, "estoy apenado". La 
"pena" como sinonimo de "vergijenza" es una particularidad del habla mexicana, igual que decir 
"mayor" en vez de "viejos" para no ofender a estos, o decir "esta malito" para suavizar una enfer- 
medad mortal. La vergijenza duele; el dolor, a veces, avergijenza. 

De manera que Juan Zamora no les dara la cara a ustedes a lo largo de esta narracion. Solo 
podran ver su nuca, su espalda. No digo "sus nalgas" porque ya sabemos lo que esto significa en 
Mexico. Darlas. El acto mas ruin de cobardia, entrega o cortesania abyecta. No es el caso de 
Juan Zamora. Usa una sudadera universitaria de esas muy largas, tamano xxx (Extra Large) que 
al frente trae los blasones de la universidad en cuestion, que se arremangan facilmente y cuelgan 
hasta los muslos, enfundados en unos jeans. No, Juan Zamora insiste en que les diga que no va a 
darlas. Nada mas quiere insistir en su vergijenza igualita a su pena. No culpa a nadie. Es cierto 
que el mundo lo toco y a el le toco un mundo. 

Pero al cabo cuanto ocurrio paso por el y en el. Eso es lo que cuenta. 

Esta es una historia de la epoca del auge petrolero en Mexico, fines de los setenta, principios 
de los ochenta. De arranque, eso ya explica parte de la identificacion pena — vergijenza de la que 
habla Juan Zamora. Vergijenza porque festejamos el auge como nuevos ricos. Pena porque la 
riqueza fue mal empleada. Vergijenza porque el Presidente dijo que nuestro problema ahora era 
administrar la riqueza. Pena porque los amolados siguieron siendolo. Vergijenza porque nos vol- 
vimos frivolos, dispendiosos, esclavos de un capricho vulgar y de una comica prepotencia. Pena 
porque no fuimos capaces de administrar ni la vergijenza. Pena y vergijenza porque no servimos 
para ser ricos, solo nos conviene la pobreza, la dignidad, el esfuerzo... En Mexico siempre ha 
habido gente corrupta, autoritaria y con exceso de poder. Pero todo se les perdona si al menos 
son serios (^hay una corruption seria y otra frivola?). La frivolidad es lo insoportable, lo imperdo- 
nable, la burla a todos los jodidos. De alii la pena y la vergijenza de esos ahos en que fuimos mi- 
llonarios de temporada para amanecer al poco tiempo quebrados, en la calle, y llorando de risa 
antes de reir de dolor. 

Juan Zamora esta pues de espaldas a ustedes. A el le toco irse a estudiar a Cornell gracias a 
una beca cuando tenia veintitres ahos de edad. Era un esforzado estudiante de medicina en la 
Prepa y luego en la UNAM, y el les jura a ustedes que con eso le hubiera bastado si a su madre 
no se le mete en la cabeza que en la epoca del auge mexicano se necesitaba una temporada de 
postgrado en una universidad yanqui. 

— Tu padre nunca supo aprovecharse. Mira que ser durante veinte ahos abogado administrador 
de don Leonardo Barroso y morirse sin un quinto partido por la mitad. ^En que estaria pensando? 
Ni en ti ni en mi, Juanito, eso tenlo por seguro. 

— iQue te decia, mama? 

— Que la honestidad es recompensa suficiente. Que el era un profesional honrado. Que no iba 
a traicionar al Maestro Mario de la Cueva y a sus demas profesores de la Facultad de Derecho. 
Que a el le inculcaron que la abogacia era una profesion honorable. Que no se podia defender la 
ley siendo uno mismo corrupto. Pero si no es nada indebido, Gonzalo, yo le decia a tu papa, acep- 
tar un pago por hacer favores o llevar un asunto a la atencion del ministro Barroso no es ningun 
crimen. jTodos en el gobierno se hacen ricos menos tu! 

— Eso se llama soborno, Lelia. Es un triple engaho, ademas una mentira. Si el asunto sale, pa- 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

rece que fue porque me pagaron para impulsarlo. Si no sale, parezco un ratero. En todo caso, en- 
gano al ministro, al pais y a mi mismo. 

— Un contratito de obras publicas, Gonzalo, nomas eso te pido que pidas. Te dan tu comision y 
santas pascuas. Ni quien se entere. Nos podemos comprar con eso una casa en Anzures. Salir de 
la Colonia Santa Maria. Mandar a Juanito a una universidad gringa. Mira que el muchacho es muy 
buen estudiante y seria una lastima que se desperdiciara entre la chusma de la UNAM. 

Juan nos manda decir que su madre contaba estas cosas con una sonrisa amarga, un rictus 
que su hijo solo veia, a veces, en los cadaveres que estudiaba en la escuela. 

Tuvo que morirse su padre el licenciado Gonzalo Zamora para que su viuda le pidiera un solo 
favor a don Leonardo Barroso, vea si puede usted darle una beca a Juanito para que estudie me- 
dicina en los Estados Unidos. Don Leonardo, con gran elegancia, dijo que no faltaba mas, lo haria 
de mil amores, es lo menos que se merecia la memoria de Zamorita, un abogado tan honesto, un 
funcionario tan cumplido... 

Voy siguiendo a Juan Zamora, el estudiante mexicano con su sudadera gris, por las tristes 
calles de Ithaca, Nueva York, donde tiene su sede la Universidad de Cornell. No se que cosa bus- 
ca, pues hay muy poco que ver aqui. La calle central apenas si tiene comercios, dos o tres resto- 
ranes muy malos y en seguida las montahas y las barrancas. Juanito se siente, casi, en Mexico, 
en San Juan del Rio o Tepeji, esos lugares donde a veces iba de excursion, a respirar el aire de 
los bosques y las barrancas, lejos de la polucion capitalina. La barranca de Ithaca es un gran tajo 
hondo y prohibitive pero por lo visto tambien es un abismo seductor. Cornell es famosa por la 
cantidad de suicidios de estudiantes desesperados que se arrojan desde el puente de la barranca. 
El chiste dice que aqui ningun profesor se atreve a reprobar a un mal alumno, por miedo a que se 
aviente a la barranca. 

Sin mucho que ver en un domingo aqui, Juan Zamora va a regresar a la casa donde esta alo- 
jado. Es una bella residencia de ladrillo color rosa palido con tejas de pizarra azul y rodeada de 
una pelusa bien cuidada que se convierte en grava alrededor de la casa y se prolonga en un bos- 
que enmarahado, delgado y sombrio detras de ella. La hiedra trepa por el ladrillo rosa. 

Las estaciones suplen aqui la falta de encanto de la ciudad. Ahora es el otoho y el bosque se 
desnuda, los arboles de los montes parecen palillos de dientes carbonizados y el cielo desciende 
dos o tres peldahos para comunicarnos a todos el silencio y la pena de Dios ante la muerte pasa- 
jera del mundo. Pero el invierno en Cornell le devuelve una voz a la naturaleza, que se venga de 
Dios, vistiendose de bianco, regando polvo congelado y estrellas de nieve, extendiendo grandes 
mantos albos que son como sabanas suntuosas de la tierra, y tambien una respuesta al cielo. La 
primavera estalla rapida y agonica en puhados de rosas esplendidas que perfuman y dejan una 
rafaga de olvidos antes de que el verano se instale pesado, soholiento, lento el a cambio de la ve- 
loz primavera, vagabundo y perezoso verano de aguas estancadas, mosquitos traviesos, gran res- 
piracion humeda y montes intensamente verdes. 

La barranca, para todo esto, refleja las estaciones pero tambien las devora, las desploma y las 
somete a la muerte implacable de la gravedad, abrazo sofocante y final de todas las cosas. Esa 
barranca es el vertigo en el orden de este lugar. 

Hay una fabrica de armas y municiones junto a la barranca, un espantoso edificio de ladrillo 
ennegrecido y chimeneas indecentes, casi una evocacion de la fealdad de la noche y la niebla na- 
zis. Las pistolas producidas por la fabrica de Ithaca son las reglamentarias del ejercito salvadore- 
no, razon por la cual la oficialidad y los soldados de esa republica las llaman "itaquitas". 

Juan Zamora me pide que les cuente todo esto mientras el nos da la espalda porque fue recibi- 
do como huesped en la residencia de un prospero negociante que en otra epoca estuvo relacio- 
nado con la fabricacion de armas, pero que ahora prefiere ser consejero de bufetes que hacen 
contratos de defensa entre los fabricantes y el gobierno norteamericano. Tarleton Wingate y su 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

familia, en los dias en que Juan Zamora Mega a vivir con ellos, estan entusiasmados por el triunfo 
de Ronald Reagan en la campana contra Jimmy Carter. Ven la television todas las noches y 
aplauden las decisiones del nuevo presidente, su sonrisa de estrella de cine, su voluntad para 
acabar con el exceso de intromision gubernamental, su optimismo en declarar que vuelve a ama- 
necer en America, su firmeza en detener los avances del comunismo en Centroamerica. 

El jefe de la casa, Tarleton Wingate, es un simpatico giganton con menos arrugas en su fresca 
cara juvenil que una vieja silla de montar; su opaca cabellera color arena contrasta con el rubio 
platino de su mujer, Charlotte, y con el castano brunido rojizo de la nina de la casa, Becky, que 
tiene trece anos. Cuando los Wingate se sientan todos a ver la television, amablemente invitan a 
Juan a unirse a ellos. El no entiende si les apena cuando salen imagenes terribles de la guerra en 
El Salvador, monjas asesinadas a la vera del camino, rebeldes asesinados por los batallones pa- 
ramilitares, un pueblo entero ametrallado por el ejercito al huir cruzando un no... 

Juan Zamora le da la espalda a la pantalla y les asegura que en Mexico se aplaude igual que 
aqui al presidente Reagan por salvarnos a todos del comunismo. Les dice tambien que a Mexico 
lo que le interesa es crecer y prosperar, como lo prueba la gran explotacion del petroleo por el go- 
bierno de Lopez Portillo. 

Los gringos sonrien al oir esto pues creen que la prosperidad inocula contra el comunismo y 
Juan Zamora tiene ganas de preguntarle al senor Wingate como van sus negocios con el Penta- 
gons pero mejor se calla. Lo que insinua primero y luego declara enfaticamente es que ellos, los 
Zamora, se adaptan perfectamente a la nueva riqueza de Mexico porque ellos desde siempre han 
tenido tierras, haciendas — la palabra tiene un gran prestigio en los Estados Unidos, hasta la pro- 
nuncian con jota, "jacienda" — y pozos petroleros. Se da cuenta de que los Wingate ignoran que el 
petroleo es propiedad del Estado en Mexico y se admiran de cuanto les dice Juan. Dogmatica, 
aunque inocentemente, creen que la expresion "mundo libre" es identica a "libre empresa". 

Ellos lo han recibido con gusto y por tradicion. Desde siempre, los estudiantes extranjeros han 
sido acogidos con hospitalidad en las casas privadas cercanas a los campus norteamericanos. No 
llama la atencion que los ricos jovenes latinoamericanos busquen asi una prolongacion de sus 
hogares y, sobre todo, que de este modo aceleren sus conocimientos del ingles. 

— Hay chicos — le asegura Tarleton Wingateque han aprendido ingles pasandose horas delante 
de la television. 

Juntos ven en la pantallita la pelicula de Peter Sellers, Being There, donde el pobre hombre no 
sabe mas que lo que ha aprendido viendo television y por eso mismo pasa por un genio. 

Los Wingate le preguntan a Juan Zamora si la television en Mexico es buena y el debe respon- 
der con honestidad que no, es aburrida, vulgar, sin libertad y un escritor muy bueno y muy leido 
por los jovenes, Carlos Monsivais, la llama "la caja idiota". Esto le provoca gran hilaridad a Becky 
y dice que lo va a repetir en su clase, the idiot box. No te des aires de intelectual, le dice Charlotte 
a su hija, cabecita de huevo, le dice sonriendo mesandole el pelo y la bruhida pelirroja protesta, no 
me revuelvas el peinado, voy a tener que arreglarme otra vez antes de salir de nihera esa noche y 
Juan Zamora se asombra de que los nihos gringos trabajen todos desde chiquitos, de niheros, re- 
partiendo periodicos o vendiendo limonada en el verano. — Es para inculcarles la etica de trabajo 
protestante — dice con solemnidad Mr. Wingate. <s,Y el? ^Como es posible que haya crecido sin 
television?, le pregunta Becky. Juan Zamora sabe muy bien lo que dice. Ser rico y aristocratico en 
Mexico es cuestion de tierras, haciendas, peones, un estilo de vida elegante, caballos, andar ves- 
tido de charro, tener muchos criados, eso es ser gente pudiente en Mexico. No ver la television. Y 
como sus anfitriones tienen exactamente la misma idea en sus cabezas, la entienden, la alaban, 
la envidian y Becky sale a ganarse cinco dolares como nihera, la sehora Charlotte se pone el de- 
lantal y va a asear la cocina y el sehor Tarleton se queda leyendo con profundo sentido de la obli- 
gation el best seller numero uno en la lista del New York Times, una novela de espionaje que, de 
paso, le confirma en su obsesiva paranoia acerca del peligro rojo. 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

Si la ciudad de Ithaca es una especie de Averno suburbano, la Universidad de Cornell es su 
Parnaso: un templo rutilante, de colores crema, lineas modernas, casi art deco por momentos, y 
grandes espacios verdes y luminosos. El campus se comunica, dado lo abrupto del terreno, me- 
diante hermosas terracerias y grandes escalinatas. Ambas conducen a dos lugares que fueron 
centros de la vida del estudiante mexicano, Juan Zamora. Uno es la Union Estudiantil, que trata 
de suplir todas las ausencias de Ithaca: libreria y papeleria, cine, teatro, ropa, casillas de correo, 
restoranes y espacios de reunion. Moviendose entre estos espacios, dandonos la espalda, Juan 
Zamora intenta relacionarse. Le llama la atencion el extremo desaliho de los estudiantes. Usan 
gorras de beisbol que no se quitan en el interior ni para saludar a las mujeres. Rara vez se rasu- 
ran por complete Beben la cerveza empinando la botella sobre los labios. Usan camisetas sin 
mangas, mostrando a todas horas el vello de las axilas. Lucen rasgaduras en las rodillas de sus 
blue jeans y a veces andan con estos cortados a la altura de los muslos, deshebrandose. Se sien- 
tan a comer con las gorras puestas y se llenan las bocas de hamburguesa, papas fritas y todo un 
menu salido de bolsas de plastico. Cuando de veras quieren ser informales, usan la gorra de 
beisbol al reves, con la visera enfriandoles la nuca. 

Un dia, un muchacho atletico, rubio, de facciones pellizcadas, se sirvio un platon de espagueti 
y empezo a comerlo con las manos, a puhos. Juan Zamora sintio una revulsion incontrolable que 
le corto el apetito y le obligo, por primera y quizas unica vez, a interpelar a un compahero. 

— (Que asco! ^No te enseharon a comer en tu casa? 

— Claro que me enseharon. Mis gentes son bien ricas, que te crees... 

— ^Entonces por que comes como un animal? 

— Porque ahora soy libre — dijo el gijero con la boca llena. 

Juan Zamora no llego de saco y corbata a Cornell, sino de blue jeans y chamarra, sueter y mo- 
casines. Su padre, en vida, se resigno a estas "fachas". — Nosotros ibamos de saco y corbata a 
las clases en San lldefonso — . Poco a poco, Juan fue alivianando su ajuar, la sudadera, los zapa- 
tos Keds, pero siempre mantuvo — de espaldas — una correccion minima. El pensaba en sus pa- 
dres de otra manera. Entendio que el astroso disfraz de los estudiantes era una manera de igualar 
el origen social, para que nadie preguntara sobre el origen familiar y el estatus economico. Todos 
iguales, igualados por la facha, el uniforme de mezclilla, la gorra de beisbol, los zapatos tenis. So- 
lo en su refugio — la residencia de la familia Wingate — podia Juan Zamora decir, impunemente, 
con aprobacion de todos, incluso impresionandolos: — Mi familia es muy antigua. Siempre hemos 
sido ricos. Tenemos haciendas, caballos, criados. Con el petroleo, simplemente viviremos como 
siempre, pero con mas lujo aun. Ojala que algun dia nos visiten en Mexico. A mi madre le dara 
mucho gusto recibirlos y agradecerles sus finas atenciones. 

Y la sehora Charlotte suspiraba con admiracion. Era la primera sehora blanca y platinada a la 
que Juan Zamora veia con delantal. 

— jQue bien educados son los aristocratas espaholes! Aprende Becky. 

La sehora Charlotte nunca llamo "mexicano" a Juan Zamora. Temia ofenderlo. 

El otro espacio de la vida del estudiante mexicano era la escuela de medicina y sobre todo el 
anfiteatro de lineas griegas, albo y solido, que coronaba una colina como para que los olores de 
cloroformo y formol no contaminaran al resto del campus. Aqui las modas estrafalarias eran susti- 
tuidas por el bianco uniforme de la medicina, aunque a veces aparecian piernas velludas y casi 
siempre Keds ennegrecidos en las extremidades del alto baton de clinica. 

Hombres y mujeres, todos de bianco, le daban un aire de comunidad religiosa al edificio. Por 
sus pasillos relucientes pasaban monjes y monjas juveniles. A Juan se le ocurrio que la castidad 
seria la regla de esta orden de jovenes medicos. Ademas, el uniforme bianco (cuando no asom a- 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

ban las piernas velludas) acentuaba la androginia generacional. Algunas muchachas usaban el 
pelo muy corto, algunos muchachos lo usaban muy largo y a veces, desde atras (de espaldas), 
era dificil distinguir el sexo. 

Juan Zamora habia tenido uno que otro contacto sexual en Mexico. El sexo no era su fuerte. 
Las prostitutas no le agradaban. Las companeras de la universidad mexicana eran muy exigentes, 
muy devoradoras, lo distraian, hablaban de tener familia o de ser independientes, de vivir asi o 
asado, de triunfar con una decision que lo hacia sentirse chinche, culpable, avergonzado de no 
ser, nunca, aun no, todo lo que podia ser. El mal de Juan Zamora era confundir cada etapa de su 
vida con algo definitive acabado. Asi como hay jovenes que dejan que las cosas fluyan y el azar 
impere, hay otros que creen que cada veinticuatro horas se acaba el mundo. Juan era de estos. 
Sin admitirlo, sabia que las angustias de su madre por la modestia en que vivian, y el orgullo pro- 
bo de su padre, asi como la incertidumbre acerca de las ventajas de su moral, le daban a el un 
sentimiento de sobresalto perpetuo, de inminencia que, sin embargo, era burlada por el gris, im- 
placable flujo de la vida diaria. Si hubiese aceptado ese paso tranquilo de los dias, quizas, tam- 
bien, habria encontrado una relacion mas o menos estable con alguna muchacha. Pero ellas 
mismas veian en Juan Zamora a un muchacho demasiado tenso, asustado, inseguro. Un hombre 
de espaldas, apenado. 

— iPor que miras siempre para atras? ^Crees que alguien nos viene siguiendo? 

— Cruza la calle sin miedo. Aqui no hay coches. 

— Oye, no te agaches. No viene el golpe. 

Ahora en Cornell se puso su bata blanca y se lavo bien las manos. Iba a hacer su primera au- 
topsia, junto con otro estudiante. ^Le tocaria hombre o mujer? La pregunta se le impuso porque 
se referia tambien al cadaver que iba a estudiar. 

El auditorio estaba a oscuras. 

Juan Zamora se acerco a tientas a la mesa de autopsias apenas visible. Entonces su espalda 
rozo la de otra persona. Ambos heron nerviosamente. Las luces cegantes, implacables, como de 
un Jehova vengativo, se encendieron de un golpe y el portero pidio excusas por no haber llegado 
a tiempo. Trataba de ser siempre mas puntual que los chicos, exclamo riendo, apenado. 

^A quien miraria primero Juan Zamora? ^Al estudiante o al cadaver? Bajo la mirada y vio al 
muerto cubierto por una sabana. Levanto los ojos y encontro que le daba la espalda una persona 
muy rubia, de melena larga y hombros no muy anchos. Se volteo y descubrio la cara del cadaver. 
No era posible saber si era hombre o mujer. La muerte habia borrado no solo su tiempo sino su 
personalidad sexual. Era viejo, o vieja, eso si. Era de cera. Habia que creer siempre que los cada- 
veres eran de cera. Resultaba mas facil disecarlos. Este no cerraba bien los ojos y a Juan le so- 
bresalto sentir que aun lloraban. Pero la nariz afilada y retacada de algodones, la mandibula rigi- 
da, los labios hundidos, ya no eran suyos o nuestros. La muerte despojaba de pronombres al indi- 
viduo. Ya no era el o ella, tuyo o mio. La otra mano, enguantada, le tendio el bisturi. 

Trabajaron en silencio. Estaban enmascarados. La persona rubia, menuda pero decisiva que 
trabajaba con el conocia mejor que el las entrahas de un muerto. Lo guiaba en los cortes que era 
necesario hacer. Era un experto, o una experta. Juan se atrevio a mirarle los ojos. Eran grises, de 
ese gris avellanado que a veces se da en los mas bellos anglosajones, porque el color insolito va 
acompahado, casi siempre, de parpados sohadores, profundidades de deseo, fluidez pero tam- 
bien intensidad. 

Se tocaron las manos enguantadas, con la misma calidad de los preservatives, aislados por el 
hule, las mascarillas, los batones. Solo los ojos se vieron. Ahora Juan Zamora nos da la cara, se 
voltea a mirarnos, se arranca la mascarilla, ya no esta de espaldas, muestra su rostro mestizo, 
joven, moreno, de huesos notables, recortados, su piel de postre, piloncillo, panochita de canela, 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

cafe con leche, su menton suave y firme, su labio inferior grueso, su mirada liquida, negra, que 
encuentra la mirada gris avellanada. Juan Zamora ya no esta de espaldas. Instintiva, apasiona- 
damente, nos da la cara, la acerca a los labios del otro, se une en un beso liberador, completo, 
que le lava de todas sus inseguridades, de todas sus soledades, de todas sus penas y vergijen- 
zas. Se besan los dos muchachos para veneer la muerte, si no para siempre, si ahora, en este 
momento, urgidos, temblorosos, ardientes. 

Jim era un muchacho de veintidos ahos, delicado y refinado, serio y estudioso, interesado por 
la politica y el arte. Por todas estas razones, los otros estudiantes lo llamaban "Lord Jim" y su ca- 
beza rubia, sus ojos avellanados y su menudez corporea, iban acompanados de buenos muscu- 
los, buenos huesos, agilidad nerviosa y sobre todo manos agilisimas y dedos largos. Sena un 
gran medico — le decia Juan Zamora — pero no por los dedos y las manos, sino por la vocacion. 
Era un poco — nos manda decir Juan, a pesar de la distancia — como su propio padre Gonzalo 
Zamora, un hombre dedicado, de una pieza, aunque no digno de compasion. 

Contrastaban los dos hombres jovenes y se veian bien juntos, el rubio y el moreno. Primero 
llamaron la atencion en el campus, luego fueron aceptados e incluso admirados por el carino ob- 
vio que se profesaban y la manera espontanea de su relacion. Amorosamente, Juan Zamora se 
encontraba a si mismo finalmente satis fecho, identificado a la vez que sorprendido. Desconocia 
en verdad su tendencia homosexual y sentirla revelada de esta manera, con este hombre, tan 
plena y apasionadamente, con semejante satisfaccion y entendimiento, lo lleno de un tranquilo 
orgullo. 

Continuaron estudiando y trabajando juntos. Su conversacion y su vida tenian un caracter in- 
mediato, como si el mal de Juan Zamora — el temor de que cada dia fuese el ultimo, o por lo me- 
nos el definitorio — se hubiese convertido, gracias a Lord Jim, en su bien. No hubo, durante varias 
semanas, ni antes ni despues. El goce compartido llenaba los dias, impedia la entrada de otras 
preocupaciones, de otros tiempos. 

Una tarde, trabajando juntos en una autopsia, Jim le pregunto por primera vez a Juan sobre 
sus estudios en Mexico. El estudiante mexicano dijo que a el le toco estudiar en la Ciudad Univer- 
sitaria, pero que a veces pasaba por la antigua Escuela de Medicina en la Plaza de Santo Domin- 
go. Era un edificio colonial muy bello, donde estuvo alojada la Santa Inquisicion. Esto le produjo 
una risa nerviosa a Lord Jim; era la primera vez que Juan se alejaba de el hasta un periodo no 
solo remoto sino, acaso, prohibido y detestado para el alma anglosajona. Juan persistio. No hubo 
mujeres doctoras en Mexico hasta el aho 1873 y a la primera de ellas, Matilde Montoya, solo se le 
permitio hacer autopsias en auditorios vacios y con los cadaveres vestidos. 

La risa nerviosa de Jim rompio un poco la tension, o la distancia (^eran la misma cosa?) que 
esa simple referenda a la Santa Inquisicion introdujo en la manera de estar juntos. Era la primera 
irrupcion de un pasado en una relacion que instintivamente los dos muchachos vivian solo para el 
presente. Juan Zamora tuvo una sensacion inasible pero desoladora de que en ese momento 
tambien se abria una perspectiva aun mas peligrosa, la del future Cubrieron con lentitud el cada- 
ver de una bella muchacha suicida que nadie reclamo. 

Juan Zamora tuvo cuidado de que sus citas de amor con Lord Jim fuesen siempre en la tarde, 
para regresar a tiempo a casa de los Wingate, cenar con ellos, ver television, hacer comentarios. 
Ahora Reagan iniciaba su guerra sucia y secreta contra Nicaragua y esto empezaba a molestar, 
sin saber bien por que, a Juan Zamora. En cambio, Tarleton celebraba la decision de Reagan de 
ponerle un hasta aqui al marxismo en las Americas. Quizas este era el motivo de la frialdad cre- 
ciente de Charlotte y Tarleton Wingate, y de la confusion un tanto comica de la niha Becky, quien 
era despachada a su cuarto cuando llegaba Juan, como si su mera aparicion fuese anuncio de 
una peste. ^Tenia Juan Zamora cara de guerrillero y sandinista? 

Claro, el estudiante mexicano entendio en seguida que los rumores de su asociacion homo- 
sexual habian bajado desde el Parnaso hasta la Suburbia, en una comunidad tan pequeha, pero 
decidio no ceder, continuar normalmente, porque su relacion era exactamente eso, una relacion 

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normal, para los unicos que tenian algo que opinar al respecto, y que eran Jim y el. 

Jim era demasiado sensible, tenia muy buenas antenas, y se dio cuenta de cierto malestar ner- 
vioso en su amante. Sabia que no era atribuible a la relacion entre ambos. Abrazados juntos en la 
cama del norteamericano en uno de los dormitorios del colegio, Juan trato de excusarse porque 
esa tarde no habia podido funcionar correctamente y Jim, acariciandole la cabeza recostada sobre 
su hombro, le dijo que era normal, eso le pasaba a todo el mundo. Los dos eran medicos y debian 
saber bien la cantidad de estereotipos que rodeaban toda actividad sexual, del signo que fuese, 
desde la masturbacion que supuestamente enloquecia a los adolescentes hasta el uso perfecta- 
mente normal de material pornografico por los ancianos. Pero los mitos de la homosexualidad 
eran los peores. El entendia. Los Wingate no toleraban a una pareja gay. No era la diferencia ra- 
cial ni la diferencia social lo que les molestaba. Pero Juan nunca se las echo de rico con Jim. No 
dijo nada. A Jim no le interesaba el pasado. 

Juan trato de besar a Jim pero este se incorporo, desnudo, enojado y dijo que era el quien no 
toleraba el puritanismo repugnante de esa gente, su espantoso disfraz de bondad y su perpetua, 
inviolable santidad politica y sexual. Se volteo con furia a ver a Juan. 

— ^Sabes a que se dedica tu casero el senor Tarleton Wingate? A inflar presupuestos de las 
companias privadas que hacen negocios con el Pentagono. ^Sabes en cuanto vende el senor 
Wingate un retrete para los aviones de la Fuerza Aerea? En doscientos mil dolares por excusado. 
jCasi un cuarto de millon para cagar comodamente en el aire! ^Quien paga el gasto de la Defensa 
y la ganancia de la compania de Wingate? Yo. El contribuyente. 

— Pero el dice que adora a Reagan porque acaba con el gobierno y baja los impuestos... 

— Preguntale al senor Wingate si quiere que el gobierno deje de gastar en la defensa, en salvar 
bancos quebrados o en subsidiar a agricultores ineficientes. Diselo, a ver que te contesta. 

— Me llamara comunista, probablemente. 

— Son unos cinicos. Quieren la libertad de empresa para todo, menos para armar ejercitos y 
salvar a financieros pillos. 

Le cuesta a Juan Zamora admitir las razones de Lord Jim, aceptar algo que rompe su regla de 
hacerse querer y quedar bien con los Wingate y a traves de ellos, con la sociedad norteamerica- 
na. Pero esta critica la lanza su amante, el ser que Juan mas quiere en el mundo, y la lanza im- 
placable, enojado, sin importarle la reaccion de nadie, incluso Juan. 

El estudiante mexicano habia temido algo asi, algo que rompiera la perfecta intimidad enclaus- 
trada de la pareja, la autosuficiencia de los amantes. Odia al mundo, mundo metiche, cruel, que 
no gana nada con entrometerse con los amantes, salvo eso, el goce malicioso de distanciarlos. 
^Podrian otra vez gozar de la plenitud anterior a este pequeno incidente? Juan confio en que si, 
multiplied sus pruebas de carino y lealtad a Lord Jim, sus pequenos mimos, su atencion. Acaso, la 
voluntad de reconstruir algo que por ser tan perfecto algun dia debia fisurarse, se notaba dema- 
siado. 

Estan otra vez juntos, con las mascarillas blancas, enguantados, disecando otro cadaver de 
mujer, anciana esta. Lord Jim le pide a Juan que le recuerde como era ese lugar, el palacio de la 
Inquisicion en Mexico, convertido en Escuela de Medicina. Le divierte la idea de que el mismo lo- 
cal sirva un dia para la tortura y al siguiente para el alivio de los cuerpos. El estudiante mexicano 
desvia el tema y le cuenta de la plaza de Santo Domingo y la antigua tradicion de los "evangelis- 
tas", que son unos viejos con maquinas de escribir tan viejas como ellos, sentados en los portales 
y tomando el dictado de los analfabetas que quieren mandarles cartas a sus padres, novios, ami- 
gos. 

— iComo saben que el mecanografo les fue fiel? 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 



— No lo saben. Tienen que tener fe. 

— Confianza, Juan. 

—Si. 

Jim se quito la mascara y Juan le hizo un gesto de advertencia, habia que cuidarse, ya una 
vez, la primera vez, se besaron junto a un cadaver, las bacterias de los muertos han matado a 
mas de un medico incauto... Jim lo miro de una manera extrana. Le pidio que le dijera la verdad. 
cDe que? De su familia, de su casa. Jim sabia lo que se decia en la Universidad, que Juan era 
hijo de gente pudiente, hacendados, etcetera. Juan no se lo habia dicho, porque nunca hablaban 
del pasado. Ahora le pedia por favor que le mandara una carta hablada, como si el, el gringo, fue- 
se el evangelista de la plaza y el, Juan, el analfabeto... 

— No es cierto — dijo Juan otra vez de espaldas, pero sin titubear — . Son puras mentiras. Vivi- 
mos en un apartamento bastante modesto. Mi padre era muy honrado y murio sin un centavo. Mi 
madre se lo recrimino siempre. Se morira recriminandolo. Siento pena y vergijenza por los dos. 
Siento pena por la moral inutil de mi padre, que nadie la recuerda ni la aprecia y no sirvio para un 
carajo. Le hubieran celebrado en cambio su riqueza. Siento vergijenza de que no haya robado, de 
que haya sido un pobre diablo. Pero igual vergijenza sentiria si fuera ladron. Mi jefe. Mi pobre, po- 
bre jefe. 

Se sintio aliviado, limpio. Le habia sido fiel a Lord Jim. Desde ahora, no habria una sola mentira 
entre los dos. Penso esto y sintio un malestar fugitive Lord Jim, tambien, podia ser sincere con el, 
tambien. 

— Explicame sin pena y vergijenza, como les dices, son algo asi como pity y shame en ingles 
— dijo el norteamericano. 

— Me da pena mi madre, quejandose siempre de lo que no fue, adolorida por su vida que debe 
aceptar y que ya nunca sera de otra manera. Me da vergijenza su compasion de si misma, tienes 
razon, ese horrible pecado del self pity, de estarse dando pena a uno mismo el dia entero. Si, creo 
que tienes razon. Hay que tener un poco de compasion para encubrir la pena y la vergijenza por 
losdemas. 

Apreto la mano de Lord Jim y le dijo que no debian hablar del pasado, se entendian tan bien en 
el presente. El norteamericano lo miro de una manera extrana, que Juan casi asimilo a la de la 
mujer muerta que no se resignaba a cerrar los ojos, la mujer que ambos no acababan de disecar. 

— Me sienta muy mal decirtelo, Juan, pero tambien tenemos que hablar del future. 

El estudiante mexicano hizo un gesto involuntario pero intenso, un movimiento veloz y simulta- 
neo, aunque reiterado, de una mano Nevada a la boca, como si implorara silencio, y otra adelanta- 
da, negando, deteniendo lo que se venia... 

— Lo siento, Juan. De verdad me apena lo que voy a decirte. Bueno, hasta me avergijenza. Tu 
entiendes que nadie es totalmente dueho de su destine 

7 Juan, esta vez literalmente, le dio la espalda a Cornell. Corto los estudios, se despidio cor- 
tesmente de los Wingate y estos se mostraron sorprendidos, azorados, preguntandole por que, 
itenia algo que ver con ellos, con el trato de la casa?, pero sus miradas eran de alivio y de secre- 
ta seguridad: esto tenia que acabar mal... Esperaba verlos un dia. Le daria gusto pasearlos por la 
hacienda a caballo. — Busquenme si van a Mexico. 

La familia norteamericana se sintio aliviada pero al mismo tiempo culpable. Tarleton y Charlotte 
lo discutieron varias veces. El chico tuvo que notar el cambio de actitud de sus anfitriones cuando 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

empezo a andar con Jim Rowlands. ^Habian faltado a las leyes de la hospitalidad? <i,Se habian 
dejado arrastrar por un prejuicio irracional? Seguramente. Pero los prejuicios no se extirpaban de 
un dia para otro, eran viejisimos, tenian mas realidad, vamos, que un partido politico o una cuenta 
de banco. Negros, homosexuales, pobres, ancianos, mujeres, extranjeros... la lista era intermina- 
ble. Pero Becky, para que exponerla a una mala influencia, a una relacion escandalosa. Ella era 
inocente. La inocencia era digna de proteccion. Becky los escuchaba murmurar mientras ellos la 
imaginaban mirando el programa educativo Sesame Street y ella trataba de mantener una cara 
seria. Si supieran. Trece ahos y en una escuela privada. ^Que le podian reprochar? ^Para que 
servia el dinero? Dia tras dia, todo el dia, la cantinela de la Generacion Egoista, la Me Generation 
con derecho a todos los caprichos, todos los placeres, y un solo valor, Yo. ^No eran asi sus pa- 
dres? ^No tenian exito porque eran asi? ^Que le iban a pedir a ella? ^Que fuera una puritana de 
la epoca de la caceria de brujas en Nueva Inglaterra? Entonces la nina se perdia en los sucesos 
de la pantalla para no oir las voces de sus padres, que no querian ser escuchados y se hizo la 
pregunta que la confundia mucho, ^como gozar de todo pero parecer una persona muy moral, 
muy puritana? La sangre le hacia cosquillas, el cuerpo le cambiaba y Becky se angustiaba de no 
tener respuestas. Abrazo a su conejo de peluche y se atrevio a decirle, <s,Y tu?, ^entiendes algo 
Bunny? 

Juan, en su vuelo clase economicade Eastern Airlines a la ciudad de Mexico, quiso imaginar, 
desde las nubes, un futuro sin Lord Jim y lo acepto con amargura, con desolacion, como si la vida 
se la hubieran cancelado. Fue lo malo de admitir el pasado primero, el futuro despues. Fue lo pe- 
noso de salirse del instante donde ellos se amaban sin explicaciones, duenos de un solo tiempo, 
de un solo espacio, el Eden de la juventud amorosa que excluye padres, amigos, profesores, je- 
fes. Pero no otros amantes. 

Suspendido en el aire, Juan Zamora quiso recordarlo todo, lo bueno y lo malo, solo una vez 
mas y luego cancelarlo para siempre, no pensar nunca mas en lo que sucedio. Nunca mas sentir 
el odio, la pena, la vergijenza, la compasion por el pasado que vivieron sus pobres padres. Y tam- 
poco sentir eso mismo: pity, shame por si o por Lord Jim, por el futuro que iban a vivir ambos, se- 
parados para siempre, desolado el de Juan Zamora, feliz, comodo, seguro el de Lord Jim, su ma- 
trimonio concertado desde siempre, desde antes de conocer a Juan, arreglado por las familias de 
la rica clase profesional de Seattle, del otro lado del continente, donde se esperaba que un joven 
medico con futuro estuviera casado, tuviera hijos, eso inspiraba respeto, inspiraba confianza, y 
bueno, en la tradicion anglosajona, una experiencia homosexual era aceptada como parte de la 
educacion de un caballero, no habia un ingles en Oxford que no pasara por eso, lo decia por si 
algo llegaba a saberse; Cornell y Seattle estaban muy lejos, el pais era inmenso, los amores eran 
fragilesy pequehos... 

— Y los ricos, te dire citando a un buen escritor, somos distintos de la demas gente — clavo el 
clavo final Lord Jim. 

Lo recordo una sola vez, airado, indignado contra la hipocresia de Tarleton Wingate. Ese es el 
Lord Jim que Juan queria recordar. 

Clavo la frente ardiente en la ventanilla helada y le dio la espalda a todo. Abajo, la barranca de 
Cornell le parecia insignificante, no lo convocaba, no era para el. 

Cuando cuatro ahos mas tarde los Wingate decidieron ir de vacaciones a Cancun, se detuvie- 
ron en la ciudad de Mexico para que Becky conociera el maravilloso Museo de Antropologia. Pero 
la muchacha — ahora una estudiante de diecisiete ahos, bastante descolorida a pesar de que imi- 
taba a su madre y se pintaba el pelo de amarillo — era muy curiosa y hasta liberada. Se consiguio 
un noviecito mexicano en el lobby del hotel y juntos se fueron a pasar un dia a Cuernavaca. Era 
un chico muy apasionado y eso como que le molesto al chofer que los llevo, un tipo enojon e in- 
seguro que trataba de asustar a los turistas con su velocidad en las curvas. 

Ahora fue Becky la que animo a sus padres para caerle de sorpresa a Juan Zamora, el estu- 
diante mexicano que vivio con ellos en 1 981 , <i,se acordaban? Como no se iban a acordar. Y como 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

Tarleton y Charlotte Wingate sentian un poco de verguenza por la manera como partio Juan de su 
casa, aceptaron la proposicion de su hija. Ademas, el propio Juan Zamora los habia invitado a vi- 
sitarlo. 

Tarleton llamo larga distancia a Cornell y pidio la direccion de Juan. La computadora universita- 
ria se la dio enseguida. No era una direccion en el campo. 

— Pero yo quiero conocer una jacienda — dijo Becky. 

— Esta ha de ser su town house — dijo Charlotte — . ^Lo llamamos? 

— No — se alboroto Becky — , mejor vamos de sorpresa. 

— Eres muy fantasiosa — contesto su padre — . Pero estoy de acuerdo. Quiza si lo llamamos, 
busque la manera de no vernos. Siento que salio con rencor de la casa. 

El mismo chofer de turismo que llevo a Becky a Cuernavaca la condujo ahora con sus padres. 
El chofer tenia una sonrisa burlona. Quien la hubiera visto el dia anterior, besuqueandose de lo 
lindo con un naco de miedo. Ahora, toda modosa la muy hipocrita, con esa pareja de gringos dis- 
tinguidos — a veces se daba el caso — pero en busca de un lugar imposible. 

— ^ La colonia Santa Maria? — casi se ho Leandro Reyes, el nombre que Tarleton leyo y anoto 
mentalmente en el permiso de circular, por si las dudas — . Es la primera vez que alguien me pide 
llevarlo alii. 

Atravesaron no solo el espacio urbano grueso, amarejado, rumoroso como un rio sin agua, de 
pura piedra suelta, no solo penetraron la nata corrupta del aire pardo, tambien cruzaron los tiem- 
pos de Mexico D.F. desordenados, anarquicos, inmortales: tiempo imbricado en su anterior y en 
su porvenir, como un niho que sera padre de su descendencia, como un nieto que sera la prueba 
unica de que su abuelo camino por estas calles: al norte siempre, por Mariano Escobedo a Ejerci- 
to Nacional a Puente de Alvarado y la Estacion de Buenavista, mas alia de San Rafael, cada vez 
mas bajo todo, mas incierto entre su construccion y su derrumbe, ^que es nuevo, que es viejo, 
que esta naciendo en esta ciudad, que se esta muriendo, son la misma cosa? 

Los Wingate se miraron entre si, asombrados, adoloridos. 

— Quizas hay un error. 

— No — les dijo el chofer — . Aqui estamos. Es esa casa de apartamentos. 

— Sena mas prudente regresar dijo Tarleton. 

— No — casi grita Becky — . Ya estamos aqui. Me muero de curiosidad. 

— Entonces ve tu sola — le dijo su madre. 

Esperaron un rato frente al edificio verde, color limon, necesitado de una buena mano de pintu- 
ra. Tenia tres pisos y ropa colgada a secar en los balcones, una antena de TV y un expendio de 
gaseosas a la entrada. Una muchacha chapeteada, con delantal pero con permanente, se ocupa- 
ba de acomodar las botellas en la nevera. Un viejo pequeho, arrugado y con sombrero de petate, 
se asomo a la puerta y los miro con curiosidad. A cada lado, una balateria. Paso un tamalero gri- 
tando rojos, verdes, de chile, de dulce y de manteca. El chofer — Leandro Reyes, leyo Tarleton 
Wingate en el permiso — hablaba interminablemente en ingles sobre deudas, inflacion, el costo de 
la vida, devaluaciones del peso, merma de salarios, pensiones que no Servian para nada, todo 
muy amolado. 

Salio Becky de la casa y subio con premura al automovil. 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 



— El no estaba. Su madre si. Se asomo a la ventana a ver el coche. Dijo que hacia mucho que 
nadie la visitaba. Juan esta bien. Trabaja en un hospital. Le hice jurar que no le diria que estuvi- 
mos aqui. 

Todas las noches, Juan Zamora tiene exactamente el mismo sueno. A veces, quisiera sonar 
algo distinto. Se acuesta pensando en otra cosa, pero por mas esfuerzos que haga, el sueno de 
siempre regresa siempre, puntualmente. Entonces el se resigna y admite la soberania del sueno, 
lo convierte en companero inevitable de sus noches: un sueno amante, un sueno que debe adorar 
a quien visita, porque no se deja expulsar de ese segundo cuerpo del antiguo estudiante y ahora 
joven doctor del Seguro Social Juan Zamora. 

Regresa el, noche tras noche, hasta habitarlo a el, su gemelo, su socio, su camisa mitologica, 
que no se puede mudar sin arrancarle la piel al sohador: sueha con una mezcla de confusion, gra- 
titud, rechazo y enamoramiento; cuando quisiera escaparse del sueno, lo hace deseando inten- 
samente ser poseido de nuevo por el sueno; cuando quisiera adueharse del sueno, la vida coti- 
diana se asoma con la sonrisa amarga de todas las auroras de Juan Zamora, secuestrandolo en 
los hospitales, las ambulancias, las morgues de su geografia citadina. Secuestrado por la vida, 
rehen del sueno, Juan Zamora regresa todas las noches a Cornell y camina de la mano de Lord 
Jim hacia el puente sobre la barranca. Es el otoho y los arboles vuelven a mostrarse desnudos 
como agujas negras: el cielo ha descendido un par de peldahos pero la barranca es mas honda 
que el firmamento y convoca a los dos jovenes amantes con una promesa mentirosa: el cielo esta 
alia abajo, el cielo existe boca arriba, respirando maleza y breha, su aliento es verde, sus brazos 
espinosos: hay que merecer el cielo entregandose a el, poniendo de cabeza la mentira que des- 
ubica al paraiso y lo exalta hasta las nubes: el paraiso, de existir, esta en la entraha misma de la 
tierra, nos aguarda con su abrazo humedo, donde se confunden carne y arcilla, donde el gran ute- 
ro materno se confunde con el barro de la creacion y la vida nace y renace de su gran profundidad 
genesica, jamas de su ilusion aerea, jamas de las lineas de aviacion que falsamente unen Nueva 
York y Mexico, Atlantico y Pacifico, separando, rompiendo la maravillosa unidad de los amantes, 
su androginia perfecta, su identidad siamesa, su bellisima anormalidad, su monstruosa perfeccion, 
para arrojarlos a destinos incompatibles, a horizontes opuestos, ^que horas son en Seattle cuan- 
do en Mexico cae la noche, porque la ciudad de Jim mira hacia un mar jadeante y la ciudad de 
Juan hacia un polvo inquieto, por que el aire de la costa es de cristal y el aire de la meseta de ex- 
cremento? 

Entonces Juan y Jim se sientan a horcajadas sobre la baranda del puente y se miran profun- 
damente, hasta el fondo de los ojos negros del mexicano y grises del norteamericano, sin tocarse, 
poseidos por sus miradas, entendiendolo todo, aceptandolo todo, sin rencores, sin ilusiones, dis- 
puestos a tenerlo, sin embargo, todo, el origen del amor convertido en destino del amor, sin sepa- 
racion posible, por mas que la vida diaria los escinda.. 

Se miran, sonrien, se ponen ambos de pie sobre la cornisa del puente, se toman de la mano y 
saltan los dos al vacio, con los ojos cerrados, pero convencidos de que todas las estaciones se 
han dado cita para mirarlos morir juntos, el invierno regando polvo congelado, el otoho lamentan- 
do la muerte pasajera del mundo con una voz roja y dorada, el lento verano perezoso y verde, y 
por fin otra primavera, ya no fugaz e imperceptible, sino eterna esta, una barranca repleta de ra- 
sas, una caida suave, mortal, hasta el rocio que los baha cogidos de las manos, con los ojos ce- 
rrados, Lord Jim y Juan, ahora hermanos... 

Juan Zamora si. Pidio que les contara todo esto. Siente pena, siente vergijenza, pero tiene 
compasion. Nos ha dado la cara. 



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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

EL DESPOJO 

A Sealtiel Alatriste 



Dionisio "Baco" Rangel alcanzo la fama muy jovencito, cuando en el programa de radio Los ni- 
nos catedraticos dio sin titubear la receta de las tortitas de tuetano poblanas. 

Descubrimiento: saber de gastronomia puede ser fuente no solo de fortuna, sino de magnificos 
banquetes, convirtiendo la necesidad de la supervivencia en el lujo de la vivencia. Este hecho de- 
finio la carrera de Dionisio, pero no le dio una meta superior. 

La trascendencia del mero apetito en arte culinario, y de este en profesion bien remunerada, se 
la otorgo el amor por la cocina mexicana y el concomitante desprecio por otras cocinas de muy 
pobre perfil, como la de los Estados Unidos de America. Antes de los veinte ahos, Dionisio habia 
decidido, como articulo de fe, que solo habia cinco grandes cocinas en el mundo: la china, la fran- 
cesa, la italiana, la espanola y la mexicana. Otras naciones tenian platillos de primera — Brasil la 
feijoada, Peru la gallina al aji, Argentina la excelencia de sus carnes, Norafrica el cuscus y Japon 
el teriyaki — , pero solo la cocina mexicana era un universo en si. Del chilorio sinaloense, con sus 
cubitos de puerco bien sazonados en oregano, ajonjoli, ajo y chile ancho, al oaxaqueho polio a las 
hierbas de la sierra, con sus hojas de aguacate, pasando por los tamales uchepos de Mchoacan, 
del robalo al perejil con langostinos de Colima, el albondigon relleno de rajas de San Luis Potosi, y 
esa delicia supremaque es el mole amarillo de Oaxaca (dos chiles anchos, dos chiles guajillos, un 
jitomate rojo, 250 gr. de jitomatillos verdes, dos cucharadas de cilantro, dos hojas de hierbasanta, 
dos granos de pimienta), para Dionisio la cocina mexicana era una constelacion aparte, que se 
movia en las bovedas celestes del paladar con trayectorias propias, con sus propios planetas, sa- 
telites, cometas, bolidos y, como el espacio mismo, infinita. 

Llamado, tambien prontamente, a escribir en diarios mexicanos y extranjeros, dar cursos y con- 
ferencias, aparecer en television y publicar libros de cocina, a los cincuenta y un ahos Dionisio 
"Baco" Rangel era una autoridad culinaria, celebrado y bien pagado, sobre todo, en el pais al que 
mas despreciaba por la pobreza de su cocina. Llevado y traido por los Estados Unidos de America 
(sobre todo despues del exito de la novela de Laura Esquivel, Como agua para chocolate), Dioni- 
sio decidio que esta era la cruz de su existencia: predicar la buena cocina en un pais incapaz de 
entenderla o practicarla. Ya, ya, habia excelentes restoranes en las grandes ciudades, Nueva 
York, Chicago, San Francisco, y la Nueva Orleans tenia una tradicion inexplicable sin la larga pre- 
sencia francesa. Pero Dionisio desafiaba a la mas humilde cocinera de Atlixco, Puebla o Puerto 
Escondido, Oaxaca, a internarse sin pavor por los desiertos gastronomicos de Kansas, Nebraska, 
Wisconsin, Indiana o las Dakotas, buscando en vano su epazote, su chile ajillo, su huitlacoche o 
su agua de Jamaica... 

Dionisio alegaba que el no era anti — yanqui ni en este capitulo ni en cualquier otro, por mas 
que no hubiese niho nacido en Mexico que no supiera que los gringos, en el siglo XIX, nos despo- 
jaron de la mitad de nuestro territorio, California, Utah, Nevada, Colorado, Arizona, Nuevo Mexico 
y Texas. La generosidad de Mexico, acostumbraba decir Dionisio, es que no guardaba rencor por 
este terrible despojo, aunque si memoria. En cambio, los gringos ni se acordaban de esa guerra, 
ni sabian que era injusta. Dionisio los llamaba "los Estados Unidos de Amnesia". Con humor, pen- 
saba a veces en la ironia historica en virtud de la cual Mexico perdio todos esos territories en 1848 
por culpa del abandono, el desinteres y la poca poblacion. Ahora (sonreia picaramente el elegan- 
te, bien vestido, distinguido y plateado critico) estabamos en el trance de recuperar la patria perdi- 
da gracias a lo que podria llamarse el imperialismo cromosomatico de Mexico. Habia millones de 
trabajadores mexicanos en los Estados Unidos y treinta millones de personas, en los Estados 
Unidos, hablaban espahol. ^Cuantos mexicanos, en cambio, hablaban correctamente el ingles? 
Dionisio solo conocia a dos, Jorge Castaheda y Carlos Fuentes, y por eso estos dos sujetos le 
parecian sospechosos. Le resultaba admirable, en cambio, la exclamacion del torero andaluz Ca- 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

gancho: "^Hablar ingle? jNi lo mande Dio!" El hecho es que si los gringos nos chingaron en 1848 
con su "destino manifesto", ahora Mexico les daria una sopa de su propio chocolate, reconquis- 
tandolos con mexicanisimas catenas lingufsticas, raciales y culinarias. 

Y el propio Rangel, <i,c6mo se comunicaba con sus auditorios universitarios angloparlantes? 
Con un acento aprendido del actor Gilbert Roland, nacido Luis Alonso en Coahuila, y abundantes 
traducciones literales que hacian la delicia de sus oyentes: 

— Let's see if like you snore you sleep. 

— Beggars can't carry big sticks. 

— You don't have a mom or a dad or even a little dog to bark at you. 

Todo esto para que entiendan ustedes con que conflictivos sentimientos llevaba a cabo Dioni- 
sio "Baco" Rangel, dos veces por aho, sus giras por universidades norteamericanas donde el es- 
panto de sentarse a cenar a las cinco de la tarde no era nada comparado con el horror de lo que a 
esa hora, en que los mexicanos apenas se estan levantando de almorzar, se servia en las mesas 
academicas. Generalmente, el banquete se iniciaba con una ensalada de lechuga desmayada, 
coronada con jalea de fresa: este toque, le habian dicho repetidas veces en Missouri, Ohio y Mas- 
sachusetts, era muy sofisticado y gourmet. Seguia el consabido polio de hule, incortable e inmas- 
ticable, servido con elotes duros y un pure de papas enamorado del sabor del sobre de donde sa- 
lio. El postre era una simulacion del strawberry shortcake, pero en version esponja de baho. Por 
ultimo, un cafe aguado permitia ver hasta el fondo de la taza y admirar los circulos geologicos que 
diez mil porciones de veneno habian dejado en ella. Lo mejor, se dijo Dionisio, era beber disimu- 
ladamente el te helado que a todas horas y en toda ocasion era servido, insipidamente, pero al 
menos con sabrosas rodajas de limon. Rangel las chupaba avidamente, para no acatarrarse du- 
rante el viaje. 

^Tacaheria? ^Falta de imaginacion? Dionisio Rangel decidio convertirse en el Sherlock Hol- 
mes de lo que pasa por "cocina" en los Estados Unidos, conduciendo una investigacion secreta, 
somera y satisfactoria, en hospitales, manicomios y carceles. ^Que descubrio que se servia alii? 
Ensalada con jalea de fresa, cauchesco polio, esponjoso pastel y traslucido cafe. Se trataba, con- 
cluyo nuestro heroe, de comida institucional, generalizada, cuyas excepciones habrian de ser, si 
no memorables, acaso sorprendentes: profesores, reos, locos y enfermos dictaban el tono de los 
menus norteamericanos o, quizas, las universidades, manicomios, carceles y hospitales eran to- 
dos servidos por la misma agenda de alimentacion. 

Sonriente, Dionisio, mientras se afeitaba despues del baho matutino — las mejores ideas le ve- 
nian a esa hora y en esa actividad — imagino una explicacion historica, untandose en la mejilla su 
espuma de Barbasol. Solo hay grandes cocinas nacionales cuando surgen del pueblo. En Mexico, 
Italia, Francia o Espaha, se puede entrar sin temor a la primera fonda del camino, al mas humilde 
bistro, a la mas concurrida tavola calda, con la seguridad de que algo bueno se sirve alii. No son 
los ricos — le decia Rangel a quien quisiera escucharlo — quienes dictan desde arriba el gusto cu- 
linario, es el pueblo, el obrero, el campesino, el artesano, el conductor de camiones de carga, 
quien, desde abajo, inventa y consagra los platillos de las grandes cocinas. Y lo hace por intimo 
respeto a lo que se Neva a la boca. 

La paciencia, el tiempo, explicaba Dionisio en sus clases, ante una manada incomprensible de 
jovenes con bubble gum en la boca y gorras de beisbol en la cabeza: se necesita tiempo y pa- 
ciencia para preparar un lapin faissande en Francia, dejando que la liebre se pudra hasta el punto 
exacto de su mas sabrosa y sapida amargura (ugh!), amor y paciencia para hacer un sufle de hui- 
tlacoche en Mexico, empleando el hongo negro y canceroso del maiz, que en otras latitudes me- 
nos sofisticadas se les sirve a los cerdos (yak!). 

En cambio, no se tiene tiempo o paciencia cuando se trata de freir un par de huevos debajo del 
covered wagon mientras atacan los pieles rojas y esperando que llegue la caballeria del ejercito a 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

salvarnos (whoopee!). Dionisio le hablaba a docenas de emulos de Beavis y Butthead, vastagos 
de Wayne's World, legiones de muchachos convencidos de que ser idiotas era la mejor manera de 
pasar por el mundo desapercibidos (en algunos casos) o notoriamente (entre otros), pero siempre 
duenos de una libertad anarquica y de una sabiduria estupida, natural, redimida por su propia im- 
becilidad sin pretensiones o complicaciones. Saber consistia en no saber. Era la leccion funesta 
de la pelicula Forrest Gump. Estar siempre disponible para el azar... 

^Como iban a entender los sucesores de Forrest Gump que generaciones y mas generaciones 
de monjas, abuelitas, nanas y solteronas eran indispensables para que solo una ciudad mexicana, 
Puebla, ofreciese mas de ochocientas recetas de postres, obra de la paciencia, la tradicion, el 
amor y la sabiduria? ^Como, ellos cuyo supremo refinamiento consistia en creer que la vida es 
como una caja de chocolates, una variada prefabricacion, un fatal destino protestante disfrazado 
de libre arbitrio? Beavis y Butthead, ese par de majaderos, habrian acabado con las monjitas po- 
blanas a pastelazos, a las abuelitas las habrian encerrado en un closet a morirse de sed y ham- 
bre, y a las nanas las habrian violado. Favor cual ninguno para las sehoritas quedadas. 

Los estudiantes de "Baco" lo miraban como un loco y para desmentirlo, lo invitaban a veces a 
MacDonalds despues de clase, con el aire de proteger a un enajenado o de aliviar a un meneste- 
roso. iComo iban a entender que en Mexico un campesino, aunque coma poco, come bien? La 
abundancia, eso era lo que celebraban sus estudiantes gringos, exhibiendose ante el estrafalario 
("weird") conferenciante mexicano con los cachetes llenos de hamburguesas despanzurradas; las 
panzas, de pizzas del tamaho de una rueda de carreta; y las manos, de sandwiches altos como 
los celebres emparedados de Lorenzo — Dagwood en la tira comica e inclinados tan peligrosamen- 
te como la torre de pisa. (Tambien hay un imperialismo de las tiras comicas. La America Latina 
recibe los comics norteamericanos pero ellos no publican nunca los nuestros. Mafalda, Patoruzu, 
los Supersabios o la Familia Burron jamas viajan de sur a norte. Nuestra venganza, minima, es 
darles nombres castellanos a la galena de los funnies gringos. Jiggs and Maggie se convierten en 
Pancho y Ramona, Mutt and Jeff en Benitin y Eneas, Goofy en Tribilm, Minnie Mouse en Ratonci- 
ta Mimi, Donald Duck en Pato Pascual y Dagwood and Blondie en Lorenzo y Pepita. Pronto, sin 
embargo, ni esta libertad nos quedara, y Joe Palooka sera siempre Joe Palooka, no nuestro tergi- 
versado Pancho Tronera.) Abundancia. Sociedad de la abundancia. Dionisio Rangel quiere ser 
muy franco y admitir ante ustedes que el no es un asceta ni un moralista. ^Como puede serlo un 
sibarita que con semejante sensualidad goza de un clemole con salsa de rabanos? Pero su pen- 
diente culinaria, tan exquisita, tiene otra ladera grosera, posesiva, de la cual el pobre critico de la 
gastronomia no se siente culpable, pues es apenas — les ruega que lo comprendan — victima pa- 
siva de la sociedad de consumo norteamericana. 

Insiste: no es su culpa. ^Como evadir, aunque sea durante dos meses al aho en los Estados 
Unidos, que el lugar donde uno se encuentre — hotel, motel, apartamento, faculty club, garconnie- 
re o, en casos extremos, trailers — se llene en un abrir y cerrar de ojos de correo electronico, cu- 
pones, ofrecimientos de toda laya, premios balines asegurandole a uno que se ha ganado un cru- 
cero al Caribe, suscripciones indeseables, montahas de papel, periodicos, revistas especializadas, 
catalogos de L. L. Bean, Sears y Neiman Marcus? 

Como respuesta a este alud de papeles, multiplicada por mil con el advenimiento del sistema 
electronico E — Mail, solicitudes, falsas tentaciones, Dionisio decidia abandonar su papel receptor, 
pasivo, y adoptar otro, emisor, muy active En vez de ser la victima de la avalancha, decidio com- 
prar la montaha. Es decir, se propuso adquirir todo lo que le ofrecian los anuncios de television, 
las leches malteadas para adelgazar, los clasificadores para documentos, los CDs irrepetibles con 
las mejores canciones de Pat Boone y Rosemary Clooney, las historias ilustradas de la segunda 
guerra mundial, los complicadisimos aparatos para entonar y/o desarrollar los musculos, los platos 
conmemorativos de la muerte de Elvis Presley o la boda de Carlos y Diana, la taza conmemorati- 
va del Bicentenario de la independencia, los juegos de te de falso Wedgwood, los ofrecimientos 
de viajero frecuente de todas las aerolineas, los restos de las baratas del dia de cumpleahos de 
Lincoln y Washington, la bisuteria de los espantosos canales vendedores de anillos, prendedores 
y collares, los videos de ejercicios de Cathy Lee Crosby, todas las tarjetas de credito habidas y 
por deber, todo, todo decidio que era irresistible, suyo, apropiable, hasta los detergentes magicos 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

que toda lo limpian, incluso una mancha emblematica de mole poblano. 

Secretamente, conocia las razones de esta voracidad adquisitiva. Una era confiar en que si el 
aceptaba expansiva, generosamente, lo que los Estados Unidos le ofrecian — regimenes para 
adelgazar, detergentes, canciones de los cincuenta — , los Estados Unidos acabarian por aceptar 
lo que el les ofrecia — paciencia y gusto para cocinar un buen escabeche victorioso — . La otra era 
vengarse de los premios que, llamado a concursar en television, Dionisio iba acumulando, otra 
vez, pasivamente. Su infinita erudicion culinaria le facilitaba aparecer en quizz shows y ganar no 
solo en la categoria gastronomica sino en todas las demas. Cocina y sexo son dos placeres indis- 
pensables, mas aquella que este, pues se puede comer sin amar, pero no se puede amar sin co- 
mer, y el que sabe de paladares culinarios o culinarios paladares, sabe todo: en torno a un beso, o 
a un chilpachole de jaiba, se organiza toda una sabiduria historica, cientifica y, aun, politica. 
^Donde se origino el cocktail? En Campeche, entre marinos ingleses que mezclaban sus bebidas 
con el condimento local llamado cola de gallo. ^Quien consagro el chocolate como bebida acep- 
table en sociedad? Luis XIV en Versalles, despues de que el brebaje azteca fue considerado du- 
rante dos siglos un veneno amargo. ^Por que fue prohibida en la vieja Rusia la papa por la iglesia 
ortodoxa? Porque no era mencionada en la Biblia y debia, por ello, ser producto diabolico. En es- 
to, los popes tenian razon: son las papas base del diabolico vodka. 

La verdad es que Rangel hacia estos circos para darse a conocer ante publicos mas amplios, 
mas que para ganar las lavadoras automaticas, las aspiradoras y los viajes a Acapulco con que 
sus exitos eran premiados. 

Ademas, habia que llenar las horas... 

Zorro plateado, hombre interesante, galan maduro, Dionisio "Baco" Rangel era, a los cincuenta 
y un ahos, un poco la copia de ese modelo cinematografico representado en el cine mexicano por 
el late (en todos sentidos) Arturo de Cordova (escaleras de marmol y alcatraces de plastico como 
fondo para amores neuroticos con inocentes nihas de quince ahos y vengativas madres de cua- 
renta, todas ellas reducidas a su justa medida por la memorable y lapidaria frase del galan otohal: 
"No tiene la menor importancia"). Aunque, con mayor autogenerosidad, Dionisio, al mirarse en el 
espejo mientras se rasuraba cada mahana (Barbasol, Buenas Ideas), se decia que nada le envi- 
diaba a Vittorio de Sicca, emigrado de las peliculas de telefono bianco y las sabanas de satin, en 
la Italia fascista, para convertirse en el supremo director neorrealista de nihos limpiabotas, bicicle- 
tas robadas y ancianos sin mas compahia que un perro. Pero, jque guapo, que elegante, que ro- 
deado siempre de Ginas y Sofias y Claudias! A esta suma de experiencias, cobijadas bajo la ter- 
sura de las apariencias, aspiraba nuestro compatriota Dionisio "Baco" Rangel, a medida que iba 
almacenando todos sus productos norteamericanos en un deposito suburbano de la ciudad fronte- 
riza de San Diego, California. 

Solo que las muchachas ya no acudian espontaneas al galan otohal. Solo que su estilo choca- 
ba demasiado con el de las jovenes de hoy. Solo que mirandose al espejo (cubierto de Barbasol, 
desprovisto de Buenas Ideas) aceptaba que despues de Cierta Edad un galan ha de ser circuns- 
pecto, elegante, tranquilo, a fin de no caer en el ridiculo maximo del Don Juan viejo, el Fernando 
Rey de Viridiana, que solo posee a las virgenes si primero las dopa y les toca el Mesias de Han- 
del. 

— Unhandel me, sire. 

Por eso, en sus giras por las universidades y los estudios de television norteamericanos, Dioni- 
sio tenia que pasar muchas horas solitarias, gastando su melancolia en futiles reflexiones. Cali- 
fornia era su zona de operaciones fatal y hubo una temporada en la que se paso momentos muer- 
tos en Los Angeles mirando el paso de los automoviles por el sistema de autopistas de la ciudad 
sin cabeza, imaginando que asistia al equivalente moderno de una justa medieval, en la que cada 
conductor era un caballero sin tacha y cada automovil un caballo armado. Pero su concentrada 
observacion acabo por suscitar sospechas y finalmente la policia lo detuvo por andar de vagabun- 
do cerca de las autopistas — <^era un terrorista? 

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Las rarezas norteamericanas solicitaban su atencion, le complacia descubrir que debajo de los 
lugares comunes sobre la sociedad uniforme, robotica, sin personalidad culinaria (articulo de fe) 
se agitaba un mundo multiforme, excentrico, cuasi — medieval en su fermento corrosivo del orden 
impuesto, antes, por Roma y su Iglesia, hoy por Washington y su Capitolio. ^Como iba a ordenar- 
se un pais lleno de locos religiosos que creian a pie juntillas que lafe y no el bisturi sobraban para 
curar un tumor pulmonar? ^Como, el mismo pais lleno de gente temerosa de cruzar miradas con 
otras personas en la calle que podrian resultar cientologos con derecho a matarnos si no comul- 
gabamos con sus ideas, asesinos liberados de manicomios y carceles sobrepobladas, homo- 
sexuales vengativos armados de jeringas contaminadas de HIV, neonazis de cabeza rapada dis- 
puestos a degollar a toda persona de tez oscura, milicianos libertarios con bombas listas para 
acabar con el gobierno haciendo volar las oficinas publicas, bandas de adolescentes mejor arma- 
dos que la policia para ejercitar el derecho constitucional de portar bazukas y volarle la cabeza a 
cualquier hijo de vecino? 

Deslizandose por las paredes de America, con gusto le entregaba Dionisio a un solo pais el 
apelativo de todo un continente, con gusto sacrificaba ese nombre sin nombre, esa ubicacion fan- 
tasmal, "los Estados Unidos de America", que era como llamarse, dijo su amigo el historiador Da- 
niel Cosio Villegas, "El Borracho de la Esquina" o, pensaba el propio Dionisio, se reducia a una 
mera indicacion, como "Tercer Piso a la Derecha", por los nombres con prosapia, situacion, histo- 
ria, Mexico, Argentina, Brasil, Peru, Nicaragua... 

Buen mexicano, les concedia a los gringos todo el poder del mundo salvo el de una cultura 
aristocratica: Mexico la tenia, al precio, era cierto, de una desigualdad e injusticia abismales, aca- 
so insuperables. Pero Mexico tambien tenia formas, maneras, gustos, sutilezas, que confirmaban 
una cultura aristocratica: un islote tradicional azotado y a veces inundado, cada vez mas, era cier- 
to, por tormentas de vulgaridad y maneras de comercializacion peores, por chafas, por baratas, 
por azcarragosas, que las del comun norteamericano. Pero en Mexico hasta un bandido era cor- 
tes, hasta un analfabeto, culto, hasta un niho sabia decir buenos dias, hasta una criada sabia ca- 
minar con gracia, hasta un politico sabia comportarse como una dama, hasta una dama sabia 
comportarse como un politico, hasta los tullidos eran alambristas y hasta los revolucionarios teni- 
an el buen gusto de creer en la virgen de Guadalupe. 

Nada de esto lo consolaba de los momentos cada vez mas prolongados de tedio cincuenton, 
cuando las clases terminaban, las conferencias concluian, las muchachas se iban y el debia re- 
gresar solo al hotel, al motel, al Faculty Club... 

Quizas fueron estas curiosidades las que condujeron a Dionisio 'Baco' Rangel a su mas recien- 
te manera de entretenimiento en California. Paso semanas sentado frente a esos lugares que po- 
nian a prueba su paciencia y su buen gusto — los MacDonalds, Kentucky Fried Chicken, Pizza Hut 
y, abominacion de abominaciones, Taco Bell — con el proposito de contar a los gordos (y a las 
gordas) que entraban y salian de esas catedrales del mal comer. Llego armado de estadisticas. 
Hay cuarenta millones de personas obesas en los EEUU, mas que en cualquier otro pais del 
mundo. Gordos, pero en serio: masas de color de rosa, almas perdidas detras de rollos y mas ro- 
llos de carne, hasta hacer perdedizas, tambien, caracteristicas como los ojos, la nariz, la boca, el 
sexo mismo. Dionisio veia pasar a una gorda de trescientos cincuenta libras de peso y se pregun- 
taba donde quedaria la veta de su placer, como se llegaria, entre las multiples lonjas de sus mus- 
los y sus nalgas, al santoyo de su libido. <i,Se atreveria el macho a pedir: Amor, tirate un pedo pa- 
ra que me oriente? Dionisio se rio solo de su vulgaridad, celebrada y perdonada en virtud de que 
todo aristocrata hispanico algo le debe a la escatologia del maximo poeta de la lengua, don Fran- 
cisco de Quevedo y Villegas. Quevedo relaciona nuestro espiritu y nuestro excremento: seremos 
polvo, mas polvo enamorado. Esto nos justifica para gozar lo mucho de profano que tiene la exis- 
tencia y hacer como Quevedo en el siglo XVIII y nadie hasta Kundera en el XX, el elogio de las 
gracias y desgracias del ojo del culo. 

El desfile contemplado le debia mucho mas, sin embargo, a Fernando Botero y sus adiposos 
repartos de cortesanas inmensas que Rubens no llego a imaginar, curas obesos, nihos hinchados, 

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generales a punto de reventar... jCuarenta millones de gordos gringos! ^Eran solo el resultado de 
la mala alimentacion? <i,Por que solo se daban en los Estados Unidos y no en Espana, en Mexico 
o Italia, a pesar de las butifarras y los tamales y los tallarines? En la panza de cada panzon que 
pasaba, adivinaba Dionisio millones de bolsas de celofan guardando celosamente, en el vacio 
previo a la pletora, miles de millones de papas fritas, palomitas de maiz, melcochas cubiertas de 
nuez y chocolate, cereales audibles, montanas de helado tricolor coronado de cacahuates y ca- 
ramelo caliente, hamburguesas duras y delgadas como suela de zapato hechas con carne de pe- 
rro pero servidas entre tumulos de pan gordo, insipido, inflado, la hostia nacional americana em- 
barrada de ketchup (Esta Es Mi Sangre) y cargada de calorias (Este Es Mi Cuerpo)... Nalgas co- 
mo esponja, manos humedas y transparentes como gelatina, piel rosa deteniendo la masa conte- 
nida del pus, la sangre y las escamas...: las vio pasar. 

Y sin embargo, perversa, inexplicablemente, Dionisio "Baco" Rangel, al ver el paso multitudina- 
rio de las gordas, empezo a sentir una comezon sexual comparable a la de la primera excitacion, 
dulce, imprevisible, alarmante, inexplicable, de los trece ahos. No, no la primera masturbacion, 
hecho ya volitivo y racional, sino el florecer primero del sexo, asombroso, impensable antes de 
que sucediera... El primer semen derramado por el joven que en ese momento era siempre el pri- 
mer hombre, Adan, nada, nadando en semen. 

Esta intuicion perturbo profundamente al solitario e itinerante gourmet. Si, en Mexico no falta- 
ban sehoras muy distinguidas de cincuenta y hasta cuarenta ahos dispuestas a acompaharle a 
comer en Bellinghausen, cenar en el Estoril, oir un concierto en el festival del Centra Historico or- 
ganizado por Francesca Saldivar, o ir a conferencias de sus dos antiguos colegas de Los Nihos 
Catedraticos, sus contemporaneos Jose Emilio Pacheco y Carlos Monsivais. Y si, algunas de es- 
tas sehoras aceptaban gustosas un acoston de tarde en tarde, pero era muy tarde, tambien, para 
aprender las mahas de ellas o enseharles a ellas las de Dionisio. Ni ellas tenian por que saber 
que nada lo excitaba a el tanto como una mano de mujer en la nuca, ni el tenia que saber a quie- 
nes les gustaba que les chupara un pezon y a quienes no, porque eso les dolia mucho: jouch! La 
muerte de su amigo el novelista ecuatoriano Marcelo Chiriboga, especialista en amar a las gordas, 
le privo del placer de comparar notas con ese sabio, ignorado y sensual escritor, quien ahora, a la 
vera de Dios, repetiria la consabida oracion de los habitantes de la antigua capital incasica con- 
quistada por Sebastian de Belalcazar: "En la tierra, Quito, y en el cielo un hoyito para ver a Quito." 
Ahora, Dionisio solo queria un hoyito para ver el hoyito de una gordita. 

El desfile de las gordas tuvo en el un efecto singular, novedoso. Empezo por imaginarse en 
brazos de una de estas inmensas mujeres, perdido en frondosidades comparables a las de un 
bosque de helechos carnosos, en busca de las joyas secretas, las puntas diamantinas, los tercio- 
pelos escondidos y las lisuras nacaradas, las humedades invisibles de LAS GORDAS. Mas por 
ser Dionisio, Dionisio (un caballero mexicano discreto, atildado y reconocido) no se atrevio a cum- 
plir ipso facto el impulso de su imaginacion y su carne, que era acercarse al obeso objeto de su 
deseo y solicitarla, exponiendose a un desconton o, con suerte, a una aceptacion. Aquel, por im- 
pactante que fuese, le resultaba, sin embargo, menos doloroso que, no el rechazo, sino el consen- 
timiento de una tarde de amor: jamas habia querido a una gorda, no sabia por donde tomarla, que 
cosa decirle y que no decirle, cual era, en suma, el protocolo erotico con las mujeres muy obesas. 
^Como iba, por ejemplo, a ofrecerles de comer sin, quizas, ofenderlas? ^Que monerias esperaba 
una gorda que no la empequehecieran o burlaran (vengase mi chiquita, tus ojitos tan lindos, dimi- 
nutivos ofensivos, tus ojazos tan grandes, tus inmensas tetas, aumentativos verboten). Dionisio 
temio perder toda naturalidad y en consecuencia toda efectividad: se resigno a no abordar a nin- 
guna Gorda que salia del Kentucky Fried, pero la abundancia misma de las mujeres por primera 
vez deseadas lo llevo, por asociaciones faciles de entender, a pensar en comida, a compensar la 
imposibilidad erotica con la posibilidad culinaria, a comerse lo que no podia cogerse... 

Estaba en un centra comercial al Norte de San Diego. Busco en el directorio el restoran que le 
parecio menos malo. Un O Sole Mio le aseguraba pasta hecha hace una semana disfrazada bajo 
un vesubio de salsa de tomate. Un Chez Montmartre's prometia comida espantosa y meseros al- 
taneros. Un jViva Villa! le condenaba al mas deleznable texmex con bigotes. Opto por un Ameri- 
can Grill que, al menos, haria excelentes Bloody Marys y que, desde afuera, lucia limpio, hasta 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

reluciente, en su explotacion del cromo en las mesas, el cuero en las sillas, la barra niquelada y el 
juego de espejos. Un laberinto de azogue, en realidad, hecho para que cada comensal, si lo de- 
seaba, pudiera mirarse reflejado sin dejar de mirar a su acompanante; o mirarse todo el tiempo 
para compensar el tedio de la comida. 

Se sento y un joven guapo, rubio, vestido como mesero del fin de siglo, le ofrecio la carta. Dio- 
nisio habia escogido un lugar apartado, con vista sobre la pista de patinaje, pero no tardaron en 
sentarse en la mesa de al lado dos viejillos encorvados aunque energicos, enojados, repelones, 
con gorras de tela seersucker, cardigans blancos y pantalones azules tambien. Se sentaron ar- 
mando ruido y arrastrando sus zapatos tenis Nike. 

— A ver. Para empezar — consulto Dionisio el menu — . 

— Dame pruebas — dijo uno de los ancianos cascarrabias. 

— No tengo por que. Sabes que no es cierto — le dijo su companero — . 

— Un coctel de camarones. 

— No sacaste nada de ese negocio. — No se por que sigo discutiendo George — . 

— No, sin salsa. Solo limon. 

— Te adverti que ibas a la ruina. 

— Te lo dije, te lo dije, te lo digo, <^no tienes otra cantinela? 

— cCua\ es la sopa del dia? — No sabes nada — . 

— Lo vi venir de lejos, Nathan. Te lo adverti. -Vychisoisse — . 

— Te digo que no sabes nada. 

— cQue no se nada? ^Tu sabes que la mitad de los barcos mercantes en la segunda guerra 
mundial seperdieron? 

— Pruebalo. Lo acabas de inventar. — Un steak en seguida. — ^Quieres apostar? 

— Claro. Siempre gano las apuestas contigo. Eres un ignorante, George. 

— Termino medio. 

— <i,Tu sabes que es la gravedad? — No, y tu tampoco. — Es una fuerza magnetica. 

— No, sin jardineria. El puro steak. 

— A ver: ^hay gravedad a la orilla del mar? — No, es cero — . 

— jAh!, que profunda sabiduria. No se te puede enganar. 

— Apuesta lo que quieras. — Apuesto, Nathan — . 

— No, muchacho, no me gustan las papas asadas, con o sin crema agria. 

— De todos modos se lo vamos a cobrar. — Cobrenlo pero no me lo pongan con la carne. — Me 
van a despedir si no pongo la papa asada. Es el reglamento. 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

— Esta bien, ponla al lado. contigo, — De todos modos se la iban a cobrar. El plato cuesta 
$22.90 con o sin papa. 

— Esta bien. 

— George, sabes un poquito de todo pero no sabes nada importante. 

— Se cuando un negocio es malo y conduce al fracaso, Nathan. No puedes negar que eso si 
se.. 

— Pues yo no se nada, pero soy un hombre educado. 

— Hechos, hechos, Nathan. 

— cMe estas oyendo? -te oigo, con paciencia. 

— No se por que seguimos hablando tu y yo. — Una ensalada de lechuga. — £AI final? 

— Si, muchacho, la ensalada se toma al final. 

— <^Es usted extranjero? 

— Si, soy un extranjero rarisimo con manias rarisimas como tomar la ensalada al final. 

— En America la tomamos al principio. Es lo normal. 

— ^ Me estas oyendo George? 

— Dame hechos, Nathan. 

— ^Sabes que el monto anual de ingresos de la industria editorial americana equivale al monto 
anual de ingresos de la industria de salchichas? ^Sabias eso? 

— cDe donde lo sacaste? — ^Es para insultarme? — ^De cuando aca eres editor de libros? 

— No, soy fabricante de salchichas y tu lo sabes, Nathan. ^Me estas oyendo? 

— Y el pie de merengue y limon. Es todo. — ^Quieres apostar? 

— i,Me estas oyendo? — Dame pruebas. 

— No sabes nada. 

— No se por que seguimos comiendo juntos... 

— Apuesta. 

— Apuesto. 6 Hay gravedad en la luna? 

— Hechos, hechos. 

— Te dije que ese negocio iba al fracaso seguro... Estas quebrado George. 

Al llamado George se le escapo un sollozo ronco, tumultuoso, que nada tenia que ver con su 
rostro impasible. 

No hay fascinacion que no contenga su gramo de repulsion; nos rehimos a nosotros mismos 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

cuando nos dejamos encantar por el ojo de la Medusa; pero en el caso de este par de vejetes ar- 
gijenderos, secos, calvos, narigones, artriticos, falicamente armados de puros sin encender — 
prohibido fumar — la repulsion termino por expulsar la fascinacion y Dionisio, con impaciencia, 
empezo a manipular una botella de salsa, frotandola cada vez mas nerviosamente a medida que 
el debate sin salida de George y Nathan se prolongaba, insomne, imprescindible para los dos vie- 
jos, insoportable para Dionisio. El gastronomo mexicano, para salvarse de George y Nathan, co- 
menzo a pensar en mujeres mientras frotaba la botella, al tiempo que distinguia los signos de es- 
ta, salsa mexicana, salsa de chile jalapeho, subita, magicamente destapada desde adentro, como 
un volcan que rompe la costra antigua de su crater y vuelve a vomitar lava mientras mas la frotaba 
el del mote baquico. 

Solo que de la botella de salsa de chile no salio la salsa misma, sino un pequeho hombrecito, 
diminuto pero distinguible por su traje de charro, su sombrero de mariachi y sus bigotes Zapatis- 
tas: — Patron — dijo descubriendose la cabeza hirsuta — me has salvado de un encierro de un 
aho. Ningun gringo me abria. jGracias! jOrdename y tu voluntad sera servida! — termino el charri- 
to, acariciando la pistola que llevaba enfundada junto a la cadera. 

Dionisio "Baco" Rangel recordo por un momento el chiste del naufrago que Neva diez ahos en 
la isla desierta y un dia libera al genio de la botella y cuando este le pide que pida lo que quiera y 
el naufrago solicita una vieja muy buena, lo que se aparece es la Madre Teresa. Decidio hacerle 
confianza al charrito de la botella, identico, por lo demas, a la figura del Charro Matias en los car- 
tones de Abel Quezada. 

— Una mujer. No. Varias. 

— ^Cuantas? — le pregunto el charrito, dispuesto, por lo visto, a poblar un haren si era necesa- 
rio. 

— No — explico Dionisio — . Una por cada plato que he pedido. 

— i,Con el plato, amo, o en vez del plato? 

— Eso te lo dejo a ti — dijo, con cierta displicencia, acostumbrado ya a lo insolito (como siem- 
pre) este mexicano universal que es, fue, sera nuestro protagonista: Dionisio "Baco" Rangel — . 
Como el plato, con el plato... 

El charrito hizo un paso de jarabe, disparo una vez en el aire y desaparecio. En su lugar, apa- 
recieron simultaneamente el mesero con el coctel de camarones y una mujer flaca, delgada hasta 
la hambruna, con el pelo oscuro, lacio, y con fleco, flaca como la novia de Popeye o las modelos 
de Modigliani, todo lo contrario de las gordas sohadas perversamente por Dionisio, y armada de 
una cocacola de dieta que se servia en cucharadas mientras miraba a Dionisio con ojos a la vez 
aburridos, ironicos y cansados. Los mismos ojos con tedio infinito que recorrieron el Grill mientras 
ella se preguntaba, con voz mas larga que el Mississippi, ^que hacia alii y con quien estaba? El le 
dijo que le habia pedido una mujer al genio de la botella. No logro asombrarla. Suprimiendo un 
bostezo, la gringa anorexica le contesto que lo mismo habia pedido ella. No hay peor suerte que 
compartir la suerte de otra persona. Ella pidio un hombre — sonrio con inmensa fatiga, con hambre 
infinita dejandolo a la suerte, porque cuando ella escogia, siempre escogia mal, entonces que otro 
lo hiciera por ella, ella era disponible, totalmente disponible. 

— Soy una pesima amante — dijo casi con orgullo — . Te lo advierto. Pero no acepto ninguna 
culpa. El culpable es siempre el hombre. 

— Es cierto — dijo Dionisio — . No hay mujeres frigidas. Hay hombres impotentes. 

— O entusiastas — rumio la flaca—. No tolero el entusiasmo en el amor. Le roba toda sinceri- 
dad. Pero tampoco tolero la sinceridad. Solo soporto a los hombres que me mienten. Es el unico 
misterio del amor, la mentira. 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 



Bostezo y dijo que deberian aplazar su encuentro sexual. 

— cPor que? 

— Porque a mi solo me importa el sexo para luego borrar todo vestigio del companero sexual. 
Es muy fatigoso todo esto. 

Dionisio extendio la mano para tocar la de la flaca. Ella la retire con repugnancia y solto una ri- 
sa de cabaret. 

— iComo te comportas en privado, cuando nadie te ve? — le pregunto el mexicano y ella le en- 
seno los colmillos, tomo una cucharada de cocacola y desaparecio. 

Habia desaparecido, tambien, el coctel de camarones. Por un instante, Dionisio se pregunto si 
habia comido al mismo tiempo que platicaba con la anorexica neoyorquina (tenia que ser neoyor- 
quina, era demasiado fatal, vulgar, previsible que fuese californiana, por lo menos en Nueva York 
la ironia, la aburricion y el cansancio tienen bases literarias, no son un producto del clima) o si, 
creyendo comer un coctel de camarones, se habia comido a la gringa que tan premeditadamente 
habia evitado mirarlo a los ojos, ^para no ser descubierta, adivinada siquiera? No aguanto la cu- 
riosidad de saber si comia con ellas, se las comia, o si todo podia desembocar — temblo de pla- 
cer — en un mutuo sacrificio culinario... 

Se escucho el disparo del charro, el mesero le puso enfrente la sopa vychisoisse y frente a el, 
comiendo lo mismo, aparecio una mujer cuarentona, pero obvia y avidamente enamorada de su 
nihez, pues a su vestido de Laura Ashley de estampados ahadia un mono rojo coronando sus bu- 
cles de Shirley Temple. Todos estos singulares aditamentos no lograban distraer a Dionisio del 
repertorio de muecas faciales que acompahaban las palabras y el ruidoso sorbeo de la sopa, por 
parte de esta sucedanea antigua de Shirley, que entre sorbo y sorbo y entre mueca y mueca, solo 
lograba manifestar excitacion y asombro, que excitante estar sentada comiendo con el, que 
asombroso conocer a un hombre tan romantico, tan sofisticado, tan tan tan extranjero, solo los 
extranjeros la excitaban, le parecia increible que un extranjero se fijara en ella, ella que solo vivia 
de suehos, sohando con romances imposibles, asombrosos, excitantes, sohandose toda la vida 
en brazos de Ronald Colman, Clark Gable, Rodolfo Valentino... 

— ^Nunca suehas con Mel Gibson? 

— iQuien? 

— <i,Tom Cruise? 

—Who he? 

No, no tenia quejas de la vida — continuo con una serie de muecas, pelando los ojos, agitando 
los bucles como un trapeador de lujo, levantando las cejas hasta la altura del mono, meneando la 
cabeza como una muheca de porcelana, pero luego silbando como una culebra, cacareando co- 
mo una gallina, aullando como una loba antes de confesarle que al dormirse recitaba canciones 
de cuna y versos de Mama Ganso, pero que por su mente (todo era asombroso, excitante, inaudi- 
to) pasaban horribles catastrofes, desastres aereos, maritimos, carnicerias en las carreteras, ac- 
tos de terrorismo, cuerpos mutilados, ella cantaba canciones de cuna y versos bonitos para exor- 
cizar los desastres, <j,el la entendia, un caballero obviamente extranjero, excitante, sofisticado, 
wonderful, wonderful, wonderful...? 

Diciendo la palabra "maravilloso" esta Alicia en el Pais de los Desencantos se esfumo, rubia y 
rosa. Tambien la sopa habia desaparecido. Dionisio miro con desconsuelo la taza vacia. Volvio a 
sonar el disparo del charrito, el camarero sirvio el steak y una bellisima mujer, bella y elegante, 
con un traje sastre negro profundamente escotado, perlas en el cuello y brazaletes en las muhe- 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

cas, perfectamente peinada, maquillada, aparecio al mismo tiempo, mirandolo en silencio. 

Dionisio corto la carne sin decir palabra, se llevo el trozo sangrante (la habia pedido termino 
medio) a la boca y en ese momento, cronometricamente, ella comenzo a hablar. Si, pero no con 
el. Le hablaba a su telefono celular, el que detenia en una mano, mientras con la otra parecia to- 
carse la division de los senos con el gesto de la mujer que se perfuma esa partitura de placer an- 
tes de salir a cenar. 

— Excepcionalmente, estoy sentada comiendo, ^me entiendes?, nunca tengo tiempo de sen- 
tarme, como de pie, esta situacion me parece anormal... 

— Pero, ique tiene...? — interrumpio Donisio, antes de darse cuenta de que la mujer no le 
hablaba a el, sino al celular. 

— iFalta? £Tu crees que me haces falta? 

— No, nunca dije... — decidio Dionisio equivocarse, que desmadre... 

— Oye — continuo la bella dama del traje sastre con escote profundo y senos apenas ocultos 
por el saco cruzado — . Recibo mis faxes a un numero. No tengo direccion ni nombre. No necesito 
secretaries. Mi computadora esta donde yo estoy. No tengo lugar. No, tampoco tengo tiempo. Te 
lo estoy demostrando, estupido. ^Que me importa que en Holanda sean la diez de la noche si en 
California con las tres de la tarde y aqui estamos trabajando...? 

— Cogiendo, digo, comiendo — se corrigio Dionisio sin que la Bella le hiciera caso, tocandose 
apenas la parte de atras de la oreja, otra vez como si se perfumara, como si sus dedos fuesen un 
frasco de chanel... 

— Figurate, ya ni medico necesito. <i,Ves este brazalete? Pues no es ninguna joya frivola. Es mi 
hospital portatil. Me permite tomarme un cardiograma, medir la presion arterial y hasta informarme 
sobre mi colesterol, donde quiera que este y sin perder tiempo... 

Dionisio se pregunto si en realidad esta hermosa mujer era una enfermera disfrazada, pues un 
hospital hubiese premiado su eficiencia, pero era la premura lo que le importaba a la Divina, no la 
eficiencia, empezo a decirle a su celular (Dionisio empezo a dudar que hablara con alguien en 
Holanda; ni hablar que le hablara a Dionisio; <i,se hablaba a si misma?): — Oye, sin tiempo, sin di- 
reccion, sin nombre, sin lugar, sin oficina, sin vacaciones, sin cocina, ique me queda? 

La voz se le quebro. Iba a llorar. Dionisio se alarmo. Hubiese querido abrazarla, por lo menos 
acariciarle una mano, se volvia histerica por momentos, lo miro por primera vez, le dijo Sally 
Booth, treinta y seis ahos, nativa de Portland, Oregon, votada en el high school la mas predesti- 
nada al exito, tres maridos, tres divorcios, ningun hijo, amantes ocasionales, cada vez mas distan- 
tes, amores por telefono, orgasmos a la distancia, amor con seguridad, sin problemas, sin fluidos 
corporeos, la salud a salvo, no ire a un hospital, morire en mi casa... 

Interrumpio brutalmente su flujo emotivo, su biografia instantanea, apreto la mano de Dionisio, 
dijo: — iPara que sirve el dinero? Para comprar a la gente. Todos necesitamos complices. 

Con lo cual, como las anteriores, desaparecio y Dionisio se quedo mirando un plato vacio don- 
de solo sobrevivian las huellas jugosas de un steak saignant (aunque el, explicitamente, lo pidio 
termino medio). 

— Pudiste ser mas cruel y menos bella — dijo el poeta simbolista trances que Dionisio, para su 
desgracia, aunque tambien para su placer intermitente, llevaba dentro. 

Tampoco esta vez su Baudelaire portatil pudo salir de la maleta; trono la pistola del charrito y el 
mesero rubio, inesperadamente, le puso enfrente un sorbete de limon, que "Baco" identified como 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

el trou normand de las comidas francesas, el "hoyo normando" que limpia el paladar de los platos 
fuertes y los prepara para nuevos sabores. Se maravillo de que el American Grill de un centra co- 
mercial en las afueras de San Diego supiera de estas sutilezas, pero aim mas le sorprendio en- 
contrar, al levantar la mirada, a una mujer que, sin ser bella, era radiante. Eso lo supo ver en el 
acto. La cara sin maquillaje necesitaba y no necesitaba los afeites, no importaba. Todo en su ros- 
tra lavado tenia sentido. Las cejas de una rubia palidez, parecidas al encuentro de arena y mar; 
los labios apropiadamente delgados, apropiadamente surcados ya por una insinuacion no disfra- 
zada de proxima madurez; el pelo restirado y reunido en chongo, sin importarle las primeras ca- 
nas, flotantes como nubes perdidas sobre un campo de miel; los ojos, los ojos de un gris profun- 
do, gris de buen casimir, de lluvia matinal, grises como un buen encuentro, inteligente, de pizarron 
y tiza, anunciaban su particularidad, eran ojos que cambiaban de color con la lluvia. Miraron por 
encima del hombro de Dionisio hacia la pantalla de television. 

— Me hubiera gustado ser catcher de un equipo de beisbol — sonrio mientras "Baco", perdido 
en la mirada de su nueva mujer, dejaba que se derritiera el sorbete de limon — . Se requiere un 
arte especial para cachear bajo, un low catch. 

— Como Willy Mays — interpuso Dionisio — . El si que sabia cachear bajo. 

— iComo sabes? dijo ella con verdadero asombro, con simpatia. 

— No me gusta la cocina americana, pero si admiro la cultura, los deportes, el cine, la literatura 
de los gringos. 

— Willy Mays — dijo la mujer despintada, torneando los ojos al cielo — . Es curioso como alguien 
que hace las cosas bien nunca las hace solo para si, es como si las hiciera para todos. 

— En quien piensas — pregunto Dionisio, cada vez mas embelesado con su trou normand de 
sehora. 

— Faulkner. Pienso en William Faulkner. Pienso como un solo genio literario puede salvar a to- 
da una cultura. 

— Un escritor no salva nada. Te equivocas. 

— No, te equivocas tu. Faulkner nos demostro a los surehos que el Sur podia ser algo mas que 
violencia, racismo, el Ku Klux Klan, prejuicios, cuellos colorados... 

— ^Todo esto te vino a la cabeza viendo la television? 

— Me intriga mucho. ^Vemos la television porque en ella suceden cosas? ^O suceden cosas 
para ser vistas en la television? 

— ^Por que es pobre Mexico? — continuo su juego — . ^Porque no esta desarrollado? ^O no es- 
ta desarrollado porque es pobre? 

Ahora a ella le toco reir. 

— Ves, antes la gente veia a Willy Mays jugar y al dia siguiente leia el periodico para estar se- 
gura de que habia jugado. Ahora, se puede ver la informacion y el juego al mismo tiempo. Ya no 
hay que comprobar nada. Eso es preocupante. 

— ^Hablaste de Mexico? — dijo, con acento de interrogacion, despues de un momento en que 
bajo la mirada y dudo — . ^Eres mexicano? 

Dionisio afirmo con la cabeza. 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

— Quiero y no quiero a tu pais — Dijo la mujer de los ojos grises y las nubes coronando la cabe- 
llera de miel — . Adopte a una nina mexicana. Los doctores mexicanos que me la entregaron no 
me dijeron que estaba muy grave del corazon. Aqui le nice un chequeo de rutina y me advirtieron 
que si no la operaban enseguida, no viviria dos semanas mas. «^Por que ro me lo dijeron en 
Mexico? 

— Seguramente para que no te echaras para atras y la adoptaras. 

— Pero pudo haber muerto, pudo haber... Oh, la crueldad de Mexico, su abuso, su indiferencia 
hacia los pobres, lo que sufren, es un horror tu pais... 

— Apuesto a que la niha es linda. 

— Muy linda. La quiero mucho. Va a vivir — Dijo con los ojos transfigurados, antes de desapare- 
cer — . Va a vivir... 

Dionisio solo miro su helado derretido y no tuvo tiempo de comerlo; la pistola del charrito — 
genio, impaciente por cumplir y desaparecer, se habia disparado de nuevo y una mujer bonitilla, 
de pelo ensortijado y nariz chata, ojos inquietos y risuenos, hoyuelos y jackets en los dientes, le 
sonrio ampliamente, como si le diera la bienvenida en un avion, una escuela o un hotel, era impo- 
sible saberlo, las apariencias engahan, eran tan indiferentes sus facciones que podia serlo todo, 
hasta madame de un burdel. Vestia atuendo de joggista, chamarra azul polvo y sweat pants. 
Hablaba sin parar, como si la presencia de Dionisio fuese indiferente a un discurso compulsivo, 
sin principio ni fin, dirigido a un auditorio ideal de personas infinitamente pacientes o infinitamente 
independientes. 

La ensalada aparecio, con un gesto despectivo del mozo y su censura mascullada: — La ensa- 
lada se toma al principio. 

— ^Crees que me debo tatuar? Hay dos cosas que nunca he hecho. Tatuarme y tener un 
amante. Hacerme un tatuaje y conseguirme un amante. ^Crees que no estoy muy vieja para 
hacerlo? 

— No. Te ves de treinta a... 

— Cuando se es adolescente, entonces si valen los tatuajes. Pero ahora. Imaginame con un ta- 
tuaje en el tobillo. ^Como voy a presentarme a la boda de mi propia hija con un tatuaje en el tobi- 
llo? Peor aun, ^como voy a ir un dia a la boda de mi nieta con un tatuaje en el tobillo? Que mas 
da. Mejor me hago tatuar una pompa y asi solo la ve mi amante en secreto. Ahora que me voy a 
divorciar, tuve la suerte de conocer a este hombre in — ere — i— ble. ^Donde crees que tiene su te- 
rritorio? 

— No se. ^Quieres decir su casa o su oficina? 

— No bobo. Quiero decir cuanto territorio cubre profesionalmente. jAdivina! Mejor te lo digo: el 
mundo entero. Compra repuestos no patentados, ^sabes lo que es eso?, todos los repuestos de 
maquinaria, de utensilios domesticos, de tv's, que no pagan regalias, ^que te parece? jEs un ge- 
nio! Sospecho que es homosexual sin embargo. No se si sabria educar a mis hijos. Yo los entrene 
a ir al baho desde chiquitos. No entiendo por que hay amigas mias que entrenaron tan tarde a sus 
hijos, o nunca... 

Dionisio comio de prisa la ensalada para librarse de la sehora divorciada y ella misma, con el 
ultimo bocado de "Baco", se desvanecio. ^La canibalice, me canibalizo?, se pregunto el critico 
culinario, avasallado por una creciente angustia que no sabia ubicar. Todo esto, ^era una broma? 
Era una bruma. 

No la disipo la llegada del postre, un pie de limon de merengue cuya contrapartida femenina 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

"Baco" temio descubrir sobre todo porque al inicio de esta aventura habia visto pasar a las gordas, 
deseandolas platonicamente. Con razon. Sentado frente a el, apenas se disipo el rumor del dispa- 
ro del charrito, estaba una mujer monstruosa. Si pesaba un kilo, tambien pesaba 326 mas. La su- 
dadera color de rosa anunciaba su proselitismo: FLM, FAT LIBERATION MOVEMENT. Sus bra- 
zos de anuncio de Michelm no lograban cruzarse sobre las inmensas bubis que se movian solas 
dentro de la sudadera y caian como un Niagara de carne sobre el barril del estomago, unico obs- 
taculo que encontraban para contemplar las piernas de esponja, desnudas del muslo para abajo, 
indiferentes a la indecencia de los shorts arrugados. Las manos humedas y transparentes como la 
gelatina se posaron, asquerosamente, sobre las de Dionisio. El critico se estremecio. Quiso reti- 
rarlas. Era imposible. La gorda estaba alii para catequizarlo y el, resignado, se dijo buen catequi- 
zado sere. 

— ^Sabes cuantos millones de obesos habemos en los USA? 

— Si, lo se. 

— Ni adivines, muchacho. Cuarenta millones de lo que peyorativamente llaman "gordos". Pero 
yo te lo digo, nadie puede ser discriminado por sus defectos fisicos. Yo me paseo por las calles 
diciendome a mi misma, "Soy bella e inteligente", lo digo en voz baja, luego lo grito. "jSoy bella e 
inteligente! jNo me obliguen a ser perversa!" Eso les pesca la atencion. Entonces pido lo indis- 
pensable. Obeso es Bello. Las campanas dieteticas deben ser declaradas ilegales. Los cines y las 
aerolineas deben instalar asientos especiales para la gente como yo. Basta ya de tener que com- 
prar dos boletos de avion para viajar sentada comodamente. 

Subio histericamente el tono de voz: — jQue nadie me ridiculice! Soy bella e inteligente. No me 
obliguen a ser perversa. Era cocinera de un barco matriculado en San Diego. Veniamos de Hawai. 
Era un carguero. Un dia me paseaba por la cubierta comiendo un helado y un marinero se levanto 
y me lo arranco de la mano y lo arrojo al mar. "No sigas engordando", dijo carcajeandose. "A to- 
dos nos repugna tu gordura. Eres ridicula." Esa noche, en la cocina, le puse una purga a la sopa. 
Luego pase gritando por los camarotes, "Soy bella e inteligente. No se metan conmigo. No me 
obliguen a ser perversa", entre las quejumbres de la tripulacion. Perdi mi puesto. Ojala que tu me 
prefieras. Wie porque me avisaron que andas buscando novia. ^Es cierto? Aqui me tienes... 
Oye... cOue te pasa? 

Dionisio retire las manos capturadas por la gorda y se engullo el pastel para que la mujer des- 
apareciera pero esta se dio cuenta del desden y alcanzo a gritar: — jTe enganaron, imbecil! jMe 
llamo Ruby y estoy comprometida con el novelista chileno Jose Donoso! jSolo sere suya! 

Dionisio se levanto despavorido, dejo un escandaloso billete de cien dolares sobre la mesa, sa- 
lio corriendo del American Grill y sintio nuevamente esa angustia terrible, transformandose en el 
sentimiento de algo perdido, algo que debio hacer, y no sabia que era... 

Se detuvo en su carrera frente a un aparador de la American Express. Un maniqui represen- 
tando a un mexicano tipico dormia la siesta apoyado contra un nopal, protegido por su sombrero 
ancho, vestido de peon, con huaraches. El clise indigno a Dionisio, entro violentamente a la agen- 
da de viajes, sacudio al maniqui pero el maniqui no era de palo, era de carne y hueso, y exclamo, 
"Voytelas, ya ni dormir lo dejan a uno". 

Los empleados gritaron, protestaron, deja en paz al pion, dejalo hacer su trabajo, estamos pro- 
mocionando a Mexico, pero Dionisio lo arrastro fuera de la agencia, lo tomo de los hombros, lo 
agito, le pregunto quien era, que hacia alii, y el modelo mexicano (o mexicano modelo) se descu- 
brio respetuosamente. 

— No esta usted para saberlo, pero llevo diez ahos perdido aqui... 

— cQue dices? ^Diez que? ^Que que? 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

— Diez anos, jefecito. Entre un dia y me perdi en los vericuetos aqui, ya no sail mas, y como 
aqui me contratan para dormir siestas en aparadores, y si no hay chamba puedo colarme y dormir 
a gusto en colchones o camas de playa, comida sobra, la abandonan, la tiran, viera usted... 

— Ven, ven conmigo dijo Dionisio, tomando al peon de la manga, electrizado por la palabra 
"comida",despierto, alerta a sus propias emociones, la mujer de los ojos grises, la mujer que adop- 
to a la nina mexicana, la mujer que leia a Faulkner, a esa la debio escoger, la providencia habia 
arreglado las cosas, todas las demas mujeres no le importaban, solo esta, esta gringuita sensible, 
fuerte, inteligente, ella era suya, tenia que ser suya, a los cincuenta y un anos el, cuarenta de ella, 
harian buena pareja, ^en que consistia este juego perverso?, el charrito genio, su alter ego naco, 
cabron, pinche y pintoresco, canchanchanero, todo lo contrario de su alter ego simbolista, trances, 
baudelairiano, era tambien su semejante, su hermano, pero era mexicano, le jugaba torcido, le 
tomaba el pelo, le ofrecia pezones y le daba tostones, le devaluaba la vida, el amor, el deseo, no 
le decia que cuando comia un bistec o un coctel de camarones o un pie de limon merengado, 
tambien se comia a la mujer que era como la encarnacion de cada plato: deliraba, enloquecia, 
arrastrando a un pobre famelico por las galenas de un centra comercial en California hasta el res- 
toran llamado American Grill, iluminado, convencido de que era cierto, lo habia comido todo me- 
nos el sorbete de limon, eso lo habia dejado derretir, eso no se lo habia comido, ella vivia, ella no 
habia sido devorada por su otro yo azteca, su huichilobos de bolsillo, su minimoctezuma nacio- 
nal... 

— Sorry — le dijo el mesero que lo habia atendido — , tiramos las sobras. Su helado derretido se 
fue por la coladera hace rato. 

Lo dijo con gusto, relamiendose los labios cubiertos de pelusa rubia... y Dionisio quiso llorar de 
tristeza, dio un grito violento, arrastrando siempre de la mano al peon, lo llevo con el al estacio- 
namiento, el mexicano perdido en el laberinto del consumo se alarmo, dijo de aqui nunca he pa- 
sado, aqui es donde me pierdo, j llevo diez anos capturado aqui!, pero Dionisio no le hizo caso, lo 
subio a empujones al Mustang alquilado, corrieron por las redes de carreteras entreveradas como 
las vertebras de una bestia de cemento, dormida pero sobresaltada, mientras el peon sudaba trio, 
llegaron al almacenamiento al norte de la ciudad. 

Alii se detuvo Dionisio. 

— Vente. Necesito que me ayudes. 

— <i,A donde vamos, jefe? jNo me saque de aqui! ^No se da cuenta de lo que nos cuesta entrar 
a Gringolandia? jYo no quiero regresarme a Guerrero! 

— Entiende una cosa. Yo no tengo prejuicios. 

— Es que a mi me gusta todo esto, el shopping donde vivo, la tele, la abundancia, los edificios 
altos... 

— Ya se. 

— cQue, patron, usted que sabe? 

— Todo esto que vemos no existiria si los gringos no nos despojan de estas tierras. En manos 
de mexicanos, esto seria un gran erial. 

— En manos de mexicanos... 

— Un gran desierto, esto seria un gran desierto, de California a Texas. Te lo digo para que no 
me creas injusto. 

— Si, jefe. 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 



Casi nadie los vio. Abandonaron el Mustang en el desierto de Colorado, al sur del Valle de la 
Muerte. El peon perdido en el Centra Comercial durante diez anos no habia perdido su habito an- 
cestral de cargar cosas sobre las espaldas. Descendiente de tamemes, su genealogia incluia car- 
gadores de piedras, mazorcas, cana, minerales, floras, sillas, pajaros... Ahora Dionisio lo abrumo 
hasta el tope con una piramide de aparatos electronicos, maquinas para adelgazar, irrepetibles 
CDs de Hoagy Carmichael, videos de los ejercicios de Cathy Lee Crosby, platos conmemorativos 
de la muerte de Elvis y latas, docenas de latas, el mundo enlatado, la gastronomia de metal, mien- 
tras Dionisio reunia entre los brazos los catalogos, las suscripciones, los periodicos, las revistas 
especializadas, los cupones, y entre los dos, "Baco" y su escudero, el Don Quijote de la buena 
cocina y el Rip van Winkle mexicano que dormito la Decada Perdida en un shopping mall, avanza- 
ron hacia el sur, hacia la frontera, hacia Mexico, regando a lo largo del desierto norteamericano, 
por tierra que un dia fue de Mexico, las aspiradoras y las lavadoras, las hamburguesas y los Dr. 
Pepper, las cervezas insipidas y los cafes aguados, las pizzas grasientas y los helados hot dogs, 
las revistas y los cupones, los CDS y el confetti del correo electronico, todo regado a lo largo del 
desierto, rumbo a Mexico sin nada gringo, exclamo Dionisio, arrojando a los aires, a la tierra, al sol 
ardiente, todos los objetos acumulados, hasta que el Mustang estallo en la distancia, dejando una 
nube sangrienta como un hongo carnal y Dionisio le dijo a su compahero, todo, despojate de todo, 
despojate de tu ropa, como lo hago yo, ve regandolo todo por el desierto, vamos de regreso a 
Mexico, no nos llevemos ni una sola cosa gringa, ni una sola, mi hermano, mi semejante, vamos 
encuerados de vuelta a la patria, ya se divisa la frontera, abre bien los ojos, <i,ves, sientes, hueles, 
saboreas? 

Desde la frontera entraba un fuerte olor de comida mexicana, imparable. 

— jSon las tortitas de tuetano poblanas! — exclamo con jubilo Dionisio 'Baco' Rangel — . jQui- 
nientos gamos de tuetano! jDos chiles anchos! jHuele! jCilantro! jHuele a cilantro! jVamos a 
Mexico, vamos a la frontera, vamos, mi hermano, Mega desnudo como naciste, regresa encuerado 
de la tierra que lo tiene todo a la tierra que no tiene nada! 

La receta de las tortitas de tuetano poblanas consiste en 500 gramos de tuetano, una taza de 
agua, dos chiles anchos, setecientos gramos de masa, tres cucharaditas de harina y aceite para 
cocinar. 



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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 



LA RAYA DEL OLVIDO 

A Jorge Castaneda 

Estoy sentado. Al aire libre. No puedo moverme. No puedo hablar. Pero puedo oir. Solo que 
ahora no oigo nada. Sera porque es de noche. El mundo esta dormido. Solo yo vigilo. Puedo ver. 
Veo la noche. Miro la oscuridad. Trato de entender por que estoy aqui. ^Quien me trajo aqui? 
Tengo la sensacion de despertar de un sueno largo y artificial. Trato de saber donde estoy. Qui- 
siera saber quien soy. No puedo preguntar porque no puedo hablar. Soy paralitico. Soy mudo. Es- 
toy sentado en una silla de ruedas. La siento mecerse un poco. Toco las ruedas de hule con la 
punta de mis dedos. A ratitos avanza tantito. A ratitos parece que se echa para atras. Lo que mas 
temo es que se vuelque. A la derecha. A la izquierda. Comienzo a orientarme de nuevo. Estaba 
mareado. A la izquierda. Rio un poquito. A la izquierda. Esa es mi desgracia. Esa es mi ruina. t- 
me a la izquierda. Me acusan. ^Quienes? Todos. Que risa me da esto. No entiendo por que. No 
tengo razon alguna para reir. Creo que mi situacion es espantosa. De la chingada. No recuerdo 
quien soy. Debo hacer un gran esfuerzo para recordar mi cara. Se me ocurre una cosa absurda. 
Nunca he visto mi propia cara. Debo inventarme mi nombre. Mi cara. Mi nuca. Pero como esto me 
resulta mas dificil que recordar, tengo esperanza en la memoria. Mas que en la imaginacion. ^Es 
mas facil recordar que inventar? Para mi creo que si. Pero decia que temo volcarme. Rodar no 
me da tanto miedo. Para atras si, me da miedo. No veo a donde voy. Mi nuca no tiene ojos. 

Hacia adelante por lo menos me hago la ilusion de que puedo controlar algo. Incluso si ruedo al 
abismo. Lo vere mientras caigo. Vere el vacio. Entonces me doy cuenta de que no puedo caer en 
el abismo. Ya estoy en el. Este es mi alivio. Tambien es mi temor. Pero si ya no voy a caer mas 
bajo, ^estoy en lugar piano? Mi mirada es lo mas movil que tengo. Trato de mirar derecho, luego 
de lado. Primero a la derecha. Luego a la izquierda. Solo veo oscuridad. Miro hacia arriba con un 
esfuerzo de mi pobre nuca vieja y tiesa. ^Estoy en lugar seguro? No hay estrellas. Las estrellas se 
han ido. En cambio un resplandor mugroso cubre el cielo. Es mas oscuro que la oscuridad. ^Don- 
de hay luz? Mro hacia mis pies. Una cobija me cubre las rodillas. Que bonito detalle. ^Quien 
habra sentido a pesar de todo compasion por mi? Mis zapatos raspados asoman debajo de los 
flecos de la colcha. Entonces veo lo que debo ver. Veo una raya a mis pies. Una raya luminosa, 
pintada con un color fosforescente. Una linea. Una division. Una raya pintada. Brilla en la noche. 
Es lo unico que brilla. ^Que es? iQue separa? ^Que divide? No tengo mas sehas para orientar- 
me que esa raya. Y sin embargo, no se que significa. Nada me habla esta noche. Yo no puedo 
moverme ni hablar. Pero el mundo se ha vuelto como yo. Mudo e inmovil. Al menos miro. ^Soy 
mirado? Nada me identifica. Quizas cuando amanezca pueda darme cuenta de donde estoy. Con 
suerte, podre darme cuenta de quien soy. Me imagino una cosa. Si alguien me encontrara aqui, 
abandonado en un lugar ciego y abierto donde solo brilla una raya artificial en el suelo, ^como le 
haria para identificarme? Me miro a mi mismo hasta donde la vista me alcanza. Lo mas facil es 
mirar mi regazo. Basta clavar la cabeza. Veo la colcha sobre mis rodillas. Es gris. Tiene un hoyo. 
Exactamente sobre mi rodilla derecha. 

Trato de mover las manos para taparlo, disimularlo. Mis manos estan rigidas sobre las ruedas 
de goma. Si alargo con esfuerzo mis dedos tullidos me doy cuenta de que las ruedas son ruedas. 
En cambio, tambien me doy cuenta de que he dicho superficialmente que la raya en la tierra es 
artificial. ^Como lo se? Puede que sea natural, como un tajo, una barranca. En cambio, quizas yo 
sea un ser artificial, una presencia imaginaria. Le pido a gritos a mi memoria que regrese y me 
salve de la imaginacion destructiva. Donde terminan los flecos de la cobija, veo mis zapatos. Ya 
dije que son viejos, raspados, boludos. Como de minero. Me aferro a esta asociacion. i Imagino, 
recuerdo? Minero. Excavaciones. Tuneles. ^Oro? ^Plata? No. Barro. Solo barro. Barro. No se por 
que digo "barro" y quiero llorar. Algo terrible se mueve dentro de mi estomago cuando digo "ba- 
rro", pienso "barro". No se por que. No se nada. Amo mis viejos zapatos. Son duros pero son co- 
modos. Se amarran con agujetas altas. Son como botines. Me suben hasta arribita del tobillo. Pa- 
ra darme seguridad. Aunque no pueda caminar. Mis zapatos me mantienen firme. Sin ellos me 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

desplomaria. Caeria de narices, desbaratado. Me iria de lado. Jzquierda? ^Derecha? Es lo peor 
que puede pasarme. En el abismo ya estoy. Irme de lado es mi temor. ^Quien me ayudaria a le- 
vantarme? Quedaria embarrado en la tierra. Mi nariz oleria la raya. O la raya se comeria mi nariz. 
Mis zapatos se plantan firmemente en los descansos de la silla. La silla se planta en la tierra. 
Aunque no tan firmemente. Yo no tengo manera de caminar. Pero la silla puede rodar y voltearse. 
Yo caeria a la tierra. Eso ya lo dije. Pero ahora anado una novedad. Yo me abrazaria a la tierra. 
<^Es este mi destino? La raya fluorescente se rie de mi. Ella le impide a la tierra ser tierra. La tierra 
no tiene divisiones. La raya dice que si. La raya dice que la tierra se ha dividido. La raya hace de 
la tierra otra cosa. ^Que cosa? Estoy tan solo. Tengo tanto frio. Me siento tan abandonado. Si, 
quisiera caer a la tierra. Descender hasta ella. Caer en su profundidad. En su oscuridad real. En 
su sueno. En su arrullo. En su origen. En su fin. Volver a empezar. Acabar ya. Todo al mismo 
tiempo. Caer en mi madre, si. Caer en el recuerdo de lo que fui antes de ser. Cuando fui querido. 
Cuando fui deseado. Yo se que fui deseado. Necesito creerlo. Yo se que estoy en el mundo por- 
que fui querido por el mundo. Por mi madre. Por mi padre. Por mi familia. Por los que iban a ser 
mis amigos. Por los hijos que iba a tener. Digo esto y me detengo espantado. He dicho lo prohibi- 
do. Me escabullo, me escondo en mi propio pensamiento. No tolero lo que acabo de decir. Mis 
hijos. No lo acepto. Me espanta la idea. Me repugna. Entonces vuelvo a mirar la raya de la tierra y 
retomo mi pobre consolacion. No puedo reunirme con la tierra porque esa raya me lo impide. La 
raya me dice que la tierra esta dividida. La raya es otra cosa distinta de la tierra. La tierra dejo de 
serlo. Se volvio mundo. El mundo es el que me quiso y me trajo desde la tierra donde dormia 
identico a ella y a mi mismo. Fui sacado de la tierra y puesto en el mundo. El mundo me convoco. 
El mundo me quiso. Pero ahora me rechaza. Me abandona. Me olvida. Me arroja de vuelta a la 
tierra. Pero la tierra tampoco me quiere. En vez de abrirse en un abismo protector me planta en 
una raya. Por lo menos el abismo me abrazaria. Entraria a la oscuridad verdadera, total, sin prin- 
cipio ni fin. Ahora miro la tierra y una raya indecente la divide. La raya posee su propia luz. Una 
luz pintada, obscena. Totalmente indiferente a mi presencia. Yo soy un hombre. ^No valgo mas 
que una raya? «^Por que se rie de mi la raya? <i,Por que me saca la lengua? Creo que desperte de 
una pesadilla y volvere a caer en ella. Los objetos mas bajos, las cosas mas viles, van a vivir mas 
que yo. Yo pasare. Pero la raya permanecera. Es una trampa para impedir que la tierra sea tierra 
y me reciba. Es una trampa para que el mundo me retenga sin quererme. «<,Por que ya no me 
quiere el mundo? <i,Por que aun no me acepta la tierra? Si supiera estas dos cosas lo sabriatodo. 
Pero no se nada. Quizas debo ser paciente. Debo esperar que amanezca. Entonces sin duda pa- 
saran dos cosas. Alguien se acercara a mi y me reconocera. Hola X, me dira. ^Que haces aqui? 
^No me digas que has pasado la noche aqui? Solo. A la intemperie. JMo tienes hogar? ^Y tus 
hijos? ^Donde estan? ^Por que no te cuidan? Pienso esto. Digo esto. Y aullo. Como un animal. 
Grito como si estuviera capturado dentro de una copa de cristal muy fragil y mi grito pudiese que- 
brarla. El cielo es mi copa. Aullo como los lobos para espantar una sola palabra. Hijos. Prefiero ir 
rapidamente hacia adelante a mi segunda posibilidad. Amanecera y yo podre reconocer el lugar 
donde estoy. Eso me aliviara. Eso, quizas, me dara fuerza para orientarme, tomar las ruedas entre 
las manos y dirigirme a un lugar conocido, precise <j,A donde? No tengo la menor idea. ^Quien 
me espera? ^Quien me protege? Estas preguntas provocan las contrarias. ^Quien me detesta? 
^Quien me abandono aqui a la mitad de la noche? Calmo mi aullido. Nadie. Nadie me reconoce. 
Nadie me espera. Nadie me abandono. Fue el mundo. El mundo me dejo de la mano. Dejo de au- 
llar. ^Nadie me quiere? Las preguntas son puras posibilidades. Seguramente no estoy muerto. 
Imagino posibilidades. Eso quiere decir que aun no muero. ^Cancela la muerte toda posibilidad? 
Imagino que reconozco y soy reconocido. Quiero saber donde estoy. Quiero saber quien soy. 
Quiero saber quien me puso aqui. Quien me abandono en la raya, en la noche. Si me sigo pre- 
guntando todo esto, quiere decir que no estoy muerto. No estoy muerto porque no renuncio a las 
posibilidades. Pero me basta pensar esto para pensar que hay muchas maneras de estar muerto. 
Quizas solo he imaginado algunas pero no todas y esta sea una de ellas. Estoy sentado mudo y 
paralitico en una silla de ruedas en medio de la noche y en un lugar que desconozco. Pero creo 
que no estoy muerto. ^Sera una ilusion pensar esto? ^Seguiremos pensando siempre que esta- 
mos vivos? iSera eso la verdadera muerte? Creo que no. Si estuviera realmente muerto, sabria lo 
que es la muerte. Esto me consuela. Como no lo se, debo seguir vivo. Y si estoy vivo, es porque 
imagino la muerte de muchas maneras. Debo andar muy cerquita de ella, sin embargo, porque 
siento que mis posibilidades se me van acabando. Primero me digo que estoy pasando. No me 
atrevo a nombrar mi muerte. Me da miedo. Estoy de paso, digo amablemente para que nadie se 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

asuste. Mucha gente se hace presente para decirme si, si estas pasando nada mas. Y un dia 
habras pasado. Estaras muerto. Sonrien en la oscuridad cuando dicen esto. Las gentes. Les ali- 
via. Si yo no muero porque solo paso, ellos tampoco moriran. Habran pasado nomas. Me repugna 
esta idea. La rechazo. Busco algo que la niegue. Algo que niegue su espantosa hipocresia. Que 
nadie diga de mi "X paso". (X soy yo.) Prefiero la otra voz dentro de mi que dice "X ya se murio." 
Yo ya me mori. Eso me gusta mas. Eso espero que digan de mi, si realmente ya me mori, cuando 
me muera de veras. Es como si siempre hubiera estado esperando a la muerte y por fin me llego 
el dia. Pero tambien es como si la muerte me hubiera estado esperando desde siempre, con los 
brazos abiertos. Ya se murio. Para esto nacio. Para esto lo hicimos, lo quisimos, lo criamos, lo 
echamos a andar. Para que se muriera. No para que nomas pasara como si nada. No. Lo criamos 
para que se muriera. Asi con todas sus letras. Entonces a mi se me ocurre algo tremendo, como 
si pensar estas dos cosas — paso nomas, ya se murio fuese lo mismo que pensarlo todo. Una voz 
Mega de un lado de la raya y me dice "Estas pasando". La otra Mega del otro lado y me dice "Ya te 
moriste". La primera voz, la del lado que no es el mio, que esta detras de mi, habla en ingles. "He 
passed away", dice. La otra, enfrente de mi, del lado mio, habla en espahol: "Ya se murio." Se pe- 
tateo. Estiro la pata. Levanto los tenis. Se fue a empujar margaritas. "Ya se murio." ^Quien? Eso 
no me lo dice nadie. Nadie me devuelve mi nombre. Muevo hacia arriba la cabeza con dolor. Ya lo 
dije. Mi cuello esta tieso. Es muy viejo. Un cuello de gallo que no se cuece al primer hervor. Re- 
pentinamente, como si mis ideas las convocaran, las estrellas brillan en la noche. Entonces yo 
hago algo totalmente inesperado y misterioso. Logro levantar un brazo. Cubro mis ojos con la 
palma de mi mano. La dejo caer derecho sobre mis rodillas. No se por que hago esto. Mas aun, 
no se como logre hacerlo. Pero al abrir los ojos y mirar al cielo, ubique la estrella Polar. Senti un 
gran alivio. Ver esa estrella, identificarla, volvio a ubicarme por un instante en el mundo. Estrella 
Polar. Su presencia y su nombre se me hicieron presentes. Son algo nitido. Alii estan, la estrella y 
el polo. No se mueven. Anuncian eternamente el principio del mundo. Arriba y atras de mi esta el 
Norte. Pero en vez de anunciar el principio como yo lo acabo de desear, la voz de la estrella me 
dice: Vas a pasar. You are going to pass away. Pasare. Sere polvo y regresare al polvo. Soy el 
sehor del polvo. El sehor polvoso. Soy barro y regresare al barro. Sere el sehor del barro. El se- 
hor... Esta vez no grite. Aprieto entre mis manos las ruedas de la silla. Las araho con furia y des- 
concierto. Estoy a punto de saber. No quiero saber. Una intuicion horrible me dice que si se. Voy a 
sufrir. Dejo de mirar a la estrella del Norte. Miro mejor a la tiniebla del Sur. Hacia abajo. Hacia mis 
pies. "Ya te vas a morir", me dice la penumbra. Lo dice en espahol. Y yo respondo. Yo logro 
hablar. Yo digo algo. Una oracion aprendida hace mucho. En espahol. Bendita sea la luz. Y la 
Santa Veracruz. Y el Sehor de la Verdad. Y la Santa Trinidad. Esto me consuela enormemente. 
Pero tambien me da ganas de orinar. Recuerdo como de rayo que de chiquito cada vez que reza- 
ba me daban ganas de ir al baho. Asi como algunos se mean al oir el rumor de agua, a mi la veji- 
ga se me activa al rezar. Dicho y hecho. La Santa Trinidad. El pipi se me suelta. Me da vergijen- 
za. Se me va a manchar el pantalon. Miro hacia mi regazo, esperando la mancha de humedad al- 
rededor de mi bragueta abierta. Pero no pasa nada, a pesar de que sin duda me acabo de orinar. 
Otra vez muevo con gran dificultad la mano derecha. La meto por la bragueta. No encuentro mi 
calzon, ni la apertura del mismo que me permitiria tocar mi vello obscenamente encanecido, mi 
picha arrugada, las pelotas que me han crecido como de elefante. Nada de eso. Encuentro un pa- 
hal. La textura es inconfundible. Satinada e impermeable, gruesa y acolchonada. Me han puesto 
un pahal. Siento alivio y vergijenza. Alivio porque se que puedo orinar y cagar a mi gusto, sin mie- 
do. Vergijenza por lo mismo: me estan dando trato de bebe. Creen que soy un niho inutil. Me han 
puesto un pahal y me han abandonado en una silla de ruedas sobre una raya pintada en la tierra. 
Si me hago caca, ^alguien olera mi mierda? ^Vendra entonces alguien a auxiliarme? Esto me 
humillaria. Prefiero seguir pensando que me han abandonado y ya no vendran por mi. Nadie me 
cambiara el pahal. Me han abandonado. El pahal me obliga a repetir esto. Soy el niho abandona- 
do, el exposito. El huerfano. ^De quien? ^De quienes? Siento la tentacion de mover las ruedas de 
mi silla de invalido. Ya explique por que no lo hago. Temo rodar. Caer. De bruces. Hacia el sur. De 
espaldas. Hacia el norte. A la derecha no. A la izquierda mejor. Pero esa palabra me inquieta, ya 
lo dije. Trato de evitarla. Igual que evito la idea del barro, la nocion de tener hijos, la necesidad de 
hablar ingles. Pero la palabrita se me impone. Izquierda. Si la admito, admitire todo lo demas, 
Nombre. Barro. Hijos. Muerte. Lengua. La repito y me veo, milagrosamente, en el exacto sitio 
donde estoy. Solo que de pie. Ahora de pie. Ahora joven. Solo que acompahado. Estoy en la raya. 
Me enfrento a un grupo armado. Son policias. Visten camisas color caqui de mangas cortas. Su- 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

daderas debajo de las camisas. Aun asi el sudor del pecho y las axilas mancha la camisa regla- 
mentaria. Son norteamericanos. Estan de un lado de la raya. Detras de mi hay un grupo desar- 
mado. Usan overoles. Botas como las mias. Sombreros de petate. Tienen caras de cansancio. 
Caras de haber viajado mucho tiempo y por lugares aridos. Tienen polvo en las pestanas, en la 
boca, en los bigotes. Parecen hombres que fueron sepultados en vida. Resucitados. Basta esto 
para que un nombre regrese con fuerza igual a la de la estrella polar. Lazaro. En su nombre hablo. 
Alego. Defiendo. Hay disparos. Caen los hombres de polvo. Me rodean gentes que yo deberia co- 
nocer, querer. Me rodean para protegerme a mi de las balas. Me protegen pero me regahan. Albo- 
rotador. Quien te manda. No te metas. Nos comprometes. Asi no. Regresa a tu casa. Entra al or- 
den. Nos comprometes a todos. A tu mujer. A tus hijos. A tu hermano sobre todo. 

i,A mi hermano? <i,Por que a mi hermano? ^Acaso no estoy aqui defendiendo a mi hermano? 
Miralo. Casi no respira. Esta cubierto de polvo. Acaba de salir de la tumba. Se llama Lazaro. Este 
es mi hermano. Lo defiendo aqui, en la raya. Lazaro. Todos se rien de mi. Pareces un gallo en tu 
raya. Un gallo picoteado, mas muerto que vivo. El verdadero gallo es tu hermano. El es el dueho 
de la raya, no tu. No lo comprometas. Entre todos vamos a cansarte hasta que te rindas. Vamos a 
demostrarte que tus valentias son inutiles. Vamos a moverte de la raya, gallito joven. Te vamos a 
agotar, gallo viejo. Por mas que hagas el mundo no va a cambiar. Esos que llamas tus hermanos 
van a seguir viniendo. Cuando sus brazos hagan falta cruzaran la raya sin que nadie los moleste. 
Todos se haran de la vista gorda. Pero cuando esten de sobra, los rechazaran. Los golpearan. 
Los mataran en las calles y a la luz del dia. Los expulsaran. El mundo no cambiara. Tu no lo haras 
cambiar. Eres una gota de agua en un oceano de intereses que se mueven con grandes mareja- 
das con ti o sin ti. Tu hermano si que mueve el mundo. El es el dueho de toda la raya, de mar a 
mar. El crea riqueza. El saca agua de las rocas. El hace que el desierto florezca. El convierte en 
pan la arena. El si que cambia al mundo. No tu, pobre diablo. No tu, viejo idiota con pahal sentado 
en silla de ruedas en la misma raya donde hace mucho fuiste un joven valiente. Un hombre de iz- 
quierda. Un hombre joven valiente de izquierda. Un hombre joven valiente de izquierda con la mi- 
rada brillante. Ese no eres tu. Tu sin nombre. Gritas. Otra vez aullas. Tu ves. Tu oyes. Tu gritas. 
Lo haces porque descubres que eso te da fuerzas, te permite mover un poco tus brazos tullidos. 
^Quien eres? El coro de la noche me agrede, me insulta y yo quisiera saber quien soy para res- 
ponderles: No Soy Nadie, Soy Alguien. Hago un ruido alegre con los dientes. Ya se. La etiqueta 
de mi saco. Ahi dice quien soy. Ahi viene mi nombre. Mi mujer siempre me escribia mi nombre en 
la etiqueta del saco. Vas a esos mitines, me decia, y te quitas el saco para hablar en mangas de 
camisa. Luego nadie sabe de quien es este saco o el otro. Y regresas en mangas de camisa. Te 
enfrias. Pero sobre todo no tienes dinero para comprarte otro saco. Dejame escribir tu nombre en 
la etiqueta interior junto al pecho. Mi nombre. Mi corazon. Ella. A ella la recuerdo. He recordado 
primero a mis verdaderos hermanos. Enseguida he olvidado a mi falso hermano. Pero a los dos 
los recuerdo en pedazos, en penumbras. A ella debo recordarla completa, como era, carihosa y 
leal. Que linda mujer me toco. Que fuerte y buena, como una roca, como una panaderia. Olia a 
pan. Sabia a lechuga. Era fuerte y bendita y fresca. Me protegia. Me abrazaba. Me animaba. Me 
escribia mi nombre en la etiqueta del saco, junto al corazon. "Para que no te me vayas a perder, 
junto al corazon." Alii me llevo ahora la mano adolorida, la mano vacia, la mano buena de mi 
cuerpo partido por la mitad. No encuentro nada. No hay parche. No hay nombre. No hay corazon. 
No hay etiqueta. La arrancaron, grito hacia adentro de mi. Me arrancaron mi nombre. Me despoja- 
ron de mi corazon. Me abandonaron sin nombre en la raya de la noche. Los odio. Los tengo que 
odiar. Pero prefiero amarla a ella. Ella tambien esta ausente, como yo. ^Entonces por que no nos 
encontramos? Ausentes los dos, debiamos reunirnos. Tengo hambre de ella, de su compahia, de 
su sexo, de su voz, de su juventud y de su vejez. ^Por que no estas conmigo, Camelia? Me de- 
tengo. Miro a las estrellas. Miro a la noche. Estoy asombrado. El mundo vuelve a mi. La tierra pal- 
pita y me convoca. He dicho el nombre de la amada. Eso basta para que el mundo regrese a la 
vida. He dicho el primer nombre de mi soledad y es nombre de mujer y es nombre que adoro. Di- 
go y pienso todo esto y en mi cabeza se abren las puertas de una memoria de agua. Es una res- 
puesta a la sequedad que me rodea. Huelo tierra seca. Pedregal. Mezquite. Biznaga. Sed. Huelo 
ausencia de lluvia, lejania de tormenta. El nombre de Camelia es lo unico que llueve. Camelia. 
Llueve sobre mi cabeza. Es flor, es gota, es oro. Acaricio ese nombre con mis ojos. Lo dejo rodar 
por mis parpados cerrados. Lo capture entre los labios. Lo paladeo. Me lo trago. Camelia. Su 
nombre. Lo bendigo. Y lo maldigo. «^Por que los demas no fueron como ella? ^Por que fueron los 

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demas desagradecidos, codiciosos, crueles? Detesto el nombre de Camelia porque le abre la 
puerta a los demas nombres que no quiero recordar. Siento vergijenza al pensar esto. No puedo 
rechazar el nombre de Camelia. Es como asesinarla y suicidarme todo al mismo tiempo. Entonces 
me doy cuenta de que el nombre de la mujer me impone un sacrificio. Me arranca de mi mismo. 
Hasta este momento en que dije el nombre "Camelia" yo solo hablaba de mi mismo. No se mi 
nombre y no me hace falta. Si hablo solo no me hace falta un nombre. Mi nombre es para los de- 
mas. Yo hablo con yo y no me hace falta nombrarme. Los demas son los demas. Yo no soy "Julio" 
ni "Hector" ni "Jorge" ni "Carlos". Mi dialogo con Yo es interno, integro, sin separaciones. No cabe 
ni el mas delgado bisturi entre las dos voces de ese yo que soy yo hablando con yo. Los demas 
son los demas. Salen sobrando. Son lo de mas. Pero digo "Camelia" y Camelia me contesta. Ya 
no estoy hablando solo. Ya estas tu hablando conmigo. Y si tu hablas con yo, yo tengo que hablar 
con los otros. Tengo que nombrar a los demas. Nunca defendi a los de/mas, sino a los demas. 
Ahora tengo que nombrarlo todo para poder nombrarla a ella. Me lo dice ella: Nombra a todos pa- 
ra que nombres a mi. La nombro: Camelia. La recuerdo: mi mujer. Y tengo que recordarlos a ellos: 
mis hijos. Mi resistencia a hacerlo es gigantesca. Es monstruosa. No quiero darles sus nombres. 
Quisiera quedarnos solos, Camelia y yo. ^Para que los tuvimos? ^Para que los bautizamos, los 
confirmamos, los celebramos, los besamos, los educamos con sacrificios? ^Para que un dia me 
dijeran: Por que no fuiste como tu hermano nuestro tio? <i,Por que tuviste que ser pobre y desgra- 
ciado? <i,Por que te amolaste luchando por causas perdidas? ^Como esperas que te respetemos? 
^Por que tuviste que ser pobre y desgraciado? Pochos, les dije, descastados. No se pongan del 
lado del enemigo. Se heron de mi. Si del otro lado es peor, Mexico es el lugar enemigo. Del lado 
mexicano hay mas injusticia, mas corrupcion, mas mentira, mas pobreza. Da gracias de que so- 
mos gringos. Eso dijo mi hijo que es mas duro y amargado. Mi hija, ella trato de ser mas suave. 
Para donde mires, papa, de este lado de la frontera o del otro, hay injusticia y tu no la vas a arre- 
glar. Tampoco nos vas a obligar a seguir tu camino. Viejo terco. Viejo pendejo. Con razon dicen 
aqui en la escuela gringa que nace un pendejo por minuto. No te pusimos una pistola en la cabe- 
za para que nos tuvieras y nos educaras. No te debemos nada. Eres un lastre. Si por lo menos 
fueras politicamente correcto. Nos avergijenzas. Un comunista. Un mexicano. Un agitador. No nos 
diste nada. Estabas obligado. Los padres solo sirven para dar. En cambio tu nos quitaste mucho. 
Nos obligaste a justificarnos, a negarte, afirmar todo lo que tu no eres para ser nosotros. Ser al- 
guien. Ser del otro lado. No te escandalices. No pongas esa cara. Si creces en la frontera tienes 
que escoger: de este lado o del otro. Nosotros esccgimos el Norte. No somos pendejos como tu. 
Nos adaptamos. ^Prefieres que nos amolemos como tu? Jodiste a nuestra madre. Pero no nos 
vas a joder a nosotros. Viejo rabioso. Viejo corajudo. ^Ya se te olvido tu propia violencia? Tu rabia 
descomunal, tus corajes colosales. Como te fuiste apagando, desarmado ante el simple hecho de 
la juventud. Si son jovenes se les perdona todo. Si son jovenes se les adula. Si son jovenes siem- 
pre tienen la razon. Me siento rodeado de un mundo, Norte y Sur, de ambos lados, que venera a 
los jovenes. Por mis ojos pasan ahora anuncios, imagenes, solicitudes, tentaciones, aparadores, 
revistas, televisiones, bdo anunciando jovenes, seduciendo jovenes, prolongando juventudes, 
despreciando ancianidades, descartando viejos, hasta que la edad aparece como un crimen, una 
enfermedad, una miseria que te cancela como ser humano. Levanto rapidamente un parapeto en- 
tre esta avalancha de luces deslumbrantes, ciegas, multicolores, fraccionadas, ovuladas, erran- 
tes. Cierro los ojos. Duplico la noche. La pueblo de fantasmas. Regreso a tientas a la tierra. Ella 
es como mi mirada ciega. Ella es negra. Esta vez la parte oscura del mundo que llamamos tierra 
me recibe. Esta llena de otro tipo de luz. Hay un viejo en medio de la luz. Esta descalzo. Viste ro- 
pa campesina. Pero trae puesto un chaleco. En el chaleco luce una leontina. Me acerco a el. Me 
hinco. Le beso la mano. El me acaricia la cabeza. Habla. Lo oigo con atencion y respeto. Cuenta 
las historias mas antiguas. Cuenta como empezo todo. Dice que siempre hubo dos dioses que 
crearon al mundo. Uno hablaba. El otro no. El que no hablaba creo todas las cosas mudas de la 
tierra. El que hablaba creo a los hombres. No nos parecemos al primer dios. No podemos enten- 
derlo. El es todo lo que nosotros no somos, dice el viejo que me acaricia la cabeza y que es mi 
padre. Dios solo es lo que no somos nosotros. Lo veneramos y sabemos lo que es solo porque no 
es lo que somos tu y yo. Quiero decirte que gracias a el solo sabemos lo que el no es. Pero el se- 
gundo dios se expone a ser como nosotros. Nos da el habla. Nos da los nombres. Se arriesga a 
hablar y a escuchar. Podemos contestarle. No lo veneramos tanto, pero lo amamos mas. Nombra 
y habla, hijo, tu tambien debes hablar y nombrar. Venera al dios creador pero habla con el dios 
redentor. No te encierres en ti. La perfection no es la soledad. La imperfection es la comunidad, 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

pero tambien es la perfeccion posible. El viejo que era mi padre me daba a masticar un poco de 
peyote amargo y me pedia una cosa. Habla, nombra, exponte. Se como el dios que nos dio la 
lengua. No como el dios que nos dejo mudos. Mudo como yo en este instante, padre, trato de res- 
ponderle. Pero mi padre ya se ha ido, sonriendo, con una mano en alto, diciendo adios. Se ha ido 
muy lejos. Es de otro tiempo que no tiene nada que ver con el mio. Un tiempo sin la ambicion de 
ser distintos. Un tiempo de brasero y comal. Tiempo de humo, de madrugadas prontas y noches 
vigiladas. Tiempo de mascaras, de dobles, de animas. Tiempo del nahual. Tiempo en que las vi- 
das eran identicas al nopal y el mezquite. Que distinto de mi propio tiempo de aprender a leer y 
escribir, tomar medicinas, recibir la tierra, dejar el huizache por el pavimento, mirarse en los apa- 
radores, comprar periodicos, saber quien era el presidente, meterse en la cabeza los articulos de 
la constitution. Y que diferente del tiempo de mis hijos, refrigeradores y televisiones, el dia sin na- 
turaleza, la noche iluminada, la comida preparada sin manos, la envidia del bien ajeno, las ganas 
de creer en algo y no encontrar nada, las ganas de saberlo todo para acabar sabiendolo todo de 
nada, convencidos de saberlo todo, alarmados por lo que puede saber un pie desnudo, ignorante. 
Con razon son tan distintos. Pero yo quise a mi padre, lo respete y a pesar de todo trate de encon- 
trar a su dios redentor, hablador, lenguaraz. Pero ahora me encuentro igual que el dios mudo. 
Abandonado y solitario como el, sin nombre, padre. Te beso las manos, muchas, muchas veces. 
No quiero dejar de hacerlo nunca. Quiero amar. Quiero venerar. No quiero hablar. No quiero re- 
cordar. Y entiendo que me han dejado aqui, abandonado, anonimo, desafiandome a que recuerde 
quien soy. Si no lo se yo, ^como van a saberlo los demas? Mi padre me pidio: Recuerda y nom- 
bra. iComo voy a hablar si no puedo? Me quede sin lengua. El ataque me dejo mudo y paralitico. 
Apenas puedo mover una mano, un brazo. Ya esta: no hablo pero recuerdo, trato desesperada- 
mente de suplir el habla con la memoria. ^No sabe mi padre lo que me ha pasado? ^Como se le 
ocurre pedirme: Habla, nombra, comunica? Viejo idiota, ^que no tiene ojos para ver que soy una 
ruina, mas viejo que el mismo cuando murio? Me muerdo la lengua. Yo soy un hombre respetuo- 
so. Yo creo en el valor del respeto a los viejos. No como mis hijos. ^O es ley de la vidadespreciar 
asi sea secretamente a los viejos? El ruco, los oiste decir. La momia. El cachivache. Matusalen. 
Vejestorio inutil, carga, no nos hereda nada, nos obliga a ganarnos la vida duramente y encima 
quiere que lo sigamos manteniendo. ^Quien tiene tiempo o paciencia de baharlo, vestirlo, desves- 
tirlo, acostarlo, levantarlo, ponerlo frente a la television todo el dia a ver si de casualidad se divier- 
te y aprende algo, nomas para que mire para otro lado, nos siga con la mirada como si la televi- 
sion fueramos nosotros, lo vivo, lo proximo, lo inaguantable? «^Por que no fue como su hermano 
nuestro tio? Veinte ahos menor que el, el hermano menor entendio todo lo que nuestro padre ig- 
nore o desprecio. La pobreza no se reparte. Primero hay que crear riqueza. Pero la riqueza des- 
ciende poco a poco como gotitas. Eso es seguro. Tengan paciencia. Pero la igualdad es un sue- 
no. Siempre habra idiotas e inteligentes. Siempre habra fuertes y debiles. ^Quien se come a 
quien? La riqueza bien habida no tiene por que distribuirse entre los holgazanes. El que es pobre 
es por su gusto. No hay clases dominantes. Hay individuos superiores. Ahora me no secretamen- 
te de mis hijos. Cuando fueron a pedirle a mi hermano menor que los ayudara, el les dijo lo mismo 
que ellos le dicen al mundo y a mi. Mi riqueza la hice con mi esfuerzo. No tengo por que mantener 
a una familia de vagos e ineptos. De tal palo tal astilla. Son ustedes dignos hijos de mi hermano. 
Quieren vivir de caridad. Por su propio bien se los digo, valganse por si mismos. No esperen nada 
de mi. De mar a mar. Del Pacifico al Golfo. De Tijuana a Matamoros. Una parte muerta de mi ce- 
rebro regresa como queria mi viejo padre, cargada de nombres. A lo largo de la frontera oigo el 
nombre de mi poderoso hermano. Pero su nombre verdadero es Contratos. Su nombre es Con- 
trabands Su nombre es Bolsa de Valores. Carreteras. Maquilas. Burdeles. Bares. Periodicos. Te- 
levision. Narco — Dolares. Yun desigual combate con un hermano pobre. Una lucha entre herma- 
nos por el destino de nuestros hermanos. Hermanos Anonimos. £C6mo me llamo yo? ^Como se 
llama mi hermano? No puedo contestar mientras no sepa como se llaman todos y cada uno de 
mis hermanos anonimos. <i,Por que cruzan la frontera? Para todo tenemos argumentos distintos. 
El: Los gringos tienen derecho a defender sus fronteras. Yo: No se puede hablar de mercado libre 
y luego cerrarle la frontera al trabajador que acude a la demanda. El: Son delincuentes. Yo: Son 
trabajadores. El: Vienen a una tierra extraha, deben respetarla. Yo: Regresan a su propia tierra; 
nosotros estuvimos antes aqui. No son criminales. Son trabajadores. Oye Pancho, quiero que tra- 
bajes para mi. Ven aqui. Te necesito. Oye Pancho, ya no te necesito. Largate. Acabo de denun- 
ciarte a la Migra. Yo nunca te contrate. Cuando te necesito te contrato Pancho, cuando me sobras 
te denuncio Pancho. Te golpeo. Te cazo como conejo. Te embarro de pintura para que todos lo 

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sepan: eres ilegal. Mis muchachos van a organizar jaurfas de canfbales blancos para asesinarte 
indocumentado mexicano salvadoreno guatemalteco. No, yo grito que no, no se puede hacer todo 
esto y hablar de justicia. Por eso luche toda mi vida. Contra mi hermano. Para mis hermanos. Y 
contra nosotros, me reclamaron mis hijos. Contra nuestro bienestar, nuestra asimilacion al progre- 
so, a la oportunidad, al Norte. Contra nuestro propio tio que no pudo protegernos. Tu lo impediste. 
Te condenaste y nos condenaste. <i,Por que vamos a agradecerte nada? Nuestra pobre madre era 
una santa. Te lo aguanto todo. Nosotros no tenemos por que. No nos diste mas que amargura. Te 
pagamos con la misma moneda. Tullido. Hemiplejico. ^Con quien vas a vivir? ^A quien vas a 
amolar y desesperar ahora? ^Quien te va a levantar, acostar, asear, vestir, desvestir, darte cucha- 
radas, pasearte en silla de ruedas, sacarte al sol para que no te seques en vida? ^Quien te va a 
limpiar los mocos, cepillarte la dentadura, oler tus gases, cortarte las unas, asearte el culo, sacarte 
la cera de las orejas, rasurarte, peinarte, echarte desodorante, ponerte el babero para comer, re- 
cogerte las babas, quien? ^Quien tiene tiempo voluntad dinero para ayudarte? ^Yo tu hijo que 
debo cruzar todos los dias la frontera de madrugada para trabajar del otro lado como dependiente 
de un Woolworths? «^Yo tu hija que ha conseguido chamba de supervisora en una maquiladora de 
aca de este lado? ^Tu nieto que ni te recuerda, y prepara burritos en un restoran mexicano del 
lado gringo? «^Tu nieta que tambien trabaja en la maquila? ^Crees que no ven a tu hermano en 
los periodicos, diciendo, haciendo, viajando, acompahado de hombres ricos, de viejas cueros? 
^Nuestros hijos tus nietos que a duras penas pasan el high school en el lado americano y solo 
quieren gozar de la musica la ropa los coches la envidia universal que tu les heredaste por tu in- 
capacidad tu generosidad para con todos menos los tuyos? Me suenan estas frases en la cabeza. 
Me retumban como piedras sueltas en un no rapido y turbio. Quisiera que el no se calmara al en- 
trar al mar. En cambio, se estrella contra la barra de su propio desperdicio. Acumula sedimento, 
basura, barro. Barro eres y en barro te convertiras. Barro. Barroso. Mi hermano de barro Leonar- 
do. Leonardo Barroso. Mi nombre. Yo mismo. No lo tengo. Me lo arrancaron. Ni a un hospital pue- 
den meterme. Ni a un asilo. Mi nombre esta en las listas negras. Aca y alia. Me despojaron de to- 
do derecho. Agitador. Comunista. Prohibido el paso. Ni la caridad le toca a este alborotador. Que 
lo cuiden los suyos. Me arrancaron las etiquetas. Me pusieron un panal. Me sentaron en la silla. 
Me abandonaron en la raya. La raya del olvido. El lugar donde no se mi nombre. El lugar donde 
estoy no estoy. La zona intermedia, indecisa, entre mi vida y mi muerte. Lo sentimos, aqui no lo 
admitimos. Aqui tampoco. Ustedes comprenden. Se le hicieron procesos. No es confiable. Esta 
marcado. Tiene un pesimo historial politico. No es leal. Ni aca ni alia. Es un rojo. A ver, que lo cui- 
de el pueblo. Que lo cuiden los rusos. Que no comprometa a nuestros obreros. Ni aqui ni alia. 
CTM. AFL — CIO. Libertad si. Comunismo no. Democracia a ver. Me hubieran matado. Mas les 
hubiera valido. Cobardes. Me han abandonado al azar. A los elementos. Al anonimato. Los of: Si 
lo abandonamos sin nombre lo recogeran y le tendran pena. Su nombre es maldito. Nos tine a to- 
dos. Es nuestra estrella amarilla. La cruz de nuestro calvario. Le hacemos un favor. Si nadie sabe 
quien es, le tendran compasion. Lo recogeran. Le daran los cuidados que nosotros ni podemos ni 
queremos. Que otros carguen con el. Hipocritas. Hijos de puta. No, eso no. Son hijos de Camelia. 
Era una santa. Pero se puede ser hijos de una santa y ser unos desgraciados. Hijos de la desgra- 
cia, eso si. ^Que puede pasar por unas cabezas que le hacen esto a un viejo su padre? ^Que an- 
da mal en el mundo? ^Que se ha descompuesto? Nada, me digo. Todo sigue igual. La ingratitud y 
la rabia no son de hoy. Hay muchas maneras de abandono. Hay muchos huerfanos. Jovenes y 
viejos. Ninos y hasta muertos. Quisiera preguntarle a Camelia, a ver si ella si se acuerda. ^Que le 
hicimos a nuestros hijos para que me trataran asf? Debe haber algo olvidado. Algo que ni ellos 
mismos recuerdan. Algo tan enterrado en la sangre que ni ellos ni yo sabemos ya que cosa es. Un 
miedo quizas. Quizas ni el hospital ni el asilo ni el sindicato me darfan con la puerta en las narices. 
Quizas es el puro gusto de mis hijos. Encuentran pretextos. Quieren hacer lo que han hecho. Les 
satisface. Les da risa, se vengan, sienten las cosquillas del peor de todos los males. El mal gratui- 
to que porque no tiene precio nos hace cirquito de gusto en la panza. Soy un huerfano mas. El 
huerfano del mal. El huerfano de mis propios hijos que acaso solo son comodines y no perversos. 
Indiferentes y no precisamente crueles. Yo ya no puedo hacer nada. Ni hablar. Ni moverme. Ape- 
nas puedo ver. Pero empieza a clarear. La noche era mas generosa que el dfa. Se dejaba mirar. 
El amanecer me ciega. Pienso en huerfanos. Jovenes y viejos. Ninos y hasta muertos. Los oigo. 
Su rumor me alcanza. Rumor de pies. Unos descalzos. Fuertes otros, taconeados, con botas. 
Otros mas arrastran las unas. Otros son silenciados por las suelas de goma. Otros se confunden 
con la tierra. Paso de huarache. Paso sin huaraches. Ay Chihuahua cuanto apache cuanto indio 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

sin huarache. No des paso sin huarache decia mi padre. Oigo los pasos y tengo miedo. Voy a re- 
zar otra vez, aunque me orine. Bendita sea el alma y el Senor que nos la manda. Bendito sea el 
dia y el Senor que nos lo envia. Amanece. Amanece con siluetas que yo miro desde mi silla. Pos- 
tes y cables. Alambradas. Pavimentos. Muladares. Techos de lamina. Casas de carton prendidas 
en los cerros. Antenas de television aranando las barrancas. Basureros. Infinites basureros. Lati- 
fundios de la basura. Perros. Que no se me acerquen. Y rumor de pies. Veloces. Cruzando la 
frontera. Abandonando la tierra. Buscando el mundo. Tierra y mundo, siempre. No tenemos otro 
hogar. Y yo sentado inmovil, abandonado, en la raya del olvido. «^A que pais pertenezco? «<,A que 
memoria? «^A que sangre? Oigo los pasos que me rodean. Me imagino al cabo que ellos me miran 
y al mirarme me inventan. Yo ya no puedo hacer nada. Dependo de ellos, los que corren de una 
frontera a la siguiente. Los que defendi toda mi vida. Con exito. Con fracaso. Inseparables. Ellos 
deben mirarme ahora para crearme con sus miradas. Si ellos dejan de mirarme me volvere invisi- 
ble. No me queda mas que ellos. Pero ellos tambien me dicen que yo no los miro porque no los 
nombro. Ya se los dije. No puedo saber el nombre de millones de mujeres y hombres. Ellos me 
responden mientras pasan fugitivos veloces: Di el nombre del ultimo nombre. Llama con amor a la 
ultima mujer. Ese sera el nombre de todos. Un solo hombre, una sola mujer, son todos los hom- 
bres y todas las mujeres. Renace el dia. ^Traera mi propio nombre entre sus promesas? He 
hablado conmigo toda la noche. ^Es este el estado perfecto de la verdad, de la comprension? ^El 
hombre solo que solo habla con el mismo? La noche me reconforto haciendome creerlo. De dia, 
ruego que venga otro y me diga algo. Lo que sea. Que me ayude. Que me insulte pero que me 
nombre. Nombre de barro. Alma de barro. Barroso. Camelia mi mujer. Leonardo mi hermano. He 
olvidado los nombres de mis hijos y mis nietos. Ignoro el nombre del ultimo nombre que nombra a 
todos los hombres. Ignoro el nombre de la ultima mujer que ama en nombre de todas las mujeres. 
Y sin embargo se que en este nombre final de un hombre final y en este cariho ultimo de la ultima 
mujer esta el secreto de todas las cosas. No es el nombre final. No es el hombre final. No es la 
ultima mujer y su calor. Es solo el ultimo ser que pasa la frontera, despues del que le precedio pe- 
ro antes del que lo va a seguir. Sale el sol y miro el movimiento en la frontera. Todos cruzan la ra- 
ya donde yo estoy detenido. Corren, temerosos unos, alegres otros. Pero no comienzan ni termi- 
nan nunca. Sus cuerpos siguen o preceden. Sus palabras tambien. Confusas. Ilegibles. ^Es esto 
lo que me quieren decir? ^No hay principio ni fin? «<,Esto me estan diciendo al no mirarme ni 
hablarme ni hacerme caso? ^No te preocupes? ^Nada empieza, nada acaba? ^Esto me estan 
diciendo? ^Te reconocemos al no distinguirte, fijarnos en ti, dirigirte la palabra? ^Te sientes ex- 
cepcional, sentado alii, paralitico y mudo, sin etiquetas que te identifiquen, con un pahal y una 
bragueta abierta? Pues eres igual a nosotros. Te hacemos parte de nosotros. Uno como nosotros. 
Nuestro origen interminable. Nuestro interminable destine <i,Son estas las palabras de la libertad? 
<j,Y que libertad es esta? ^Me la agradecen? ^Reconocen que los ayude a obtenerla? ^Cual liber- 
tad es esta? ^Es la libertad de luchar por la libertad? ^Aunque nunca se obtenga? ^Aunque se 
fracase? ^Es esa la leccion de estos hombres y mujeres que corren aprovechando la primera luz 
para cruzar la raya del olvido? ^Que olvidan? ^Que recuerdan? ^Que nueva mezcla de olvido y 
recuerdo les espera del otro lado de la raya? Estoy entre la tierra y el mundo. «^A cual he pertene- 
cido mas cuando vivi? ^A cual, al morir? Mi vida. Mi combate. Mi conviccion. Mi mujer. Mis hijos. 
Mi hermano. Mis hermanos y hermanas que cruzan la raya aunque los maten y los humillen. Den- 
le un nombre al que quiso darles un nombre. Denle una palabra al que hablo para defenderlos. No 
me abandonen tambien. No me eviten. Aun soy inevitable. A pesar de todo. En eso me parezco a 
la muerte. Soy inevitable. En eso soy tambien como la vida. Soy posible solo porque voy a morir. 
Sena imposible si fuera mortal. Mi muerte sera la garantia de mi vida, su horizonte, su posibilidad, 
la muerte ya es mi pais. ^Que pais? ^Que memoria? ^Que sangre? La tierra oscura y el mundo 
que amanece se mezclan en mi alma para hacer estas preguntas, mezclarlas, soldarlas a mi ser 
mas intimo, A lo que yo soy, fueron mis padres o seran mis hijos. Corren los pies cruzando la ra- 
ya. No hay motivo para temer su rumor. ^Que llevan, que traen? No se. Lo importante es que lle- 
ven y traigan. Que mezclen. Que cambien. Que no se detenga el movimiento del mundo. Se los 
dice un viejo mudo e inmovil. Pero no ciego. Que mezclen. Que cambien. Eso es lo que defendi. 
El derecho a cambiar. La gloria de saberse vivo, inteligente, energico, dador y recibidor, recipiente 
humano de lenguas, de sangres, de memorias, de canciones, de olvidos, de cosas a veces evita- 
bles y otras inevitables, de rencores fatales, de esperanzas que renacen, de injusticias que deben 
corregirse, de trabajo que debe remunerarse, de dignidad que debe respetarse, de tierra oscura 
aca y alia, ese mundo creado por nosotros y por nadie mas, ^aca o alia? No quiero odiar. Pero si 

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quiero luchar. Aunque este inmovil sobre una silla mudo y sin senas de identidad. Quiero ser. Dios 
mio, quiero Ser. ^Quien sere? Como un chorro entran a mi mirada a mis ojos a mi lengua sus 
nombres, cruzando todas las fronteras del mundo, rompiendo el cristal que los separa. Del sol y la 
luna vienen, de la noche y el dia. 

Levanto con trabajo la cara para ver de cara al sol. Lo que cae sobre mi frente es una gota. Y 
luego otra. Cada vez mas recio. Un aguacero. Una lluvia ruda aqui donde nunca llueve. Los pies 
se apresuran. Las voces se levantan. El dia que yo esperaba luminoso se vuelve turbio. Los hom- 
bres y las mujeres corren, se tapan las cabezas con periodicos, rebozos, sueteres, chamarras. La 
lluvia tamborilea sobre los techos de lamina. La lluvia infla las montanas de basura. La lluvia rueda 
por los cerros, lavandolos, por los canones, deslavandolos, arrastrando lo que encuentra, una llan- 
ta, un zaguan, un cacharro, una envoltura de celofan, un calcetin viejo, un lodazal repentino, una 
casa de carton, una antena de television. El mundo aparece arrastrado por el agua, inundado, sin 
pareja, divorciado de la tierra... Creo que nos vamos a ahogar. Creo que es el diluvio otra vez. La 
lluvia incesante borra la raya donde estoy detenido. Los pies veloces dejan huellas sobre el pavi- 
mento como si fuera de arena. Ellos se acercan. Oigo el ulular de sirenas. Oigo las voces altas, 
asombradas, bajo la lluvia. Los pasos mojados, veloces. Las manos que me esculcan. Las luces 
de las ambulancias, hdagantes, inciertas, girando, errando, pescando, pesquisando... Un viejo 
dicen. Un viejo inmovil. Un viejo que no habla. Un viejo con la bragueta abierta. Un viejo con un 
panal meado. Un viejo con ropa muy vieja y muy mojada. Un viejo con zapatos fuertes, de esos 
que dejan huella en las banquetas, como si los pavimentos fueran la playa. Un viejo con las eti- 
quetas de la ropa arrancadas. Un viejo sin cartera. Un viejo sin papeles: pasaporte, tarjetas de 
credito, cartilla de elector, seguridad social, calendario para el ano nuevo, mica verde de las fron- 
teras. Un viejo sin plastico. Un viejo con la nuca tiesa. Un viejo con los ojos limpios, abiertos al cie- 
lo, lavados por la lluvia. Un viejo con las orejas paradas, con los lobulos goteando lluvia. Un viejo 
abandonado. ^Quien pudo hacerle esto? ^No tiene hijos, parientes? De piano son chingaderas. 
cA donde lo vamos a llevar? Le va a dar pulmonia. Metanlo rapido en la ambulancia. Es un viejo. 
A ver si averiguamos quien es. Quienes habran sido los desgraciados. Un viejo. Un viejo bueno. 
Un viejo que se resiste a morir. Un viejo llamado Emiliano Barroso. Que lastima que ya nunca po- 
dre repetirlo. Que bueno que por fin he podido recordarlo. Soy yo. 



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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 



MALINTZIN DE LAS MAQUILAS 

A Enrique Cortazar, Pedro Gar ay y Carlos Salas-Porras 

A Marina la nombraron asi por las ganas de ver el mar. Cuando la bautizaron, sus padres dije- 
ron a ver si a esta si le toca ver el mar. En la rancheria en el desierto del Norte, los jovenes se jun- 
taban con los viejos y los viejos contaban que de jovenes sus viejos les habian dicho, ^como sera 
el mar?, ninguno de nosotros ha visto nunca al mar. 

Ahora que el helado sol de enero se levanta, Marina solo ve las aguas flacas del Rio Grande y 
el sol lo siente todo tan frio que quisiera volverse a meter entre las cobijas pardas del desierto por 
donde se asoma. 

Son las cinco de la manana y ella tiene que estar en la fabrica a las siete. Se ha retrasado. La 
retraso anoche el amor con Rolando, ir con el del otro lado del no a El Paso Texas y regresar tar- 
de, sola y tiritando por el puente internacional a su casita de una sola pieza con retrete en la Colo- 
nia Bellavista de Ciudad Juarez. 

Rolando se quedo en la cama con un brazo cruzado detras de la nuca y el celular en la otra 
mano, pegado a la oreja, mirandola a Marina con satisfaccion cansada y ella no le pidio que la II e- 
vara de regreso, lo vio tan comodo, tan niho, tan acurrucado y tambien tan abierto, tan humedo y 
calientito. Lo vio sobre todo listo para iniciar el trabajo, haciendo llamadas en el celular desde 
tempranito, al que madruga Dios lo ayuda, mas si se es mexicano que hace negocios de los dos 
lados de la frontera. 

Se miro en el espejo antes de salir. Era una belleza dormilona. Todavia tenia pestahas grue- 
sas, de niha. 

Suspiro. Se puso la chamarra azul de pluma de ganso que tan mal iba con su minifalda pues la 
chamarra le colgaba hasta las rodillas y la minifalda le llegaba al muslo. Sus zapatos tenis de tra- 
bajo los guardo en un morral y se lo colgo al hombro. Iba al trabajo con zapatos de tacon alto y 
puntiagudo, aunque a veces se le hundieran en el lodo o se le quebraran en las piedras, al contra- 
rio de las gringas que caminaban al trabajo con kedds y en la oficina se ponian los tacones altos. 
Marina en cambio no sacrificaba sus zapatos elegantes por nada, nadie la iba a ver nunca en 
chanclas como india apache. 

Alcanzo el primer camion por la calle del Cadmio y como todas las mahanas trato de mirar mas 
alia del barrio de terrones y de esas casuchas que parecian salidas de la tierra. Todos los dias, 
sin falta, trataba de mirar hacia el horizonte grandisimo, el cielo y el sol le parecian sus protecto- 
res, eran la belleza del mundo, el cielo y el sol eran de Todos y no costaban nada, jcomo iban a 
hacer las gentes comunes y corrientes algo tan bonito como eso, todo lo demas tenia que ser feo 
por comparacion: el sol, el cielo... y, decian, el mar! 

Siempre acababa viendo hacia los barrancos que se iban derrumbando hacia el no y que le 
atraian la mirada con la ley de la gravedad, como si hasta dentro del alma todas las cosas andu- 
vieran siempre cayendose. Ya desde esta hora, las barrancas de Juarez parecian hormigueros. 
La actividad de los barrios mas pobres empezaba temprano y se confundia con el enjambre que 
desde las casuchas y el declive se iba desparramando hasta la orilla del no angosto y alii intenta- 
ba cruzar al otro lado. Entonces ella volteaba la cara sin saber si lo que veia la molestaba, la 
avergonzaba, la hacia compadecerse o sentir ganas de imitar a los que se iban del otro lado. 

Mejor fijo los ojos en un cipres solitario hasta que ya no pudo verlo. 

El cipres quedo atras y Marina solo vio concreto, muros y mas muros de concreto, una largui- 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

sima avenida encajonada entre el concrete El camion se detuvo en un campo donde los mucha- 
chos en calzones cortos jugaban futbol para calentarse y cruzo tiritando el baldio hasta encontrar 
la siguiente parada del camion. 

Tomo asiento junto a su amiga Dinorah que venia vestida de sueter Colorado y blue jeans con 
zapatillas sin tacon. Marina abrazo su morral pero cruzo la pierna para que Dinorah y los demas 
pasajeros vieran sus finos zapatos de tacones altos con hebilla de pulsera en el tobillo. 

Se dijeron lo de siempre, como esta el nino, con quien lo dejaste. Antes, la pregunta de Marina 
irritaba a Dinorah, se hacia la desentendida, se atareaba sacando un chicle de la bolsa o acari- 
ciandose el pelo de chinitos cortos y anaranjados. Luego se dio cuenta de que todas las mahanas 
de la vida se iba a topar con Marina en el camion y contesto rapidamente, la vecina lo va a llevar a 
laguarderia. 

— Hay tan pocas — decia Marina. 

— <LQue? 

— Guarderias. 

— Aqui nada alcanza para nada, chavalona. 

No iba a decirle a Dinorah que se casara, porque la unica vez que lo hizo ella le contesto con 
groseria, casate tu primero, ponme el ejemplo, huisa. No le iba a insistir que las dos eran solteras 
pero Marina no tenia hijos, un hijo, esa era la diferencia, «^no necesitaba un padre el niho? 

— iPara que? Aqui los hombres no trabajan. ^Quieres que mantenga a dos en lugar de uno? 

Marina le dijo que con un hombre en casa podria defenderse mejor de los jaraseros sexuales 
de la fabrica. Se metian mucho con Dinorah porque la veian indefensa, nadie daba la cara por 
ella. Esto fastidio mucho a Dinorah y le dijo a Marina que de veras queria llevarse a toda madre 
con ella porque Dios les habia asignado el mismo camion, pero que si seguia dando consejos no 
pedidos, de piano iban a dejar de hablarse y que no se hiciera la mosquita muerta. 

— Yo tengo a Rolando — dijo Marina y Dinorah se murio de risa, todas tienen a Rolando, Ro- 
lando tiene a todas, ^que te crees, pendeja? y como Marina se solto chillando y las lagrimas no le 
rodaron por las mejillas sino que se juntaron todititas en las pestahas, a Dinorah le dio pena, saco 
un klinex de la bolsa, abrazo a Marina y le limpio los ojos. 

— Por mi no te preocupes, chula — dijo Dinorah — . Yo me se defender de todos los tentones de 
la fabrica. Y si me exigen un acoston para ascender, mejor me cambio de fabrica, total aqui nadie 
asciende para arriba, nomas nos movemos para los lados, como las cangrejitas. 

Marina le pregunto a Dinorah si habia rotado mucho, este era su primer trabajo pero oia que 
las muchachas se cansaban pronto de una ocupacion y se iban a otra. Dinorah le dijo que des- 
pues de nueve meses de hacer lo mismo, te empezaba a doler la cintura y se te amolaba la co- 
lumna. 

Tuvieron que bajarse a tomar el siguiente camion. 

— Tu tambien vienes retrasada. 

— Supongo que por las mismas razones que tu — ho Dinorah y las dos se tomaron de la cintura 
y se heron juntas. 

La plaza estaba muy animada ya, con sus toldos y tendajones variados. Todo mundo despedia 
el humo del invierno por la boca y los marchantes exponian sus mercancias o colgaban sus anun- 

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cios a lo que vino vino a comerse sus elotes con Avelino y ellas se detuvieron a comprar dos elo- 
tes enchilados y todavia escurridos de agua caliente y mantequilla derretida, sabrosisimos. Se rie- 
ron de un anuncio, Tome Macho Minas Para Hombres Debiles de Sexo y Dinorah le pregunto a 
Marina si ella habia conocido uno solo asi. Marina dijo que no, pero no era eso lo importante, sino 
escoger una al hombre que quiere. iQue una quiere? Bueno, que le gusta a una. Dinorah dijo que 
los unicos hombres con el pito aguado eran casi siempre los mas echadores, los que las perse- 
guian y trataban de aprovecharse de ellas en las fabricas. 

— Rolando no. El es muy macho. 

— Eso ya me lo contaste. <s,Y que mas tiene? 

— Un celular. 

— Ah — pelo de burla los ojos Dinorah pero no dijo nada mas porque el camion se detuvo y 
subieron para viajar el ultimo tramo hasta la maquiladora. Llego corriendo una muchacha muy 
flaca pero guapa con una belleza aguileha poco corriente por aqui y vestida con habito carmelita y 
sandalias. Se sento frente a ellas. Le pregunto a Dinorah si no le daban frio sus piececitos en 
invierno sin calcetincitos ni nada, asi. Ella se sono la nariz y dijo que era una manda que solo 
tenia chiste en la escarcha, no en el summer. 

— cSe conocen? — dijo Dinorah. 

— De lejos — dijo Marina. 

— Esta es Rosa Lupe. No la reconoces cuando se le mete lo santo. Te juro que normalmente 
es muy diferente. <i,Por que hiciste manda? 

— Por mi famullo. 

Les conto que ella llevaba cuatro ahos en la maquila y su marido — su famullo — seguia sin dar 
golpe. 

El pretexto eran los nihos, ^quien los iba a cuidar? — Rosa Lupe miro sin mala intencion a Di- 
norah — . El famullo se quedaba en casa cuidando a los nihos pues por lo visto hasta que crecie- 
ran. 

— c\-0 mantienes? — dijo Dinorah para vengarse de la alusion de Rosa Lupe. 

— Pregunta en la fabrica. La mitad de las que chambeamos alii mantenemos el hogar. Somos 
lo que se llama jefecitas de familia. Pero yo tengo famullo. Por lo menos no soy madre soltera. 

Para evitar el pleito de comadres Marina dijo que ya entraban a la parte bonita y las tres mira- 
ron los cipreses alineados a ambos lados de la carretera sin hablarse mas; esperando nomas la 
aparicion bellisima que no dejaba de asombrarlas todos los dias a pesar de la costumbre, la fabri- 
ca montadora de televisores a color, un espejismo de vidrio y acero brillante, como una burbuja de 
aire cristalino, era como trabajar rodeadas de pureza, de brillo, casi de fantasia, tan limpia y mo- 
derna la fabrica, el parque industrial como decian los managers, las maquiladoras que le permitian 
a los gringos ensamblar textiles, juguetes, motores, muebles, computadoras y televisores con par- 
tes fabricadas en los EEUU, ensambladas en Mexico con trabajo diez veces menos caro que alia, 
y devueltas al mercado norteamericano del otro lado de la frontera con el solo pago de un impues- 
to al valor ahadido: de esas cosas ellas no sabian mucho, Ciudad Juarez era simplemente el lugar 
de donde llamaba el trabajo, el trabajo que no existia en las rancherias del desierto y la montaha, 
el que era imposible hallar en Oaxaca o Chiapas o en el mismisimo DF, aqui estaba a la mano, y 
aunque el salario era diez veces menos que en los EEUU, era diez veces mas que nada en el re- 
sto de Mexico: esto se cansaba de explicates la Candelaria, una mujer de treinta ahos, mas que 
gorda, cuadrada, con las mismas dimensiones por los cuatro costados, que no habia renunciado a 

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una vestimenta campesina tradicional, aunque era dificil saber de que region, pues la convencida, 
seria, pero sonriente Candelaria, usaba un poquito de todo, trenzas de columpio con estambres 
huicholes, huipiles yucatecos, faldas tehuanas, cinturones tzotziles y unos huaraches con suela de 
llanta Goodrich que se encuentran en todos los mercados, y como era la amante del lider sindical 
antigobiernista, sabia de lo que hablaba y el milagro era que no la hubieran corrido de piano de 
todas las maquiladoras, pero la Candelaria les ganaba siempre la partida, era la amita de la rota- 
cion, cada seis meses cambiaba de plaza y cada vez que lo hacia su patron suspiraba porque la 
agitadora se iba y porque la rotacion ya era para los empresarios sinonimo de escasa o nula con- 
ciencia politica, no alcanzaba el tiempo para alborotar a nadie y la Candelaria nomas meneaba las 
trenzas de la risa y seguia sembrando conciencia aqui y alia, cada seis meses: tenia treinta anos, 
llevaba quince en las maquilas, no queria amolarse la salud, ya habia trabajado en una fabrica de 
pinturas y los solventes la habian enfermado — mira que pasarse nueve meses enlatando pintura 
para acabar pintada por dentro, eso dijo entonces — y es cuando conocio a Bernal Herrera, un 
hombre maduro que por eso le gusto a la Candelaria, maduro pero con ojos tiernos y manos vigo- 
rosas, moreno, cano, con bigote y anteojos, y Bernal le dijo Candelaria aqui no le dan agua ni al 
gallo de la pasion, lo que uno necesita debe ganarselo a pulso, aqui declaran los costos y utilida- 
des que se les antoja, aqui no hay seguros por riesgo de trabajo, ni medicaciones, ni pension, ni 
compensaciones por dote, maternidad o muerte, nos estan haciendo el gran favor, eso es todo, 
nos estan dando trabajo, muchas gracias y a callarse la boca, pero tu de vez en cuando deja caer 
tres palabritas, Candelaria de mi vida, three little words como dice el fox, huelga de coalicion, 
huelga de coalicion, huelga de coalicion, repitelo tres veces como en una letania, mi dulce Cande, 
y vas a ver como se ponen palidos, te prometen aumentos, te ofrecen igualas, te respetan tus opi- 
niones, te animan a cambiar de fabrica: hazlo, mi amorcito, mira que prefiero verte rotada que no 
muerta... 

— Es tan bonito este lugar — suspiro Marina, evitando pisar con sus zapatos de stileto los pra- 
dos verdes con la advertencia doble: NO PISE EL PASO/KEEP OFF THE GRASS. 

— Si hasta parece Disneylandia — Dijo Dinorah entre seria y risueha. 

— Si, pero llena de ogros que se comen a las princesitas inocentes como ustedes — les dijo con 
una sonrisa sarcastica la Candelaria, a sabiendas de que sus ironias no rifaban entre estas men- 
sas. Pero las queria, de todos modos. 

Se pusieron las batas azules reglamentarias y tomaron sus lugares frente a los esqueletos de 
las televisoras, dispuestas a hacer el trabajo en serie, la Candelaria el chasis , la Dinorah la solda- 
dura, Marina estrenandose apenas para reparar soldaduras, y la Rosa Lupe fijandose en los de- 
fectos, los alambres sueltos, las coronas dahadas, mientras le decia a la Cande, oye, ya estuvo 
suave de tratarnos como pendejas, ^no?, y no pongas esa cara de santa, siempre dandonos lec- 
ciones, siempre despreciandonos, ^yo? pelo tremendos ojos la Candelaria, oye Dinorah, dime si 
aqui hay alguna mas taruga que yo, la Candelaria, cargada de obligaciones, me vine de la ranche- 
ria, me traje a los hijos, luego a los hermanos, luego a mi papacito, ^eso es ser muy abusada?, 
itu crees que me alcanza? — ^Tu lider no te da para el gasto, Candelaria? 

La cuadrada le mando un toque electrico a Dinorah, era una treta que ella se sabia, Dinorah 
chillo y llamo cabrona a la gorda, esta nada mas se ho y dijo que cada una tenia su telenovela que 
contar, mejor se llevaban bien, ^que no? para pasar las horas juntas y no morirse de aburricion, 
^que no? 

— iPara que te trajiste a tu papacito? 

— Por el recuerdo — dijo la Candelaria — . 

— Los viejos sobran — dijo sordamente Dinorah. 

Todas venian de otro lado. Por eso se entretenian contandose historias sorprendentes sobre 
sus origenes, sobre las combinaciones familiares, las cosas que las diferenciaban, y a veces, 

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tambien, se admiraban de que coincidieran en tanto, familias, pueblos, parentescos. Pero todas 
estaban divididas por dentro: ^era mejor dejar atras todo eso, borrar la memoria, resolverse a em- 
pezar una nueva vida aqui en la frontera?, i° era necesario alimentar el alma con el recuerdo, 
canturrear a Jose Alfredo Jimenez, sentir la tristeza del pasado, convenir en que el desamor es la 
muerte del alma? A veces se miraban sin hablarse, todas las amigas, las camaradas, Candelaria 
que era quien mas tiempo llevaba en la maquila, Rosa Lupe y Dinorah que llegaron al mismo 
tiempo, Marina que era la mas verdecita, entendiendo que no era preciso decirse nada para decir- 
se esto, que todas necesitaban amor pero no recuerdos, y que sin embargo era imposible separar 
el recuerdo y el carino, estaba canija la cosa. La que mejor llevaba la cuenta de las historias era la 
Candelaria, y su conclusion era que todas venian de otra parte, ninguna de ellas era fronteriza, le 
gustaba preguntarles de donde venian, a ellas les costaba hablar de eso, solo con la Candelaria 
como que tenian confianza, se atrevian a enlazar amor y memoria y la Candelaria queria mante- 
ner viva esa pareja, sentia que era importante, no condenarse al olvido, ni al desamor que es 
muerte del alma, volvio a canturrear con el inolvidable Jose Alfredo, como decian los programas 
de radio. 

— Del ejido "Venustiano Carranza". 

— De aqui de Chihuahua, tierra adentro. 

— No, del campo no, de una ciudad mas chiquita que Juarez. 

— Uy, desde Zacatecas. 

— Uy, desde La Laguna. 

— Mi papa se encargo de todo el movimiento — dijo Rosa Lupe la aguileha vestida de carmeli- 
ta — . Dijo que el ejido ya no daba para mas. La tierra se iba haciendo mas chica y mas seca cada 
vez que la dividiamos entre el monton de hermanos. Yo siempre fui activa, muy activa. En el ejido 
me encargaba de que estuvieran limpias las calles y pintadas de bianco las paredes, me gustaba 
preparar el papel picado para las fiestas, traer a los musicos, organizar los coros de los nihos. Mi 
papa dijo que era yo demasiado lista para quedarme en el campo. El mismo me trajo a la frontera, 
cuando tenia quince ahos. Mi madre se quedo en el ejido con los hermanitos mas chicos. No se 
anduvo por las ramas mi padre. Me dijo que aqui yo iba a ganar en un mes diez veces mas que 
toda la familia en el ejido. Yo era muy activa. No me iba a pesar. Mientras el se quedo aqui, me 
resigne. El era como la continuidad de mi vida en el pueblo. No le dije que extrahaba la tierra, mi 
mama, mis hermanitos, las fiestas religiosas, la Candelaria cuando se viste al niho Dios, la Santa 
Cruz y su coheterio tan alegre pero tan miedoso, el Miercoles de Ceniza cuando todo el pueblo 
trae su cruz de carbon en la frente, la Semana Santa cuando salen los judios con sus barbas 
blancas y sus narizotas y sus abrigos negros a hacer travesuras contra los cristianos, todo, las 
posadas, los reyes, lo echaba todo de menos. Aqui busco esas fechas en el calendario, tengo que 
recordarlas, alia no, alia las fiestas llegaban sin necesidad de recordarlas, ^me entienden? Pero 
mi papa me instalo aqui en Juarez en una casita de una pieza en la colonia Bellavista y me dijo: 
"Trabaja mucho y encuentrate un hombre. Eres la mas lista de la familia." Y se fue. 

— Yo no se que es mejor — Dijo enseguida la Candelaria — . Ya les dije, yo vivo cargada de 
obligaciones. Cuando me vine a la frontera, me traje a mis hijos. Luego llegaron mis hermanos. 
Finalmente mis padres se animaron. Es mucha carga para mi sueldo y cuidado con hacerme bro- 
mas, pinche Dinorah. Lo que nos dan nuestros hombres lo merecemos. Lo que me da mi padre es 
de pilon, es el recuerdo. Mientras mi padre este en la casa, ya no olvidare. Vieran que bonito es 
tener cosas que recordar. 

— No es cierto — dijo Dinorah — . Los recuerdos nomas duelen. 

— Pero es dolor del bueno — contesto la Candelaria. 

— Pues yo solo conozco del malo — siguio Dinorah. 

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— Es que no tienes con que compararlo, no te das a ti misma el chance de almacenar tus bue- 
nos recuerdos del pasado. 

— Las alcancias son para los puerquitos dijo irritada Dinorah. 

Rosa Lupe iba a decir algo cuando se acerco la supervisora, una cuarentona muy alta con ojos 
de canica y labios como ejote, y se puso a reganar a la guapa y aguilena carmelita, estaba violan- 
do los reglamentos, que se creia viniendo al trabajo vestida de milagrosa, ^no sabia que habia 
que usar la bata azul por reglamento, por seguridad, por higiene? 

— Tengo hecha una manda, super — dijo muy digna Rosa Lupe. 

— Aqui no hay mas manda que mis ovarios — dijo la supervisora — . Anda, quitate ese ropon y 
ponte la bata azul. 

— Esta bien. Voy al banc 

— No senora, usted no va a interrumpir el trabajo con sus santurronerias. Listed se me cambia 
aqui mismito. 

— Es que no traigo nada debajo. 

— A ver — dijo la supervisora y agarro a Rosa Lupe de los hombros, le arranco el habito, se lo 
bajo violentamente hasta la cintura, dejo que brotaran los esplendidos senos de Rosa Lupe, y sin 
contenerse la mujer de ojos de canica los cerro y se fue con los labios de ejote sobre los levanta- 
dos pezones color de rosa de la guapa carmelita, que no pudo reaccionar de la sorpresa, hasta 
que la Candelaria agarro de la permanente a la super, la insulto, la separo y Dinorah le dio una 
patada en el culo a la puerca y— Marina se acerco rapidamente a Rosa Lupe y la cubrio con las 
manos, sintiendo con emocion como le palpitaba el corazon a su amiga, como se le excitaban sin 
querer los pezones. 

Llego otro supervisor hombre a separarlas, poner el orden, reirse de su colega, no me andes 
quitando a mis novias, Esmeralda, le dijo a la supervisora despeinada y enardecida como un jito- 
mate frito, dejame a mi estas chuladas, tu buscate un macho. 

— No te buries de mi, Herminio, me las vas a pagar — dijo la aporreada Esmeralda retirandose 
con una mano en la f rente y la otra en la barriga — . No te metas en mis terrenos. 

— ^ Me vas a reportear? 

— No, nomas te voy a chingar. 

— Andenle muchachas — sonrio el supervisor Herminio, lampiho como un piloncillo y del mismo 
color — . Voy a adelantar la hora del recreo, vayan y tomense un refresco, y piensen bien de mi. 

— ^Vas a cobrarte el favor? — dijo Dinorah. 

— Ustedes caen solitas — sonrio libidinosamente Herminio. 

Compraron sus pepsis y se sentaron un rato frente al cesped tan bonito de la fabrica — KEEP 
OFF THE GRASS — esperando a Rosa Lupe que reaparecio acompahada por Herminio, muy sa- 
tisfecho el supervisor. La obrera venia con la bata azul. 

— Parece el gato que se comio al raton dijo la Candelaria cuando Herminio se retiro. 

— Le permit! que me viera cambiarme de ropa. Prefiero que lo sepan. Lo hice por agradeci- 

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miento. Prefiero ser yo la que decide. Me prometio no molestarnos a ninguna y protegernos de la 
cabrona de Esmeralda. 

— Uy, con que poquito se... — empezo a decir Dinorah pero Candelaria la callo con la mirada, y 
las demas bajaron la suya sin imaginarse que desde el alto mirador de la gerencia, cuyos vidrios 
opacos permitian mirar hacia afuera sin ser vistos hacia adentro, el dueno mexicano de la empre- 
sa, don Leonardo Barroso, observaba al grupo de trabajadoras y le repetia al grupo de inversionis- 
tas norteamericanos aquello de benditos entre las mujeres, pues las maquiladoras empleaban 
ocho mujeres por cada hombre, las liberaban del rancho, de la prostitucion, incluso del machismo 
— sonrio ampliamente don Leonardo — pues la trabajadora se convertia rapidamente en la gana- 
pan de la casa, la jefa de familia adquiria una dignidad y una fuerza que pues liberaban a la mujer, 
la independizaban, la modernizaban y eso tambien era democracia, ^no le parecia a los socios 
texanos? Ademas — don Leonardo acostumbraba estos pep — talks periodicos para calmar los ani- 
mos de los yanquis y darles buena conciencia — , estas trabajadoras, como esas que alii ven 
sentadas junto al pasto bebiendo refrescos, se integraban a un crecimiento economico dinamico, 
en vez de vivir deprimidas en el estancamiento agrario de Mexico. Habia cero, exactamente cero 
maquilas en la frontera en 1965 con Diaz Ordaz, diez mil en el 72 con Echeverria, treinta y cinco 
mil en el 82 con Lopez Portillo, ciento veinte mil en el 88 con De la Madrid, ciento treinta y cinco 
mil ahora en el 94 con Salinas, y generando doscientos mil empleos conexos. 

— Se puede medir el progreso del pais por el progreso de las maquiladoras — exclamo satisfe- 
cho el sehor Barroso. 

— Debe haber problemas — dijo un yanqui mas seco que una pipa de mazorca amarilla — . 
Siempre hay problemas, sehor Barroso. 

— Llameme Len, sehor Murchinson. — Y yo Ted. 

— i Problemas de trabajo? Los sindicatos no estan autorizados. 

— Problemas de falta de lealtad, Len. Yo siempre he trabajado con la lealtad de mis trabajado- 
res. Aqui se que las trabajadoras duran seis, siete meses, y se mudan a otra empresa. 

— Claro, todas quieren irse con los europeos porque las tratan mejor, corren o castigan a los 
supervisores abusivos, les dan lonches de lujo, que se yo, puede que hasta las manden de vaca- 
ciones a ver tulipanes a Holanda... Trate de hacer eso y las ganancias van a reducirse, Ted. 

— Asi no trabajamos en Michigan. Los obreros se desarraigan, aumentan los gastos de agua, 
vivienda, servicios. Puede que los holandeses tengan razon. 

— Todos rotamos — dijo alegremente Barroso — . Ustedes mismos, si en Mexico les ponemos 
normas de medio ambiente, se van. Si aplicamos estrictamente la Ley Federal del Trabajo, se 
van. Si hay un boom de las industrias de guerra, se van. ^Listed me habla de rotacion? Es la ley 
del trabajo. Si los europeos prefieren la calidad de la vida a los beneficios, alia ellos. Que los sub- 
sidie laCEE. 

— No me has contestado, Len. ^Que pasa con el factor lealtad? 

— Los que quieran mantener un cuerpo leal de trabajadores, que hagan como yo. Les ofrece- 
mos bonos para que se queden. Pero la demanda es grande, las muchachas se aburren, no as- 
cienden para arriba, de manera que cambian horizontalmente, se hacen la ilusion de que al cam- 
biar mejoran. Eso genera algunos gastos, Ted, tienes razon, pero nos evita otros. Nada es perfec- 
to. Pero la maquila no es una suma— cero, sino una suma— suma. Todos salimos ganando. 

Rieron un poco y un hombre de cabeza entrecana y pelo largo restirado en cola de caballo, en- 
tro a servirles sus cafecitos. 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

— Para mi sin azucar, Villarreal — le dijo don Leonardo al servidor. 

— Ahora bien, Ted — continuo Barroso — . Tu eres nuevo en este asunto pero seguramente tus 
socios norteamericanos te han dicho cual es el verdadero negocio. 

— No me parece mal tener una empresa nacional que le vende a un solo comprador asegura- 
do. Eso no lo tenemos en los Estados Unidos. 

Barroso le pidio a Murchinson que mirara para afuera, mas alia del grupito de trabajadoras be- 
biendose sus pepsis, que mirara al horizonte, le dijo, los empresarios yanquis siempre han sido 
hombres de vision, no cuentachiles provincianos como en Mexico, jque horizonte mas grande vei- 
an desde aqui!, ^verdad?, Texas era del tamaho de Francia, Mexico, que parecia tan chiquito jun- 
to a los US of A, era seis veces mas grande que Espaha, cuanto espacio, cuanto horizonte, que 
inspiracion — casi suspiro Barroso — . 

— Ted: el verdadero negocio no son las maquilas. Es la especulacion urbana. El sitio de las fa- 
bricas. Los fraccionamientos. Los parques industriales. ^Viste mi casa en Campazas? Se rien de 
ella. La llaman Disneylandia. El que se rie soy yo. Estos terrenos los compre a cinco centayos me- 
tro cuadrado. Ahora valen mil dolares metro cuadrado. Alii esta el negocio. Te lo advierto. Entrale. 

— Soy todo oidos, Len. 

— Las muchachas tienen que viajar mas de una hora en dos camiones para llegar hasta aqui. 
Lo que nos conviene es crear otro polo al mero oeste de esta fabrica. Lo que nos conviene es 
comprar los terrenos de la colonia Bellavista. Son un andurrial, puras chozas de mierda. En cinco 
ahos, valdran mil veces mas. 

Ted Murchinson estuvo de acuerdo en poner el dinero con Leonardo Barroso al frente, porque 
la constitucion mexicana prohibe a los gringos tener propiedades en las fronteras. Se hablo de 
fideicomisos, de acciones, de porcentajes mientras Villarreal servia los cafes bien aguados, como 
les gustaban a los gringos. 

— Mi famullo lo que quiere es que deje la maquila y me junte con el para el comercio, asi nos 
vemos mas y nos alternamos en el cuidado del niho. Es la unica cosa valiente que me ha pro- 
puesto, pero yo se que en el fondo es tan cobarde como yo. La maquila es lo seguro, pero mien- 
tras yo trabajo aqui, el esta atado a la casa. 

Esto lo dijo Rosa Lupe pero algo en sus palabras agito terriblemente a Dinorah, se descompu- 
so toditita y pidio permiso para ir al baho. La supervisora Esmeralda, para evitar nuevos conflictos, 
no se opuso. A veces decia vulgaridades espantosas cuando las muchachas pedian ir al banc 

— <s,Y ora esa? — dijo la Candelaria y se arrepintio. Era una ley no escrita que ellas no andaban 
averiguando que les pasaba, por dentro, a las demas. Lo que les pasaba afuera, pues se notaba y 
podia comentarse, sobre todo con animo guason. Pero el alma, eso que las canciones llaman el 
alma... 

Canturreo Candelaria y se le unieron Marina y Rosa Lupe. 

"Me volvio loca tu manera de ser/ Tu egoismo y tu soledad/ Son joyas en la noche/ De mi me- 
diocridad..." 

Entre que se heron y se pusieron tristes, pero Marina penso en Rolando, en que andaria 
haciendo en las calles de Juarez y El Paso, era un hombre con un pie alia y otro aca de este lado, 
unido a Juarez y El Paso por su celular. 

— No me Names a casa de noche, mejor llamame al coche, llamame a mi celular — le habia di- 
cho a Marina al principio, pero cuando ella le pidio el numero, Rolando se excuso. 

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— Me tienen fichado con mi celular — le explico — . Si entra una llamada tuya, puedo comprome- 
terte. 

— ^Entonces como nos vamos a ver? 

— Tu ya sabes, todos los jueves en la noche en los courts del otro lado... 

lY los lunes, los martes, los miercoles, que? Todos trabajamos, le decia Rolando, la vida es 
dura, hay que ganarse los frijoles, una noche de amor, ^te das cuenta?, hay gente que ni eso tie- 
ne... £Y los sabados, y los domingos? La familia, decia Rolando, los fines de semana son para la 
familia. 

— Yo no tengo, Rolando. Estoy solita. 

— cY los viernes? — replicaba como de rayo Rolando, era rapido, eso ni quien se lo quitara, sa- 
bia que Marina se confundia apenas se mencionaba el viernes. 

— No. Los viernes salgo con las muchachas. Es nuestro dia de amigas. 

Rolando no tenia que ahadir nada y Marina esperaba ansiosa el jueves para cruzar por el 
puente internacional, mostrar su tarjeta, tomar un bus que la dejaba a tres cuadras del motel, de- 
tenerse en la fuente de sodas a tomarse una malteada de chocolate con su cerecita de copete 
que solo del lado gringo las sabian preparar y llegar asi, fortalecida de cuerpo, adormecida de al- 
ma, a brazos de Rolando, su Rolando... 

— <i,Tu Rolando? ^Tuyo? ^De todas? 

Las burlas de las muchachas sonaban en sus oidos mientras trenzaba los alambres negros, 
azules, amarillos, rojos, toda una bandera interior que proclamaba la nacionalidad de cada televi- 
sor, assembled in Mexico, que orgullo, ^cuando le pondrian fabricado por Marina, Marina Alva 
Martinez, Marina de las Maquilas? Pero ni ese orgullo de su trabajo, ese sentimiento huidizo de 
que hacia algo que valia la pena, no un trabajo inutil, borraba el sentimiento de celos que le daba 
Rolando, Rolando y sus conquistas, todas lo insinuaban, a veces lo decian, Rolando el hombre de 
todas y si era asi, pues que bueno que a ella le tocaba un cachito del amor que ese galan a todo 
dar, bien vestido, con trajes color avion, que relucian hasta de noche, su pelo tan bien cortado, no 
de jipi, sin patillas, negro como su bigotillo tan fino y bien peinado, su tez parejamente oliva, sus 
ojos sohadores y su celular pegado a la oreja, todos lo habian visto, en restoranes de lujo, enten- 
te de almacenes famosos, en el mero puente, siempre con su celular pegado a la oreja, arreglan- 
do biznez, conectando, negociando, conquistando al mundo, Rolando, con su corbata marca 
Hermes y su traje de color jet, arreglando al mundo, ^como iba a darle mas de una noche a la 
semana a Marina, la recien llegada, la mas simple, la mas humilde?, el, un hombre tan solicitado, 
^el bato mas chingon? 

— Ven — le dijo cuando, la tercera vez que se vieron en el motel, ella lloro y le hizo una escena 
de celos — . Ven y sientate frente a este espejo. 

Ella solo vio que las lagrimas se le juntaban en las pestahas gruesas, de niha aun. 

— cQue ves en el espejo? — le dijo Rolando, de pie detras de ella, inclinado hacia el rostro de 
ella, acariciandole los hombros desnudos con esas manos suaves, cafecitas, llenas de anillos. 

— Yo. Me miro yo, Rolando. ^Que te pasa? 

— Si. Mirate, Marina. Mira a esa muchacha bellisima, con pestahas tupidas y ojitos de capulin, 
mira la belleza de esos labios, la naricita perfecta, los hoyuelos divinos, mira todo eso, Marina, mi- 
ra a esa muchacha preciosa y luego mirame a mi cuando me pregunto, ^como puede sentir celos 

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esta muchacha tan linda, como puede creer que a Rolando le guste otra, acaso no se ve en el es- 
pejo, acaso no se da cuenta de lo linda que es? ^Como voy a traicionarla yo? jQue poca confian- 
za en si misma tiene Marina! Rolando Rozas debe educarla. 

Entonces las lagrimas le rodaban, pero de pena y felicidad y se abrazaba al cuello de Rolando, 
pidiendole perdon. 

Hoy era viernes, pero un viernes diferente. Algo le dijo Villarreal, el mozo de la gerencia, a la 
Candelaria cuando iban saliendo de la armadora que la excito y ladescompuso, ella por lo comun 
tan tranquila. Rosa Lupe, por mas que fingiera compostura, estaba alterada por dentro, mancillada 
por Esmeralda que la humillo y Herminio que la protegio y salio tratando de entender cual de los 
dos era peor, si la vieja bestial o el joven libidinoso y Dinorah traian algo adentro, Marina trataba 
de repasar todas las conversaciones del dia para ver que cosa habia inquietado tanto a la Dino- 
rah, era una mujer buena, su cinismo era pura pose, se defendia de una vida que le parecia injus- 
ta, sin sentido, lo decia y ahora lo daba a entender... Marina las vio tan tristes, tan ensimismadas, 
que decidio hacer algo insolito, algo prohibido, algo que las hiciera a todas sentirse contentas, dis- 
tintas, libres, quien sabe... 

Se quito los zapatos de charol, hebilla y tacones de punal, los tiro lejos y descalza corrio por el 
pasto, bailo por el cesped riendo, burlandose de la advertencia NO PISE EL PASTO— KEEP OFF 
THE GRASS, sintiendo una emocion fisica maravillosa, era tan fresca la pelusa, tan mojada y bien 
cortada, le hacia cosquillas en las plantas, que correr sobre ella con los pies desnudos era como 
darse un bano en uno de esos bosques encantados que salian en las peliculas, donde la doncella 
pura es sorprendida por el principe armado, brillante todo, brillante el agua, el bosque, la espada: 
los pies desnudos, la libertad del cuerpo, la libertad de lo otro, como se llamara, el alma, lo que 
decian las canciones, el cuerpo libre, el alma libre... 

KEEP OFF THE GRASS Todas heron, chancearon, celebraron, advirtieron, no seas loca, Mari- 
na, quitate, te van a multar, te van a correr... 

No, se rio don Leonardo Barroso detras de sus ventanales opacos, mira nomas Ted, le dijo al 
gringo seco como una pipa de maiz, mira que alegria, que libertad de esas muchachas, que satis- 
faccion del deber cumplido, ^que te parece? Pero Muchinson lo miro con una chispa esceptica en 
la mirada, como diciendole: — How many times have you staged this little act? 

Las cuatro, Dinorah y Rosa Lupe, Marina y Candelaria, se sentaron en su mesa de costumbre, 
juntito a la pista de la discoteca. Ya las conocian y se las reservaban cada viernes. Era la influen- 
cia de la Candelaria. Las demas lo sabian. Los viernes era dificilisimo encontrar mesa en el Mali- 
bu, era el gran dia libre, la muerte de la semana de trabajo, la resurreccion de la esperanza, y de 
su compahera, la alegria. 

— ^Malibu? jMaquilu! — decia el anunciador vestido de smoking azul con camisa de olanes y 
corbata fosforescente, ante la ola de muchachas que llenaban el galeron drededor de la pista, 
mas de mil trabajadoras apretujadas aqui y la aguafiestas de la Dinorah diciendo son las luces, las 
puras luces, sin las luces esto es un pinche corral para vacas, pero las luces lo hacen todo bonito 
y Marina se sintio como en la playa, nomas que una playa de noche, maravillosa, en la que las 
luces azules, naranja, color de rosa, la acariciaban como los rayos del sol, sobre todo la luz blan- 
ca, plateada, que era como si la luna la tocara y tambien la bronceaba, la volvia toditita de plata, 
no un envidiado sun — tan (^cuando iria a una playa?) sino un moon — tan. 

Nadie le hizo caso a la amargada de la Dinorah y todas salieron a bailar, sin hombres, entre si, 
el rock se prestaba, nadie tenia que abrazarse la cintura o bailar de cachetito, cada changa a su 
mecate, el rock era algo tan puro como ir a la iglesia, los domingos a misa, los viernes a la disco, 
el alma y el cuerpo se purificaban en los dos templos, que bien se caian todas entre si, que fanta- 
sias se les ocurrian, los bracitos para aca, las patitas para alia, las rodillas en angulo, las melenas 
y las tetas rebotando, las nalgas agitadas libremente, las caras sobre todo, los gestos, extasis, 
burla, seduccion, pasmo, amenaza, celo, ternura, pasion, abandono, alarde, payasadas, imitacio- 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

nes de estrellas famosas, todo era permitido en la pista del Malibu, todas las emociones perdidas, 
los desplantes prohibidos, las sensaciones olvidadas, todo tenia aqui sitio, justification, goce, so- 
bre todo, goce, y faltaba lo mejor. Regresaron sudorosas a sus asientos — Candelaria y su atuen- 
do multietnico, Marina preparada con sumini y su blusa de lentejuelas y sus zapatos de tacon de 
daga, Dinorah revelada con un lindo vestido descotado de satin Colorado, la Rosa Lupe siempre 
de carmelita, cumpliendo su manda, pero aqui la fantasia estaba permitida y hasta consolaba ver 
a alguien asi, toda de cafe y con sus escapularios — , cuando salieron a la pasarela los Chippenda- 
le Boys, los muchachos gringos traidos de Texas, con las corbatitas de paloma pero los torsos 
desnudos, las botas acharoladas hasta el tobillo y las tangas que se les encajaban entre las nal- 
gas y apenas sostenian el peso del sexo, revelando las formas, desafiando a las muchachas, ex- 
citame con tu mirada; identicos pero variados, cada uno cargando su bolsa de oro, como dijo rien- 
dose la Candelaria, pero aqui un detalle — el pubis rasurado — , alia otro — un brillante en el ombli- 
go — , mas arriba un tatuaje de las dos banderas cruzadas, las barras y las estrellas, el aguila y la 
serpiente, sobre el hombro, mas abajo un solo muchacho con espuelas en los botines, llevando un 
compas precioso, viril, excitante, mientras las muchachas les iban metiendo billetes en las tangas, 
Rosa Lupe, todos ellos rubios pero bronceados, untados de aceite para lucir mas, maquillados los 
rostros, gringos todos, deseables gringuitos, adorables, para mi, para ti, se codeaban las mucha- 
chas, en mi cama, imaginalo, en la tuya, que me Neve, estoy lista, que me robe, yo soy kidnapea- 
ble. Un Chico Chippendale se agacho y le arranco a Rosa Lupe el cordel de su tunica de penden- 
te, todas heron, el muchacho empezo a jugar con el cordel mientras Rosa Lupe decia este es mi 
dia, tres veces han tratado de encuerarme, me Neva, se ho, pero el Chico Chippendale, broncea- 
do, aceitado, maquillado, sin vello en las axilas, jugo con el cordon como si fuera una serpiente y 
el un encantador, levantaba el cordon, le daba erection, las demas muchachas codeaban a Rosa 
Lupe, diciendole que si tenia preparado el show con este galan y ella juraba llorando de risa que 
no, era lo bonito, todo de sorpresa, pero las muchachas aullaban pidiendole al Boy que les tirara 
el cordon, el cordon, el cordon, y el se lo pasaba entre las piernas, se lo clavaba debajo del brillan- 
te de su ombligo, como un cordon umbilical, volviendo locas a las muchachas, gritando todas ellas 
que les diera el cordon, que asi se ligara a ellas, su hijo de unas por el cordon, su amante de otras 
por el cordon, esclavo de estas, amo de las otras, atadas a el, el atado a ellas, hasta que el Chip- 
pendale dejo caer la punta del cordon entre el regazo de Dinorah sentada junto a la pasarela, y 
Dinorah primero lo tomo con fuerza, tanta que casi tira de bruces al muchacho que grito hey! y ella 
fue la que grito sin palabras, un aullido, arrojando el cordon, saliendo a codazos entre el gentio, el 
asombro, el comentario... Las amigas se miraron entre si, asombradas pero sin ganas de demos- 
trarlo, por un sentimiento de solidaridad con Dinorah. Los Chippendale Boys se retiraron entre 
aplausos, con las tangas repletas de billetes, perdiendo uno tras otro su sonrisa fabricada en se- 
rie, volviendo cada uno, al bajar de la pasarela, al semblante de la vida diaria, al desfile de la dife- 
rencia, aburrido uno, displicente otro, este satisfecho como si todo lo que hiciera fuese admirable y 
le valiese el Oscar, el otro matando con la mirada al corral de vacas mexicanas y ahorando quizas 
otro corral, de toros mexicanos: ambition frustrada, despojo, fatiga, indiferencia, crueldad: rostros 
malos, se dijo sin desearlo Marina, esos muchachos no me sabrian querer, no son como mi Ro- 
lando, con todo y sus fallas... 

Pero venia la parte mas bonita... 

Se escucho la Marcha Nupcial de Mendelssohn y la primera modelo aparecio por la pasarela, 
con la cara velada por el tul, las manos unidas en el buque de nomeolvides, la corona de azaha- 
res, la falda ampona, como de reina, como de nube. Todas las muchachas lanzaron una exclama- 
tion colectiva que era mas bien un suspiro y ninguna tuvo que dudar sobre el rostro escondido por 
los velos, era una de ellas, era morenita, era mexicana, las hubiera ofendido que una gringa salie- 
ra vestida de novia, los muchachos tenian que ser gringos, pero las novias tenian que ser mexi- 
canas... Una vez que sacaron de novia a una guerita de ojo azul, la que se armo, casi incendian el 
local. Ahora ya sabian. El desfile de trajes de novia era de mexicanas, para mexicanas, cinco no- 
vias seguidas, muy modosas y virgenes, luego una de guasa con minifalda de tafeta y al final una 
desnuda, solo el velo, las flores en las manos y el tacon alto, a punto de acostarse, entregarse, 
todas heron y gritaron y al final aparecio un hombrecito vestido de sacerdote que las bendijo a to- 
das y las lleno de emotion, de gratitud, de ganas de regresar el viernes entrante y ver cuantas 
promesas se habian cumplido. 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 



Pero a la salida de la discoteca estaban Villarreal el mozo del patron Don Leonardo Barroso y 
Beltran Herrera el lider y amante de Candelaria, el hombre sereno, moreno, cano, con ojos tier- 
nos, ahora mas tiernos que nunca detras de los espejuelos. Tenia los bigotes mojados y tomo del 
brazo a Candelaria, le dijo algo al oido, Candelaria se tapo la mano con la boca para sofocar el 
grito, o quizas el llanto, pero era una vieja muy entera, muy a toda madre, inteligente, fuerte y dis- 
creta, y solo les dijo a Marina y Rosa Lupe, — Algo espantoso ha sucedido. 

— ^Aquien, donde? 

— A la Dinorah. Vamos que vuela de regreso al canton. 

Se subieron de prisa al auto del lider Herrera, y Villarreal repitio la historia que habia oido en la 
oficina de don Leonardo Barroso, iban a arrasar la colonia Bellavista para hacer fabricas, iban a 
comprar los terrenos por dos tlacos y a venderlos en millones, ^que iban a hacer ellos, tenian ar- 
mas para impedir el despojo, para sacarle raja al asunto, para demandar que ellos tambien salie- 
ran beneficiados? 

— Pero si las casas no son nuestras — dijo la Candelaria. 

— Podemos organizarnos como inquilinos y dificultar la venta — argumento Beltran Herrera. 

— Ni siquiera los terrenos son nuestros, Beltran. 

— Tenemos derechos. Podemos negarnos a desalojar hasta que nos compensen en la medida 
de lo que ellos van a ganar. 

— Lo que van a hacer es corrernos de las maquilas a todas... 

— Ya estuvo suave de dejarnos — dijo Rosa Lupe sin entender muy bien de que se trataba, 
hablando solo para no dar su brazo a torcer y pedir que le aclararan la pregunta ansiosa en los 
ojos de Marina: ^Que hubo con la Dinorah? 

— Se te agradece la lealtad — Herrera apreto el hombro de Villarreal, que iba conduciendo, su 
cola de caballo al aire — . A ver si no te cuesta caro. 

— No es la primera vez que te informo, Beltran — dijo el camarero. 

— Pero estas son palabras mayores. Vamos a organizarnos de una vez por todas, pasa la pa- 
labra. 

— Las muchachas pocas veces jalan — meneo la cabeza Villarreal — . En cambio si fueran hom- 
bres... 

— <s,Y yo? — Dijo fuerte Candelaria — . No seas tan macho Villarreal. 

Herrera suspiro y abrazo a Candelaria, mirando el paisaje nocturno, las luces brillantes del lado 
americano, la ausencia de alumbrado publico del lado mexicano: bosques, textiles, mineria, dijo, 
frutas, todo se acabo a favor de la maquila, todas las riquezas de Chihuahua, olvidadas. 

Que no nos daban para comer ni la quinta parte del trabajo de hoy — le alego su Candelaria — . 
i Iguanas ranas! 

— <i,Tu si crees que las muchachas van a jalar? Herrera junto su cabeza cana a la muy negra y 
restirada de la Candelaria. 

— Si — colgo la cabeza la Candelaria — . Esta vez si van a jalar, apenas se enteren. 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 



— La casa nunca esta limpia — iba diciendo Dinorah sentada en una banca dura de su choza de 
terregal — . No tengo tiempo. Son pocas horas de sueno. 

Los vecinos se habian juntado afuera de la casucha, algunos entraron a consolar a Dinorah, las 
mujeres mas viejas hablaban de un velorio muy bonito para el niho, sus flores, su cajita blanca, 
como en los viejos tiempos, como en las rancherias: Candelaria trajo unas velas pero no encontro 
mas que dos botellas de Coca Cola para ensartarlas. 

Los viejos llegaron tambien, se junto todo el barrio y el padre de la Candelaria, detenido en el 
quicio de la puerta, se pregunto en voz alta si habian hecho bien en venirse a trabajar a Juarez, 
donde una mujer tenia que dejar solo a un nihito, amarrado como un animal a la pata de una me- 
sa, el inocente, como no se iba a perjudicar, como no. Todos los rucos comentaron que eso en el 
campo no pasaria, las familias alii siempre tenian quien cuidara a los nihos, no era necesario 
amarrarlos, las cuerdas eran para los perros y los marranos. 

— Mi padre me decia — repitio el abuelo de Candelaria — que nos quedaramos sosegados en 
nuestra casa, en un solo lugar. Se paraba como yo estoy parado, mita juera mita dentro, y decia: 
"Fuera de esta puerta el mundo se acaba." 

Dijo que el estaba muy viejo y ya no queria ver nada mas. 

Marina, llorando, sin saber como consolar a Dinorah, oyo al abuelo de Candelaria y dio gracias 
de que en su casa no habia recuerdos, ella era sola y mas valia seguir sola en esta vida que pa- 
sar las penas de los que tenian hijos y sufrian como la pobrecita de Dinorah, toda despeinada y 
escurrida y con el vestido rojo trepado hasta los muslos, arrugado, y con las rodillas juntas, y las 
piernas chuecas, ella tan cuidada y coqueta de por sl 

Entonces Marina, viendo la terrible escena de muerte y llanto y memorias, penso que no era 
cierto, ella no estaba sola, tenia a Rolando, aunque lo compartiera con otras, Rolando le haria el 
favor de llevarla al mar, a algun lado, a San Diego en California o a Corpus Christi en Texas, o de 
perdida a Guaymas en Sonora, se lo debia, ella no pedia otra cosa mas que ir por primera vez a 
ver el mar con Rolando, despues de eso que la dejara, que la tratara de abusiva, pero que le 
hiciera ese solo favorcito... 

Salio de la casucha de la Dinorah oyendo al abuelo hablar de una fiesta para el niho ahorcado, 
y como para levantarle el animo a todos mando traer de beber y dijo: — Lo bueno de las damajua- 
nas es que parecen llenas hasta cuando estan vacias. 

Marina hurgo en su bolsita de mano y encontro el numero del celular de Rolando. Que le impor- 
taba comprometerse. Este era asunto de vida o muerte. El tenia que saber que ella dependia de 
el para una sola cosa, para llevarla a ver el mar, para no decir como el abuelo de la Candelaria 
que ya no queria ver nada mas. Marco el numero pero le dio un tono ocupado seguido de un tono 
muerto y este le hizo creer que el la escuchaba pero no le contestaba para no comprometerla, 
^que tal si la escuchaba cuando ella le decia llevame al mar, mi amor, no quiero morirme como el 
hijito de la Dinorah sin ver el mar, hazme ese favorcito aunque despues ya no me veas y nos se- 
paremos? pero el silencio del telefono la iba decepcionando y enardeciendo al mismo tiempo, Ro- 
lando no debia jugar con ella, ella se estaba comprometiendo, ^por que no se comprometia el un 
poquito tambien?, ella le estaba dando la salida, juntar todo el amor que pudieran sentir cada uno 
por el otro en un solo fin de semana en la playa, y ya no verse mas, si el no queria, pero lo que no 
aguanto mas, dijo Marina dando voz a algo que desconocia, algo que ella misma no sabia que 
estaba alii dentro de ella, algo que se habia ido formando en silencio, como el sedimento de una 
botella que al agitarse sube hasta el corcho, lo que no aguanto mas es que ningun hombre me 
tome como algo que encontro tirado en la calle y que recoge solo porque siente pena, eso nunca 
mas voy a consentirlo, Rolando, tu me ensehaste la vida, yo no sabia todo lo que me has enseha- 
do hasta este momento en que se murio el hijito de la Dinorah y el abuelo de la Candelaria sigue 
alii seco y viejo y con la raiz de fuera, como si nunca se fuera a morir, y yo solo quiero vivir mucho 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

este momento en que me salve de morir nina y no quiero llegar a vieja, ahora te pido que me le- 
vantes hasta tu altura, Rolando, vamos subiendo los dos juntos, yo te doy ese chance, mi amor, 
yo se muy adentro que conmigo vas a subir y me vas a llevar a lo alto y lo bonito, si quieres, Ro- 
lando, y si no lo haces los dos nos vamos a dar en toda la madre, nos vas a rebajar hasta no sa- 
ber ya ni quienes somos, nos vamos a rebajar hasta no importamos mas a nosotros mismos... 

Pero el celular de Rolando nunca contesto. Eran las once de la noche y Marina tomo su deci- 
sion. 

Esta vez no se detuvo a tomarse una malteada en la fuente de sodas, cruzo el puente, cogio el 
bus y camino las cuatro cuadras al motel. La conocian pero les extraho que viniera en viernes, no 
en jueves. 

— <^No somos libres de cambiar, oiga? 

— Supongo que si — dijo el recepcionista con resignacion e ironia mezcladas, y le entrego una 
Have a Marina. 

Olia a desinfectante, los pasillos, las escaleras, hasta las dispensadoras de hielo y refrescos 
olian a algo que mata bichos, limpia excusados, fumiga colchones. Se detuvo ante la puerta de la 
recamara que compartia los jueves con Rolando y dudo entre tocar con los nudillos o meter la Ha- 
ve y entrar. Iba bien acelerada. Metio la Have, abrio, entro y escucho la voz agonica de Rolando, la 
voz tipluda de la gringa, Marina encendio la luz y se quedo alii mirandolos desnudos en la cama 

— Ya viste. Ya largate — le dijo el galan. 

— Perdoname. Es que te estuve llamando por el celular. Paso algo que... 

Miro el aparato sobre el buro y lo sehalo con el dedo. La gringa los miro a los dos y se solto 
riendo. 

— Rolando, ^has engahado a esta pobre muchacha? — dijo a carcajadas recogiendo el celu- 
lar — . Por loLas amigas menos a tus queridas les puedes decir la verdad. Esta bien que entres a 
bancos y oficinas publicas con tu celular en el oido, o que hables en el en un restoran y apantalles 
a medio mundo, ^pero para que engahar a tus novias?, mira nomas las confusiones que creas, 
cariho elijo la gringa poniendose de pie y empezando a vestirse. 

— Baby, no interrumpas... Tan bien que ibamos... Esta niha no es nadie... 

— <j,No soportas perder una sola oportunidad, no es cierto? — la gringa se acomodo el panty- 
medias — . No te preocupes. Volvere. No era tan importante como para que rompa contigo. 

Baby recogio el celular, lo abrio por detras y se lo enseho a Marina. 

— Mira. No tiene pilas. No las ha tenido nunca. Es nomas para apantallar, o como dice una can- 
cion, "llamame a mi celular, parezco influyente, me da personalidad, aunque no tiene baterias, pa- 
ra apantallar..." 

Tiro el aparato sobre la cama y salio riendo fuerte. 

Marina cruzo el puente internacional de regreso a Ciudad Juarez. Tenia cansados los pies y se 
quito los zapatos de tacones altos y picudos. El pavimento aim guardaba el temblor frio del dia. 
Pero la sensacion de los pies no era la misma que cuando bailo libremente sobre el cesped prohi- 
bido de la fabrica maquiladora de don Leonardo Barroso. 

— Esta ciudad es el desmadre montado sobre el caos — le dijo Barroso a su nuera Michelina 
cuando se cruzaron con Marina, ella de regreso a Juarez, ellos a su hotel en El Paso. Michelina 

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rio y le beso la oreja al empresario. 



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LAS AMIGAS 

A mi hermana Berta 

j Diles que no estoy aqui! jDiles que no quiero verlos! jDiles que no quiero ver a nadie! 

Un dia, nadie mas llego a visitar a Miss Amy Dunbar. Los criados, que siempre duraron poco 
en el servicio de la anciana, tambien dejaron de presentarse. Se corrio la voz sobre el dificil carac- 
ter de la senorita, su racismo, sus insultos. 

— Siempre habra alguien cuya necesidad de empleo sea mas fuerte que su orgullo. 

No fue asi. La raza negra, toda ella, se puso de acuerdo, a los ojos de Miss Amy, para negarle 
servicio. La ultima sirvienta, una muchachita de quince anos llamada Betsabe, se paso el mes en 
casa de Miss Dunbar llorando. Cada vez que atendia el llamado a la puerta, los cada vez mas ra- 
ros visitantes primero miraban a la muchacha banada en lagrimas e invariablemente, detras de 
ella, escuchaban la voz quebrada pero acida de la anciana. 

— i Diles que no estoy! j Diles que no me interesa verlos ! 

Los sobrinos de Miss Amy Dunbar sabian que la vieja jamas saldria de su casa en los subur- 
bios de Chicago. Dijo que una migracion en la vida bastaba, cuando dejo la casa familiar en Nue- 
va Orleans y se vino al norte a vivir con su marido. De la casa de piedra frente al lago Michigan, 
rodeada de bosques, solo la sacarian muerta. 

— Falta poco — le decia al sobrino encargado de atender pagos, asuntos legales y otras cosas 
grandes y pequehas que escapaban por completo a la atencion de la viejecilla. 

Lo que no se le escapaba era el minimo suspiro de alivio de su pariente, imaginandola muerta. 

Ella no se ofendia. Invariablemente, contestaba: — Lo malo es que estoy acostumbrada a vivir. 
Se me ha convertido en habito — decia riendo, ensehando esos dientes de yegua que con la edad 
les van saliendo a las mujeres anglosajonas, aunque ella solo lo era a medias, hija de un comer- 
ciante yanqui instalado en la Luisiana para enseharles a los languidos surehos a hacer negocios, 
y de una delicada dama de ya lejano origen trances, Lucy Ney. Miss Amy decia que era pariente 
del mariscal de Bonaparte. Ella se llamaba Amelia Ney Dunbar. Amy, Miss Amy, llamada senorita 
como todas las sehoras bien de la ciudad del Delta, con derecho a ambos tratos, el de la madurez 
matrimonial y el de una doble infancia, nihas a los quince y otra vez a los ochenta... 

— No insisto en que vaya usted a una casa para gente de la tercera edad — le explicaba el so- 
brino, un abogado empehado en adornarse con todos los atributos de vestimenta de la que el 
imaginaba la elegancia de su profesion: camisas azules con cuello bianco, corbata roja, trajes de 
Brooks Brothers, zapatos con agujetas, jamas mocasines en dias de trabajo, God forbid! — , pero 
si se va a quedar a vivir en este caseron, tiene necesidad de ayuda domestica. 

Miss Amy estuvo a punto de decir una insolencia, pero se mordio la lengua. 

Enseho, inclusive, la punta blanquecina. — Ojala haga un esfuerzo por retener a sus criados, 
tia. La casa es muy grande. 

— Es que todos se marcharon. 

— Harian falta por lo menos cuatro sirvientes para atenderla como en los viejos tiempos. 

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— No. Aquellos eran los tiempos jovenes. Estos son los viejos tiempos, Archibald. Y no fueron 
los criados los que se marcharon. Se fue la familia. Me dejaron sola. 

— Muy bien, tia. Tiene usted razon. 

— Comosiempre. 

Archibald asintio. 

— Hemos encontrado una sehora mexicana dispuesta a trabajar con usted. 

— Tienen fama de holgazanes. 

— No es cierto. Es un estereotipo. 

— Te prohibo que toques mis cliches, sobrino. Son el escudo de mis prejuicios. Y los prejuicios, 
como la palabra lo indica, son necesarios para tener juicios. Buen juicio, Archibald, buen juicio. 
Mis convicciones son definidas, arraigadas e inconmovibles. Nadie me las va a cambiar a estas 
alturas. 

Se permitio un respiro hondo y un poco lugubre. 

— Los mexicanos son holgazanes. 

— Haga una prueba. Es gente servicial, acostumbrada a obedecer. 

— Tu tambien tienes tus prejuicios, ya ves — ho un poquito Miss Amy, acomodandose el pelo 
tan bianco y tan viejo que se estaba volviendo amarillo, como los papeles abandonados durante 
mucho tiempo a las inclemencias de la luz. Como un periodico, se decia el sobrino Archibald, toda 
ella se ha vuelto como un periodico antiguo, amarillento, arrugado, lleno de noticias que no le inte- 
resan yaa nadie... 

El sobrino Archibald iba muy seguido al barrio mexicano de Chicago porque su bufete defendia 
muchos casos de comerciantes, naturalizaciones, gente sin tarjeta verde, los mil asuntos relacio- 
nados con la migracion y el trabajo llegados del sur de la frontera... Iba, ademas, porque perma- 
necia soltero a los cuarenta y dos ahos, convencido de que antes de casarse tenia que beber has- 
ta las heces la copa de la vida, sin ataduras de familia, hijos, mujer... Por ser Chicago una ciudad 
donde se cruzaban tantas culturas, el singular sobrino de Miss Amy Dunbar iba escogiendo sus 
novias por zonas etnicas. Ya habia agotado los barrios ucraniano, polaco, chino, hungaro y litua- 
no. Ahora la feliz conjuncion de su trabajo y su curiosidad amatoria lo habian traido a Pilsen, el 
barrio mexicano con nombre checo, el nombre de la ciudad cervecera de la Bohemia. Los checos 
se habian ido y los mexicanos lo fueron ocupando poco a poco, llenandolo de mercados, lonche- 
rias, musica, colores, centres culturales y, desde luego, cerveza tan buena como la de Pilsen. 

Muchos vinieron a trabajar a las empacadoras, algunos documentados, otros no, pero todos 
sumamente apreciados por su gran habilidad manual en cortar y empacar la carne. El abogado, 
sobrino de Miss Amy, se hizo novio de una de las muchachas de la gran familia formada por los 
trabajadores, casi todos provenientes de Guerrero, todos ellos ligados entre si por parentesco, 
afecto, solidaridad y a veces nombres compartidos. 

Se ayudaban mucho, eran como una gran familia, organizaban fiestas y como todas las fami- 
lias, rehian. Una noche, hubo pleitos y dos muertos. La policia no se anduvo por las ramas. Los 
asesinos eran cuatro, uno de ellos se llamaba Perez, tomaron a cuatro Perez, los acusaron, ellos 
casi no hablaban ingles, no se pudieron explicar, no entendieron las acusaciones, y uno de ellos, 
al que Archibald fue a visitar a la carcel, le explico que la acusacion era injusta, se basaba en tes- 
timonies falsos para proteger a los verdaderos asesinos, se trataba de entambar cuanto antes a 
los sospechosos y cerrar el expediente, ellos no se sabian defender. Archibald tomo el caso y asi 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

conocio a la mujer del acusado que el sobrino visito en la carcel. 

Se Ham aba Josefina, se acababan de casar, ya era tiempo, tenian cuarenta anos cada uno, Jo- 
sefina hablaba ingles porque descendia de un trabajador del acero, Fortunato Ayala, que la tuvo y 
abandono en Chicago, pero estaba en Mexico cuando ocurrieron los hechos y no pudo socorrer a 
su marido. 

— Puede aprender ingles en la carcel — sugirio Archibald. 

— Si — Lijo sin afirmar en verdad Josefina — . Pero sobre todo, quiere aprender a defenderse. 
Quiere aprender ingles y quiere ser abogado. ^Puede usted hacerlo abogado? 

— Puedo darle clases, como no. <s,Y tu, Josefina? 

— Necesito un trabajo para pagarle a usted las clases de abogado. 

— No hace falta. 

— Si. A mi me hace falta. Es mi culpa que Luis Maria este en la carcel. Debi estar a su lado 
cuando pasaron las cosas. Yo si hablo ingles. 

— Vere que puedo hacer. De todos modos, vamos a pelear por salvar a tu marido. Entre tanto, 
en la carcel tienen derecho a estudiar, a ocuparse. Yo dirigire sus estudios. Pero, ^por que delata- 
ron injustamente unos mexicanos a otros? 

— Los que llegan primero no quieren a los que vienen detras. A veces, somos injustos entre 
nosotros mismos. No nos basta que otros nos maltraten. 

— Crei que eran como una gran familia. 

— En las familias ocurren las peores cosas, sehor. 

Al principio, Miss Amy ni siquiera le dirigia la mirada a Josefina. La vio la primera vez y confir- 
mo todas sus sospechas. Era una india. No entendia por que esta gente que en nada se diferen- 
ciaba de los iroquois insistia en llamarse "latina" o "hispana". Tenia una virtud. Era silenciosa. En- 
traba y salia de la recamara de la sehora como un fantasma, como si no tuviera pies. El rumor de 
las faldas y delantales de la sirvienta podia confundirse con el de las cortinas cuando soplaba la 
brisa del lago. Ahora se iniciaba el otoho y Miss Amy pronto cerraria las ventanas. Le gustaba el 
verano, el calor, la memoria de su ciudad natal, tan francesa... 

— No tia — decia el sobrino cuando queria contrariarla— . La arquitectura de Nueva Orleans es 
toda espahola, no francesa. Los espaholes estuvieron alii casi un siglo y ellos le dieron la fisono- 
mia a la ciudad. La parte francesa es un barniz para turistas. 

— Taissez vous — le decia con fria indignacion la tia, sospechando que Archibald andaba, esta 
vez, metido con latina o hispana o como se llamaran a si mismos estos comanches que habian 
llegado demasiado al norte. 

Josefina conocia su rutina — Archibald se la explico detalladamente — y abria las cortinas de la 
recamara a las ocho de la mahana, tenia listo el desayuno en una mesita, regresaba a las doce 
para hacer la cama, la sehora insistia en vestirse sola, Josefina se iba a cocinar, Miss Amy bajaba 
a comer un almuerzo solitario, espartano, de lechugas y rabanos con queso cottage y en la tarde 
se sentaba frente a la television de su sala y daba rienda suelta a su perversa energia, comentan- 
do todo lo que veia con sarcasmo, insultos, desprecios a negros, judios, italianos, mexicanos, to- 
do ello en voz alta, la oyesen o no, pero alternando sus desagradables comentarios paralelos a la 
imagen de la tele con ordenes subitas, inesperadas, a Josefina hoy como a Betsabe y las demas 
ayer: el cojincito para los pies, mi manta escocesa para las rodillas, el te de los viernes debe ser 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

Lapsang Souchung, no Earl Grey, cuantas veces debo...: a ver, quien te ordeno mover mis cani- 
cas de vidrio, quien pudo moverlas sino tu, tarada, incapaz, indolente como todas las negras que 
he conocido, ^donde esta la fotografia de mi marido que anoche estaba en la mesita?, ^quien la 
metio en este cajon?, no fui yo, y aqui no hay otra ^persona? mas que tu, distraida, inservible, haz 
algo por merecer tu sueldo, ^nunca has trabajado seriamente un solo dia de tu vida?, que digo, 
ningun negro ha hecho nunca nada sino vivir del trabajo de los blancos... 

Espiaba por el rabo del ojo a la nueva criada mexicana. ^Le diria lo mismo que a la fragil y llo- 
rosa Betsabe, o tendria que inventar un nuevo repertorio de insultos que hiriesen a Josefina? 
^Tambien a Josefina le esconderia el retrato del marido en un cajon para luego poder acusarla? 
^Seguiria Miss Amy desarreglando su coleccion de canicas de cristal para culpar a la criada? La 
espiaba. Se relamia. Preparaba su ofensiva. A ver cuanto duraba esta mujer gorda pero maciza, 
aunque con un rostro muy delicado, de finas facciones que mas parecian arabes que indigenas, 
una mujer color ceniza con ojos liquidos, muy negros pero con la cornea muy amarilla. 

Por su parte, Josefina decidio tres cosas. La primera, agradecer el hecho de tener un trabajo y 
bendecir cada dolar que le entraba para la defensa de su marido Luis Maria. La segunda, cumplir 
al pie de la letra las instrucciones del abogado don Archibaldo sobre como atender a su tia. Y la 
tercera, correr el riesgo de hacerse su propia vida dentro del caseron frente al lago. Esta era la 
decision mas peligrosa y la que Josefina, lo admitia, no podia evitar para hacer vivible la vida. Flo- 
res, por ejemplo. Le hacian falta flores a la casa. En su cuartito de sirvienta, iba renovando las vio- 
letas y los pensamientos que siempre habia tenido sobre su comoda, junto con las veladoras y las 
estampas que la acompahaban mas que cualquier ser humano, salvo Luis Maria. Para Josefina, 
habia una relacion muy misteriosa pero creible entre la vida de las imagenes y la vida de las flo- 
res. ^Quien negaba que aunque no hablasen, las flores vivian, respiraban y un dia se marchita- 
ban, se morian? Pues las imagenes de Nuestro Sehor en la cruz, del Sagrado Corazon, de la vir- 
gen de Guadalupe, eran como las flores, aunque no hablasen, vivian, respiraban, y a diferencia de 
las flores, no se marchitaban. La vida de las flores, la vida de las imagenes. Para Josefina eran 
dos cosas inseparables y en nombre de su fe le daba a las flores la vida tactil, perfumada, sen- 
sual, que le hubiese gustado darle, tambien, a las estampas. 

— Esta casa huele a viejo — exclamo una noche mientras cenaba Miss Amy—. Huele a guarda- 
do, a falta de aire, a musgo. Quiero oler algo bonito — dijo dirigiendose ofensivamente a Josefina, 
buscando un olor de cocina mientras la sirvienta le colocaba los platos y le servia la sopa de ver- 
duras, mirando intensamente las axilas de Josefina para ver si olia algo feo, si veia una mancha 
reprobable, pero la sirvienta era limpia, Miss Amy escuchaba todas las noches el agua corriendo, 
el baho puntual antes de acostarse en la recamara de la servidumbre; sentia ganas, mas bien, de 
acusarla por gastar agua, temio que Josefina se riera de ella, sehalara hacia el lago inmenso co- 
mo un mar interior... 

Por eso Josefina puso un ramo de nardos en la sala donde a Miss Amy jamas se le habia ocu- 
rrido adornar con flores. Cuando la anciana sehorita entro a ver su television vespertina despues 
de comer, primero husmeo como un animal sorprendido por la presencia enemiga, luego fijo la 
mirada en los nardos, por fin exclamo con rabia concentrada: — ^Quien me ha llenado la casa de 
flores para los muertos? 

— No, son flores frescas, estan vivas — acerto a decir Josefina. 

— cDe donde las sacaste? — gruho Miss Amy—. jApuesto a que las robaste! jAqui no se tocan 
los prados! jAqui hay algo que se llama la propiedad privada!, ^capische? 

— Las compre dijo simplemente Josefina. 

— ^Las compraste? — repitio Miss Amy, por una vez en su vida despojada de razones, de pala- 
bras. 

— Si — sonrio Josefina — . Para alegrar la casa. Dijo usted que olia a mustio, encerrado. 



Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

— jY ahora huele a muerto! ^Que burla es esta? — grito agresivamente Miss Amy, pensando en 
el retrato de su marido escondido en el cajon, en las canicas de cristal desordenadas: ella hacia 
esas cosas, no las criadas, ella se ofendia a si misma para ofender a las criadas, ninguna criada 
podia tomar iniciativas — . Retira inmediatamente tus flores. 

— Como usted diga, senorita. 

— Y dime, <i,con que las compraste? 

— Con mi sueldo, senorita. 

— ^Gastas tu sueldo en flores? 

— Son para usted. Para la casa. 

— Pero la casa es mia, no es tuya, «£|ue te crees? ^Estas segura de que no te las robaste? 
^No va a venir la policia a averiguar de donde te robaste las flores? 

— No. Tengo un recibo del florista, senorita. 

Josefina se retiraba, dejando un olor a hierbabuena y cilantro que la sirvienta hacia emanar 
desde la cocina, tomando al pie de la letra la queja de su ama: aqui huele a encerrado, y Miss 
Amy, insegura sobre como atacar a la nueva empleada, imagino por un momento que podia reba- 
jarse a una indignidad: espiarla, algo que nunca habia hecho con las anteriores sirvientas, con- 
vencida de que hacerlo era darles armas a ellas... Era su mas grande tentacion, se lo admitia a si 
misma, entrar a escondidas al cuarto de la criada, escudrinar entre sus posesiones, acaso descu- 
brir un secreto. Se hubiese delatado a si misma, habria perdido su propia autoridad, que era la 
autoridad del prejuicio, la falta de pruebas, la irracionalidad: eran otros los que le contaban, el 
cuarto era una pocilga, vino el plomero y hubo que destapar el excusado retacado de porqueria, 
que se puede esperar de una negra, de una mexicana... 

Cuando no tenia el pretexto del plomero, echaba mano de su sobrino Archibaldo. 

— Mi sobrino me ha informado que nunca haces tu propia cama. 

— Que la haga el si se mete en ella a cogerme — dijo una joven negra respondona y se fue sin 
deciradios. 

A Josefina, Miss Amy queria atraerla hacia su propio territorio, la sala, el comedor, la recamara, 
obligarla a revelarse — alii, a cometer una grave falta alii, a verse alii en la recamara despues del 
desayuno, en el ornamentado espejo de mano que subitamente Miss Amy volteo para dejar de 
reflejarse ella y obligar a Josefina a mirarse en el. 

— lie gustaria ser blanca, no es cierto? — dijo abruptamente Miss Amy. 

— En Mexico hay muchos gijeritos dijo impasible Josefina, sin bajar la mirada. — ^Muchos 

que? 

— Gente rubia, senorita. Igual que aqui hay muchos negritos. Todos somos hijos de Dios guiso 
concluir con sencillez y verdad, sin sonar respondona. 

— iSabes por que estoy convencida que Jesus me ama? — dijo Miss Amy subiendose las cobi- 
jas hasta el menton, como si quisiera negar su propio cuerpo y aparecer como uno de esos que- 
rubes que son solo rostro y alas. 

— Porque es usted muy buena, senorita. 



Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

— No, estupida, porque me hizo blanca, esa es la prueba de que Dios me quiere. 

— Como usted mande, senorita. 

^Nunca iba a responderle la mexicana? ^Nunca se iba a enfadar con ella? ^Nunca iba a co- 
ntra — atacar? ^Asi pensaba rendir a Miss Amy, no enojandose nunca? 

Todo lo esperaba, por eso, menos que Josefina contra — atacara ella misma, esa misma noche 
despues de la cena, cuando Miss Amy miraba un programa solo de noticias para convencerse de 
que el mundo no tenia remedio. 

— Guarde el retrato de su marido en el cajon, como le gusta a usted ponerlo — dijo Josefina y 
Miss Amy se quedo con la boca abierta, indiferente a los comentarios de Dan Rather sobre la si- 
tuacion del universe 

— cQue tiene en su recamara? — le pregunto a su sobrino Archibald al dia siguiente — . iComo 
la adorna? 

— Como todas las mexicanas, tia. Estampas de los santos, imagenes de Cristo y la Virgen, un 
viejo ex voto dando gracias, que se yo. 

— La idolatria. El papismo sacrilege 

— Asi es, y nada lo va a cambiar dijo Archibald, tratando de contagiarle un poco de resignacion 
a Miss Amy — . 

— <i,No te parece repugnante? 

— A ella les parecen repugnantes nuestras iglesias vacias, sin decorado, puritanas dijo Ar- 
chibald relamiendose por dentro de la excitacion que le causaba acostarse en Pilsen con una mu- 
chacha mexicana que cubria con un pahuelo la imagen de la virgen para que no los viera coger. 
Pero dejaba prendidas las veladoras, el cuerpo canela de la chica reverberaba precioso... Era in- 
util pedirle tolerancia a Miss Amy. 

— ^Donde esta, por cierto, la foto de su marido, tia Amelia? — dijo con cierta soma Archibald 
pero la senorita se hizo la desentendida, como si previera que al dia siguiente no podia contarle a 
Archibald que la criada le habia escondido el retrato, aunque Miss Amy previese lo que iba a ocu- 
rrir. 

— cQue te parece mi marido? — le dijo a Josefina, sacando el retrato del cajon para colocarlo 
en la mesita. 

— Muy guapo, senorita, muy distinguido. 

— Mientes, hipocrita. Miralo bien. Estuvo en Normandia. Mirale la cicatriz que le atraviesa la ca- 
ra como un rayo parte en dos un cielo tormentoso. 

— ^No tiene usted fotos de antes de que lo hirieran, senorita? 

— <i,Tu tienes estampas de Cristo en la cruz sin heridas, sin sangre, clavado, muerto, coronado 
de espinas? 

— Si como no, tengo estampas del Sagrado Corazon y del Nino Jesus, muy chulas. ^Quiere 
verlas? 

— Traemelas un dia — sonrio burlona Miss Amy. 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 



— Solo si usted me promete mostrarme a su marido cuando era joven y guapo — sonrio muy 
carinosa Josefina. 

— Impertinente — alcanzo a murmurar Miss Amy cuando la criada salio con la charola de te. 

Se equivoco la mexicana, casi cacareo de gusto Miss Amy cuando volvio a ver a Archibald, se 
equivoco la idolatra, al dia siguiente de la conversacion sobre Cristo y el marido herido, le trajo a 
la senorita el desayuno como de costumbre, le puso la mesita en la cama, sobre el regazo, y en 
vez de retirarse como siempre, le acomodo las almohadas y le toco la cabeza, le acaricio la frente 
a la senora. 

— jNo me toques! — grito histerica Miss Amy—. jNo te atrevas nunca a tocarme! — grito de 
nuevo, volteando la mesita del desayuno, mojando las sabanas de te, tirando los croissants y la 
jalea sobre las cobijas... 

— No la juzgue mal, tia Amy. Josefina tiene penas, igual que usted. Es posible que quiera com- 
partirlas. 

— iPenas yo? — levanto las cejas Miss Amy Dunbar hasta el nacimiento de su pelo arreglado 
esa tarde para darle un aire juvenil, renovado. Una blanca interrogante inadvertida adornaba su 
frente, asi: i — Sabe bien de lo que le hablo. Yo pude ser hijo suyo, tia Amy. Fue un accidente 
que en vez acabara siendo su sobrino. 

— No tienes derecho, Archibald — salio la voz sofocada de Miss Amy, como si hablara detras de 
un pahuelo — . Nunca repitas eso, o te vedare la entrada a mi casa. 

— Josefina tambien tiene penas. Por eso la acaricio a usted ayer en la mahana. 

^Logro Archibald lo que buscaba? Miss Amy se dio cuenta de la intencion maquiavelica de su 
sobrino, y en la jerga popular inglesa Maquiavelo era el Diablo, el mismisimo Old Nick de las le- 
yendas. Esto lo sabia Miss Amy porque de adolescente hizo una parte en El Judio de Malta de 
Marlowe, y el primero que toma la palabra es Niccolo Machiavelli, convertido en el Demonio, Old 
Nick. Empezo a ver a su sobrino con cuernos y un largo rabo. 

Se sento con la ventana abierta sobre el parque. Josefina entro con el te pero Miss Amy no vol- 
teo a mirarla. Era el principio del otoho, la mas bella temporada en el lago de inviernos prolonga- 
dos y vientos de puhal, brevisimas primaveras de insolente coqueteria, y veranos cuando no se 
movia una hoja y la humedad ambiente era identica al rojo encendido de los termometros. 

Miss Amy penso que su jardin, por acostumbrada que estuviese a el, era un jardin olvidado. 
Una alameda de cedros conducia hasta la puerta de entrada y la vista del lago que comenzaba a 
encresparse. Esta era la belleza del otoho, nostalgicamente mezclada siempre, en los ojos de la 
senorita Dunbar, con la precisa aparicion de los retohos del maple en primavera. Sin embargo, su 
jardin presente era un jardin perdido y esta tarde, sin proponerselo de verdad, un poco sin darse 
cuenta de lo que decia, convencida de que lo habia dicho siempre asi, para si misma, pero enun- 
ciando claramente las palabras, no para su criada, que solo por casualidad estaba detenida detras 
de ella con una bandeja de te entre las manos, no, sino como algo que decia, o hubiese dicho, de 
todas maneras, por mas sola que estuviese, dijo que en la Nueva Orleans su madre se aparecia 
en el balcon los dias de fiesta con todas sus joyas puestas, para que la ciudad entera la admirara 
al pasar... 

— Es igual en Juchitan... 

— Hoochy — what? 

— Juchitan es nuestro pueblo, en Tehuantepec. Mi madre tambien salia a lucir sus joyas los di- 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

as de fiesta. 

— <i,Joyas? i,Tu madre? — dijo cada vez mas confusa Miss Amy, ^de que le hablaba la sirvien- 
ta?, ^quien se creia, era una mitomana o que? 

— Si. Los adornos pasan de madres a hijas, senorita, y nadie se atreve a venderlas. Vienen de 
muy lejos. Son sagradas. 

— ^Quieres decirme que podrias vivir como una gran dama en tu hoochy — town y en vez estas 
aqui limpiando mis excusados? — dijo con ferocidad renovada Miss Amy. 

— No, las usaria para pagar abogados. Pero como le digo, las joyas de cada familia juchiteca 
son sagradas, son para los dias de fiesta, pasan de madres a hijas. Es muy bonito. 

— Pues las han de usar todo el tiempo, porque tengo entendido que ustedes se la pasan de 
fiesta, el ano entero, que el santo tal y la martir cual... <i,Por que hay tantos santos en Mexico? 

— ^Por que hay tantos millonarios en los Estados Unidos? Dios sabe como reparte las cosas, 
senorita. 

— ^Dices que necesitas pagarle a abogados? ^No me digas que el idiota de mi sobrino te ayu- 
da? 

— El sehor Archibaldo es muy generoso. 

— ^Generoso? ^Con mi dinero? No tiene sino lo que yo le voy a heredar. Que no haga carava- 
nas con sombrero ajeno. 

— No, no nos da dinero, senorita, eso no. Le enseha derecho a mi marido, para que mi marido 
se haga abogado y pueda defenderse y defender a sus compaheros. 

— ^Donde esta tu marido? ^De que se tiene que defender? 

— Esta en la carcel, senorita. Fue injustamente acusado... 

— Eso dicen todos — hizo su mueca de burla Miss Amy. 

— No, de a de veras: en la carcel los prisioneros pueden escoger una ocupacion. Mi marido de- 
cidio estudiar leyes para defenderse y defender a sus amigos. No quiere que lo defienda don A- 
chibaldo. Quiere defenderse el mismo. Ese es su orgullo, senorita. Don Archibaldo nomas le da 
clases. 

— ^Gratis? — hizo un guiho feroz, involuntario, la vieja. 

— No: por eso trabajo aqui. Le pago con mi sueldo. 

— Es decir, le pago yo. Vaya burla. 

— No se enoje, senorita, se lo ruego, no se altere. Yo no soy muy lista, no se guardarme las co- 
sas. Le hablo a usted sin mentiras. Perdoneme. 

Salio y Miss Amy se quedo conjeturando en que podian parecerse las razones de la congoja de 
su criada Josefina con las de ella misma, evocadas con tan poca delicadeza por su sobrino unos 
dias antes... ^Que tenia que ver un caso criminal entre mexicanos inmigrados con un caso de 
amor perdido, de ocasion frustrada? 

— ^Corno te esta resultando Josefina? — le pregunto Archibald la proxima vez que se vieron. 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

— Por lo menos, es puntual. 

— Ya ve usted, no todos sus estereotipos funcionan. 

— Dime si su cuarto esta muy desarreglado con todos esos idolos y santos. 

— No, lo tiene limpiecito como un alfiler. 

Cuando Josefina le trajo el te esa tarde, Miss Amy le sonrio y le dijo que pronto comenzaria el 
otono y luego el frio. ^No queria Josefina aprovechar los ultimos dias del verano para dar una 
fiesta? 

— Para que veas, Josefina, hace dias me dijiste que en tu pais hay muchas fiestas. ^No se 
acerca algo que quieras celebrar? 

— Yo lo unico que puedo festejar es que declaren inocente a mi marido. 

— Pero eso puede tardar mucho. No. Lo que yo te ofrezco es que des una fiesta para tus ami- 
gos en la parte de atras del jardin, donde estan los emparrados... 

— Si a usted le parece bien... 

— Si, Josefina, ya te dije que esta casa huele a encierro. Se que ustedes son muy alegres. Invi- 
ta a un pequeno grupo. Yo pasare a saludarlos, desde luego. 

El dia de la fiesta primero los estuvo espiando desde el vestidor del segundo piso. Josefina, 
con autorizacion de Miss Amy, habia dispuesto una larga mesa bajo el emparrado. La casa se Me- 
mo de olores insolitos y ahora Miss Amy vio el desfile de platones de barro colmados de alimentos 
indescifrables, todos mezclados, ahogados en salsas espesas, canastitas con tortillas, jarras de 
aguas color magenta, color almendra... 

Fueron llegando y ella los miro intensamente desde su escondite. Algunos iban vestidos como 
todos los dias, eso se notaba, otros y sobre todo, otras, habian sacado sus mejores ajuares para 
la ocasion tan especial. Habia chamarras y playeras, tambien sacos y corbatas. Habia mujeres 
con pantalones y otras con trajes de satin. Habia ninos. Habia mucha gente. 

Habia otra gente. Miss Amy trato de penetrar con su inteligencia los ojos negros, las carnes os- 
curas, las sonrisas anchas de los amigos de su criada, los mexicanos. Eran impenetrables. Sintio 
que miraba un muro de cactos, punzante, como si cada uno de estos seres fuese, en realidad, un 
puercoespm. Le herian la mirada a Miss Amy, como le hubiesen herido las manos si los tocaba. 
Eran gente que le cortaba la carne, como una imaginable esfera hecha de puras navajas de afei- 
tar. No habia por donde tomarlos. Eran otros, ajenos, confirmaban a la sehorita en su repulsion, 
en su prejuicio... 

cQue hacian ahora? ^Colgaban una olla del emparrado, le daban un palo a un nino, le venda- 
ban los ojos, el niho daba golpes de ciego hasta atinar, la olla caia hecha pedazos, los nihos se 
abalanzaban a recoger dulces y cacahuates, alguien se atrevia a poner una musica ruidosa, guita- 
rras y trompetas y aullidos de lobo, en el tocadiscos portatil, iban a bailar en su jardin, iban a 
abrazarse de esa manera inmunda, iban a tocarse a risotadas, abrazados de las cinturas, acari- 
ciandose los lomos, a punto de reir, de llorar, de algo peor? 

Aparecio, como lo habia prometido, en el jardin. Llevaba su baston en la mano. Fue directa- 
mente a la segunda pihata, la destruyo de un bastonazo, dio otro sobre el tocadiscos, a todos les 
grito fuera de mi casa, que se han creido, esto no es cantina, esto no es burdel, vayanse con su 
musica cacofonica y sus comidas indigestas a otra parte, no abusen de mi hospitalidad, esta es mi 
casa, aqui somos de otra manera, aqui no criamos cerdos en la cocina... 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 



Todos miraron a Josefina. Josefina primero temblo, luego permanecio serena, casi rigida. 

— La senorita tiene razon. Esta es su casa. Muchas gracias por venir. Gracias por desearle 
buena suerte a mi marido. 

Todos salieron, algunos mirando con enojo a Miss Amy, otros con desprecio, uno que otro con 
miedo, todos con eso que se llama vergijenza ajena. 

Solo Josefina permanecio, de pie, inmutable. 

— Gracias por prestarnos su jardin, senorita. La fiesta estuvo muy bonita. 

— Fue un abuso — dijo desconcertada, entre dientes apretados, Miss Amy—. Demasiada gente, 
demasiado ruido, demasiado todo... 

Con un movimiento del baston barrio los platones de la mesa. El esfuerzo insolito la vencio. 
Perdio el aliento. 

— Tenia usted razon, senorita. Se esta acabando el verano. No se vaya usted a enfriar. Venga 
a la casa y dejeme prepararle su te como de costumbre. 

— Lo hizo usted a proposito — le dijo con visible enojo Archibald, manipulando nerviosamente el 
nudo de su corbata de Brooks Brothers — . Le sugirio que hiciera la fiesta solo para humillarla fren- 
te a sus amigos... 

— Fue un abuso. Se les paso la mano. 

— cQue quiere, que ella tambien se vaya, como todos los demas? ^Quiere que me la Neve yo a 
la fuerza a un asilo? 

— Perderias la herencia. 

— Pero no la razon. Usted es capaz de enloquecer a cualquiera, tia Amy. Que bueno que mi 
padre no se caso con usted. 

— cQue dices, desgraciado? 

— Digo que usted hizo esto para humillar a Josefina y obligarla a marcharse 

— No, dijiste otra cosa. Pero Josefina no se ira. Le hace falta el dinero para sacar a su marido 
de la carcel. 

— Ya no. La corte nego la apelacion. El marido de Josefina seguira en la carcel. 

— cQue va a hacer ella? 

— Pregunteselo. 

— No quiero hablar con ella. No quiero hablar contigo. Vienes a mi casa a insultarme, a recor- 
darme lo olvidado. Te juegas la herencia... 

— Mire usted, tia. Renuncio a la herencia. 

— Te cortas la nariz para vengarte de tu cara. No seas estupido, Archibald. 

— No, de verdad, renuncio con tal de que me oiga usted y oiga la verdad. 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 



— Tu padre fue un cobarde. No dio el paso. No me pidio a tiempo. Me humillo. Me hizo esperar 
demasiado. No tuve mas remedio que escoger a tu tio. 

— Es que usted nunca le demostro carino a mi padre. 

— ^El lo esperaba? 

— Si. Me lo dijo varias veces. Si Amy hubiese demostrado que me queria, yo hubiese dado el 
paso. — ^Por que, por que no lo hizo? — se quebro la voz, el animo de la anciana — . <i,Por que no 
me demostro que el me queria? 

— Porque estaba convencido de que usted en realidad no queria a nadie. Por eso necesitaba 
que usted primero le diera una prueba de carino. 

— ^Quieres decirme que mi vida ha sido un solo gran malentendido? 

— No, no hubo malentendido. Mi padre se convencio de que habia hecho bien en no pedirle 
matrimonio, tia Amelia. Me dijo que el tiempo le dio la razon. Usted no ha querido nunca a nadie. 

Esa tarde, cuando Josefina le trajo el te, Miss Amy le dijo sin mirarla a los ojos que sentia mu- 
cho lo que habia ocurrido. Josefina tomo esta actitud inedita con tranquilidad. 

— No se preocupe, sehorita. Usted es la dueha de la casa. Faltaba mas. 

— No, no me refiero a eso. Hablo de tu marido. — Bueno, no es la primera vez que la justicia no 
noscumple. 

— i,Que vas a hacer? 

— iComo, sehorita? ^No lo sabe usted? 

— No. Dime, Josefina. 

Entonces si Josefina levanto la mirada y la fijo en los ojos apagados de Miss Amy Dunbar, en- 
candilandola como si los de Josefina fuesen dos cirios y le dijo a su ama que ella iba a seguir lu- 
chando, cuando ella escogio a Luis Maria fue para siempre, para todo, lo bueno y lo malo; ya sa- 
bia que eso lo decian en los sermones, pero en su caso era verdad, pasaban los ahos, las amar- 
guras eran mas grandes que las alegrias, pero por eso mismo el amor iba haciendose cada vez 
mas grande, mas seguro, Luis Maria podia pasarse la vida en la carcel sin dudar ni un solo se- 
gundo que ella lo queria no solo como si vivieran juntos como al principio, sino mucho mas, cada 
vez mas, sehorita, ^me entiende usted?, sin pena, sin malicia, sin juegos inutiles, sin orgullo, sin 
soberbia, entregados el a mi, yo a el... 

— cMe deja confesarle una cosa sehorita Amalia, no se enoja conmigo? Mi marido tiene manos 
fuertes, finas, hermosas. Nacio para cortar finamente la carne. Tiene un tacto maravilloso. Siem- 
pre atina. Sus manos son morenas y fuertes y yo no puedo vivir sin ellas. 

Esa noche, Miss Amy le pidio a Josefina que la ayudara a desvestirse y a ponerse el camison. 
Iba a usar el de lana; empezaba a sentirse el aire de otoho. La criada la ayudo a meterse en la 
cama. La arropo como a una niha. Le acomodo las almohadas y estaba a punto de retirarse y de- 
searle buenas noches cuando las dos manos tensas y antiguas de Miss Amalia Ney Dunbar toma- 
ron las manos fuertes y carnosas de Josefina. Miss Amy se llevo las manos de la criada a los la- 
bios, las beso y Josefina abrazo el cuerpo casi transparente de Miss Amy, un abrazo que aunque 
nunca se repitiese, duraria una eternidad. 



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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 



LA FRONTERA DE CRISTAL 

A Jorge Bustamante 

En la primera clase del vuelo sin escalas de Delta de la ciudad de Mexico a Nueva York, via- 
jaba don Leonardo Barroso. Lo acompanaba una bellisima mujer de melena negra, larga y lustro- 
sa. La cabellera parecia el marco de una llamativa barba partida, la estrella de este rostro. Don 
Leonardo, a los cincuenta y tantos anos, se sentia orgulloso de su compania femenina. Ella iba 
sentada junto a la ventana y se adivinaba a si misma en el accidente, la variedad, la belleza y la 
lejania del paisaje y el cielo. Sus enamorados siempre le habian dicho que tenia parpados de nu- 
be y una ligera borrasca en las ojeras. Los novios mexicanos habian como serenata. 

Lo mismo miraba Michelina desde el cielo, recordando las epocas de la adolescencia cuando 
sus novios le llevaban gallo y le escribian cartas almibaradas. Parpados de nube, ligera borrasca 
en las ojeras. Suspiro. No se podia tener quince anos toda la vida. <i,Por que, entonces, le regre- 
saba subitamente la nostalgia indeseada de su juventud, cuando iba a bailes y la cortejaban los 
ninos bien de la sociedad capitalina? 

Don Leonardo preferia sentarse junto al pasillo. A pesar de la costumbre, le seguia poniendo 
nervioso la idea de ir metido en un lapiz de aluminio a treinta mil pies de altura y sin visible sosten. 
En cambio, le satisfacia enormemente que este viaje fuese el producto de su iniciativa. 

Apenas aprobado el Tratado de Libre Comercio, don Leonardo inicio un intenso cabildeo para 
que la migracion obrera de Mexico a los Estados Unidos fuese clasificada como "servicios", inclu- 
so como "comercio exterior". 

En Washington y en Mexico, el dinamico promotor y hombre de negocios explico que la princi- 
pal exportacion de Mexico no eran productos agricolas o industriales, ni maquilas, ni siquiera capi- 
tal para pagar la deuda externa (la deuda eterna), sino trabajo. Exportabamos trabajo mas que 
cemento o jitomates. El tenia un plan para evitar que el trabajo se convirtiera en un conflicto. Muy 
sencillo: evitar el paso por la frontera. Evitar la ilegalidad. 

— Van a seguir viniendo — le explico al Secretario del Trabajo Robert Reich — . Y van a venir 
porque ustedes los necesitan. Aunque en Mexico sobre empleo, ustedes necesitaran trabajadores 
mexicanos. 

— Legales — dijo el secretario — . Legales si, ilegales no. 

— No se puede creer en el libre mercado y en seguida cerrarle las puertas al flujo laboral. Es 
como si se lo cerraran a las inversiones. ^Que paso con la magia del mercado? 

— Tenemos el deber de proteger nuestras fronteras — continuo Reich — . Es un problema politi- 
co. Los Republicanos estan explotando el creciente animo contra los inmigrantes. 

— No se puede militarizar la frontera — don Leonardo se rasco con displicencia la barbilla, bus- 
cando alii la misma hendidura de la belleza de su nuera — . Es demasiado larga, desertica, porosa. 
No pueden ustedes ser laxos cuando necesitan a los trabajadores y duros cuando no los necesi- 
tan. 

— Yo estoy a favor de todo lo que ahada valor a la economia norteamericana — dijo el secreta- 
rio Reich — . Solo asi vamos a ahadir valor a la economia del mundo — o viceversa— . ^Que pro- 
pone usted? 

Lo que propuso don Leonardo era ya una realidad y viajaba en clase economica. Se llamaba 
Lisandro Chavez y trataba de mirar por la ventanilla pero se lo impedia su compahero de la dere- 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

cha que miraba intensamente a las nubes como si recobrara una patria olvidada y cubria la venta- 
nilla con las alas de su sombrero de paja laqueada. A la izquierda de Lisandro, otro trabajador 
dormia con el sombrero empujado hasta el caballete de la nariz. Solo Lisandro viajaba sin som- 
brero y se pasaba la mano por la cabellera negra, suave, rizada, se acariciaba el bigote espeso y 
recortado, se restregaba de vez en cuando los parpados gruesos, aceitosos . 

Cuando subio al avion vio enseguida al famoso empresario Leonardo Barroso sentado en la 
primera clase. El corazon le dio un pequeno salto a Lisandro. Reconocio sentada junto a Barroso 
a una muchacha que el trato de joven, cuando iba a fiestas y bailes en las Lomas, el Pedregal y 
Polanco. Era Michelina Laborde y todos los muchachos querian sacarla a bailar. Querian, en rea- 
lidad, abusar un poco de ella. 

— Es de la rancia pero no tiene un clavo — decian los demas muchachos — . Abusado. No te 
vayas a casar con ella. No hay dote. 

Lisandro la saco a bailar una vez y ya no se acuerda si se lo dijo o solo lo penso, que los dos 
eran pobres, tenian eso en comun, eran invitados a estas fiestas porque ella era de una familia 
popoff y el porque iba a la misma escuela que los chicos ricos, pero era mas lo que los asemejaba 
que lo que los diferenciaba, ^no le parecia a ella? 

El no recuerda que cosa le contesto Michelina, no recuerda siquiera si el le dijo esto en voz alta 
o solo lo penso. Luego otros la sacaron a bailar y el nunca la volvio a ver. Hasta hoy. 

No se atrevio a saludarla. ^Como lo iba a recordar? ^Que le iba a decir? ^Recuerdas que hace 
once ahos nos conocimos en una fiesta del Cacheton Casillas y te saque a bailar? Ella ni lo miro. 
Don Leonardo si, levanto los ojos de su lectura de la revista Fortune, donde se llevaba la cuenta 
minuciosa de los hombres mas ricos de Mexico y, por fortuna, una vez mas, se le omitia a el. Ni el 
ni los politicos ricos aparecian nunca. Los politicos porque ningun negocio suyo llevaba su nom- 
bre, se escondian detras de las capas de cebolla de multiples asociados, prestanombres, funda- 
ciones... Don Leonardo los habia imitado. Era dificil atribuirle directamente la riqueza que real- 
mente erasuya. 

Levanto la mirada porque vio o sintio a alguien distinto. Desde que empezaron a subir los tra- 
bajadores contratados como servicios, don Leonardo primero se congratulo a si mismo del exito 
de sus gestiones, luego admitio que le molestaba ver el paso por la primera clase de tanto prieto 
con sombrero de paja laqueada, y por eso dejo de mirarlos. Otros aviones tenian dos entradas, 
una por delante, otra por atras. Era un poco irritante pagar primera clase y tener que soportar el 
paso de gente mal vestida, mal lavada... 

Algo le obligo a mirar y fue el paso de Lisandro Chavez, que no llevaba sombrero, que parecia 
de otra clase, que tenia un perfil diferente y que venia preparado para el frio de diciembre en 
Nueva York. Los demas iban con ropa de mezclilla. No les habian avisado que en Nueva York 
hacia frio. Lisandro tenia puesta una chamarra de cuadros negros y colorados, de lana, con zipper 
hasta la garganta. Don Leonardo siguio leyendo Fortune. Michelina Laborde de Barroso bebio len- 
tamente su copa de Mimosa. 

Lisandro Chavez decidio cerrar los ojos el resto del viaje. Pidio que no le sirvieran la comida, 
que lo dejaran dormir. La azafata lo miro perpleja. Eso solo se lo piden en primera clase. Quiso 
ser amable: — Nuestro pilaf de arroz es excelente. En realidad, una pregunta insistente como un 
mosquito de acero le taladraba la frente a Lisandro: ^Que hago yo aqui? Yo no debia estar 
haciendo esto. Este no soy yo. 

Yo — el que no estaba alii— habia tenido otras ambiciones y hasta la secundaria su familia se 
las pudo fomentar. La fabrica de gaseosas de su padre prosperaba y siendo M§xico un pais ca- 
liente, siempre se consumirian refrescos. Mientras mas refrescos, mas oportunidades para man- 
dar a Lisandro a escuelas privadas, engancharse con una hipoteca para la casa en la Colonia 
Cuauhtemoc, pagar las mensualidades del Chevrolet y mantener la flotilla de camiones repartido- 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

res. Ir a Houston una vez al ano, aunque fuera un par de dias, pasearse por los shopping malls, 
decir que se habian internado para su chequeo medico anual... Lisandro caia bien, iba a fiestas, 
leia a Garcia Marquez, con suerte el ano entrante dejaria de viajar en camion a la escuela, tendria 
su propio Volkswagen... 

No quiso mirar hacia abajo porque temia descubrir algo horrible que quizas solo desde el cielo 
podia verse; ya no habia pais, ya no habia Mexico, el pais era una ficcion o, mas bien, un sueho 
mantenido por un puhado de locos que alguna vez creyeron en la existencia de Mexico... Una fa- 
milia como la suya no iba a aguantar veinte ahos de crisis, deuda, quiebra, esperanzas renovadas 
solo para caer de nueva cuenta en la crisis, cada seis ahos, cada vez mas, la pobreza, el desem- 
pleo... Su padre ya no pudo pagar sus deudas en dolares para renovar la fabrica, la venta de re- 
frescos se concentre y consolido en un par de monopolios, los fabricantes independientes, los in- 
dustrials pequehos, tuvieron que malbaratar y salirse del mercado, ahora que trabajo voy a 
hacer, se electa su padre caminando como espectro por el apartamento de la Narvarte cuando ya 
no fue posible pagar la hipoteca de la Cuauhtemoc, cuando ya no fue posible pagar la mensuali- 
dad del Chevrolet, cuando su madre tuvo que anunciar en la ventana SE HACE COSTURA, cuan- 
do los ahorritos se evaporaron primero por la inflacion del 85 y luego por la devaluacion del 95 y 
siempre por las deudas acumuladas, impagables, fin de escuelas privadas, ni ilusiones de tener 
coche propio, tu tio Roberto tiene buena voz, se gana unos pesos cantando y tocando la guitarra 
en una esquina, pero todavia no caemos tan bajo, Lisandro, todavia no tenemos que ir a ofrecer- 
nos como destajo frente a la Catedral con las herramientas en la mano y el anuncio de nuestra 
profesion en un cartelito PLOMERO CARPINTERO MECANICO ELECTRICISTA ALBANIL, toda- 
via no caemos tan bajo como los hijos de nuestros antiguos criados, que han tenido que irse a las 
calles, interrumpir la escuela, vestirse de payasos y pintarse la cara de bianco y tirar pelotitas al 
aire en el crucero de insurgentes y Reforma, ^recuerdas el hijo de la Rosita, que jugabas con el 
cuando nacio aqui en la casa?, bueno, digo en la casa que teniamos antes en Rio Nazas, pues ya 
se murio, creo que se llamaba Lisandro como tu, claro, se lo pusieron para que fueramos los pa- 
drinos, tuvo que salirse de su casa a los diecisiete ahos y se volvio tragafuegos en los cruceros, 
se pinto dos lagrimas negras en la cara y trago fuego durante un ano, haciendo buches de gasoli- 
na, metiendose una estopa ardiente en la garganta, hasta que se le desbarato el cerebro, Lisan- 
dro, el cerebro se le deshizo, se volvio como una masa de harina, y eso que era el mas grande de 
la familia, la esperanza, ahora los mas chiquitos venden kleenex, chicles, me conto desesperada 
Rosita nuestra criada, te acuerdas de ella, que la lucha con los mas pequehos es que no empie- 
cen a inhalar goma para atarantarse de trabajar en las calles, con bandas de nihos sin techo que 
compiten con los perros callejeros en numero, en hambre, en olvido: Lisandro, ^que le va a decir 
una madre a unos nihos que salen a la calle para mantenerla a ella, para traer algo a la casa?, 
Lisandro, mira tu ciudad hundiendose en el olvido de lo que fue pero sobre todo en el olvido de lo 
que quiso ser: no tengo derecho a nada, se dijo un dia Lisandro Chavez, tengo que unirme al sa- 
crifice de todos, al pais sacrificado, mal gobernado, corrupto, insensible, tengo que olvidar mis 
ilusiones, ganar lana, socorrer a mis jefes, hacer lo que menos me humille, un trabajo honesto, un 
trabajo que me salve del desprecio hacia mis padres, del rencor hacia mi pais, de la vergijenza de 
mi mismo pero tambien de la burla de mis amigos; llevaba ahos tratando de juntar cabos, tratando 
de olvidar las ilusiones del pasado, despojandose de las ambiciones del futuro, contagiandose de 
la fatalidad, defendiendose del resentimiento, orgullosamente humillado en su teson de salir ade- 
lante a pesar de todo: Lisandro Chavez, veintiseis ahos, ilusiones perdidas, y ahora nueva oportu- 
nidad, ir a Nueva York como trabajador de servicios, sin saber que don Leonardo Barroso habia 
dicho: — <i,Por que todos tan prietos, tan de a tiro nacos? 

— Son la mayoria, don Leonardo. El pais no da para mas. 

— Pues a ver si me buscan uno por lo menos con mas cara de gente decente, mas criollito, 
pues, me Neva. Es el primer viaje a Nueva York. ^Que clase de impresion vamos a hacer, compa- 
hero? 

Y ahora, cuando Lisandro paso por la primera clase, don Leonardo lo miro y no se imagino que 
era uno de los trabajadores contratados y deseo que todos fueran como este muchacho obrero 
pero con cara de gente decente, con facciones finas pero un mostachon como de mariachi bien 

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dotado y, caray, menos moreno que el propio Leonardo Barroso. Distinto, se fijo el millonario, un 
muchacho distinto, <j,no se te hace, Miche? Pero su nuera y amante ya se habia dormido. 

Cuando aterrizaron en JFK en medio de una tormenta de nieve, Barroso quiso bajar cuanto 
antes, pero Michelina estaba acurrucada junto a la ventanilla, cubierta por una colcha y con la ca- 
beza acomodada en una almohada. Se hizo la remolona. Deja que bajen todos, le pidio a don 
Leonardo. 

El queria salir antes para saludar a los encargados de reunir a los trabajadores mexicanos con- 
tratados para limpiar varios edificios de Manhattan durante el fin de semana, cuando las oficinas 
estaban vacias. El contrato de servicios lo hacia explicito: vendran de Mexico a Nueva York los 
viernes en la noche para trabajar los sabados y domingos, regresando a la ciudad de Mexico los 
domingos por la noche. 

— Con todo y los pasajes de avion, sale mas barato que contratar trabajadores aqui en Manhat- 
tan. Nos ahorramos entre el 25 y el 30 por ciento — le explicaron sus socios gringos. 

Pero se les habia olvidado decirles a los mexicanos que hacia frio y por eso don Leonardo, 
admirado de su propio humanismo, queria bajar primero para advertir que estos muchachos re- 
querian chamarras, mantas, alguna cosa. 

Empezaron a pasar y la verdad es que habia de todo. Don Leonardo duplico su orgullo humani- 
tario y, ahora, nacionalista. El pais estaba tan amolado, despues de haber creido que ya la habia 
hecho; sohamos que eramos del primer mundo y amanecimos otra vez en el tercer mundo. Hora 
de trabajar mas por Mexico, no desanimarse, encontrar nuevas soluciones. Como esta. Habia de 
todo, no solo el muchacho bigoton con la chamarra a cuadros, otros tambien en los que el empre- 
sario no se habia fijado porque el estereotipo del espalda mojada, campesino con sombrero la- 
queado y bigote ralo se lo devoraba todo. Ahora empezo a distinguirlos, a individualizarlos, a de- 
volverles su personalidad, dueho como lo era de cuarenta ahos de tratar con obreros, gerentes, 
profesionistas, burocratas, todos a su servicio, siempre a su servicio, nunca nadie por encima de 
el, ese era el lema de su independencia, nadie, ni el presidente de la republica, por encima de 
Leonardo Barroso, o como les decia a sus socios norteamericanos, — I am my own man. I'm just 
like you, a selfmade man. 1 don't owe nobody nothing. 

No le negaba esa distincion a nadie. Ademas del chico bigoton y guapo, Barroso quiso diferen- 
ciar a los jovenes de provincia, vestidos de una cierta manera, mas retrasados, pero tambien mas 
llamativos y a veces mas grises, que los chilangos de la ciudad de Mexico, y entre estos, comenzo 
a separar de la manada a muchachos que hace unos dos o tres ahos, cuando la euforia salinista, 
eran vistos comiendo en un Denny's, o e vacaciones en Puerto Vallarta, o en los multicines de 
Ciudad Satelite. Los distinguia porque eran los mas tristes, aunque tambien los menos resigna- 
dos, los que se preguntaban igualito que Lisandro Chavez, ^que hago aqui?, yo no pertenezco 
aqui. Si, si perteneces, les habria contestado Barroso, tan perteneces que en Mexico aunque te 
arrastres de rodillas a la Villa de Guadalupe ni por milagro te vas a ganar cien dolares por dos di- 
as de trabajo, cuatrocientos al mes, tres mil pesos mensuales, eso ni la virgencita te los da. 

Los miro como cosa propia, su orgullo, sus hijos, su idea. 

Michelina seguia con los ojos cerrados. No queria ver el paso de los trabajadores. Eran jove- 
nes. Estaban jodidos. Pero ella se cansaba de viajar con Leonardo, al principio le gusto, le dio ca- 
chet, le costo el ostracismo de algunos, la resignacion de otros, la comprension de su propia fami- 
lia, nada disgustada, al cabo, con las comodidades que don Leonardo les ofrecia, sobre todo en 
estas epocas de crisis, ^que seria de ellos sin Michelina?, ^que seria de la abuela dona Zarina 
que ya pasaba de los noventa y seguia juntando curiosidades en sus cajas de carton, convencida 
de que Porfirio Diaz era el presidente de la republica?; ^que seria de su padre el diplomatico de 
carrera que conocia todas las genealogias de los vinos de Borgoha y de los castillos del Loira?; 
^que seria de su madre que necesitaba comodidades y dinero para hacer lo unico que de verdad 
le apetecia: no abrir nunca la boca, ni siquiera para comer porque le daba vergijenza hacerlo en 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

publico?; ^que seria de sus termanos atenidos a la generosidad de Leonardo Barroso, a la 
chambita por aqui, la concesion por alia, el contratito este, la agenda aquella...? Pero ahora esta- 
ba cansada. No queria abrir los ojos. No queria encontrar los de ningun hombre joven. Su deber 
estaba con Leonardo. No queria, sobre todo, pensar en su marido el hijo de Leonardo que no la 
extranaba, que estaba feliz, aislado en el rancho, que no la culpaba de nada, de que anduviera 
con su papa... 

Michelina empezo a temer la mirada de otro hombre. 

Les dieron sus mantas que ellos usaron atavicamente como sarapes y los subieron en autobu- 
ses. Basto sentir el frio entre la salida de la terminal y la subida al camion para agradecer la cha- 
marra previsora, la ocasional bufanda, el calor de los demas cuerpos. Se buscaban e identificaban 
socialmente, era perceptible una pesquisa para ubicar al companero que pudiera parecerse a uno 
mismo, pensar igual, tener un territorio comun. Con los campesinos, con los lugarenos, siempre 
habia un puente verbal, pero su condicion era una especie de formalidad antiquisima, formas de 
cortesia que no lograban ocultar el patronazgo, aunque nunca faltaran los majaderos que trataban 
como inferiores a los mas humildes, tuteandolos, dandoles ordenes, reganandolos. Eso era impo- 
sible aqui, ahora. Todos estaban amolados y la joda iguala. 

Entre ellos, los que no tenian cara ni atuendo pueblerinos, se imponia tambien, por ahora, una 
reserva angustiosa, una de no admitir que estaban alii, que las cosas andaban tan mal en Mexi- 
co, en sus casas, que no les quedaba mas remedio que rendirse ante tres mil pesos mensuales 
por dos dias de trabajo en Nueva York, una ciudad ajena, totalmente extraha, donde no era nece- 
sario intimar, correr el riesgo de la confesion, la burla, la incomprension en el trato con los paisa- 
nosde uno. 

Por eso un silencio tan frio como el del aire coma de fila en fila dentro del autobus donde se 
acomodaban noventa y tres trabajadores mexicanos y Lisandro Chavez imagino que todos, en 
realidad, aunque tuvieran cosas que contarse, estaban enmudecidos por la nieve, por el silencio 
que la nieve impone, por esa lluvia silenciosa de estrellas blancas que caen sin hacer ruido, disol- 
viendose en lo que tocan, regresando al agua que no tiene color. ^Como era la ciudad detras de 
su largo velo de nieve? Lisandro apenas pudo distinguir algunos perfiles urbanos, conocidos gra- 
cias al cine, fantasmas de la ciudad, rostros brumosos y nevados de rascacielos y puentes, de al- 
macenesy muelles... 

Entraron cansados, rapidos, al gimnasio lleno de catres, echaron sus bultos encima de los ea- 
rn astros del ejercito americano comprados por Barroso en un almacen de la Army & Navy Supply 
Store, pasaron al buffet preparado en una esquina, los bahos estaban alia atras, algunos empeza- 
ron a intimar, a picarse los ombligos, a llamarse mano y cuate, incluso dos o tres cantaron muy 
desentonados La barca de oro, los demas los callaron, querian dormir, el dia empezaba a las cin- 
co de la mahana, yo ya me voy al puerto donde se halla la barca de oro que ha de conducirme. 

El sabado a las seis de la mahana, ahora si era posible sentir, oler, tocar la ciudad, verla aun 
no, la bruma cargada de hielo la hacia invisible, pero el olor de Manhattan le entraba como un pu- 
hal de fierro por las narices y la boca a Lisandro Chavez, era humo, humo agrio y acido de alcan- 
tarillas y trenes subterraneos, de enormes camiones de carga con doce ruedas, de escapes de 
gas y parrillas a ras de pavimentos duros y brillantes como un piso de charol, en cada calle las 
bocas de metal se abrian para comerse las cajas y mas cajas de frutas, verduras, latas, cervezas, 
gaseosas que le recordaron a su papa, subitamente extranjero en su propia ciudad de Mexico, 
como su hijo lo era en la ciudad de Nueva York, los dos preguntandose que hacemos aqui, acaso 
nacimos para hacer esto, no era otro nuestro destino, ^que paso...? 

— Gente decente, Lisandro. Que nadie te diga lo contrario. Siempre hemos sido gente decente. 
Todo lo hicimos correctamente. No violamos ninguna regla. <i,Por eso nos fue tan mal? <i,Por ser 
gente decente? <i,Por vivir como clase media honorable? <i,Por que siempre nos va mal? <i,Por que 
nunca acaba bien esta historia, hijito? 

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Evocaba desde Nueva York a su padre perdido en un apartamento de la Narvarte como si an- 
duviera caminando por un desierto, sin refugio, sin agua, sin signos, convirtiendo el apartamento 
en el desierto de su perplejidad, agarrado en un vertigo de sucesos imprevistos, inexplicables, 
como si el pais entero se hubiese desbocado, saltado las trancas, fugitivo de si mismo, escapan- 
do a gritos y balazos de la carcel del orden, la prevision, la institucionalidad, como decian los pe- 
riodicos, la institucionalidad. ^Donde estaba ahora, que era, para que servia? Lisandro veia cada- 
veres, hombres asesinados, funcionarios deshonestos, intrigas sin fin, incomprensibles, luchas a 
muerte por el poder, el dinero, las hembras, los jotos... Muerte, miseria, tragedia. En este vertigo 
inexplicable habia caido su padre, rindiendose ante el caos, incapacitado para salir a luchar, tra- 
bajar. Dependiente de su hijo como el lo estuvo de nino de su padre. ^Cuanto le pagaban a su 
madre por coser ropa rota, por tejer eternamente un chal o un sueter? 

Ojala que sobre la ciudad de Mexico cayera tambien una cortina de nieve, cubriendolo todo, 
escondiendo los rencores, las preguntas sin respuesta, el sentimiento de engano colectivo. No era 
lo mismo mirar el polvo ardiente de Mexico, mascara de un sol infatigable, resignandose a la per- 
dida de la ciudad, que admirar la corona de nieve que engalanaba los muros grises y las calles 
negras de Nueva York, y sentir un pulso vital: Nueva York construyendose a si misma a partir de 
su desintegracion, su inevitable destino como ciudad de todos, energica, incansable, brutal, asesi- 
na ciudad del mundo entero, donde todos podemos reconocernos y ver lo peor y lo mejor de noso- 
tros mismos... 

Este era el edificio. Lisandro Chavez se nego a mirar como payo hasta las alturas de los cua- 
renta pisos; solo se pregunto como iban a limpiar las ventanas en medio de una tormenta de nieve 
que a veces lograba disolver el perfil mismo de la construccion, como si el rascacielos tambien 
estuviera fabricado de hielo. Era una ilusion. Al clarear tantito el dia, podia verse un edificio todo 
de cristal, sin un solo material que no fuese transparente: una inmensa caja de musica hecha de 
espejos, unida por su propio vidrio cromado, niquelado; un palacio de barajas de cristal, un jugue- 
te de laberintos azogados. 

Venian a limpiarlo por dentro, les explicaron reuniendolos en el centra del atrio interior que era 
como un patio de luz gris de cuyos seis costados se levantaban, como acantilados ciegos, seis 
muros de vidrio puro. Hasta los dos elevadores eran de cristal. Cuarenta por seis, doscientos se- 
senta rostros interiores del edificio de oficinas que vivia su vida a la vez secreta y transparente 
alrededor de un atrio civil, un cubo excavado en el corazon del palacio de juguete, el sueno de un 
nino en la playa construyendo un castillo, solo que en vez de arena, le dieron cristales... 

Los andamios los esperaban para subirlos a los distintos pisos, de acuerdo con la superficie de 
cada piso en una construccion que se iba angostando, piramidal, al llegar a la cima. Como en un 
Teotihuacan de vidrio, los trabajadores empezaron a subir hasta el piso diez, el veinte, el treinta, 
para desde alii limpiar los vidrios y descender de diez en diez, armados de limpiadores manuales 
y con tubos de acido nomonico en la espalda, como los tanques de oxigeno de un explorador 
submarino: Lisandro ascendia al cielo de cristal, pero se sentia sumergido, descendiendo a un 
extraho mar de vidrio en un mundo desconocido, patas arriba... 

— i,Es seguro el producto? — inquirio Leonardo Barroso. 

— Segurisimo. Es biodegradable. Una vez usado, se descompone en elementos inocuos — le 
contestaron los socios yanquis. 

— Mas les vale. Meti una clausula en el contrato haciendolos responsables a ustedes por en- 
fermedades de trabajo. Aqui uno se muere de cancer nomas de respirar. 

Ah que don Leonardo — heron los yanquis — . Es usted mas duro que nosotros. 

— Wellcome a tough Mexican — concluia el hombre de negocios. 

— You're one tough hombre! — celebraron los gringos. 

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Ella habia caminado con un sentimiento de gratitud desde su apartamento en la calle 67 Este 
al edificio situado en Park Avenue. El viernes en la noche lo paso encerrada, dejo ordenes con el 
portero de no dejar pasar a nadie, menos que nadie a su ex — marido, cuya voz escucho toda la 
noche insistiendo en el telefono, hablandole al contestador automatico, pidiendole que lo recibiera, 
mi amor, escucha, dejame hablar, fuimos muy apresurados, debimos pensarlo mejor, esperar a 
que se cerraran las heridas, tu sabes que yo no quiero danarte, pero la vida a veces se complica, 
y yo lo que siempre sabia, hasta en los peores momentos, es que te tenia a ti, podia regresar a ti, 
tu entenderias, tu perdonarias, porque si el caso fuera al reves, yo te habria perdonado a... 

— jNo! — le grito la mujer desesperada al telefono, a la voz de su ex — marido invisible para 
ella — . jNo! Te lo habrias cobrado cruel, egoistamente, me habrias esclavizado con tu perdon... 

Paso una noche temerosa, yendo y viniendo por el apartamento pequeho pero bien arreglado, 
hasta lujoso en muchos detalles, yendo y viniendo entre el ventanal con las cortinas de paho 
abiertas para entregarse al lujoso escenario de la nieve, y el ojo deformado del ciclope que prote- 
ge a la gente de la acechanza eterna, la amenaza desvelada de la ciudad, el hoyo de cristal en la 
puerta que permite ver el pasillo, ver sin ser visto, pero ver a un mundo deformado, submarino, el 
ojo ciego de un tiburon fatigado pero que no puede darse el lujo de descansar. Se ahogaria, se 
iria al fondo del mar. Los tiburones tienen que moverse eternamente para sobrevivir. 

No sintio temor a la mahana siguiente. La tormenta habia cesado y la ciudad estaba polveada 
de bianco, como para una fiesta. Faltaban tres semanas para la Navidad y todo se engalanaba, se 
llenaba de luces, brillaba como un gran espejo. Su marido jamas se levantaba antes de las nueve. 
Eran las siete cuando ella salio para caminar a la oficina. Dio gracias de que este fin de semana le 
brindara la ocasion de encerrarse a trabajar, poner los papeles al dia, dictar instrucciones, todo sin 
telefonazos, sin faxes, sin bromas de los compaheros, sin el ritual de la oficina neoyorquina, la 
obligacion de ser a la vez indiferente y gracioso, tener el wise — crack, la broma, a flor de labios, 
saber cortar las conversaciones y los telefonazos con rudeza, nunca tocarse, sobre todo nunca 
tocarse fisicamente, jamas un abrazo, ni siquiera un beso social en las mejillas, los cuerpos apar- 
tados, las miradas evitables... Que bueno. Aqui no la encontraria su marido. El no tenia idea... Se 
volveria loco llamandola, tratando de colarse al apartamento... 

Una mujer que se sentia libre esa mahana. Habia resistido al mundo externo. A su marido; 
ahora exterior a ella, expulsado de la interioridad, fisica y emocional, de ella. Resistia a la multitud 
que la absorbia todas las mahanas al caminar al trabajo, haciendola sentirse parte de un rebaho, 
insignificante individualmente, despojada de importancia: ^no hacian los centenares de personas 
que en cualquier momento de la mahana transitaban la cuadra de Park entre la 67 y la 66 algo tan 
importante o mas que lo que ella hacia, o quizas tan poco importante, o menos...? 

No habia caras felices. 

No habia caras orgullosas de lo que hacian. 

No habia caras satisfechas de su ocupacion. 

Porque la cara trabajaba tambien, guihaba, gesticulaba, ponia los ojos en bianco, hacia mue- 
cas de horror fingido, de asombro real, de escepticismo, de falsa atencion, de burla, de ironia, de 
autoridad: rara vez, se dijo caminando rapidamente, gozando la soledad de la ciudad nevada, rara 
vez daba ella o le daban el rostro verdadero, espontaneo, sin la panoplia de gestos aprendidos 
para agradar, convencer, atemorizar, imponer respeto, compartir intrigas... 

Sola, inviolable, dueha de si misma, posesionada de todas las partes de su cuerpo y de su al- 
ma, adentro y afuera, unida, entera. La mahana fria, la soledad, el paso firme, elegante, propio, le 
dieron todo eso en el camino entre su apartamento y su oficina. 

Esta estaba llena de trabajadores. Se olvido. Se ho de si misma. Habia escogido para estar so- 

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la el dia en que iban a limpiar los cristales interiores del edificio. Lo habian anunciado a tiempo. Se 
olvido. Ascendio sonriendo al ultimo piso, sin mirar a nadie, como un pajaro que confunde su jaula 
con su libertad. Camino por el pasillo del piso cuarenta — muros de cristal, puertas de vidrio, vivian 
suspendidos en el aire, hasta los pisos eran de un cristal opaco, el arquitecto era un tirano y habia 
prohibido tapetes en su obra maestra de cristal — . Entro a su despacho, situado entre el pasillo de 
cristal y el atrio interior. No tenia vista a la calle. No circulaba el aire contaminado de la calle. Puro 
aire acondicionado. El edificio estaba sellado, aislado, como ella queria sentirse hoy. La puerta 
daba al corredor. Pero todo el muro de cristal daba al atrio y a veces a ella le gustaba que su mi- 
rada se desplomase cuarenta pisos convirtiendose, en el trayecto, en copo de nieve, en pluma, en 
mariposa. 

Cristal sobre el corredor. Cristales a los costados, de manera que las dos oficinas junto a la su- 
ya tambien eran transparentes, obligando a sus colegas a guardar una cierta circunspeccion en 
sus habitos fisicos, pero manteniendo una buena naturalidad de costumbres a pesar de todo. Qui- 
tarse los zapatos, poner los pies sobre la mesa, les era permitido a todos, pero los hombres podi- 
an rascarse las axilas y entre las piernas, las mujeres no. Pero las mujeres podian mirarse en el 
espejo y retocarse el maquillaje. Los hombres — salvo algunas excepciones — no. 

Miro frente a ella, al atrio, y lo vio a el. 

A Lisandro Chavez lo subieron solo en el tablon hasta el piso mas alto. A todos les habian 
preguntado si sufrian de vertigo y el recordo que a veces si, una vez en una rueda de la fortuna en 
una feria le dieron ganas de tirarse al vacio, pero se callo. 

Al principio, ocupado en acomodar sus trapos e instrumentos de limpieza, pero sobre todo pre- 
ocupado por ponerse comodo el mismo, no la vio a ella, no miro hacia adentro. Su objetivo era el 
cristal. Se suponia que en sabado nadie iba a trabajar en la oficina. 

Ella lo vio primero y no se fijo en el. Lo vio sin verlo. Lo vio con la misma actitud con que se ve 
o deja de ver a los pasajeros que la suerte nos deparo al tomar un elevador, abordar un autobus u 
ocupar una butaca en un cine. Ella sonrio. Su trabajo de ejecutiva de publicidad la obligaba a to- 
mar aviones para hablar con clientes en un pais del tamaho del universo, los USA. Nada temia 
tanto como un compahero de fila hablantin, de esos que te cuentan sus cuitas, su profesion, el 
dinero que ganan, y acaban, despues de tres Bloody Marys, poniendote la mano sobre la rodilla. 
Volvio a sonreir. Habia dormido muchas veces con varios desconocidos al lado, envueltos cada 
uno en su frazada de avion, como amantes virginales... 

Cuando los ojos de Lisandro y los de Audrey se encontraron, ella hizo un saludo inclinando la 
cabeza, como se saluda, por cortesia, a un mesero de restoran, con menos efusividad que al por- 
tero de una casa de apartamentos... Lisandro habia limpiado bien la primera ventana, la de la ofi- 
cina de Audrey, y a medida que le arrancaba una leve pelicula de polvo y ceniza, ella fue apare- 
ciendo, lejana y brumosa primero, despues acercandose poco a poco, aproximandose sin mover- 
se, gracias a la claridad creciente del cristal. Era como afocar una camara. Era como irla haciendo 
suya. 

La transparencia del cristal fue desvelando el rostro de ella. La iluminacion de la oficina ilumi- 
naba la cabeza de la mujer desde atras, dandole a su cabellera castaha la suavidad y el movi- 
miento de un campo de cereales cuyas espigas se enredaban en la bonita trenza rubia que le caia 
como un cordon por la nuca. Alii en la nuca se concentraba mas luz que en el resto de la cabeza. 
La luz de la nuca mientras ella apartaba la trenza blanca y tierna, destacando la rubia ondulacion 
de cada vello que ascendia desde la espalda, como un manojo de semillas que van a encontrar su 
tierra, su fertilidad gruesa y sensual en la masa de cabellera trenzada. 

Trabajaba con la cabeza agachada sobre los papeles, indiferente a el, indiferente al trabajo de 
los otros, servil, manual, tan distinto del de ella, empehada en encontrar una buena frase, llamati- 
va, catchy, para un anuncio televisivo de la Pepsi Cola. El sintio incomodidad, miedo de distraerla 
con el movimiento de sus brazos sobre el cristal. Si ella levantaba la cara, ^lo haria con enojo, 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

molesta por la intrusion del trabajador? 

^Corno lo miraria, cuando lo volviese a mirar? 

— Cristo — se dijo ella en voz baja — . Me advirtieron que vendrian trabajadores. Espero que es- 
te hombre no me este observando. Me siento observada. Me estoy enojando. Me estoy distrayen- 
do. 

Levanto la mirada y encontro la de Lisandro. Queria molestarse pero no pudo. Habia en ese 
rostro algo que la asombro. No observo, al principio, los detalles fisicos. Lo que estremecio su 
atencion fue otra cosa. Algo que casi nunca encontraba en un hombre. Lucho desesperadamente 
con su propio vocabulario, ella que era una profesional de las palabras, de los lemas, una palabra 
que describiera la actitud, el rostro, del trabajador que limpiaba las ventanas de la oficina. 

La encontro con un relampagazo mental. Cortesia. Lo que habia en este hombre, en su actitud, 
en su distancia, en su manera de inclinar la cabeza, en la extraha mezcla de tristeza y alegria de 
su mirada, era cortesia, una ausencia increible de vulgaridad. 

— Este hombre — se dijo — nunca me llamaria desesperado por telefono a las dos de la madru- 
gada pidiendome excusas. Se aguantaria. Respetaria mi soledad y yo la suya. 

cQue haria porti este hombre?, se pregunto enseguida. 

— Me invitaria a cenar y luego me acompaharia hasta la puerta de mi casa. No me dejaria irme 
sola en un taxi de noche. 

El vio fugazmente los ojos castahos, grandes y profundos, cuando ella levanto la mirada y se 
turbo, bajo la suya, siguio con su trabajo, pero recordo en el mismo instante que ella habia sonrei- 
do. ^Lo imaginaba el, o era cierto? Se atrevio a miraria. La mujer le sonreia, muy brevemente, 
muy cortesmente, antes de bajar la cabeza y regresar a su trabajo. 

La mirada basto. No esperaba encontrar melancolia en los ojos de una gringa. Le decian que 
todas eran muy fuertes, muy seguras de si mismas, muy profesionales, muy puntuales, no que 
todas las mexicanas fueran debiles, inseguras, improvisadas y tardonas, no, para nada. Lo que 
pasaba era que una mujer que venia a trabajar los sabados tenia que serlo todo menos melanco- 
lica, quizas tierna, quizas amorosa. Eso lo vio claramente Lisandro en la mirada de la mujer. Tenia 
una pena, tenia un anhelo. Anhelaba. Eso le decia la mirada: Quiero algo que me falta. 

Audrey bajo la cabeza mas de lo necesario, para perderse en sus papeles. Esto era ridiculo. 
Jba a enamorarse del primer hombre que pasara por la calle, solo para romper definitivamente 
con su marido, hacerlo escarmentar, por puro efecto de rebote? El trabajador era guapo, era lo 
malo del asunto, tenia esa actitud de caballerosidad insolita y casi insultante, fuera de lugar, como 
si abusara de su inferioridad, pero tambien tenia ojos brillantes en los que los momentos de triste- 
za y alegria se proyectaban con igual intensidad, tenia una piel mate, oliva, sensual, una nariz cor- 
ta y afilada, con aletas temblorosas, pelo negro, rizado, joven, un bigote espeso. Era todo lo con- 
trario de su marido. Era — volvio a sonreir — un espejismo. 

El le devolvio la sonrisa. Tenia dientes fuertes, blancos. Lisandro penso que habia evitado to- 
dos los trabajos que lo rebajaran frente a quienes habia conocido cuando era un chico con ambi- 
ciones. Acepto una chamba de mesero en Focolare y la situacion fue muy penosa cuando tuvo 
que servir a una mesa de antiguos compaheros de la secundaria. Todos habia prosperado, salvo 
el. Los apeno, lo apenaron. No sabian como llamarlo, que cosa decirle. ^Te acuerdas del gol que 
metiste contra el Simon Bolivar? Fue lo mas amable que oyo, seguido de un embarazoso silencio. 

No servia de oficinista, habia dejado la escuela despues del tercero de secundaria, no sabia 
taquigrafia ni escribir a maquina. Ser taxista era peor. Envidiaba a los clientes mas ricos, despre- 
ciaba a los mas pobres, la ciudad de Mexico y su trafico enmarahado lo sacaban de quicio, lo po- 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

man encabronado, bravucon, mentador de madres, todo lo que no queria ser... Dependiente de 
almacen, empleado de gasolinera, lo que fuera, claro. Lo malo es que ni esas chambas habia. 
Todos estaban desempleados, hasta los mendigos eran considerados como desempleados. Dio 
gracias de haber aceptado este trabajo en los Estados Unidos. Dio gracias por los ojos de la mujer 
que ahora lo miraba directamente. 

No sabia que ella no solo lo miraba. Lo imaginaba. Iba un paso por delante de el. Lo imaginaba 
en toda clase de situaciones. Ella se llevo el lapiz a los dientes. ^Que deportes le gustarian? Se 
veia muy fuerte, muy atletico. ^Peliculas, actores, le gustaba el cine, la opera, las series de televi- 
sion, que? <^Era de los que contaban como acababan las peliculas? Claro que no. Eso se notaba 
en seguida. Le sonrio directamente, ^era de los que soportaban que una mujer como ella no resis- 
tiera la tentacion de contarle al companero como terminaba la pelicula, la novela policiaca, todo 
menos la historia personal, eso nunca se sabia como iba a terminar? 

Quizas el adivino algo de lo que pasaba por la cabeza de ella. Hubiera querido decirle con fran- 
queza, soy distinto, no te ties de las apariencias, yo no debia estar. haciendo esto, esto no soy yo, 
no soy lo que te imaginas pero no podia hablarle al cristal, solo podia enamorarse de la luz de los 
cristales que, ellos, si podian penetrarla, tocarla a ella; la luz les era comun. 

Deseo intensamente tenerla, tocarla aunque fuese a traves del cristal. 

Ella se levanto, turbada, y salio de la oficina. 

iAIgo la habia ofendido? ^Algun gesto, alguna sena suya habian sido indebidas? ^Se habia 
propasado por desconocer las formas de cortesia gringas? Se enojo con el mismo por sentir tanto 
miedo, tanta desilusion, tanta inseguridad. Quizas ella se habia ido para siempre. ^Como se lla- 
maba? ^Ella se preguntaria lo mismo? ^Como se llamaba el? ^Que tenian en comun? 

Ella regreso con el lapiz labial en la mano. 

Lo detuvo destapado, erguido, mirando fijamente a Lisandro. 

Pasaron varios minutos mirandose asi, en silencio, separados por la frontera de cristal. 

Entre los dos se estaba creando una comunidad ironica, la comunidad en el aislamiento. Cada 
uno estaba recordando su propia vida, imaginando la del otro, las calles que transitaban, las cue- 
vas donde iban a guarecerse, las selvas de cada ciudad, Nueva York y Mexico, los peligros, la 
pobreza, la amenaza de sus ciudades, los asaltantes, los policias, los mendigos, los pepenadores, 
el horror de dos grandes ciudades llenas de gente como ellos, personas demasiado pequehas pa- 
ra defenderse de tantas amenazas. 

— Este no soy yo — se dijo el estupidamente, sin darse cuenta que ella queria que el fuese el, 
asi, como lo descubrio esa mahana, cuando ella desperto y se dijo: — Dios mio, <i,con quien he 
estado casada?, ^como es posible?, <i,con quien he estado viviendo? — , y luego lo encontro a el y 
le atribuyo todo lo contrario de lo que odiaba en su marido, la cortesia, la melancolia, no importar- 
le que ella le revelara como acababan las peliculas... 

El y ella, solitarios. 

El y ella, inviolables en su soledad. 

Separados de los demas, ella y el frente a frente, una mahana de sabado insolita, imaginando- 
se. 

El y ella, separados por la frontera de cristal. ^Como se llamaban? Los dos pensaron lo mismo. 
Puedo ponerle a este hombre el nombre que mas me guste. Y el: algunos tienen que imaginar a la 
amada como una desconocida; el iba a tener que imaginar a la desconocida como una amada. No 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

era necesario decir "si". 

Ella escribio su nombre en el cristal con su lapiz de labios. Lo escribio al reves, como en un es- 
pejo: YERDUA. Parecia un nombre exotico, de diosa india. 

El dudo en escribir el suyo, tan largo, tan poco usual en ingles. Ciegamente, sin reflexionar, es- 
tupidamente quizas, acomplejadamente, no lo sabe hasta el dia de hoy, escribio solamente su na- 
cionalidad, NACIXEM. 

Ella hizo un gesto como pidiendo algo mas, dos manos separadas, abiertas; — ^algo mas? No, 
nego el con la cabeza, nada mas. 

De abajo comenzaron a gritarle, que haces tanto tiempo alia arriba, no has terminado, no seas 
gijevon, rapido, ya dieron las nueve, tenemos que jalarnos al siguiente edificio. 

^Algo mas?, pedia el gesto, pedia la voz silenciosa de Audrey. 

El acerco los labios al cristal. Ella no dudo en hacer lo mismo. Los labios se unieron a traves 
del vidrio. Los dos cerraron los ojos. Ella no los volvio a abrir durante varios minutos. Cuando re- 
cupero la mirada, el ya no estaba alii. 



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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

LA APUESTA 

A Cesar Antonio Molina 



Pais de piedra. Lengua de piedra. Sangre y memoria de piedra. Si no te escapas de aqui, tu 
mismo te convertiras en piedra. Vete pronto, cruza la frontera, sacudete la piedra. 

Lo citaron a las nueve de la manana en el hotel para salir a Cuernavaca y regresar esa misma 
noche. Tres viajeros nada mas. Una turista norteamericana, eso se veia a la legua, rubia, descolo- 
rida, vestida de tehuana o algo asi. Un mexicano que no le soltaba la mano, un nacoleon de mie- 
do, moreno y bigoton, con camisa morada. Y una mujer que el no supo ubicar bien, blanca, un po- 
co seca, flaca, con tacon bajo, falda ancha y sueter de lana tejido en casa. Usaba el pelo restirado 
y de no ser tan blanca, Leandro Reyes hubiera creido que era una criada. Pero hablaba fuerte, 
sonado, sin complejos y con acento gachupm. 

Leandro estaba acostumbrado a toda clase de combinaciones en sus viajes de chofer de turis- 
mo y esta no era ni mejor ni peor que todas las demas. La espanola se sento enfrente, al lado de 
el, y la pareja del mexicano y la gringa se acurrucaron juntos detras. La gachupina le guino el ojo 
a Leandro y meneo significativamente la cabeza hacia atras. Leandro no le dio entrada. El trataba 
con arrogancia a todos sus pasajeros, no fueran a creer que se las habian con un mexicanito ob- 
sequioso y sumiso. No le regreso el guino a la espanola. 

Arranco con fuerza, mas rapido de lo que queria, pero el trafico estrangulado de la ciudad de 
Mexico le hizo aminorar la velocidad. Introdujo una cinta en su casetera y anuncio que, eran des- 
cripciones culturales de sitios turisticos de Mexico, las piramides de Teotihuacan, las playas de 
Cancun y por supuesto Cuernavaca, a donde iban esta manana. El daba un servicio de altura, les 
anuncio, para gente de criterio. 

Las voces, la musica a proposito, el escape de los camiones, el aire contaminado de la ciudad, 
los adormecio a todos menos a el. Y apenas salieron a la carretera a Cuernavaca, acelero la mar- 
cha y comenzo a correr cada vez mas. Miraba por el retrovisor a la pareja de la gringa y el naco y 
le daba rabia, como siempre que un prieto de estos se aprovechaba de las primitas que venian 
buscando lo exotico, lo romantico, y acababan en manos de unos hijos de la chingada, zotacos 
repugnantes y vulgares por los que aqui ninguna vieja daria ni un quinto. Lo menos que podia 
ofrecerles era un susto. 

Manejo rapido y comenzo el mismo a repetir en voz alta las descripciones culturales de la 
casetera, hasta que el chaparro de atras se enervo y le empezo a decir, cuidado con la curva, 
oiga, ya no repita lo que dice la casetera, que cree que estoy sordo, y la gringa reia how exciting y 
solo la gachupina a su lado no se inmutaba, lo miraba a Leandro con una sonrisa de soma y 
Leandro les oecia: — Este no es un simple viaje de turismo. Es un viaje cultural. Asi me lo 
avisaron en el hotel. Si quieren cachondearse, hubieran escogido a otro, no a mi—. 

El prieto de atras se sumio; la gringa le dio un beso y el naco hundio su cara de comico de las 
carpas pero que se cree galan de telenovela en la melena rubia y ya no volvio a respingar. Pero la 
gachupina de al lado le dijo al chofer: — ^Por que haces un trabajo que no te gusta? 

Que suerte tuviste de no nacer bruto. Mira a Paquito el idiota del pueblo. Miralo como sale a 
tomar el sol a la plaza, sonriendole al sol y a la gente. Se le notan las ganas de caer bien. Pero 
aqui en tu pueblo eso cae muy mal. ^Que derecho tiene este burro a sentirse feliz solo porque 
esta vivo y el sol le brilla en las uhas, en los tres o cuatro dientes que le quedan, en los ojos casi 
siempre opacos? Miralo bien. Como si el mismo supiera que su felicidad no puede durar mucho, 
se rasca la cabeza de pelo corto con un aire perplejo. Ni peinado ni despeinado, porque es tan 
corto su pelo que lo unico importante es saber si crece o no. Crece hacia adelante, como inva- 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

diendo una frente estrecha y perpetuamente preocupada, plisada. Esta manana, el brillo de la mi- 
rada siempre muerta contrasta con el ceno fruncido. Mira hacia los arcos de la plaza. ^Hoy que 
cosa le haran? Aplaza esta idea, la echa atras como a un cajon viejo y empolvado. Pero no hay 
nada mas inmediato que la amenaza. Se queda indefenso. Se da cuenta de que esta en la mitad 
de la plaza, al mediodia, a pleno rayo del sol, a la intemperie, sin que nada lo proteja de las mira- 
das ajenas. Se Neva las manos a los ojos, los cierra, se oculta, se disfraza y se hace cada minuto 
mas evidente. Incluso los que nunca se fijan en el ahora lo estan mirando. Paquito cierra los ojos 
para que nadie lo mire de esa manera. Siente unos dolores terribles en la cabeza. Si cierra los 
ojos, el sol se muere. Los abre y mira la piedra. Pais de piedra. Lenguaje de piedra. Sangre y 
memoria de piedra. Plaza de piedra. Si no te vas de aqui, te convertiras tu mismo en piedra. 

La espanola lo observa con atencion y astucia. Primero quiso pasar por un chofer culto, que 
mostraba las bellezas de Mexico a los extranjeros. Le irritaba que otro mexicano le hiciera el amor 
a una norteamericana y no el. Le irritaba que se besuquearan en vez de oir lo que decian los ca- 
setes culturales sobre las ruinas indigenas. Quiso joderlos a todos, sobresaltarlos, corriendo a 
doscientos por hora, mezclando su aire culterano con una barbara violencia fisica. A la gachupina 
le dio pena este hombrecillo de mas de cuarenta anos, dueno de un color rubicundo, casi zanaho- 
ria, que habia notado en algunos mexicanos de la ciudad, mezcla de gente rubia y gente indigena. 
Color solferino, vamos. Obviamente, se tenia de un rojizo zanahoria la cabellera y vestia camisa 
azul con corbata y traje completo, brillante y plateado como el avion de Iberia que la trajo de vaca- 
ciones a Mexico cuando gano el concurso de la mejor guia de turistas de las cuevas de Asturias. 

Vamos, la gente se puso como loca de que le tocara a ella pero asi era la suerte, ni modo. 

Este hombre no sabia que los dos tenian el mismo empleo pero ella no acababa de entenderlo 
y se divirtio en el camino viendo las caras que ponia, pues todas eran de una falsedad risible, eno- 
jado siempre, despectivo, dandose aires de sabihondo un minuto, de macho salvaje y sin temores 
al siguiente, enervado por la pareja envidiada que iba atras, pero mas enervado, concluyo la es- 
panola, porque ella sonreia, lo miraba fijamente y no se dejaba impresionar. 

— cQue me mira, pues, sehora? — dejo escapar al fin, entrando a Cuernavaca— . ^Que tengo 
dos cabezas o que? 

— No me has contestado. <i,Por que haces un trabajo que no te gusta? 

— cQue nos conocemos o que? ^De cuando aca nos tuteamos? 

— En Espaha todos nos tuteamos. 

— Eso sera alia. Aca nos respetamos. 

— Respetate a ti mismo primero, entonces. 

La miro con colera y desconcierto. ^Que iba a hacerle, pegarle, bajarla del auto, abandonarla 
en Tres Marias? No podia. ^Lo corrian de la chamba? De repente. Siempre tenia ese miedo aun- 
que la cosa era que siempre le toleraban sus impertinencias. Esa era su apuesta: Se audaz, im- 
ponte, no te midas, Leandro, corre el riesgo de que te despidan, y ya veras como en casi todos los 
casos, la gente se hace chiquita, no quieren complicaciones, te toleran tus groserias. Algunos no, 
y entonces te la juegas, los bajas del coche en plena sierra de Guerrero, los desafias a que sigan 
a pata a Chilpancingo, a ver, te denuncian en el hotel, tu sales por los fueros de tu dignidad, quien 
no tiene sus broncas con los pinches turistas altaneros estos, si quieren llevamos el asunto al sin- 
dicato, seguro que los compaheros se solidarizan conmigo, ^quieren una huelga de choferes que 
no solo afecte este mugroso hotel, sino a todos los de la ciudad? Te caiman, te dan la razon, la 
gente es abusiva, no respeta el trabajo de un chofer, de piano nos dan trato de ruleteros y nomas 
no, somos choferes de turismo culto, europeo, japones, con ellos nunca hay bronca, los respeta- 
mos, nos respetan, damos servicio de altura, las broncas son solo con los gringos y los nacos... 



Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

Pero esta vieja era espanola y el no sabia por donde torearla. Si solo estuvieran la gringa y el 
rascuache bigoton ese besuqueandose alia atras, sin prestar atencion a las explicaciones cultura- 
les, tratandolo como si fuera un vulgar afrochofer, un cafre del volante, sin darle su lugar... <i,Se lo 
daba ella? Lo observaba con una sonrisa que quizas era mas insultante que una mentada, vaya 
usted a saber, y el la observaba a ella, sintiendo que le gustaba ser mirada asi, sin comprenderla, 
como si ella tambien fuese un misterio, mas un misterio ella para el, que el para ella. 

— Vamos — dijo bruscamente la espanola — que tu y yo hacemos lo mismo. Yo tambien soy 
guia de turistas. Pero por lo visto a mi si me gusta mi trabajo y tu no haces mas que repelar, cono. 
iPara que lo haces si no te gusta? No seas gilipollas. Dedicate a otra cosa, so bruto, que ocupa- 
ciones hay de sobra. 

No supo que contestar. A Dios gracias, la gasolinera estaba a la vista. Se detuvo y bajo rapi- 
damente. Hizo todo un show con los muchachos del servicio. Los abrazo, se dijeron de madres, 
dejo que le saliera todo lo broza, se picaron el ombligo, se dijeron albures, se hicieron guihos de 
lepero, los de la gasolinera le preguntaron si llevaba buena carga, el guiho, le dijeron que se apro- 
vechara, los turistas eran todos pendejos, pero traian lana, ^por que ellos y nosotros no?, andale 
compadre, echate un trago de raiz para amenizar el viaje... 

La espanola se asomo y le grito a Leandro: — Si tomas un trago, te denuncio y aqui nos baja- 
mos todos, so bandido. jYa deja de comportarte como un machito de mierda y ven a cumplir con 
tu obligation, hijo de puta! 

Todos los dependientes se carcajearon de lo lindo, se agarraron las panzas, se azotaron los 
muslos de risa, se abrazaron nalgueandose entre si, voytelas, Leandro, ^ya te casaste? i<D es tu 
suegra?, ya te metieron en cintura, ^verdad?, ya ni te acerques por aqui, pendejo, ya te pusieron 
lacoyunda, buey... 

Arranco con la cara colorada. 

— ^Por que me hace pasar verguenzas, sehora? Yo la trato a usted con respeto... 

— Anda, tu, mi nombre es Encarnacion Cadalso, pero todos me dicen Encarna. Vamos a pasar- 
la bien. Ya no te hagas de tripas corazon. Dejame enseharte a pasarla bien. Joder, que a mi no 
me engahas. No eres mas que un inseguro disfrazado de arrogante. Jodes a los demas, y te 
amargas a ti mismo. Vamos para Cuernavaca, dicen que es un lugar primoroso. 

Plaza de piedra. Miradas de piedra. El idiota mira al grupo de gamberros sentados en el cafe. 
Tu estas con ellos. Ellos lo miran a Paquito. Hacen apuestas. — Si le pegamos, ^se defiende o 
no? — Si no se defiende, <i,se va o se queda? — Si se queda, ^es para que lo ataquemos mas?, 
^le gusta sufrir al gilipollas?, i° s °l° quiere cansarnos y que lo dejemos en paz? Pais de piedra: 
todo aqui se va en apuestas; la apuesta ^llueve o no?, o ^hara frio o calor?, ^Atletico o Real Ma- 
drid?, ioreja o cornada para Espartaco?, ^la Menganita es virgen o no?, ^el Fulanito es marica o 
no?, ^el doctor Centeno se tine el pelo?, ^la Zutana usa dientes postizos?, Ja boticaria se inyecto 
las tetas postizas?, ^cuanto apuestas?, ^quienes son los habitantes de este pueblo que se atre- 
ven a dejar sus puertas sin cerrar?, ^cuantos son los valientes que las dejan abiertas?, ^cuanto 
apuestas? 

La parejita de la gringa y el naco se dedicaron a contemplar la barranca desde la terraza del 
Palacio de Cortes, agarraditos de la mano y riendo como bobos. Encarna y Leandro estudiaron, 
en cambio, los murales de Diego Rivera sobre la conquista y ella dijo, ^en verdad fuimos asi de 
malos?, y Leandro no supo que decir, el no estaba alii para dar juicios de valor, asi lo vio el pintor, 
pues a ver por que hablan castellano y no indio entonces, si tanto les duelen los indios, dijo ella. 

— Eran muy valientes — dijo Leandro — . Tenian una gran civilizacion y los espaholes la destru- 
yeron. 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

— Pues entonces si tanto los quieren, a tratarlos bien hoy mismo — dijo con su tono duro y re- 
alista Encarna — , que yo los veo mas maltratados que nunca. 

Luego se detuvieron en una sala donde Rivera pinta todo lo que Europa le debe a Mexico: cho- 
colate, maiz, tomate, chile, guajolote... 

— Atiza — exclamo la Encarna — si pusiera todo lo que Mexico le debe a Europa, no le alcanzan 
todas las paredes del alcazar este... 

Leandro acabo por reir con las ocurrencias de la gachupina tan desenfadada y cuando se sen- 
taron en el cafe frente al Palacio a tomar unas cervezas bien Mas, al rato el chofer se sintio en 
confianza y empezo a contarle como su papa de el habia sido mozo del restoran de un hotel en 
Acapulco mientras el, Leandro, de chiquito, se vio obligado a vender dulces en las calles del puer- 
to. Pues mas digno se sentia el con su caja de dulces en las calles que su papa obligado a vestir- 
se de chango y a caravanear a cuanto hijo de la madrugada llegara a comer ahi. 

— Me daba pena cada vez que lo veia vestido de filipina y con una servilleta en el brazo, aco- 
modando sillas, siempre agachado, agachado siempre, eso es lo que no aguanto, la cabeza 
siempre gacha, me dije yo asi no, yo lo que sea pero no agacho la cabeza. 

— Oye, quizas tu padre era simplemente un hombre cortes, por naturaleza. 

— No, era agachado, sumiso, esclavo, como casi todos en este pais, unos lo pueden todo, muy 
poquitos, la mayoria estan jodidos para siempre, no pueden nada. Unos cuantos chingones escla- 
vizan a una bola de agachados. Asi ha sido siempre. 

— Como cuesta subir, Leandro. Admiro tu esfuerzo, pero no te amargues. No te la pases d- 
ciendo por que ellos si y yo no. No dejes pasar tus propias oportunidades, hombre. Agarralas del 
rabo, que nunca se presentan dos veces. 

Le pregunto por que se llamaba Leandro. 

— Encarnacion es un bonito nombre. ^Quien te lo puso? 

— Hombre, pues Dios mismo. Naci el dia de la Encarnacion. ^Y tu? 

— Por Leandro Valle. Es un heroe. Naci en la calle que Neva su nombre. 

Le conto como de adolescente dejo de vender dulces y paso a ser cuidador de un club de golf 
en Acapulco. 

— ^Sabes una cosa? Me quedaba a dormir de noche en la pelusa del campo de golf. Nunca 
habia tenido una cama mas suave. Hasta me cambiaron los suehos. Hasta decidi ser rico un dia. 
Ese pasto suave me arrullaba, fue como mi verdadera cuna. 

— Tu padre te ayudo? 

— No, ese es el punto. No queria que subiera. Te vas a dar un porrazo, me decia. No trates de 
ser mas de lo que eres. Me negaba oportunidades. Supe por mis cuates de la gerencia del hotel 
donde el trabajaba que se callaba los ofrecimientos que me hacian por ser su hijo, para estudiar, 
para manejar un coche. El nomas queria que fuera mozo, como el. No queria que yo fuera mas 
que el. Esa es la cosa. Tuve que tomar las oportunidades por mi mismo. Cuidador del club de golf. 
Caddy. Conductor de los carritos. Chofer al fin. Adios, Aca. Ya nunca volvi a ver a mi padre. 

— Y te entiendo. Pero no tienes por que ser grosero solo porque tu padre era mesero y cortes. 
Tienes que servir, tu como yo. ^Que ganas con decir todo el dia: tengo que hacer esto, pero no 
me gusta?, No te desquites ofendiendo al cliente. No es de hombres bien nacidos, vamos. 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 



Se abochorno Leandro. Ya no hablo un rato y luego aparecieron entre los laureles la gringa y el 
galancete haciendo senas de regresar a Mexico. Ya les andaba. 

Leandro se puso de pie y se coloco detras de Encarna. Le retiro la silla para que se levantara. 
Ella se alarmo. Nunca nadie le habia hecho esa cortesia. Hasta tuvo miedo. ^Iba a pegarle? Pero 
el tampoco supo de donde le salio el gesto. 

Regresaron en silencio a la ciudad de Mexico. La parejita se durmio abrazada. Leandro condu- 
jo con buen paso. Encarna miro el paisaje: del aroma tropical a los pinos helados al smog del alti- 
plano, la corrupcion capturada entre montanas carcelarias. 

Cuando llegaron al hotel, el naco ni miro a Leandro, pero la norteamericana le sonrio y le dio su 
buena propina. 

Solos, Leandro y Encarna se miraron largo rato, cada uno sabiendo que nadie los habia mirado 
asi en mucho tiempo. 

— Sube conmigo — le dijo ella — . Mi cama es mas suave que la pelusa de un campo de golf. 

Una noche recorrieron juntos todas las casas, puerta tras puerta, para ver quien ganaba la 
apuesta de las puertas abiertas, y las encontraron todas con Haves, candados o trancas, solo la 
puerta del tarado estaba abierta, la puerta del desvan donde duerme el Paquito abierta y el idiota 
dormido en una cama de tablas, dormido un segundo, despierto el siguiente, fregandose los ojos, 
perplejo, siempre. La unica puerta sin candado y otra apuesta fracasada: el desvan del Paquito no 
era una pocilga, relucia de limpio, era una tacita de plata, pero los desconcerto, lo regaron con 
cocacolas y salieron riendo y gritando. Al dia siguiente el tonto evita mirarles a ti y a tus amigos, 
se deja querer por el sol y ustedes apuestan otra vez: si nada mas toma el sol, lo dejamos en paz; 
pero si se mueve por la plaza como si fuera el dueno y senor, le pegamos. Un tarado no puede 
ser un senor. Los senores somos nosotros, que lo podemos todo. ^Quien dice lo contrario? Paqui- 
to se movio, guinando los ojos, mirando al sol y ustedes gritaron en son de burla y empezaron a 
bombardearlo primero de migajon, luego de panecillos duros y al cabo de tapas de botella y el 
idiota cubriendose con las manos y los brazos solo repetia dejadme, dejadme ya, mirad que yo 
soy bueno, yo no os hago dano, dejadme en paz, no me obligueis a irme del pueblo, mirad que va 
a venir mi padre a cuidarme, mi padre es muy fuerte... Cono, les dijiste, si no le estamos dando 
mas que migajonazos, y algo estallo dentro de ti, incontrolable, te levantaste de la mesa, la silla se 
volteo, te arrojaste de la sombra de los arcos al sol de la plaza y alii arremetiste a punetazos co- 
ntra el bobo que chillaba, yo soy bueno, ya no me pegueis, entre los dientes podridos y la boca 
sangrante, se lo contare a mi padre, sabiendo todo el tiempo que lo que realmente querias era 
pegarle a tus amigos, los gamberros, tus gendarmes, los que te tenian prisionero en esta carcel 
de piedra, en este pueblo de mierda. A ellos querias sacarle la sangre, matarlos a punetazos, no a 
este pobre diablo sobre el que vertias tu injusticia, tu inseguridad, tu fraternidad violada, tu ver- 
gijenza... Vete, vete. Apuesta a que te vas a ir. 

Fue una noche muy linda. Los dos gozaron mucho, se encontraron y luego se perdieron. Con- 
vinieron en que era un amor imposible, pero habia valido la pena. Como decia la Encarna, la 
oportunidad se coge del rabo, solo se presenta una vez y luego jpuf!, como por encanto 
desaparece. 

Se escribieron durante los primeros meses. El no sabia expresarse muy bien, pero ella le daba 
confianza. 

Su seguridad en si mismo habia tenido que fabricarla como se hace un monigote de arena en 
la playa, defectuoso y expuesto a que se lo barra la primera ola. Ahora, conociendo a Encarna, 
sentia que todo lo falso y mamarracho de su vida se iba quedando atras. Pero coma el riesgo de 
volver a ser el de siempre si la perdia, si no la volvia a ver. Era del carajo tener que servir, lidiar 
con clientes majaderos, soberbios, que ni lo miraban siquiera, como si fuera de cristal. Le regre- 
saban sus malos modos, sus desplantes, sus groserias. Le regresaba el coraje. De chico, pateaba 

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los arbotantes de Acapulco de pura rabia por ser lo que era y no lo que queria ser. ^Por que ellos 
si y yo no? La otra noche, afuera de un restoran de lujo, hizo lo mismo, no se pudo contener, co- 
menzo a patear las defensas de los coches estacionados, los otros choferes lo tuvieron que con- 
tener, ahora si se iba a meter en un lio mayusculo, este coche era el del ministro X, este del jerar- 
ca del PRI, este del que compro la paraestatal Z... 

Que suerte que en ese momento salio del restoran el millonario norteno y ex ministro don Leo- 
nardo Barroso buscando a su chofer y el encargado del Valet parking le dijo que se habia sentido 
mal y se habia ido dejando las Haves del coche del sehor. Barroso tambien estallo en colera, jpais 
de irresponsables! y de repente se vio retratado en la del pobre Leandro, como que se vio retrata- 
do en la muina de un pobre chofer de turismo estacionado alii esperando clientela y pateando ar- 
botantes, y solto una gran carcajada. Se calmo gracias a ese encuentro, a esa comparacion y a 
esa identificacion. Se calmo tambien porque llevaba del brazo a una mujer divina, un autentico 
cuero de melena larga y barba partida. Esa mujer se imponia al sehor Barroso, lueguito se notaba. 
Lo traia enculado, que ni que. 

Don Leonardo Barroso le pidio a Leandro que los llevara a su casa a el y a su nuera y tanto le 
gusto como manejaba el chofer, y su discrecion y apariencia, que lo contrato para ir en noviembre 
a Espana. Tenia negocios alii y necesitaba quien le manejara a su nuera, que lo iba a acompahar. 
El muy desconfiado de Leandro, tras el primer alborozo, se pregunto si este hombre alto, podero- 
so, que las podia de todas todas, veia en el chofer a un eunuco insignificante que podia pasear 
sin peligro a la "nuera" mientras el se ocupaba de sus "negocios". Pero como iba a repelar. Se 
trago la falta de confianza y se dijo que si ellos se la tenian a el, por que no la iba a tener el con 
sus patrones. 

Sus patrones. Era algo distinto a pasear turistas. Era un ascenso, luego se veia que el sehor 
Barroso era hombre fuerte, un jefe que inspiraba respeto y tomaba decisiones rapidas. A Leandro 
no le dolian prendas, a alguien asi se le podia servir con dignidad, con gusto, sin humillarse. 
Ademas — escribio volando a Asturias — iba a ver otra vez a Encarna. 

Habian apostado que el que le diera una buena paliza a Paquito recibiria un boleto de autobus 
del pueblo al mar ida y vuelta. Y aunque Portugal estaba mas cerca de Extremadura, ese era un 
pais gallego, poco digno de confianza, donde hablaban muy raro. En cambio Asturias, aunque 
mas lejos, era mar de Espana y como decia el himno, era "patria querida". Resulta que el tio de 
uno de tus amigos gamberros era chofer de lineas y podia hacerles un favor. Era vasco y enten- 
dia que el mundo se movia apostando, solamente apostando. Hasta las ruedas del autobus — les 
dijo con aire de filosofo — eran movidas por la apuesta de que los accidentes eran posibles pero 
improbables. "A menos que un chofer le apueste a otro que le gana la carrera de Madrid a Ovie- 
do", se ho el tio del gamberro. No te sorprendio que para encontrar al tio y pedirle el favor, a nadie 
aqui se le ocurriera usar el telefono ni mandar un telegrama, sino escribir una nota a mano, sin 
copia ni sobre, enviada por relevos de choferes de autobus. Por eso paso tanto tiempo entre la 
golpiza que le diste al Paquito y la supuesta salida al mar. Paso tanto tiempo que casi pierdes la 
apuesta que ganaste, porque hubo otras, aqui se la vivian apostando. Cien duros a que el Paquito 
no se aparecera mas por la plaza despues de la golpiza que le diste. Doscientos a que si y si no 
se aparece, mil pesetas a que se fue del pueblo, dos mil a que se murio, seis perras a que anda 
escondido. Fueron a la puerta del desvan donde dormia el idiota. Reinaba un gran silencio. Se 
abrio la puerta. Salio un viejo vestido de negro, con el sombrero negro hundido hasta las orejas 
inmensas y la barba gris, de tres dias, picandole el cuello bianco de la camisa sin corbata. El lobu- 
lo de la oreja tenia tanto pelo que parecia un animal recien parido. Un lobezno. Te guardaste esta 
comparacion. A ninguno de tus compaheros les gustaban esas cosas tuyas, tus comparaciones, 
tus alusiones, tu interes por las palabras. Lengua de piedra, caida de la luna, en un pais donde el 
deporte preferido era mover piedras. Cabezas de piedra: que nada entre en ellas. Salvo una nue- 
va apuesta. Las apuestas eran como la libertad, eran la inteligencia, eran la hombria, todo junto. 
cPor que sale este viejo enlutado de la choza donde vivia el Paquito? <i,Se murio el Paquito? To- 
dos se miraron entre si con una mezcla extraha de curiosidad, miedo, burla y respeto. jQue ganas 
de apostar y dejar de tener dudas! Por una vez, cada mirada de tus amigos era distante. Este 
hombre imponente, lleno de autoridad en medio de su pobreza, le arrancaba a cada uno de uste- 

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des una actitud diferente, inesperada. No eran, por una vez, la manada de lobos jovenes, comien- 
do juntos en la noche. Risa, respeto y miedo. ^Se murio el Paquito? <i,Por eso andaba de luto este 
viejo de piedra que aparecio en la casa del idiota? ^Dos mil pesetas de apuesta? Todos se que- 
daron callados cuando les dijiste que la apuesta no valia, no se podia saber si el Paquito ya no iba 
a la plaza porque se habia muerto y en su casa estaban de luto, porque aqui todo el mundo anda- 
ba siempre de luto. ^No se habian dado cuenta? En este pueblo el luto es perpetuo. Siempre hay 
un muerto. Siempre. Y va a haber mas, dijo con una voz de trueno el viejo enlutado. Vamos a ver 
si ustedes solo saben golpear a un nino indefenso. Vamos a ver si ustedes son hombrecitos de 
coraje y de honor, o como yo me lo sospecho, una punta de maricones gamberros de mierda. 
Hablo el viejo y tu sentiste que tu vida ya no era tuya, que todos los planes se iban a venir abajo, 
que todas las apuestas se iban a juntar en una sola. 

Encarna no esperaba verlo otra vez. Titubeo. No iba a cambiar de aspecto ni de vida. Que la 
viera en su salsa, como era todos los dias, haciendo lo que hacia para ganarse el pan. Pan de 
chourar, recordo para si, el pan de la novia era pan de llanto en estas tierras. 

El ya sabia donde encontrarla. De nueve de la mahana a tres de la tarde, de abril a noviembre. 
El resto del tiempo, la cueva estaba cerrada para evitar el deterioro de las pinturas. La respiracion, 
el sudor, las tripas de los hombres y de las mujeres, todo lo que nos da vida, se la quita a la cue- 
va, la desgasta, la pudre. Las pinturas de ciervos y bisontes, los caballos pintados a carbon, el 
oxido y la sangre de la caverna, son mortalmente combatidos por el oxido y la sangre de los hom- 
bres. 

A veces Encarna sohaba con esos caballos salvajes, pintados hace veinticinco mil ahos, y du- 
rante el tiempo de invierno, cuando la cueva se cerraba al publico, los imaginaba condenados al 
silencio y a la oscuridad, esperando la primavera para volver a cabalgar. Enloquecidos de hambre, 
ceguera y amor. 

Era una mujer sencilla. Es decir: a nadie le comunicaba sus suehos. A los turistas que venian 
hasta aqui solo les decia, laconicamente: — Muy primitive Esto es muy primitive 

Llovia a cantaros ese dia de noviembre, poco antes de que se cerrara la cueva y para llegar 
hasta ella Encarna se habia puesto sus buenas botas de hule. El camino de su casa a la entrada 
de la cueva era un empinado sendero de barro. El lodo le subia hasta los tobillos. Se cubria la ca- 
beza con una paholeta rustica, pero aun asi unas hebras mojadas le cubrian la cara y debia cerrar 
los ojos y pasarse la mano por el rostro continuamente, como si llorara. La cazadora que traia 
puesta no era impermeable, sino una lana con cuello de conejo, y no olia bien. Sus faldones cu- 
brian otro par de enaguas que la convertian en cebolla bien protegida. Tenia puestas varias me- 
dias de lana, unas encima de otras. 

No habia nadie esa mahana. Espero en vano. Pronto se cerraria la cueva, la gente ya no ve- 
nia. Decidio entrar sola y decirle adios a la cueva que pronto entraria a su siesta de invierno. Que 
mejor manera de hacer sus adioses que poner sus propias manos sobre una huella dejada en la 
piedra por otra mano miles y miles de ahos antes. Era extraho. La huella era color de carne, ocre, 
y del tamaho exacto de la mano de Encarnacion Cadalso. 

Le emociono pensar esto. Le gusto darse cuenta de que pasaban siglos pero la mano de una 
mujer cabia perfectamente en la de otra mujer, o quizas la de un tombre, un marido, un hijo, 
muertos pero vivos en la herencia de la piedra. Esa mano la llamaba, le pedia a Encarna su propio 
calor para no morirse del todo. 

Grito la mujer. Otra mano, viva esta, caliente, callosa, se poso sobre la suya. El fantasma del 
muerto que dejo su huella alii habia regresado. Encarna volteo el rostro y en la tenue luz encontro 
el de su novio mexicano, su novio, si, Leandro Reyes, tomandole la mano a ella en el lugar mismo 
donde vivian y palpitaban, no solo ella, sino su pais, su pasado, sus muertos... ^La aceptaria co- 
mo era, donde era, no en el glamour — se dijo la palabra tan leida en las revistas — de un viaje 
turistico a Mexico? 

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No es que tuviera que forzarlos. Todos estaban preparados para asumir una apuesta, ya lo 
sabias. En eso te criaste. En eso vivian tu y tus amigos. Pero este ser casi sobrenatural que los 
recibio sorpresivamente en el desvan donde vivia Paquito, les puso muy alta la postura, les com- 
prometio la vida y el honor en su desafio. Era como si todos los ahos de la ninez y ahora de la 
adolescencia se precipitaran como en una catarata inesperada, desesperada, borrando todo lo 
anterior, y todos los desplantes, las burlas, las crueldades de unos contra otros pero sobre todo de 
los mas fuertes contra los mas debiles, se fundiesen en un solo filo de plata, punzante y cegador. 
Ni un paso mas sobre la tierra, les estaba diciendo el hombre de cuello sin corbata y traje de luto, 
si antes no dan este paso mortal que yo les propongo. 

Uno de los gamberros quiso agredirlo; el hombron de las orejas peludas lo levanto como un 
gusano y lo estrello contra la pared; a otros dos que se mostraron desafiantes, les junto las cabe- 
zas en un golpazo hueco y petreo a la vez, dejandolos aturdidos. 

Dijo que era el padre del Paquito y no tenia la culpa de la memez de su hijo. Ni daba explica- 
ciones. Tambien era padre de uno de ellos, dijo de una manera sobria pero sobrecogedora, y pa- 
seo la mirada entre los nueve gamberros, dos noqueados, uno tirado de espaldas contra el muro. 
No iba a decirles de cual — mostro los dos o tres dientes largos, amarillos, que le quedaban — 
porque iba a escoger a uno solo, el que agredio al Paquito. A ese lo iba a distinguir. A ese lo iba a 
desafiarcomo hombre. 

— Apuesten si quieren, ^con cual de sus madres me acoste un dia? Piensenlo mucho antes de 
atreverse a ponerle la mano encima otra vez a mi hijo el Paquito, y piensen que es el hermano de 
uno de ustedes. 

No dijo si el idiota estaba vivo o muerto, malherido o recuperado y se regocijo viendo las caras 
de los nueve hijos de puta que sin embargo hubiesen querido apostar antes a todas estas alterna- 
tivas. Los mando callarse con su mirada y esta ordenaba: Que de la cara el que le dio la zurra al 
Paquito. 

Diste un paso adelante, con los brazos cruzados sobre el pecho, sintiendo que los vellos que 
se asomaban por tu camisa mugrosa, sin botones, te brotaban subitamente hasta convertirse en 
selva macha, campo de honor para tus diecinueve ahos. 

El hombron no te miro con odio ni con burla, sino seriamente. Habia salido de la carcel la se- 
mana anterior — se desarmo al decir esto, pero los desarmo— , y tenia tres cosas que decirles. 
Primero, de nada servia delatarlo. Eran brutos, pero que no se les ocurriera. Juraba acabar con 
ellos como si fuesen moscas. Segundo, en sus diez ahos de carcel acumulo una suma de dos- 
cientas mil pesetas de sus terrenos, sus pensiones militares, sus herencias. Una pitanza. Ahora la 
apostaba. La apostaba. Todo lo que tenia. 

Te miraron tus compaheros. Sentiste sus miradas idiotas, temblorosas, a tus espaldas. «<,Cual 
era la apuesta? Te la envidiaban. Doscientas mil pesetas. Para vivir como rey un monton de tiem- 
po. Para vivir. O cambiar de vida. Para hacer la regalada gana. Detras de ti, todos aceptaron la 
apuesta aun antes de conocerla. 

— Vamos a cruzar el tunel de los Barrios de La Luna. Es uno de los mas largos. Yo voy a 
arrancar del lado del norte y tu — te miro con un desprecio mortal del lado del sur. Cada uno con- 
duciendo un carro. Pero cada uno en sentido contrario a la circulacion. Si los dos salimos ilesos, 
nos repartimos el dinero. Si yo no salgo del tunel, tu te lo quedas. Si tu no sales, me lo quedo yo. 
Si no sale ninguno, que se lo repartan tus amigos. A ver que dice la suerte. 

Leandro le quito delicadamente la paholeta, le meso el pelo humedo, le beso avorazadamente 
la cara mojada, sin pintura, mas arrugada de lo que parecia en Cuernavaca, pero cara de ella y 
ahora de el. 

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Mas tarde, acostados en el camastro de Encarna, abrazados para veneer ese sabroso frio de 
noviembre que reclama la cercania de la piel desnuda con su companera, bajo una manta de lana 
gruesa, frente a un fuego encendido, se confesaron su amor, y ella dijo que amaba su trabajo y su 
tierra. No esperaba nada, lo admitia. La verdad — rio — es que hace tiempo que nadie volteaba a 
verla. El fue el primero en muchisimo tiempo. No queria saber si habra un segundo. No, no lo 
habra. Antes, amorios si, no era monja. Pero amor de verdad, amor sincero, solo este. Podia es- 
tar seguro de su fidelidad. Por eso le contaba estas cosas. 

Mas y mas, en brazos de la Encarna, Leandro sintio que ya no tenia que fingir nada, el tiempo 
de la inseguridad y de la fanfarronada quedaba atras, ya nunca mas diria "todos estamos jodidos", 
de ahora en adelante diria "asi somos, pero juntos podemos ser mejores". 

Ella le conto el sueno de la caverna, que a nadie mas le habia dicho nunca, que tristeza le da- 
ba dejar a esos caballos solos, muertos de frio, en la oscuridad, entre noviembre y abril, cabal- 
gando sin destine El le pregunto si se atreveria a dejar su tierra y venirse a vivir a Mexico. Ella 
dijo si muchas veces y lo beso entre si y si. Pero le advirtio que el pan de las novias en Asturias 
es pan de llanto. 

— Me haces sentirme distinto, Encarnita. Ya no estoy a las patadas con el mundo. 

— Creia que si me encontrabas aqui, en medio del lodo y con la cara lavada, ya no te iba a gus- 
tar. 

— Vamos haciendonos viejos juntos, ^que te parece? 

— Vale. Aunque yo prefiero que seamos siempre jovenes juntos. 

Lo hizo reir, sin rubor, sin machismo, sin complejos, sin resentimiento o desconfianza. Le tomo 
la mano con mucho carino y le dijo, como para ya no volver a hablar del otro Leandro: — Vamos, 
que lo he entendido todo. 

Ella habia temido que el se desilusionara viendola aqui, en su salsa, como ahora, con la fraza- 
da echada a los hombros y las medias de lana y los zapatos con zancos para ir a atizar el fuego. 
Recordaba la dulzura de Cuernavaca, sus perfumes calidos, y ahora se veia en este pais de zan- 
cos, gente con zuecos, casas con zancos, aqui mismo donde ella vivia, un horreo levantado sobre 
zancos para evitar la humedad, el lodo, la lluvia torrencial, la "hecatombe de agua", como le dijo a 
Leandro. 

La invito a pasar el fin de semana en Madrid. Su jefe el sehor Barroso y su nuera, la sehora Mi- 
chelina, volaron a Roma. Queria pasearla, enseharle la Cibeles, la Gran Via, la Calle de Alcala y 
El Retire 

Se miraron y no tuvieron que decir las palabras de su acuerdo. Somos dos solitarios y ahora 
estamos juntos. 

El viejo vestido de negro, con el sombrero negro clavado hasta las orejas peludas, conduce la 
camioneta y no te mira nunca; quiere estar seguro de que vas junto a el y cumpliras tu parte de la 
apuesta. 

No te mira pero te habia. Es como si solo su voz te reconociera, jamas su mirada. Su voz te da 
miedo, soportarias mejor su mirada, por terribles, encarcelados, justicieros que sean sus ojos. A- 
go que nunca habias pensado te habia adentro de tu pecho, como si alii, en tu aliento capturado, 
pudieses hablar con tu carcelero, el prisionero que termino de cumplir su sentencia, salio al mun- 
do y en seguida te hizo prisionero a ti... 

Tu y tus amigos tampoco se miraban entre si. Tenian miedo de ofenderse con la mirada. El 
contacto de los ojos era peor, mas peligroso que el de las manos, el sexo, la piel. Era preciso evi- 

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tarlo. Ustedes eran muy hombres porque nunca se dirigian la mirada, caminaban por las calles del 
pueblo mirandose las puntas de los zapatos y a los demas, invariablemente, los veian con algo 
feo, desden o provocacion, burla o inseguridad. Pero el Paquito si te miro, te miro derecho, muerto 
de susto pero directo, y eso no se lo perdonaste, por eso lo agarraste a golpes, le zurraste... 

Pasan cien, doscientos venados color de durazno maduro corriendo por las tierras de 
Extremadura, como si buscaran el refuerzo final de su numero. El viejo los mira y te dice que no 
mires a los venados, que mires arriba, a los buitres que circulan ya en espera de que algo le 
ocurraa un venado... 

— Hay jabalies tambien — dijiste por decir algo, por animar la conversacion con el padre, el 
verdugo, el vengador del idiota Paquito. 

— Esos son los peores — tecontesto el viejo — . Son los mas cobardes. 

Dijo que los jabalies viejos, antes de bajar al agua, mandaban por delante a los crios y a las 
hembras, a los machos jovenes y a las hembras, guiados por el viento y el olfato para comunicarle 
al jabali viejo que el camino estaba libre para ir a beber. Solo entonces descendia al agua el viejo 
jabali. 

— A los machos jovenes que van por delante los llaman escuderos — dijo el viejo, primero con 
seriedad, luego ganado poco a poco por la risa— . Los jovenes escuderos son los que son caza- 
dos, los que mueren. En cambio el jabali viejo cada vez sabe mas por viejo, deja que los crios y 
las hembras se sacrifiquen por el... 

Ahora si, ahora si volvio a verte con una mirada roja, encendida como una brasa reavivada, la 
ultima brasa en el centra de la ceniza que todos creian muerta. 

— Se ponen grises de viejos. Los jabalies. Salen solo de noche, cuando los crios ya fueron ca- 
zados o regresaron vivos a decir que el camino esta despejado. 

Reiacon ganas. 

— Solo salen de noche. Se vuelven grises con el tiempo. Se les retuerce el colmillo. Jabali vie- 
jo, colmillo torcido. 

Dejo de reir y se pego con un dedo sobre los dientes. 

Te contrato el auto de este lado del tunel. No necesito decirte que confiaba en tu honor. Te de- 
jaba solo para ir del otro lado. Tomaba catorce minutos exactos cruzar el tunel de la Luna. Medina 
el tiempo de tu salida. A los quince minutos, tu te darias la vuelta para entrar otra vez al tunel y el, 
el viejo, empezaria a correr en sentido contrario. 

— Adios — dijo el viejo. 

Salieron de la carretera entre el humo de la central electrica mezclado con la neblina de las al- 
tas montahas, junto a pozos de hulla abandonados que cicatrizaban lentamente en la tierra. Los 
chicos jugaban futbol. Las viejas se encorvaban sobre las hortalizas. El hormigon, las varas, los 
bloques de cemento y los muros de contencion iban desmontando la tierra para dar paso a la ca- 
rretera y a la sucesion de tuneles que penetraban, venciendola, la Sierra Cantabrica. Era una es- 
plendida carretera y Leandro conducia el Mercedes de su jefe de prisa, con una sola mano. Con la 
otra apretaba la de su Encarna y ella le pedia ir mas despacio, Jesus, que no la asustara, se tra- 
taba de llegar vivos a Madrid, pero el que ni modo, por mas que ella lo suavizara, el tenia costum- 
bres y reacciones de macho que no iba a dejar de un dia para otro, ademas el Mercedes ronro- 
neaba como un gato, era una delicia manejar un carro que se deslizaba sobre la carretera como 
mantequilla sobre un bolillo, sonrio cuando entraron al larguisimo tunel de los Barrios de la Luna, 
dejando atras el paisaje tutelar de picachos nevados y brumas rasgadas. Leandro encendio las 

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luces como dos ojos de gato, seguido de la vieja camioneta manejada por un hombre vestido de ne- 
gro, con el sombrero negro hundido hasta las orejas inmensas y la barba gris picandole el cuello bian- 
co de la camisa sin cuello. Se rasco el lobulo de la oreja peluda. Se cuido de cambiar de carril y 
pasarse al izquierdo, exponiendose aun choque seguro. Mejorsiguio a ladistancia, con segu- 
ridad, a ese elegante Mercedes con placas de Madrid. Se carcajeo. El honor se lo dejaba a 
los gilipollas. El iba a vengar a su pobre hijo. 

Tu comas a noventa por hora, avergonzado de pensar que lo hacias para que te detuviera la po- 
licia de caminos y te impidiera entrar al tunel que se avecinaba. Te m areo el paso subito del sol duro 
a la bocanada de humo, al aliento de niebla negra dentro del tunel. Tomaste con decision el carril 
izquierdo, arrancaste en sentido contrario, diciendote que ibas a dejar la aldea de piedra, la 
lengua de piedra, eso era mejor que irse a America, esto era ser autentico, ser tu mismo, exponerte 
para ganar una apuesta, y que apuesta, doscientos mil duros , de un golpe, exponias la vida pero 
con suerte te hacias rico de un golpe, a ver si la suerte te protegia, si no te la jugabas ahora ya no lo 
harias nunca, la suerte era igual que el destino y todo dependia de una apuesta, esto era igual que 
meterse de torero, pero en vez del toro lo que avanzaba velozmente hacia ti era un par de luces en- 
cendidas, cegantes para ti y para el que conducia el carro contrario, dos cuernos luminosos, apos- 
taste: ^seria el viejo hijo de su puta madre y padre de sus putos hijos, quien, quien o quienes se- 
rian estos seres a los que ibas a darles un gran abrazo de piedra, tu con tus cuernos de toro 
luminosos tarn bien, como esos que sostienen a todas las virgenes de Espaha y de America?, 
pensaste en una mujer antes de estrellarte contra el auto que venia en sentido contrario, que era el 
sentido correcto, pensaste en el pan de las virgenes, el pan de las novias de todo el mundo, pan de 
chourar, el pan del llanto convertido en piedra. 



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RIO GRANDE, RIO BRAVO 

A David Carrasco 



Hijo de la altura, descendiente de la nieve, los hielos del cielo lo bautizan cuando brota en las 
montanas de San Juan, rompe el escudo virginal de las Cordilleras, inicia su abrupta juventud de- 
safiando canones y abriendo tajos para que pasen las aguas tormentosas de mayo a junio, pierde 
altura pero gana desierto, gasta la madurez en dejar limosnas de agua aqui y alia entre el mezqui- 
te, su vejez lujosa la dispensa en fertiles tierras labrantias y su muerte se la regala, exhausto, al 
mar no grande, no bravo, ^siempre crecieron contigo, desde la creacion, los cedros gruesos y 
aromaticos que fueron madera de tus nodrizas, siempre anunciaron tu llegada las plantas rodado- 
ras del desierto, siempre te defendieron de los intrusos las espinas del palo verde y las bayonetas 
de las yucas, siempre perfumaron tus amores los inciensos del pinon, siempre te escoltaron los 
sequitos de alamos blancos y te disfrazaron los abetos rojos, siempre te mecieron las olas color 
aceituna de tus pastos inmensos, no impidieron tu muerte las nerviosas lechuguillas enfermeras, 
no la conmemoraron los frutos negros del enebro, no lloraron los sauces tu requiem, no grande, 
no bravo, no te olvidaron el creosote, el cacto y la artemisa, tan sedientos de tu paso, tan obse- 
sionados por tu siguiente renacimiento que ya no se acuerdan de tu muerte? el no de varios pisos 
viaja de regreso a sus origenes desde las llanuras costaneras, su fertil media luna arrastra una 
capa de pantanos, el valle se ancla entre el pino y el cipres hasta que lo vuelve a levantar un vue- 
lo de palomas, llevandose el no a un mirador escarpado donde la tierra se quebro desde el primer 
dia de la creacion, bajo la mano de Dios: ahora Dios, todos los dias, le da la mano al no grande, 
no bravo, para que suba a su balcon y ruede por los tapetes de su antesala antes de abrirle las 
puertas de su siguiente estancia, el escalon que Neva sus aguas, si logran escalar los enormes 
barrancos, a los techos del mundo donde cada meseta tiene su nube fiel que la acompana y la 
reproduce como un espejo de aire, pero ahora la tierra se seca y el no nada puede hacer por ella 
salvo plantar estacas que guien su curso y el de sus viajeros, pues es aqui donde todos se perde- 
rian si no fuese por la proteccion de las montanas de Guadalupe que devuelven el no a su seno, 
no grande, no bravo, de regreso en su cueva nutricia de donde nunca debio salir rumbo al exilio 
de la sangre y el trabajo, el exilio de la muerte y la ceguera huracanada del mar que lo espera de 
nuevo para ahogarle... 

BENITO AYALA Detenido en la noche a la orilla del no, Benito Ayala estaba rodeado de 
hombres parecidos a el. Todos entre los veinte y los cuarenta anos, todos tocados con sombreros 
de petate, todos vestidos con camisas y pantalones de mezclilla, zapatos fuertes para el trabajo 
en clima frio, chamarras de colores y disenos variados. 

Todos levantan los brazos, los abren en cruz, cierran los punos, ofrecen su trabajo silenciosa- 
mente, del lado mexicano del no, esperando que alguien los note, los salve, les haga caso. Prefie- 
ren exponerse a ser fichados que dejar de anunciarse, hacerse presentes: Aqui estamos. Quere- 
mos trabajo. 

Todos se parecen, pero Benito Ayala sabe que cada uno va a cruzar el no con un costal de re- 
cuerdos diferentes, una mochila invisible en la que solo cabe la memoria particular de cada uno de 
ellos. 

Benito Ayala cerro los ojos para olvidar la noche e imaginar el cielo. Por su cabeza paso un lu- 
gar. Era su pueblo, en las montanas de Guanajuato. No muy distinto de muchos pueblitos mexi- 
canos de montaha. Una sola calle por donde pasaba la carretera. A ambos lados, las casas todas 
de un piso. Alii mismo los comercios, las tlapalerias, la fonda, la farmacia. A la entrada, la escuela. 
A la salida, la gasolinera y los mejores excusados del pueblo, el mejor radio, los refrescos mejor 
refrigerados. Pero para usar los excusados, habia que llegar en coche. Conocian a los lugarehos. 
Los mandaban a cagar al monte, riendose de ellos. 

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Atras de las casas, las huertas, los jardincitos, el riachuelo. Todos los muros pintados, 
anunciando cervezas, propaganda del PRI, elecciones proximas o pasadas. Viendolo bien y a 
pesar de todo, un pueblo bueno, un pueblo dulce, un pueblo con historia y con lo que el pasado le 
regala a sus descendientes para hacer una vida buena. 

Pero de nada de esto vivia el pueblo. 

El pueblo de Benito Ayala vivia de enviar trabajadores a los Estados Unidos y de las remesas 
que los trabajadores hacian al pueblo. 

Los viejos y los ninos, los escasos comerciantes, hasta los poderes politicos, se acostumbraron 
a vivir de esto. Era el principal y puede que el unico ingreso del pueblo. <i,Para que inventarse 
otro? Las remesas eran hospital, seguro social, pension, maternidad, todo junto. 

Con los ojos cerrados, detenido de noche del lado mexicano del no, con los brazos abiertos y los 
punos cerrados, Benito Ayala iba recordando a las generaciones de su pueblo. 

Fue el bisabuelo Fortunato Ayala el primero que salio de Mexico huyendo de la Revolucion. 

— Esta guerra no se va a acabar nunca — anuncio un dia poco antes de la batalla de Celayaalli 
mismo en Guanajuato — . La guerra va a durar mas que mi vida. Mientras todos nos unimos 
contra el tirano Huerta, me aguante. Pero ahora que nos vamos a matar los hermanos los unos a 
los otros, mejor me voy. 

Se fue a California y trato de poner un restoran. Nomas que a los gringos no les gustaba 
nuestra comida. Ponerle chocolate al polio les daba nausea. Quebro. Busco trabajo en la industria, 
porque decia que para agacharse a recoger tomates, mejor se regresaba a Guanajuato. Solo que a 
donde quiera que fue, la respuesta fue siempre la misma, como si se hubieran aprendido un 
catecismo: — Ustedes no fueron hechos para trabajar en fabricas. Mirense. Son bajitos. Estan cerca 
de la tierra. Agachense, recojan frutas y verduras. Para eso los hizo Dios — . Se rebelo. Llego como 
pudo (maximamente en los vagones de carga de los trenes, escondido pero de a oquis) has- 
ta Chicago y le importo madres el frio, el viento, la hostilidad. Encontro trabajo en el acero. Cerca 
de la mitad de los trabajadores de la acerera eran mexicanos. Ni siquiera tuvo que aprender ingles. 
Mando a Guanajuato los primeros dineritos. En esa epoca todavia funcionaba el correo y un sobre 
con dolaritos llegaba a su destino en la cabecera municipal de Purisima del Rincon y alii iban a re- 
cogerlo sus familiares. Veinte, treinta, cuarenta dolares. Una fortuna para un pais devastado 
por la guerra donde cada faccion rebelde emitia sus propios billetes, los famosos "bilimbiques". 

Fortunato Ayala, antes de enviar sus dolares, los miraba largamente, acariciandolos con los 
ojos, imaginandolos de satin, de seda, no de papel, tan brillantes y planchaditos, los miraba lar- 
gamente a contraluz, como para asegurarse de su validez y aun de su belleza verde, presidida por 
Jorge Washington y el Ojo de Dios de los Huicholes. ^Que hacia el simbolo sagrado de los indios 
mexicanos en el billete de a dolar gringo? En todo caso, el triangulo de la mirada divina significa- 
ba proteccion y prevision, aunque tambien fatalidad. Jorge Washington parecia una abuelita pro- 
tectoracon cabecita de algodon y dientes postizos. 

Pero nadie protegio al bisabuelo Fortunato cuando el desempleo norteamericano de 1930 lo arrojo 
fuera de los Estados Unidos, deportado junto con miles de mexicanos. Fortunato salio con pesa- 
dumbre, ademas, porque en Chicago dejo a una muchacha mexicana embarazada a la que nunca 
le ofrecio nada mas que amor. Ella sabia que Fortunato era casado y con hijos: solo le pidio el 
apellido, Ayala, y Fortunato se lo dio, con un poco de miedo pero resignandose a ser genero- 
so. 

Se fue. Establecio una tradicion: el pueblo viviria de las remesas de sus trabajadores 
emigrados. Su hijo, Fortunato como el, pudo llegar a California durante la segunda guerra, 
legalmente. Era un bracero. Entraba legalmente; sus patrones le hacian saber, de todas maneras, 
que su situacion era muy precaria. Estaba a un paso de su propio pais, Mexico. Era facil 
deportarlo si las cosas se ponian mal en los UjSA. Que bueno que no le interesaba hacerse 



Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

sas se ponian mal en los USA. Que bueno que no le interesaba hacerse ciudadano norteame- 
ricano. Que bueno que amaba tanto a su pais y solo queria regresar a el. Que bueno que soy 
trabajador y no ciudadano — les contesto Fortunato Hijo y eso no les gusto a sus patronos — . Que 
bueno que soy barato y seguro, ^verdad? 

Luego los patrones comentaron que la ventaja del trabajador mexicano era que no se hacia 
ciudadano ni organizaba sindicatos y huelgas como los inmigrantes europeos. Pero si este tal For- 
tunato Ayala se volvia respondon, habria que aislarlo, castigarlo. 

— A todos se les sube — dijo uno de estos empleadores. 

— Todos acaban por enterarse de sus derechos — dijo otro. 

Por eso cuando se acabo la guerra y con ella el programa de braceros, el joven nieto de Fortu- 
nato padre e hijo de Fortunato hijo, Salvador Ayala, se encontro con la frontera cerrada. Ya no 
eran necesarios. Pero el pueblecito cerca de Purisima del Rincon se habia acostumbrado a vivir 
de las remesas. Todos sus jovenes dejaban el pueblo para buscar el trabajo en el norte. Si no, el 
pueblecito se moriria, como se muere un niho abandonado en el monte por sus padres. Valia la 
pena arriesgarlo todo. Eran los hombres, eran los muchachos. Los mas fuertes, los mas listos, los 
mas valientes. Ellos se iban. Los nihos, las mujeres, los ancianos, se quedaban atras. Todos de- 
pendian de los trabajadores. 

— Aqui hay hombres que viven porque hay hombres que se van. Que no se diga que aqui hay 
hombres que mueren porque ya nadie se va. 

Salvador Ayala, padre de Benito, hijo y nieto de los Fortunatos, se volvio espalda mojada, el 
ilegal que cruzaba el no de noche y era pescado del otro lado por la patrulla fronteriza. Se la juga- 
ban. El y los demas. Valia la pena el riesgo. Si los agricultores texanos necesitaban mano de 
obra, el mojado nomas era llevado de vuelta a la frontera y puesto del lado mexicano. En seguida 
era admitido, ya seco, del lado texano, protegido por un empleador. Pero cada aho, la duda se 
repetia. ^Esta vez, entrare o no? Esta vez, ^podre mandar cien, doscientos dolares al pueblo? 

La informacion circulaba en Purisima del Rincon. De la placita a la iglesia, de la sacristia a la 
cantina, del riachuelo a los campos de nopal y breha, de la gasolinera a la costureria, todos sabi- 
an que en epoca de cosechas no hay ley que valga. Les dan ordenes de no deportar a nadie. Po- 
demos ir. Podemos pasar. La policia ni se acerca a los ranchos texanos protegidos, aunque sepan 
que todos los trabajadores son ilegales. 

— No te preocupes. Esto no depende de nosotros. Si les hacemos falta, nos dejan pasar, con 
ley o sin ella. Si no les hacemos falta, nos corren a patadas, con ley o sin ella. 

A nadie le fue peor que a Salvador Ayala, padre de Benito y nieto del primer Fortunato. A el le 
tocaron las peores represiones, las expulsiones, las operaciones de limpia fronteriza. A el le toco 
ser victima del capricho brutal. El patron decidia cuando tratarlo como trabajador contratado y 
cuando como criminal y entregarlo a la migra. Salvador Ayala se quedo sin armas. Si alegaba que 
el patron le habia dado trabajo ilegalmente, se condenaba a si mismo y carecia de pruebas contra 
el. El patron manejaba los documentos falsos para probar que Salvador era obrero legal, si hacia 
falta. Para volverlos invisibles y deportar a Salvador, si hacia falta. 

Ahora era la peor epoca. Benito sabia, nieto del segundo Fortunato e hijo de Salvador, descen- 
diente del fundador del exodo, el primer Fortunato, que todas las epocas eran dificiles, pero esta 
masque ninguna. 

Porque ahora seguia habiendo necesidad. Pero tambien habia odio. 

— <i,A ti tambien te odiaron? — le pregunto Benito a su padre Salvador. 

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— Como te van a odiar a ti, no. 

No sabia las razones, pero lo sentia. Detenido del lado mexicano del Rio Bravo, sentia el mie- 
do de todos y el odio del otro lado. Iba a cruzar de todos modos. Penso en todos los que depend i- 
an de el en Purisima del Rincon. 

Extendio hasta donde pudo los brazos en cruz, crispando los punos, mostrando el cuerpo listo 
para trabajar, pidiendo un poco de amor y compasion, no sabiendo si cerraba los punos asi por 
coraje, desafio o de piano resignacion y desanimo. 

Esta nunca fue la tierra donde el hombre nunca fue: desde hace treinta mil anos los pueblos 
siguen el curso del no grande, no bravo, descienden desde el norte, emigran hacia el sur, buscan 
los nuevos territories de la caza, de paso descubren America, sienten la atraccion y la hostilidad 
del nuevo mundo, no descansan hasta recorrerla entera para saber si es tierra amiga o enemiga, 
hasta llegar al otro polo, tierra que tuvo placenta de cobre, tierra que tendra nombre de plata, tie- 
rras todas de la migracion mas vasta conocida por los hombres, de Alaska a Patagonia, tierra bau- 
tizada por la migracion: acompahada, America, de vuelos e imagenes, de metaforas y metamorfo- 
sis que hacen llevadero el andar, que salvan a los pueblos de la fatiga, el abatimiento, la lejania, 
el tiempo, los siglos necesarios para recorrer America de polo a polo: no dire sus nombres, solo 
los conocen quienes saben escuchar el silencio, no contare sus hazahas, solo las repiten las es- 
trellas de polvo de los senderos, no recordare sus sufrimientos, los grita el huracan de las aves, 
no mencionare sus calendarios, son todos un no de cenizas, solo el perro los acompaho, el unico 
animal amigo del indio, pero luego se cansaron de tanto andar, soltaron a los perros en feroces 
jaurias cimarronas y ellos se detuvieron, decidieron que el centra del mundo estaba aqui mismo, 
donde estaban plantados sus pies en ese instante, este era el centra del mundo, la tierra del no 
grande, no bravo; el mundo habia brotado de los surtidores invisibles de las aguas del desierto; 
los rios subterraneos, dicen los indios, son la musica de Dios, gracias a ellos crece el maiz, el fri- 
jol, la calabaza y el algodon, y cada vez que una planta crece y da sus frutos, el indio se transfor- 
ma, el indio se vuelve estrella, olvido, ave, mezquite, olla, membrana, flecha, incienso, lluvia, olor 
de lluvia, tierra, temblor de tierra, fuego apagado, silbido en la montaha, beso a escondidas, todo 
esto se vuelve el indio cuando la semilla muere, se vuelve niho y abuelo del niho, memoria, ladri- 
do, alacran, zopilote, nube y mesa, vasija rota del nacimiento, tunica escarmentada de la muerte, 
se vuelve mascara, escalera, roedor, se vuelve caballo, se vuelve rifle, se vuelve bianco; sueha el 
indio y su sueho se convierte en profecia, todos los suehos de los indios se vuelven realidad, en- 
carnan, les dan la razon, los llenan de pavor y por eso los vuelven sospechosos, arrogantes, celo- 
sos, orgullosos pero espantados de conocer siempre el porvenir, sospechosos de que se vuelva 
realidad lo que solo debio ser una pesadilla: el hombre bianco, el caballo, el fusil, ay, ellos habian 
dejado de moverse, las grandes migraciones terminaron, la hierba credo sobre los caminos, las 
montahas separaron a los pueblos, las lenguas dejaron de entenderse, decidieron no moverse ya 
del mismo lugar, del nacimiento a la muerte, tejer una gran manta de lealtades, deberes, valores, 
para protegerse hasta que el no se incendio y la tierra se movio otra vez DAN POLONSKY Flaco 
y palido, pero musculoso y agil, Dan Polonsky se ufanaba de que a pesar de vivir en la frontera, 
no se exponia al sol. Tenia la tez palida de sus antepasados europeos, inmigrantes que fueron 
mal recibidos, discriminados, tratados como basura. Dan recordaba las quejas de sus abuelos. La 
salvaje discrimination de la que fueron objeto porque hablaban distinto, comian distinto, se veian 
distintos. Olian distinto. Los anglos se tapaban las narices cuando pasaban esos viejos (aunque 
fueran jovenes, parecian ancianos, barbados, vestidos de negro) oliendo a cebolla y chucrut. Pero 
ellos habian persistido, se habian asimilado, se habian vuelto ciudadanos. Nadie defenderia a su 
patria mejor que ellos, penso Dan mientras miraba del lado norteamericano al lado mexicano del 
no. 

— ^Ya viste Air Force — le decia su abuelo Adam Polonsky y como Dan era muy joven para 
haber visto las peliculas de la segunda guerra mundial, el viejo le regalo un video para que viera 
como la fuerza aerea estaba compuesta por heroes etnicos, no solo anglos sino descendientes de 
polacos, italianos, judios, rusos, irlandeses, nunca un japones, es cierto, eran los enemigos. Pero 
jamas un latino, un mexicano. Uno que otro negro, dicen que los negros si fueron a la guerra. Pe- 
ro los mexicanos, nunca. No eran ciudadanos. Eran cobardes, eran mosquitos que le chupaban la 

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sangre a los USA y se regresaban corriendo a mantener a sus indolentes paisanos... 

— ^Ya viste Air Force? John Garfield. Se llamaba en realidad Julius Garfinckel. Un chico del 
ghetto, como tu, un hijo de inmigrantes, Danny boy. 

Habian dado la vida en dos guerras mundiales y tambien en Corea y Vietnam. Casi igualaban 
los sacrificios de las generaciones anglosajonas del siglo pasado, los conquistadores del oeste. 
^Por que nadie lo decia? <i,Por que seguian sintiendo vergijenza de tener un pasado inmigrante? 
A Dan le enorgullecia mirar un mapa y ver que los USA habian adquirido mas territorio que cual- 
quier otra potencia del siglo pasado. Luisiana. Florida. La mitad de Mexico. Alaska. Cuba. Puerto 
Rico. Filipinas. Hawaii. El canal de Panama. Un reguero de islitas en el Pacifico. Las Islas Virge- 
nes... jLas islas virgenes! Alii le gustaria ir de vacaciones. Por el nombre, tan seductor, tan sexy, 
tan improbable. Y por el desafio. Ir de vacaciones al Caribe y no tostarse bajo el sol. Regresar 
igual de bianco que sus abuelos de Pomerania. Veneer al color. No dejarse tehir por nada, ni por 
negro, ni por mexicano, ni por sol. 

Habia pedido el servicio nocturno por esa razon secreta que no le comunicaba a nadie pues le 
daba miedo el ridicule Habia un culto a la piel bronceada. Hasta parecia sospechoso un hombre 
de piel tan blanca. "^Estas enfermo?", le pregunto otro oficial como el, y no le dio una trompada 
porque sabia las consecuencias de golpear a un oficial y Dan Polonsky no queria perder por nada 
su trabajo, le satisfacia demasiado. Desde el momento en que se pusieron en lugar las tecnicas 
para detectar el paso nocturno de inmigrantes ilegales por el Rio Grande, Dan pidio ser admitido, 
y lo fue, en las brigadas que veian iluminado al mundo nocturno a traves de sus anteojos de robot 
cinematografico, sus nochiscopios para ver a los ilegales de noche como si fosforescieran, sus 
detectores del calor que emana del cuerpo humane. . Lo malo es que habia tantos agentes de la 
patrulla fronteriza que aunque fueran texanos, eran de origen mexicano, y a veces Polonsky se 
confundia, encontraba con sus goggles rojos a un morenito y resultaba que traia credencial de 
patrullero, aunque tuviera cara de bracero... Lo bueno es que a estos agentes texano — mexicanos 
se les podia chantajear facil, explotar sus fidelidades divididas, exigirles que demostraran, a ver, 
que eran buenos norteamericanos, no mexicanos disfrazados, a ver... Polonsky se reia de ellos. 
Le daban pena, los manipulaba como ratas en un laboratorio. 

Algo le molestaba, sin embargo, y era esa necedad de insistir en que los USA eran morales e 
inocentes siempre. <i,Por que pretendian los politicos y los periodistas no tener ambiciones ni in- 
tereses, ser siempre morales, inocentes, buenos? Esto enervaba a Dan Polonsky. Todo el mundo 
tenia intereses, ambiciones, malicia. Todo el mundo que queria ser alguien. Miro intensamente a 
traves de sus gafas nocturnas, que aclaraban el paisaje seco y hostil del no sin necesidad de sol, 
miro un paisaje de un rojo embriagante como una copa de clamato y vodka. Para Dan, los Esta- 
dos Unidos habian salvado al mundo de todos los males del siglo veinte, Hitler, el Kaiser, Stalin, 
los comunistas, los japoneses, los chinos, los vietnamitas, el tio Ho, Castro, los arabes, Sadam, 
Noriega... 

Se le agoto la lista de enemigos y se quedo solo con su justificacion central, rabiosa. Habia que 
salvar la frontera sur. Por alii entraba ahora el enemigo. Alii se protegia hoy a la patria, igual que 
en Pearl Harbor o las playas de Normandia, igual. 

Alii estaban, provocandolo indecentemente, agrupados del lado mexicano, ensehando los bra- 
zos abiertos en cruz, cerrando los puhos, diciendole a la otra orilla: Ustedes nos necesitan. Veni- 
mos a la frontera porque sin nosotros sus cosechas se pudren, no hay quien las recoja, no hay 
quien atienda hospitales, cuide nihos, sirva en restoranes, si nosotros no les prestamos nuestros 
brazos. Era un desafio y la mujer de Dan se lo decia con burla brutal: — Oye, necesito una nana 
para el niho. «^No me digas que vas a delatar a Josefina? No seas terco. Mientras mas trabajado- 
res entren, mas seguro tienes el empleo, buster... quiero decir, darling. 

Cuando Selma su mujer se ponia pesada, Dan inventaba un viaje a la capital del estado en 
Austin para cabildear pidiendo mas dinero e influencia para la patrulla fronteriza de la cual el era 
miembro. Queria convencer: si no nos dan fondos, no podemos proteger a la patria contra la inva- 

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sion invisible de los mexicanos. Afoco los visores del nochiscopio. Alii estaban. Incapaces de qui- 
tarse el sombrero, como si hasta de noche hiciera sol. Le dieron unas ganas furiosas de orinar. Se 
bajo el zipper y se miro bajo la luz fluorescente. Su liquido era bianco tambien, sin color, como un 
flujo de chablis. Le desagrado pensar que las uvas maduran y se endurecen bajo el sol. Pero se 
consolo pensando en los trabajadores agricolas que las recogian en California. 

Trato de corregir su contradiccion. No era un hombre de contradicciones. Detestaba a los indo- 
cumentados. Pero los adoraba y los necesitaba. Sin ellos, maldita sea, no habria presupuesto pa- 
ra helicopteros, radar, poderosas luces infrarrojas nocturnas, bazukas, pistolas... Que vengan, dijo 
secretamente mientras se meneaba la pija para liberarse de las ultimas gotas rubias. Que sigan 
viniendo por millones, rogo, para darle sentido a mi vida. Tenemos que seguir siendo victimas ino- 
centes dijo al convencerse de que por mas que se la meneara, la ultima gota, inevitablemente, se 
le quedaria en los calzoncillos jockey. Llegaron el caballo, el cerdo, el ganado, las ovejas llegaron 
el acero y la polvora llegaron los sabuesos, llego el terror, llego la muerte; cincuenta y cuatro mi- 
llones de hombres y mujeres vivian en el vasto continente de las migraciones, del Yukon a la Tie- 
rra del Fuego, y cuatro millones al norte del no grande, no bravo, cuando llegaron los espanoles 
cincuenta anos mas tarde, solo vivian cuatro millones en todo el continente y las tierras del no ca- 
si se volvieron lo que luego iban a decir que siempre habia sido; la tierra donde el hombre nunca 
fue o casi dejo de ser, diezmado por la viruela, el sarampion, el tifo, donde los sobrevivientes fue- 
ron a refugiarse a la mesa buscando amparo y voluntad de resistencia; donde Francisco Vazquez 
de Coronado llego un buen dia con trescientos espanoles, incluyendo tres mujeres mal repartidas, 
seis franciscanos, mil quinientos caballos y mil aliados indios, traidos de las tierras de Coahuila y 
Chihuahua, en busca de las ciudades de oro, el paso al oriente fabuloso, la repetition de Mexico y 
Peru: no hallaron nada sino la muerte que les habia precedido, pero dejaron las ovejas y los chi- 
vos, los polios y los burros, las ciruelas, las cerezas, los melones, las uvas, el durazno y el trigo, 
regados como sus palabras castellanas, con la misma facilidad, con la misma fertilidad, en ambas 
margenes del no grande, no bravo MARGARITA BARROSO Ella cruzaba todos los dias la fron- 
tera para ir de El Paso a Juarez y supervisar los trabajos de una maquiladora donde se ensam- 
blan televisores. A veces quisiera hablar de otro tema, pero el trabajo le ha sorbido el seso, como 
decia su abuelita Camelia, y Margarita decidio hace tiempo que su unica salvation era el trabajo, 
en el trabajo encontraba su dignidad, su personalidad, se respetaba y se hacia respetar, habia 
desarrollado un caracter duro, intransigente, claro que habia chicas simpaticas, dulces, sentimen- 
tales inclusive, y tambien trabajadoras serias, profesionales, pero bastaba con una sola cabrona 
— y siempre habia mas de una — para joderlo todo y obligar a la supervisora a usar manita pesa- 
da, poner la cara agria, decir la palabra dura... 

Ahora regresaba de noche, era viernes y todas iban a los lugares de recreo, Margarita no podia 
faltar, era su unica concesion a la indisciplina, bueno, al probable relajo, no parecer apretada y 
salir con las muchachas a las discos los viernes, total alii ella se confundia entre la multitud, a las 
mujeres les era permitida la fantasia en el atuendo, se veia cada facha, la Rosa Lupe con su ma- 
nia de hacer mandas y vestirse de carmelita, la Marina que se moria por ver el mar, la muy pende- 
ja, como si una vez zambutidas aqui a ninguna de ellas le tocaria la de buenas, que esperanzas, 
la Candelaria que se sentia Frida Kahlo o algo asi, vestida de la flor mas bella del ejido, y la que 
ya no salia a bailar, la Dinorah, penando por su hijito que se le ahorco por falta de famullo que lo 
cuidara, quien le manda, ser soltera y con escuincle, la muy babosa, y vivir en los andurriales de 
Buenavista, mejor cruzar el no todos los dias, irse a una casa suburbana de El Paso, aunque fue- 
ra en barrio negro, pero asimilada, que la sintieran asimilada, no queria ser vista como mexicana, 
ni como chicana, ella era gringa, vivia en El Paso, le decian Margarita en Chihuahua, pero en 
Texas era Margie, desde la escuela en El Paso le decian, oye, tu eres blanca, no te dejes llamar 
Margarita, hazte llamar Margie y pasa por blanca, ni quien se entere: no hables espahol, no dejes 
que te traten de mexicana, pocha o chicana. 

— iComo te llevas con tu familia? 

— Son increibles. No puedo tener un date sin que mi mama me atosigue preguntando, <^es de 
buena familia, es de buena familia? Me dan ganas de salir con un negro para que les de la alfere- 
cia. 

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— No seas bruta. Sal con puro guerito. No admitas que eres mexicana. 

Se rebelo luchando por ser bastonera de su high school. Les dijo a sus padres que iba a ser 
parte de la banda musical de la escuela, que iban a tocar en el partido de futbol. Pero cuando la 
vieron aparecer en pleno otoho con las piernas desnudas y un calzoncito minimo, ensehando los 
muslos, que va, mostrando las nalgas, con las que me siento, decia la abuelita Camelia, ella nun- 
ca dijo nalgas, mostrando eso pues, y manejando un baston como si fuera un falo simbolico, su- 
pieron que la habian perdido, se fue de casa, le advirtieron ningun chico decente se va a querer 
casar contigo, muestras en publico las asentaderas, puta, pero ella no tenia tiempo ni cabeza para 
novios, ella iba nomas los viernes al Excalibur a bailar la quebradita con los hombres que todos 
eran iguales, todos bailaban con el sombrero bianco puesto, esos eran los rancheros, ricos o po- 
bres, quien iba a saber, si eran todos identicos, y los melenudos, los que traian cintas amarradas 
a la cabeza y chalecos de fleco, pues esos eran padrotes o pachucos, no los tomaban en serio: 
todo era solo un respiro, un atarantamiento para olvidar al abuelo que no la hizo, tullido en su silla 
de ruedas, a la dulce abuelita Camelia que nunca decia nalgas, a sus padres que por ahi anda- 
ban, el padre dependiente de Woolworths, la madre en otra maquila, el hermano preparando burri- 
tos en un Taco Bell, y el tio poderoso, riquisimo, el self made man que no cree en la filantropia 
familiar, mantener a esa runfla de parientes vagos, que trabajen como yo, que hagan su fortuna, 
^que estan mancos o que?, el dinero solo sabe si uno lo gana, no si se lo regalan, o como dicen 
los gringos, los lonches no son gratuitos: ella, Margarita Margie, ella era ambiciosa, disciplinada, 
iy de que le habia servido?, parada alii en la frontera, esperando pasar entre este margallate de 
la manifestacion que todo lo habia interrumpido, ansiosa por largarse de Mexico cada noche, abu- 
rrida de cruzar pa'Juarez todas las mahanas entre armazones de fierro, cementerios de rascacie- 
los a medio construir por la mala suerte repetida de Mexico: se acabo la lana, llego la crisis, en- 
tambaron al empresario, al funcionario, al mero mero, y ni asi se acaba la corruption, jodido pais, 
chingado pais, desesperado pais como una rata sobre una noria, haciendose la ilusion de que 
camina pero nunca cambia de lugar pero ni modo, alii estaba su chamba y en su chamba ella era 
buena, ella se conocia de pe a pa el trabajo en serie del ensamblaje, del chassis a la soldadura a 
la prueba automatica al gabinete y la pantalla al warm — up para ver si trabajaban todas las partes 
y si no hay mortalidad infantil, como dice en guasa el subgerente italiano, al alineamiento para ais- 
lar a la televisora del campo magnetico del mundo para tener un aparato libre de interferencia, 
^que tal?, esa se la soltaba a los compaheros de baile y hasta perdian el paso porque sabia mas 
que ellos y no la querian, la dejaban en paz y les hablaba del test del aparato ante espejos, el ga- 
binete plastico, el empaque en styrofoam y el cajon final, el feretro del televisor listo para el K 
Mart, dos horas dura todo el proceso, once mil aparatos por dia, ^quihubo?, ah que vieja mas en- 
terada, y si a ella le tocaba cerciorarse de que cada etapa estaba correcta adjudicandole estrellas 
verdes a los aparatos con problemas y estrellas azules cuando no habia problema, ella se mere- 
cia una estrellota de oro en la frente, en la mera frente, como las nihas buenas en las escuelas de 
monjas, como las drum majorettes que maniobraban el baston y marchaban mostrando los calzo- 
nes y se disfrazaban de coroneles para encabezar los desfiles y que los chicos le silbaran, la lla- 
maran Margie y dijeran no es pocha, no es chicana, no es mexicana, es como tu y yo...el naufra- 
go, el vencido, el muerto de hambre y sed, el desarrapado, ^de quien sino de el podia venir el 
sueho imposible de la riqueza del no, riqueza disponible como en el eden, manzanas de oro al 
alcance de la mano y del pecado: quien sino un naufrago delirante podia hacer creible semejante 
ilusion sobre el no grande, no bravo? 

Alvaro Nunez Cabeza de Vaca, extremeho en fuga de la piedra insomne como la mayoria de 
los conquistadores (Cortes de Medellin, Pizarro y Orellana de Trujillo, Balboa de Jerez de los Ca- 
balleros, De Soto de Barcarrota, Valdivia de Villanueva de la Serena, hombres de frontera, hom- 
bres de allende el Duero) quiso como ellos transmutar la piedra de Extremadura en oro de Ameri- 
ca, embarcose en Sanlucar en 1528 con una expedition de cuatrocientos hombres a la Florida, de 
los que quedaron cuarenta y nueve despues de un naufragio en la bahia de Tampa, vadeando las 
tierras pantanosas de los seminolas, marchando penosamente por la costa del Golfo hasta el no 
Mississippi, la construction de barcazas para lanzarse de nuevo al mar, tan apretados que no po- 
dian moverse, atacados ahora por una tormenta de la que solo treinta salen vivos, el nuevo nau- 
fragio en Galveston, la marcha hacia el oeste, hasta el no grande, no bravo, defendiendose de las 

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flechas indias, comiendose sus caballos y haciendo odres de sus cueros, hasta las tierras de los 
indios pueblos al norte del no, pero la distancia, la ignorancia de la tierra y de los hombres, no son 
nada frente al hambre, la sed, el desamparo, las noches sin abrigo, los dias sin sombra, los cuer- 
pos cada vez mas desnudos, mas morenos, hasta que los quince espanoles que quedan, ya no se 
distinguen de los pueblos, los alabamas y los apaches; solo el criado negro, Estebanico, es mas 
oscuro que los demas, pero sus suehos son luminosos, dorados, el ve en la distancia las ciudades 
de oro, mientras Alvaro Nunez Cabeza de Vaca se mira en el espejo de su memoria y alii trata de 
verse reflejado como el hidalgo que fue, el caballero espahol que ya no es, el unico espejo de su 
persona son los indios que encuentra, se ha vuelto identico a ellos, pero pierde la oportunidad de 
ser uno de ellos, es igual a ellos pero no comprende la ocasion que tiene de ser el unico espahol 
que podia entender a los indios y traducir sus almas al castellano; Cabeza de Vaca no puede en- 
tender una historia de viento, una cronica migratoria sin fin que Neva al indio de la caza acalorada 
en la pradera, al tipi de las nieves; del cuerpo bronceado y desnudo del verano, al cuerpo envuelto 
en mantas y pieles del invierno, el no quiere reinar sobre este mundo, el nomadismo lo atrae pero 
lo niega porque aqui nadie se mueve para conquistar sino para sobrevivir, el no entiende a los in- 
dios, los indios no lo entienden a el ven en los espanoles chamanes, curanderos, brujos, y Cabeza 
de Vaca asume el unico papel que le otorgan, se vuelve brujo de ocasion, cura a base de succio- 
nes, soplidos, imposicion de manos, padrenuestros y persignadas abundantes, pero en realidad 
lucha aterrado contra la perdida, capa tras capa, de la piel y la ropa de su alma europea, a ella se 
aferra, no atiende la razon de su voz interna; Dios nos ha traido desnudos a conocer a hombres 
identicos a nosotros en su desnudez... ^cual Dios.? Cabeza de Vaca lo ve rondando los pasillos y 
las recamaras de las casas grandes de los pueblos, ve a un dios que no reconoce huyendo de 
piso en piso por escaleras de mano que de noche retira para aislarse a su gusto de la luna, de la 
muerte, del extraho... ocho ahos de extravio, de nomadismo involuntario, hasta encontrar la bruju- 
la del no grande, no bravo, y retomar el camino de Chihuahua, a Sinaloa y el Pacifico y tierra 
adentro a la ciudad de Mexico, donde son recibidos como heroes por el virrey Mendoza y el con- 
quistador Cortes; quedan solo cuatro sobrevivientes de los cuatrocientos que salieron de Sanlucar 
a la Florida, Cabeza de Vaca, Andres Dorantes, Alonso del Castillo Maldonado y el criado negro 
Estebanico: los celebran, los interrogan; ^donde anduvieron, que han visto, que saben, que pro- 
meten? Cabeza de Vaca, los dos espanoles y el negro no cuentan lo que vivieron, sino lo que so- 
haron, han sido salvados para contar un espejismo, han recibido turquesas y suntuosas pieles 
arrancadas a los lomos de las extrahas vacas grises de las praderas, los bufalos han vislumbrado 
las siete ciudades de oro de Cibola, han tenido noticias de las riquezas incontables de Quivira, 
propagan la ilusion de Eldorado, otro Mexico, otro Peru, mas alia del no grande, no bravo, un in- 
mortal sueho de riqueza, poder, oro, felicidad, que nos compensa de todos nuestros sufrimientos, 
de la sed y el hambre y los naufragios y los ataques de indios, han sobrevivido para mentir, la 
muerte los hubiese fundido con la verdad de las tierras desiertas, mezquinas, hostiles, despobla- 
das, la vida les ha dado la opulenta riqueza de la mentira, pueden engahar a todo el mundo por- 
que han sobrevivido: no grande, no bravo, frontera de mirajes desde entonces. 

SERAFIN ROMERO El Galan le dijeron desde chiquito por su pelo negro lustroso como 
charol y sus pestahas largas, pero el se llamo a si mismo El Mierdas porque asi se sintio siempre, 
creciendo entre las montahas de basura de Chalco, dedicado desde niho a escarbar entre la masa 
desfigurada de carne podrida, frijoles vomitados, trapos, gatos muertos, jirones de existencia 
irreconocible, dando gracias cuando algo mantenia su forma — una botella, un condon — , y podia 
ser llevado a casa: una nube de olor acre lo acompahaba a Serafin desde niho, y cuando se salia 
de la nube del desperdicio, el olor era tan dulce, tan puro, que lo mareaba y hasta asquito le daba, 
su patria eran las calles de lodo, los charcos, los nihos con las rodillas jodidas, incapaces de 
caminar derecho, los perros sueltos, procreandose, afirmando su vida, diciendonos a ladridos que 
todo puede sobrevivir, a pesar de todo, a pesar de los traficantes que embaucan en la droga a los 
nihos de ocho ahos, a pesar de los policias extorsionadores que primero matan de noche y luego 
se aparecen de dia a contar los cadaveres y sumarlos a las listas de la gigantesca muerte urbana, 
vencida siempre por la fertilidad de las perras, las ratas, las madres; todo puede sobrevivir porque 
el gobierno y el partido organizan la corrupcion, la dejan florecer tantito y luego la organizan como 
un alivio para que todos acepten la consigna: el PRI o la anarquia, ^que prefieren?, de modo que 
cuando a Serafin le salieron pelos en los sobacos, ya sabia todo sobre el mal de la ciudad, ya na- 
die le iba a ensehar nada, la cuestion era sobrevivir, pero ^como se sobrevivia de verdad, some- 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

tiendose a los caciques de la pepena, votando por el PR I, asistiendo a los mitines a gijevo, viendo 
como se hacen ricos los reyes de la basura, que chingadera, o diciendo no y uniendose a una 
banda de rockeros que eran los que se atrevian a cantar la joda inmensa de vivir en el De Efe en 
una red subterranea de chavos rebeldes, o diciendo todavia mas fuerte, negandose a votar por el 
PRI y exponiendose como el y su familia a refugiarse en una escuela a medio construir, casi mil 
de ellos abrazados alii los unos a los otros, sus casuchas derruidas por la policia, sus pobres po- 
sesiones robadas por la policia, todo por decir vamos a votar como se nos pegue la gana? 

A los veinte anos, Serafin Romero agarro para el norte, le dijo a su gente salganse de aqui, es- 
te pais no tiene remedio, el PRI es razon de sobra para largarse de Mexico, yo les juro que vere la 
manera de ayudarlos en el norte, tengo unos parientes en Juarez, tendran noticias mias, chavos... 

Esta noche de los brazos abiertos en cruz y los punos cerrados, Serafin, a los veintiseis anos, 
no espera nada de nadie, el Neva dos anos organizando la banda que casi todas las noches cruza 
la frontera con treinta mexicanos armados y amontona cajones de madera, fierros viejos, tejas y 
chassis abandonados en los rieles de la Southern Pacific de Nuevo Mexico, cambia las agujas de 
las vias, detienen al tren, se roban todo lo que pueden para venderlo en Mexico y llenan los vago- 
nes de indocumentados mexicanos. Cuantas noches como esta recuerda Serafin Romero, alejan- 
dose en su troca del tren detenido en el desierto, la troca llena de objetos robados, el tren lleno de 
paisanos necesitados de trabajo, los objetos robados nuevecitos, empaquetados, relucientes, la- 
vadoras, tostadoras, aspiradoras, todo nuevecito, todo antes de convertirse en basura yendo a dar 
a una montaha de desperdicios en Chalco... Ahora si que era El Galan, ahora si que habia dejado 
de ser El Mierdas, y Serafin Romero penso, alejandose del tren detenido, que lo unico que le fal- 
taba para ser un heroe, era un caballo relinchon... Ah, y el aire nocturno del desierto era tan seco, 
tan limpio. 

Nadie vive con mayor opulencia en la opulenta ciudad de Mexico que Juan de Ohate, hijo del 
conquistador Cristobal de ese apellido descubridor de las minas de Zacatecas, enjambres infinitos 
de plata, llegado a la Villa Rica de la Veracruz sin un doblon, y ahora capaz de heredarle a su hijo 
una de las mayores fortunas de Indias, una inagotable veta argentina que permite a Juan de Oha- 
te ser nombrado regulador de precios de la capital de Nueva Espaha, rodar por ella con los mejo- 
res carruajes, las mejores mujeres, los mejores pajes, ser atendido en su palacio por pelotones de 
mayordomos y sacerdotes rezando el dia entero para que Ohate acabe en el cielo; ^por que deja 
este hombre todos sus lujos, se despereza y se va a las tierras incognitas del no grande, no bra- 
vo? «^tan harto estaba de plata vieja que deseaba oro nuevo? <j,no deberle nada al padre? ^empe- 
zar, como este, pobre y desafiante? i° demostrar que no hay riqueza mayor que la que nunca se 
puede alcanzar? miren a este Juan de Ohate plantar la bota negra sobre la ribera parda del no 
grande, no bravo: es gordo, calvo, mostachudo, una tortuga con caparazon de fierro y coqueterias 
de holanda en el cuello y los puhos, panza robusta y patas enclenques, y entre las dos el indis- 
pensable bolsillo del escroto para mear a gusto en medio de las conquistas y las batallas que pro- 
clama su indispensable yelmo de plata sobremontado por un airon: viene al no grande con ciento 
treinta soldados y quinientos pobladores, mujeres, nihos, sirvientes; funda El Paso del Norte y de- 
clara el dominio espahol sobre todas las cosas, desde las hojas de los arboles hasta las piedras y 
arenas del no: nada lo detiene, la fundacion de El Paso es solo el trampolin de su gran sueho im- 
perial, gordo, panzon, calvo, mostachudo, fortalecido por el acero y suavizado por los encajes, 
Juan de Ohate es un contratista privado, un hombre de empresa que ha creido las mentiras de 
Cabeza de Vaca y no ha hecho caso de las expediciones de fray Marcos de Niza y de la muerte 
del fatal empecinado negro Estebanico, desaparecido en la busqueda de su propia mentira, las 
ciudades de oro: Ohate no viene a encontrar el oro, sino a inventarlo, a crear la riqueza, a descu- 
brir lo que falta por descubrir del nuevo mundo, las minas que faltan, los imperios que faltan, el 
pasaje a Asia, los puertos en ambos oceanos: para realizar su sueho emprende una campaha de 
la muerte, Mega a Acama el centra del mundo indigena (centra de la creacion, ombligo del univer- 
so) y alii destruye la ciudad, mata a medio miliar de hombres, a trescientos nihos y mujeres, y a 
los demas los convierte en cautivos: los muchachos de doce a veinte anos de edad seran sirvien- 
tes, a los hombres de veinticinco anos, les sera cortado un pie en publico: se trata de fundar, en 
verdad, un nuevo mundo, de crear, en verdad, un orden nuevo, donde Juan de Ohate reine a su 
gusto, caprichosamente, sin deberle nada a nadie, decidido a perderlo todo con tal de ser infinita- 

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mente libre para imponer su voluntad, ser su propio rey y acaso su propio creador. Aqui no habia 
nada antes de que llegara Onate, aqui no habia historia, no habia cultura: el las fundo. pero aqui 
habia distancia, enorme distancia, y la distancia, al cabo, lo derroto. 

ELOINO Y MARIO Polonsky le dijo a Mario que esta noche mas que nunca los ilegales trata- 
rian de cruzar aprovechando la trifulca del puente, pero Mario sabia bien que mientras un pais 
pobre viviera al lado del pais mas rico del mundo, lo que ellos los de la patrulla fronteriza hacian 
era apretar un globo: lo que se apretaba por aqui solo se volvia a inflar por alia; no tenia remedio 
y aunque al principio a Mario le divirtio su trabajo como un juego casi infantil, como las escondidas 
cuando era nino, la exasperacion comenzo a ganarle porque la violencia iba en aumento, porque 
Polonsky era implacable en su odio a los mexicanos, para quedar bien con el no bastaba cumplir 
profesionalmente, era necesario demostrar verdadero odio y eso le costaba a Mario Islas, al cabo 
hijo de mexicanos aunque nacido ya de este lado del Rio Grande; pero eso mismo avivaba las 
sospechas de su superior Polonsky; una noche Mario lo pesco en la taberna diciendo que los 
mexicanos eran todos cobardes y estuvo a punto de pegarle, Polonsky lo noto, seguro que lo pro- 
voco, sabia que Mario estaba alii, por eso lo dijo y luego aprovecho para decirle: — Dejame ser 
franco, Mario, ustedes los mexicanos que sirven en la patrulla tienen que demostrar su lealtad 
mas convincentemente que nosotros, los verdaderos norteamericanos... 

— Yo naci aqui, Dan. Soy tan norteamericano como tu. Y no me digas que los Polonsky llega- 
ron en el Mayflower. 

— Cuidado con las impertinencias, boy. 

— Soy un oficial. No me digas boy. Yo te respeto. Respetame a mi. 

Quiero decir: somos blancos, europeos, savvy? 

— ^Espana no esta en Europa? Yo desciendo de espanoles, tu de polacos, todos europeos... 

— Hablas espanol. Los negros hablan ingles. Eso no los hace ingleses a ellos, ni espanol a ti... 

— Dan, nuestra discusion no tiene sentido — sonrio Mario encogiendose de hombros — . Haga- 
mos bien nuestro trabajo. 

— A mi no me cuesta. A ti si 

— Tu todo lo ves como racista. No te voy a cambiar, Polonsky. Hagamos bien nuestro trabajo. 
Olvidate que soy tan americano como tu. 

En las noches largas del Rio Grande, Rio Bravo, Mario Islas se decia que quizas Dan Polonsky 
tenia razon en dudar de el. Esta pobre gente solo venia buscando trabajo. No le quitaba trabajo a 
nadie. ^Fue culpa de los mexicanos que cerraran las industrias de guerra y hubiera mas desem- 
pleados? Pues hubieran seguido la guerra contra el imperio del mal, como lo llamaba Reagan. 

Estas dudas pasaban muy fugazmente por la mente alerta de Mario. Las noches eran largas y 
peligrosas y a veces el hubiera querido que todo el Rio Grande, Rio Bravo, estuviera de veras di- 
vidido por una cortina de fierro, una zanja profundisima o por lo menos una reja de corral que tu- 
viera el poder de impedir el paso de los ilegales. En vez, la noche se llenaba de algo que el cono- 
cia de sobra, los trinos y silbidos de los pajaros inexistentes, que era la manera como los coyotes, 
los pasadores de ilegales, se comunicaban entre si y se delataban aunque a veces todo era un 
engaho y los pasadores silbaban como un cazador usa un pato de madera, para engahar mientras 
el paso se efectuaba en otro lado, lejos de alii, sin silbido alguno. 

Ahora no. Un muchacho con velocidad de gamo salio del no, empapado, corrio por la ladera y 
se topo con Mario, con el pecho de Mario, su uniforme verde, sus insignias, sus correas, toda su 
parafernalia de agente, abrazado a el, abrazados los dos, pegados por la humedad del cuerpo del 

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ilegal, por el sudor del cuerpo del agente. Quien sabe por que siguieron abrazados asi, jadeando, 
el ilegal por su carrera para evadir a la patrulla, Mario por su carrera para cerrarle el paso... Quien 
sabe por que cada uno dejo caer la cabeza sobre el hombro del otro, no solo porque estaban ex- 
haustos; por algo mas, incomprensible... 

Se separaron para verse. 

— cTu eres Mario? — dijo el indocumentado. 

El patrullero dijo que si. 

— Soy Eloino. Eloino, tu ahijado. ^Ya no te acuerdas? jQue te vas a acordar! 

— Ese nombre no se olvida — logro decir Mario. — El hijo de tus compadres. Te conozco por las 
fotos. Me dijeron que con suerte te iba a encontrar aqui. 

— iCon suerte? 

— ^Tu no me vas a mandar de regreso, verdad padrino? Eloino le regalo una sonrisa blanca, 
inmensa, de elote, brillando en la noche, entre los labios mojados. 

— cTu que crees cabroncito? — dijo Mario con rabia. 

— Voy a regresar, Mario, aunque me pesques mil veces, yo vuelvo otras mil. Y una mas. Y no 
me Names cabron, cabron — volvio a reir y volvio a abrazar a Mario, como solo dos mexicanos sa- 
ben abrazarse, porque el patrullero no resistio la corriente de carino, identificacion, machismo, 
confianza y hasta confidencia que habia en un abrazo bien dado entre hombres en Mexico, mas 
entre parientes... 

— Padrino: todos en nuestro pueblo tenemos que venir a trabajar en el verano para pagar las 
deudas del invierno. Listed lo sabe. No nos amuele. 

— Esta bien. Al cabo vas a regresar a Mexico, como todos ustedes. Es la unica ventaja de este 
asunto. No pueden vivir sin Mexico. No se quedan aqui. 

— Esta vez no, padrino. Ya me dijeron que ahora va a estar mas duro que nunca entrar. Esta 
vez me quedo, padrino. Que le vamos a hacer. 

— Ya se lo que estas pensando. Antes todo esto fue nuestro. Primero fue nuestro. Volvera a ser 
nuestro. 

— Eso lo pensara usted, padrino, que es hombre de mucho caletre, dice mi mamacita. Yo ven- 
go para poder comer. 

— Correle, ahijado. Haz de cuenta que no nos vimos. Y no me des otro abrazo, que me duele... 
Bastante herido ando. 

— Gracias, padrino, gracias... 

Mario vio alejarse corriendo a este muchacho al que nunca habia visto en su vida, que ahijado 
ni que ojo de hacha, que tio ni que la chingada, el tal Eloino (^como se llamaria de veras?) leyo el 
nombre de Mario Islas en la gafeta del patrullero, nomas por eso supo su nombre, eso no era el 
misterio, el enigma era otro, saber por que vivieron esa ficcion, por que la aceptaron tan natural- 
mente, por que dos desconocidos pudieron vivir juntos un momento asL.los territorios se perdie- 
ron aun antes de ganarse, no crecieron las tierras, no aumentaron los habitantes, crecieron las 
misiones, credo el largo latigo de los franciscanos, colonizadores implacables movidos por la filo- 
sofia del bien comun por encima de la libertad individual, la letra con el latigo entra, la fe tambien, 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

latigo para los pueblos porque antes los frailes lo usaban contra si mismos, hacian penitencia y la 
daban: crecieron las rebeliones, indios contra indios, pueblos contra apaches, indios contra espa- 
noles, pimas contra blancos, hasta culminar en la gran rebelion de los pueblos en 1680, dos se- 
manas les bastaron para liberar sus tierras, destruir, saquear, matar a veintiun misioneros, quemar 
las cosechas, expulsar a los espanoles y darse cuenta de que ya no podian vivir sin ellos, sus cul- 
tivos, sus escopetas, sus caballos: Bernardo de Galvez, veintitantos anos, y con la energia de 
veintitantos hombres, establece la paz por el engano: la manera de someter a los indios bravos 
del no grande es darles rifles pero de bajo metal y canon largo, quebradizos, para que dependan 
de Espana para sus reparaciones, Mientras mas fusil, menos flechas, dice el joven, energico, pa- 
cificador del no grande y futuro virrey de la Nueva Espana, que los indios pierdan la habilidad de 
disparar flechas, que matan a mas espanoles que los fusiles mal manejados: "Mejor una mala paz 
a una victoria pirrica ", dice Galvez para los siglos, pero la paz a secas requiere habitantes, hay 
solo tres mil en el no grande, no bravo, se invita a familias de Tenerife, se les dan tierras, paso 
libre, titulos de hidalgo, llegan quince familias canarias a San Antonio, exhaustas por el viaje de 
Santa Cruz a Veracruz, llegan colonos de Malaga, exhaustos por el viaje a Saltillo y el Rio Gran- 
de, y llegan los primeros gringos, los territories se perdieron aun antes de ganarse. 

JUAN ZAMORA Juan Zamora tuvo una pesadilla y cuando desperto y averiguo que lo sohado 
era cierto, se fue a la frontera y ahora esta aqui parado entre los manifestantes. Pero Juan Zamo- 
ra no levanta los puhos ni abre los brazos en cruz. En una mano trae su petaquilla de medico. Y 
en el hueco de ambos brazos, dos cartones con medicinas. 

Soho con la frontera y la vio como una enorme herida sangrante, un cuerpo enfermo, incierto 
de salud, mudo ante sus propios males, al filo del grito, desconcertado por sus fidelidades, y gol- 
peado, finalmente, por la insensibilidad, la demagogia y la corruption politicas. ^Como se llamaba 
la enfermedad de la frontera? El doctor Juan Zamora no lo sabia y por eso estaba aqui, para ali- 
viar el mal, para devolverle a los Estados Unidos los estudios en Cornell, la beca que le consiguio 
don Leonardo Barroso catorce ahos antes, cuando Juan era un muchacho y vivio unos amores 
tristes... 

Sobre la camisa blanca, Juan trae prendida con alfiler una enseha de hojalata, el numero 187 y 
una raya diagonal que anula la cifra de la proposition aprobada en California para negarles a los 
inmigrantes mexicanos educacion y salud. Juan Zamora se hizo invitar a un hospital de Los Ange- 
les y vio que ya no iban mexicanos a curarse. Fue a los barrios. Estaban aterrados. Si iban al 
hospital — le dijeron — serian delatados y entregados a la policia. Juan les dijo que no, las autori- 
dades de los hospitales eran humanas, no iban a delatar a nadie. Pero el miedo era insuperable. 
Las enfermedades tambien. Un caso aqui, otro alia, una infection, una pulmonia mal curadas, 
mortales. El miedo mataba mas que cualquier virus. 

Los padres dejaron de llevar a los nihos a las escuelas. Un niho de origen mexicano es facil- 
mente identificable. ^Que vamos a hacer?, le decian los padres. Pagamos mas, muchisimo mas 
en impuestos que lo que nos dan en educacion y servicios. ^Que vamos a hacer? ^Por que nos 
acusan? ^De que nos acusan? Estamos trabajando. Estamos aqui porque ellos nos necesitan. 
Los gringos nos necesitan. Si no no vendriamos. 

Parado frente al puente de Juarez a El Paso, Juan Zamora recuerda con una mueca ingrata el 
tiempo que vivio en Cornell y no quiere que sus penas personales interfieran con su juicio sobre lo 
que entonces vio y entendio de la hipocresia y la arrogancia que puede acometer al buen pueblo 
yanqui. Pero Juan Zamora ha aprendido a no quejarse. Juan Zamora, calladamente, ha aprendido 
a actuar. No pide permiso en Mexico para atender los casos urgentes, se salta trancas burocrati- 
cas, entiende el Seguro Social como un servicio publico, no abandona a sidosos, drogadictos, te- 
porochos, toda la marea oscura y espumosa que la ciudad va encallando en sus riberas de basu- 
ra... 

— ^Quien te crees? ^Florence Nightingale? 

Las bromas sobre su profesion y su homosexualismo habian dejado de irritar, desde hacia mu- 

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cho tiempo, a Juan. Conocia el mundo, conocia su mundo, iba a distinguir entre lo superfluo — es 
joto, es matasanos — y lo necesario: darle un alivio al heroinomano, convencer a la familia del si- 
doso que lo dejaran morir en su hogar, carajo, hasta echarse un mezcal con el teporocho... 

Ahora sentia que su lugar estaba aqui. Si las autoridades norteamericanas le negaban servi- 
cios medicos a los trabajadores mexicanos, el, Florence Nightingale, se convertiria en un hospital 
ambulante, iria de casa en casa, de campo en campo, de Texas a Arizona, de Arizona a Califor- 
nia, de California a Oregon, agitando, dispensando medicinas, recetando, animando enfermos, 
denunciando la inhumanidad de las autoridades... 

— ^Por cuanto tiempo viene a los Estados Unidos? — Tengo una visa permanente hasta el aho 
2010. — No puede trabajar, ^sabe? — ^Puedo curar? 

— cQue cosa? 

— Curar, curar enfermos . 

— No hace falta. Aqui tenemos hospitales. — Pues se les van a llenar de indocumentados. 

— Que se regresen a Mexico. Curenlos alii. — Van a ser incurables, aqui o alia. Pero estan tra- 
bajando aca, con ustedes. 

— Nos sale muy caro atenderlos. 

— Mas caro les va a salir atender epidemias si no previenen enfermedades. 

— Listed no puede cobrar por su trabajo, <i,sabe? Juan Zamora solo sonrio y paso la frontera. 
Ahora, del otro lado, por un instante, se sintio en otro mundo. Le asalto una sensacion de vertigo. 
(I, Por donde iba a empezar? ^A quien iba a ver? La verdad es que no creyo que lo dejaran pasar. 
Fue demasiado facil. No esperaba que las cosas le salieran tan bien. Algo malo iba a pasar. Esta- 
ba del lado gringo, con su botiquin y sus medicinas. Escucho un chirrido de llantas, los disparos 
parejos, el cristal roto, el metal perforado, el impacto, el estruendo, el, grito: jMedico! jMedico! Ile- 
garon los gringos (^quienes son, quienes son, por Dios, como pueden existir, quien los invento?) 
Ilegaron gota a gota, llegaron a las tierras deshabitadas, olvidadas, injustas, olvidadas por la mo- 
narquia espahola y ahora por la republica mexicana, aisladas, injustas tierras, donde el goberna- 
dor mexicano tenia dos millones de ovejas atendidas por dos mil setecientos trabajadores y el oro 
puro de las minas del Real de Dolores jamas regresaba a las manos de quienes primero lo toca- 
ron, donde la guerra entre realistas e insurgentes debilito la presencia hispanica, y luego la cons- 
tante guerra de mexicanos contra mexicanos, el paso angustioso de una monarquia absolutista a 
una republica federal democratica: que vengan los gringos, ellos tambien son independientes y 
democraticos, que entren aunque sea ilegalmente, cruzando el no Sabinas, mojandose las espal- 
das, mandando al carajo la frontera, dice otro joven energico, delgado, pequeho, disciplinado, in- 
trospective honrado, tranquilo, juicioso y que sabe tocar la flauta; todo lo contrario de un hidalgo 
espahol, se llama Austin, el trae a los primeros colonos al no Grande, al Colorado y al Brazos, son 
los viejos trescientos, los fundadores de la texania gringa, les siguen quinientos mas, desatan la 
fiebre de Texas, todos quieren tierras, propiedad, garantias, y quieren libertad, protestantismo, 
proceso legal, jurados populares pero Mexico les ofrece tirania, catolicismo, arbitrariedad judicial, 
quieren esclavos, derecho de la propiedad privada, pero Mexico ha abolido la esclavitud, atentan- 
do contra la propiedad privada, ellos quieren que el individuo haga su regalada gana Mexico, aun- 
que ya no lo tenga, cree en el Estado espahol autoritario que actua para el bien de todos sin con- 
sular a nadie. Ahora hay treinta mil colonos de origen norteamericano en el no grande, no bravo, 
y solo unos cuatro mil mexicanos, el conflicto es inevitable: "Mexico debe ocupar a Texas ahora 
mismo, o la perdera para siempre ", dice Mier y Teran, Mexico busca desesperado inmigrantes 
europeos, pero nada puede detener la fiebre de Texas, mil familias por mes descienden desde el 
Mississippi, ipor que nos han de gobernar estos mexicanos cobardes, indolentes, sucios? jeste 
no puede ser el designio de Dios! la victoria pirrica de El Alamo, la matanza de Goliad: Santa An- 
na no es Galvez, prefiere una mala guerra a una mala paz, aqui estan los dos frente afrente en 

no 



Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

San Jacinto: Houston alto de casi dos metros, cubierto por sombrero de piel, chaleco de leopardo, 
tallando pacientemente cualquier pedazo de madera que se encuentre, Santa Anna con charrete- 
ra y tricornio, durmiendo la siesta en San Jacinto mientras Mexico pierde a Texas: Houston lo que 
esta tallando es la futura pata de palo del pintoresco, frfvolo, incompetente dictador mexicano. 
"Pobre Mexico, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos" va a decir un dia, celebre- 
mente, otro dictador, y en voz mas baja otro presidente: 'Entre los Estados unidos y Mexico, el 
desierto" 

JOSE FRANCISCO Sentado en su Harley — Davidson del lado yanqui del no, Jose Francisco 
vio con fascinacion la insolita huelga de brazos, no de brazos caidos, sino de brazos levantados, 
del lado mexicano, ofreciendo el musculo de la pobreza, el nervio del insomnio, la sabiduria de la 
biblioteca oral de un pueblo que era suyo, dijo con orgullo Jose Francisco trepado en su moto, la 
punta de la bota detenida sobre el acelerador, inseguro si esta vez, por el mitote del otro lado, las 
patrullas de ambos no lo iban a detener por estrafalario, con sus grenas hasta los hombros, su 
sombrero vaquero, sus escapularios de plata y su saco de sarape, rayado como un arco iris. Su 
unica credencial creible era la cara de luna, abierta, lampina, como un astro sonriente. Aunque 
sus dientes perfectos, fuertes, blanquisimos, tambien eran inquietantes para todos los que no se 
parecian a el. ^Quien no habia ido nunca al dentista? Jose Francisco. 

— Tienes que ir al dentista — le decian en la escuela texana. 

Iba. Regresaba. Sin una sola carie. 

— Este nino es un fenomeno. <i,Por que no necesita trabajo dental? 

Antes Jose Francisco no sabia que contestar. Ahora si. 

— Son muchas generaciones comiendo chile, frijol y tortilla. Puro calcio, pura vitamina C. Nunca 
un salvavidas de cereza. 

Los dientes. El pelo. La moto. Algo sospechoso tenian que encontrarle cada vez, para no admi- 
tir que no era raro, sino distinto, que es diferente. Traia adentro algo diferente pero no podia es- 
tarse sosiego. Traia algo que no podia darse solo en uno u otro lado de la frontera, sino en ambos 
lados. Esas eran cosas dificiles de entender en los dos lados. 

— Lo que es de aca y tambien de alia. Pero, ^donde es aca y donde alia, no es el lado mexica- 
no su propio aca y alia, no lo es el lado gringo, no tiene toda tierra su doble invisible, su sombra 
ajena que camina a nuestro lado como cada uno de nosotros camina acompanado del segundo yo 
que ignora? 

Por eso escribia Jose Francisco, para darle una oportunidad a ese segundo Jose Francisco 
que tenia, por lo visto, su propia frontera interior. Quisiera ser simpatico con si mismo, pero no se 
dejaba. Estaba dividido en cuatro. 

Quisieron que tuviera miedo de hablar espanol. Te vamos a castigar si hablas el lingo. 

Es cuando el empezo a cantar canciones en espanol en el recreo, a voz en cuello, hasta vol- 
verlos locos a todos los gringos, profesores y alumnos. 

Es cuando nadie le dirigia la palabra y el no se sintio discriminado. 

— Me tienen miedo — se dijo, les dijo — . Tienen miedo de dirigirme la palabra. 

Es cuando su unico amigo rapidito dejo de serlo cuando le dijo a Jose Francisco: — No digas 
que eres mexicano; no puedes venir a mi casa. 

Es cuando Jose Francisco obtuvo su primer triunfo, armando un escandalo en la escuela para 

in 



Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

lograr — y lo logro, escribiendo panfletos en mimeografo, hostigando a las autoridades, dando una 
soberana lata — que todos en el aula, negros, mexicanos, blancos, se sentaran por orden alfabeti- 
co, no porgrupos raciales. 

cQue le daba tanta seguridad, tanto animo? 

— Seran los genes, los pinches genes. 

Era su padre. Llego de Zacatecas y las minas exhaustas de Onate con mujer e hijo pero sin un 
tlaco. Le prestaron otros mexicanos una vaca para darle leche al nino. El padre se arriesgo. Cam- 
bio la vaca por cuatro cerdos, mato a los cerdos y compro veinte polios y ya con los pollitos bien 
cuidados establecio su negocio de huevos y prospero con el. Sus amigos que le prestaron la vaca 
no se la pidieron de vuelta, pero el les dio credito abierto para llevarse cuantos "blanquillos" qui- 
sieran, como los llamaban pudicamente por alia. 

Alia, aca. Que se cambiara el nombre de Jose Francisco a Joe Frank le dijeron en el high 
school, al graduarse. Era inteligente. Le iria mejor. 

— Te ira mejor, boy. 

— Me quedare mudo, bato. 

A quien sino a si mismo, recogiendo los huevos en la granjita de su padre el prospero y abusa- 
do inmigrante, iba a contarle que el queria hacerse oir, queria escribir cosas, queria darle voz a 
todas las historias que oia desde niho, historias de inmigrantes, de ilegales, de pobreza mexicana, 
de prosperidad yanqui, pero historias sobre todo de familias, esta era la riqueza del mundo fronte- 
rizo, la cantidad de historias insepultas, que se negaban a morir, que andaban sueltas como fan- 
tasmas desde California hasta Texas, esperando quien las contara, quien las escribiera. Jose 
Francisco se convirtio en coleccionador de historias. 

Canto sobre los abuelos sin fecha de nacimiento ni apellido, escribio sobre los hombres que 
desconocian las cuatro estaciones del aho, describio las comidas largas, lujosas, para que todas 
las familias se junten y cuando empezo a escribir, a los diecinueve ahos, le preguntaron y se pre- 
gunto, <i,en que idioma, en ingles o en espahol, y primero dijo en algo nuevo, el idioma chicano, y 
fue cuando se dio cuenta de lo que era, ni mexicano ni norteamericano, era chicano, el idioma se 
lo revelo, empezo a escribir en espahol las partes que le salian de su alma mexicana, en ingles 
las que se le imponian con un ritmo yanqui, primero mezclo, luego fue separando, algunas histo- 
rias en ingles, otras en espahol, dependiendo de la historia, de los personajes, pero siempre unido 
todo, historia, personajes, por el impulso de Jose Francisco, su conviccion: 

— Yo no soy mexicano. Yo no soy gringo. Yo soy chicano. No soy gringo en USA y mexicano 
en Mexico. Soy chicano en todas partes. No tengo que asimilarme a nada. Tengo mi propia histo- 
ria. 

La escribia pero no le bastaba. Su moto iba y venia por el puente sobre el Rio Grande, Rio 
Bravo, cargada de manuscritos, Jose Francisco llevaba manuscritos chicanos a Mexico y manus- 
critos mexicanos a Texas, la moto servia para llevar rapidamente palabras escritas de un lado al 
otro lado, ese era el contrabando de Jose Francisco, literatura de los dos lados, para que todos se 
conocieran mejor, decia, para que todos se quisieran un poquito mas, para que hubiera "un noso- 
tros" de los dos lados de la frontera... 

— cQue traes en tus morrales? 

— Escritos. 

— iPoliticos? 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

— Todo escrito es politico. 

— Subversive entonces. 

— Todo escrito es subversive 

— cQue dices? 

— Que la incomunicacion es cabrona. Que el que no se puede comunicar se siente inferior. 
Que el que se calla se jode. 

Los agentes mexicanos se juntaron con los norteamericanos para ver de que se trataba, que 
mitote estaba armando el grenudo de la moto que pasaba por el puente cantando Cielito lindo y 
Valentin de la Sierra con las mochilas llenas de billetes falsos, droga, esperaban ellos, y no, eran 
papeles, ^politicos, dijo?, ^subversivos, admitio?, a verlos, a verlos, empezaron a volar los ma- 
nuscritos, zarandeados por la brisa nocturna, eran como palomas de papel dotadas de un vuelo 
propio, no caian al no, noto Jose Francisco, se iban volando nomas del puente al cielo gringo, del 
puente al cielo mexicano, el poema de Rios, el cuento de Cisneros, el ensayo de Nericio, las pa- 
ginas de Siller, el manuscrito de Cortazar, las notas de Garay, el diario de Aguilar Melantzon, los 
desiertos de Gardea, las mariposas de Alurista, los zorzales de Denise Chavez, los gorriones de 
Carlos Nicolas Flores, las abejas de Rogelio Gomez, los milenios de Cornejo, y el propio Jose 
Francisco ayudando alegremente a los guardias, arrojando manuscritos al aire, al no, a la luna, a 
las fronteras, convencido de que las palabras volarian hasta encontrar su destino, sus lectores, 
sus auditores, sus lenguas, sus ojos... 

Vio los brazos abiertos en cruz de los manifestantes del lado de Ciudad Juarez, como se 
levantaron a pescar al vuelo las cuartillas, y Jose Francisco lanzo un grito de victoria que rompio 
para siempre el cristal de la frontera.. .la frontera no es el no grande, no bravo, es el no Nueces 
pero los gringos le dicen nueces a una frontera que les impide cumplir su destino manifiesto: llegar 
al Pacifico, crear una nacion continental, ocupar California: los vagones repletos, los coches, la 
gente de a cabal lo, las ciudades aglomeradas de pioneros, buscando certificados para las tierras 
nuevas, treinta mil gringos en Texas el dia del Alamo, ciento cincuenta mil diez anos mas tarde, el 
dia de la Guerra, Destino Manifiesto, dictado por el Dios protestante a su nueva Raza Elegida 
para someter a una raza inferior, una republica anarquica, una caricatura de nacion que le debe 
dinero a todo el mundo, con un ejercito de caricatura, con solo la mitad de los cuarenta mil 
hombres que dice tener, y esos veinte mil, casi todos, indios bajados de la sierra a tamborazos, 
soldados de la leva, armados con mosquetas inglesas inservibles; vestidos con uniformes 
harapientos: "Hay una guarnicion mexicana que no ha podido mostrarse en Matamoros porque 
todos los soldados carecen de ropa": ^era mejor el ejercito norteamericano; no, dicen los 
enemigos de la guerra de Polk, solo tienen ocho mil hombres, carne de guarnicion que nunca ha 
visto un combate, reos sin lealtad, desertores, mercenaries. ..que nos echen a los gringos, gritan 
del lado del no bravo en Chihuahua y Coahuila, los venceremos con nuestros aliados naturales, la 
fiebre y el desierto, con los esclavos liberados que se unan a nosotros, no crucen el no grande, 
dicen los enemigos de la guerra de Polk, esta es una guerra esclavista, para aumentar los 
territories surehos: no grande, no bravo, Texas lo reclama como su frontera, Mexico lo niega, Polk 
ordena a Taylor moverse a ocupar la ribera del no, los mexicanos se defienden, hay muertos, la 
guerra ha comenzado, "^Donde?", reclama Abraham Lincoln desde el Congreso, "Que me digan 
exactamente donde disparo Mexico el primer tiro y ocupo la primera tierra", el general Taylor se 
rie: el mismo es la caricatura de su ejercito, usa pantalones blancos largos y sucios, una casaca 
agujerada y una faja de lino bianco, es pequeho, grueso, redondo como una bala de canon y se 
rie viendo que las bolas de los cahones mexicanos llegan rebotando al campo norteamericano del 
Arroyo Seco, solo un cahonazo mexicano en mil da en el bianco: la carcajada es siniestra, divide 
al no mismo, de alii en adelante todo es un paseo, a Nuevo Mexico y a California, a Saltillo y a 
Monterrey, de Veracruz a la ciudad de Mexico: el ejercito de Taylor pierde los pantalones rotos de 
su comandante y gana la casaca abotonada de Scott, el general de West Point lo unico que no 
cambia es Santa Anna, el quinceuhas, el gallero, el tenorio, el que sabe perder un pais a 
carcajadas si su recompensa es una mujer bella y un rival politico destruido, ^los Estados 
Unidos? De eso pensare mahana. Masca chicle^entierra con honores su pata, ordena estatuas 



Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

ca chicle, entierra con honores su pata, ordena estatuas ecuestres en Italia, se proclama Alteza 
Serenisima, Mexico lo aguanta, Mexico lo aguanta todo, ^quien le ha dicho a los mexicanos que 
tienen derecho a ser bien gobernados? pais botin, pais saqueado, pais burlado, doloroso, maldito, 
precioso pais de gente maravillosa que no ha encontrado su palabra, su rostro, su propio destino, 
no manifiesto, sino incierto, humano, a esculpir lentamente, no a revelar providencialmente: desti- 
no del no subterraneo, no grande, no bravo, donde los indios escuchan la musica de Dios. 

GONZALO ROMERO A su primo Serafin cuando llego oliendo todavia a basurero le dijo que 
aqui en el norte habia chamba para todos, de manera que Serafin y Gonzalo no se iban a pelear 
por los territories, mas siendo primos, y mas trabajando para ayudar a los paisas, pero si le adver- 
tia que ser asaltante del otro lado de la frontera era una cosa y una cosa peligrosa, eso no lo in- 
tentaba nadie desde Pancho Villa y en cambio ser pasador como Gonzalo, lo que llamaban coyote 
en California, pues era un trabajo hasta honorable, por decirlo asi una de las profesiones liberales 
como decian los gringos: reunido con sus colegas, unos catorce chavos como el de veintitantos 
ahos, sentados en las trompas de los carros estacionados, esperando a los clientes de esta no- 
che, no los ilusionados que estan en la manifestacion frente al puente, sino los clientes seguros 
que van a aprovecharse de la noche confusa de la frontera para hacer el paso a estas horas y no 
de dia como recomiendan los coyotes; se conocen de memoria el Rio Grande, el Rio Bravo, El 
Paso, Juarez: no se van a lo mas facil de vadear, la cintura estrecha del no, porque alii se juntan 
los rateros, los yonquis, los pequehos traficantes de droga, Gonzalo Romero tiene organizada 
hasta una flotilla de balsas de hule para cruzar a los que no saben nadar, a las mujeres prehadas, 
a los nihos, cuando el no de veras se vuelve grande, de veras se vuelve bravo, ahora esta mansi- 
to y el paso va a ser facil, ademas todos estan distraidos con la famosa manifestacion, no se da- 
ran cuenta, vamos a pasar de noche, somos profesionales, solo cobramos cuando el trabajador 
Mega a su destino y entonces — le dijo Gonzalo a su primo Serafin — todavia hay que repartirse la 
ganancia con choferes y administradores de lugares seguros, y a veces hay gastos de telefono y 
de avion, vieras todos los que apuntan a Chicago, a Oregon, porque alii hay menos vigilancia, 
menos persecucion, no hay leyes como la 187, un pueblo entero de Mchoacan o Oaxaca junta 
todos sus ahorros para que uno de ellos pueda pagar mil dolares y llegar en avion a Chicago: — 
^Que sacas de esto, Gonzalo? 

— Pues unos treinta dolares por persona. 

— Mejor unete a mi banda — rio Serafin — . Te lo juro por tu madre que alii esta el future 

La confusion de la noche apremiada y fria le permitio a Gonzalo Romero pasar a cincuenta y 
cuatro trabajadores. Solo que esta fue la noche de malas y mas tarde, en su casa de Juarez con 
los hijos y la mujer de Gonzalo, llorando todos, el primo Serafin comento que cuando todo parece 
tan facil hay que estar precavido, seguro que algo va a chingarse, es la ley de la vida y el que crea 
que todo le va a salir bien todo el tiempo pues no pasa de ser un gran tarugo, dicho sea sin ofen- 
der al malogrado primo Gonzalo. 

Fue como si esta noche los empleadores texanos se hubieran puesto de acuerdo para joder a 
la gente que pasa, atizados por la manifestacion de brazos levantados, y de los cincuenta y cuatro 
reunidos por Gonzalo Romero junto a una gasolinera en las afueras de El Paso, los contratadores 
desde su troca dijeron primero que eran demasiados, ellos no podian contratar a cincuenta y cua- 
tro mojados, aunque los que quisieran trabajar a un dolar la hora, pues serian aceptados y aunque 
les hubieran dicho que les darian dos dolares la hora, todos levantaron la mano, y entonces los 
contratadores dijeron, no, son muchos todavia, a ver cuantos se vienen con nosotros por 50 cen- 
tavos la hora. Como la mitad dijo que estaba bueno, la otra mitad se quedo azorada, empezo a 
encabronarse, pero el empleador les dijo que se regresaran pronto a Mexico porque el iba a darle 
aviso a la patrulla fronteriza. Los marginados empezaron a insultar a los contratados y estos a tra- 
tar a los que se quedaron de pinches mendigos y que se dieran prisa en largarse porque habia 
mucho animo contra ellos en estas partes. 

Romero los empezo a juntar, ni modo, no les cobraria, el solo cobraba cuando entregaba al 
trabajador al patron, por eso era respetado en la frontera, tenia palabra, era un profesional, oigan, 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

les dijo, hasta estoy entrenando a mis hijos para que de grandes sean pasadores como yo, coyo- 
tes como les dicen en California, asi de honorable me parece mi pinche profesion... 

Fue entonces cuando la noche del desierto se lleno de un eco de tormenta que Gonzalo Rome- 
ro trato de ubicar en el cielo; pero el cielo estaba limpio, estrellado, dibujando las siluetas negras 
de los alamos, perfumado por el incienso de los pinones. ^Venia el temblor de las profundidades 
de la tierra? Gonzalo Romero penso por solo un momentito que la costra de mezquite y creosote 
era la coraza de esta llanura del Rio Grande y ningun terremoto podia vencerla; no, el estruendo, 
el temblor, el eco, venian de otra coraza, la de asfalto y alquitran, la linea recta de las carreteras 
de la llanura, las ruedas de las motos calcinando el desierto, los motores en llamas, como si sus 
luces fueran fuego y sus jinetes guerreros de una horda inmencionable: vieron los brazos tatuados 
con insignias nazis, las cabezas rapadas, las sudaderas con las palabras de la supremacia blan- 
ca, las manos levantadas en el saludo fascista, los punos agarrando larros de cerveza, veinte, 
treinta de ellos, sudando cerveza y pickle y cebolla, que de repente rodearon a Gonzalo Romero y 
el grupo de trabajadores, crearon un circulo de motos, empezaron a gritar supremacia blanca, 
muerte a los mexicanos, vamos a invadir Mexico, mas vale empezar ahora, salimos a matar mexi- 
canos y a quemarropa dispararon, cada uno sus rifles de alto poder, contra Gonzalo Romero, co- 
ntra los veintitres trabajadores y luego, cuando todos estaban muertos, uno de los skinheads bajo 
de la moto y reviso con la punta de la bota la cabeza sangrante de cada uno, habian apuntado 
bien, a las cabezas, y uno de ellos se puso la gorra sobre la cabeza rapada y le dijo a nadie, a sus 
compaheros, a los muertos, al desierto, a la noche: — jHoy traia yo muy abierta la valvula de la 
muerte! 

Mostro los dientes. En la parte interna del labio inferior tenia tatuado WE ARE EVERYWHERE. 

Disfrazado de abogado trances, Benito Juarez llego a refugiarse en El Paso del Norte porque 
los franceses no le dejaron mas que ese recodo del no bravo, no grande, para defender su repu- 
blica mexicana: llego con su carroza negra y sus carretas llenas de papeles, cartas, leyes, llego 
con su capa negra, su traje negro, su chistera negra, el mismo oscuro como el lenguaje mas anti- 
guo, como la olvidada lengua indigena de Oaxaca, el mismo oscuro como el tiempo mas antiguo, 
cuando no habia ayer ni mahana, pero no lo sabia: era un abogado mexicano liberal admirador de 
Europa traicionado por Europa que ahora estaba refugiado en el recodo del no bravo, no grande, 
sin mas reliquias para su exodo que los papeles, las leyes por el firmadas, iguales a las leyes de 
Europa, mira Juarez al otro lado del no, a Texas y a su prosperidad creciente, alii donde Espaha 
habia dejado solo las huellas en la arena de los pies de Cabeza de Vaca y Mexico literalmente 
solo una cabeza de vaca enterrada en la arena, la Texas gringa fundo urbes comerciales, atrajo 
inmigrantes de todo el mundo, cuadriculo su territorio de vias ferreas, multiplied el pan y el ganado 
y recibio el regalo del diablo, los veneres de petroleo, sin necesidad de persignarse; "Texas es tan 
rica que el que quiera vivir pobremente debe irse a otra parte, Texas es tan saludable que el que 
quiera morirse debe irse a otro lado"; mirenme, les dice Juarez desde el otro lado del no, yo no 
tengo nada y hasta olvide lo que tuvieron mis abuelos, pero quiero ser como ustedes, prospero, 
rico, democratico, mirenme, comprendanme, mi carga es otra, quiero que nos gobiernen leyes, no 
tiranos, pero tengo que crear un estado que haga respetar las leyes sin caer en despotismos; y 
Texas no mire a Juarez solo miro a Texas y Texas solo vio a dos presidentes cruzar el puente pa- 
ra visitarse y felicitarse, Howard Taft gordo como un elefante que de verb pasar el puente todos 
temieron que no lo resistiera, inmenso, sonriente, con ojos picaros y bigotes de domador de circo, 
Porfirio Diaz ligero y flaco debajo del peso de sus medallas incontables, indio oaxaqueho enteco a 
los ochenta ahos, con bigotes blancos, ceho fruncido, aletas anchas y ojos tristes de guerrillero 
envejecido, los dos felicitandose de que Mexico comprara mercancias y Texas las vendiera, de 
que Mexico vendiera tierras y Texas las comprara, Jennings y Blocker mas de un millon de acres 
de Coahuila, la Texas Company casi cinco millones de acres en Tamaulipas, William Randolph 
Hearst casi ocho millones de acres en Chihuahua, ellos no vieron a los mexicanos que querian ver 
a Mexico entero, herido, oscuro, manchado de plata y engalanado de lodo, su vientre empedrado 
como el de un animal prehistorico, sus campanas quebradizas como una copa de vidrio, sus mon- 
tahas encadenadas las unas a las otras como en una vasta prision orografica, su memoria temblo- 
rosa: Mexico su sonrisa frente al peloton de fusilamientos. Mexico su genealogia de humo: Mexico 
sus raices tan viejas que decidieron mostrarse sin pudor, sus frutos estallando como estrellas, sus 

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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal 

cantos quebrandose como pihatas, hasta aca llegaron los hombres y mujeres de la revolucion, 
desde aqui salieron, en la margen del no grande, no bravo se detuvieron, mostrandole a los grin- 
gos las heridas que quenamos cerrar, los suenos que necesitabamos sonar, las mentiras que de- 
biamos expulsar, las pesadillas que debiamos asumir, nos mostramos y nos vieron, fuimos una 
vez mas los extranos, los inferiores, los incomprensibles, los enamorados de la muerte, la siesta y 
el andrajo, amenazaron, despreciaron, no comprendieron que al sur del no grande, no bravo, por 
un momento, en la revolucion, brillo la verdad que quenamos ser y compartir con ellos, distintos 
de ellos, antes de que regresaran las plagas de Mexico, la corrupcion y el abuso, la miseria de 
muchos, la opulencia de pocos, el desden como regla, la compasion excepcional, igual que ellos; 
^habra tiempo, habra tiempo, habra tiempo? ^habra tiempo para vernos y aceptarnos como real- 
mente somos, gringos y mexicanos, destinados a vivir juntos sobre la frontera del no hasta que el 
mundo se canse, y cierre los ojos, y se pegue un tiro confundiendo la muerte y el sueno? 

LEONARDO BARROSO «<,De que hablaba Leonardo Barroso un minuto antes? Casi le escu- 
pia al celular, reclamando los gastos que le estaban ocasionando las bandas de asaltantes de tre- 
nes, los emulos de Pancho Villa, jen pleno fin de milenio!, amontonando debris afuera de las ter- 
minales, robando los envios de las maquilas al norte, contrabandeando trabajadores: ^sabia Mur- 
chinson lo que costaba detener un tren, investigar si habia ilegales a bordo, mandar al carajo los 
horarios, reponer las mercancias robadas, hacer que llegaran a tiempo los pedidos exportados por 
la maquila a sus destinarios, cumplir con los compromises, en una palabra? ^En que pensaba 
Leonardo Barroso un minuto antes? La amenaza se habia repetido esa manana. Por celular. Los 
territories habia que respetarlos. Las responsabilidades tambien. En cuestiones de narcotrafico 
solo hay latinoamericanos culpables, sehor Barroso, mexicanos, colombianos, nunca norteameri- 
canos; ese es el eje del sistema, en los EEUU no puede haber un solo narcobaron como Escobar 
o Caro Quintero, los culpables son los que ofrecen, no los que piden, en los EEUU no hay jueces 
corruptos, ese es monopolio de ustedes, aqui no hay pistas de aterrizaje clandestinas, aqui no se 
lava dinero, sehor Barroso, y si usted cree que nos puede chantajear revelando el pastel para sal- 
var su propio pellejo y de paso quedar como un heroe de la patria, le va a costar caro, porque aqui 
se juegan millones de millones, usted lo sabe y toda su estrategia consiste en hvadir territories 
que no son suyos, sehor Barroso, en vez de contentarse con las migajas usted quiere apropiarse 
del banquete, sehor Barroso... y eso no puede ser... 

cQue sentia Leonardo Barroso un minuto antes? La mano de Michelina en la suya, el buscan- 
do afanosamente el antiguo calor de la muchacha, sin encontrarlo, como si un ave largamente 
acariciada y consolada hubiese terminado por asfixiarse, muerta de tanta caricia, hastiada de tan- 
taatencion... 

^Donde estaba Leonardo Barroso un minuto antes? 

En su Cadillac Coupe de Ville, conducido por un chofer proporcionado por su socio Murchin- 
son, el y Michelina sentados atras, el chofer conduciendo lentamente para alejarse de las casetas 
y los zigzags inventados por la Migra americana para que los inmigrantes no pasaran corriendo a 
riesgo de ser atropellados, Michelina diciendo quien sabe que banalidades sobre el chofer mexi- 
cano Leandro Reyes que se estrello en el tunel ese de Espaha, estrellado contra un muchachito 
atolondrado de diecinueve ahos que venia en sentido contrario... 

^Donde estaba Leonardo Barroso un minuto mas tarde? 

Acribillado, atravesado por cinco tiros de alta percusion, el chofer muerto en el volante, Micheli- 
na milagrosamente viva, gritando histericamente, llevandose las uhas a la garganta, como si qui- 
siera ahogar sus gritos, recordando sus lagrimas enseguida, quitandoselas con el codo, man- 
chando de rimmel la manga del modelo de Moschino. 

^Donde estaba Juan Zamora dos minutos mas tarde? 

Al lado del cuerpo de Leonardo Barroso, atendiendo al urgente llamado — j Medico, medico! — 
que escucho al cruzar el puente internacional, buscando los signos vitales en el pulso, el corazon, 

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la boca, nada, no habia nadaque hacer. Era el primer caso atendido por Juan Zamora en territorio 
americano. No reconocio, en ese hombre con los sesos volados, al benefactor de su familia, el 
protector de su padre, el hombre fuerte que lo mando a estudiar a Cornell... 

iQue hacia Rolando Rozas tres minutos despues? 

Hablaba por su celular para transmitir la noticia escueta, trabajo cumplido, ninguna complica- 
cion, cero errores, antes de pasarse la mano sudorosa por el traje color de avion, como le decia 
Marina, arreglarse la corbata y empezar a pasear, como lo hacia todas las noches, por sus resto- 
ranes favoritos, los bares y calles de El Paso, a ver que nueva muchacha caia. 

Ahora cruza el puente sobre el no grande, no bravo, Malintzin de las Maquilas, y Neva del bra- 
zo, protegiendola, a una anciana muy pequena, envuelta en rebozos, una anciana ilegible bajo el 
palimpsesto de las arrugas infinitas que cruzan su cara como el mapa de un pais para siempre 
perdido, se la encargo la Dinorah, Neva a mi abuelita del otro lado del puente, Marina, entregasela 
en el otro lado a mi tio Ricardo, el no quiere entrar otra vez a Mexico, ya no sabe hablar espanol, 
le da pena, le da miedo tambien, que luego no lo dejen entrar de regreso, Neva a mi abuelita al 
otro lado del no grande, no bravo, para que mi tio se la Neve de vuelta a Chicago, ella solo vino a 
consolarme por la muerte del nino, ella sola no se sabe valer, y no solo porque tiene casi cien 
ahos, sino porque Neva tanto tiempo viviendo como mexicana en Chicago que desde hace tiempo 
se le olvido el espanol pero nunca aprendio el ingles, de modo que no puede comunicarse con 
nadie (salvo con el tiempo, salvo con la noche, salvo con el olvido, salvo con los perros ixcuintles 
y las guacamayas, salvo con las papayas que toca en el mercado y los coyotes que la visitan cada 
amanecer, salvo con los suehos que no puede platicarle a nadie, salvo con la inmensa reserva de 
lo no dicho hoy para que pueda decirse mahana) pero del lado contrario, tratando de pasar el 
puente en medio de enorme confusion, dos hombres desnudos se acercan a las casetas de la in- 
migracion, un hombre de cincuenta ahos, pelo plateado, porte atletico aunque bien alimentado, 
arrastrando del brazo a un bato enteco, jodido a mas no poder, puro pellejo y hueso, prieto el, pe- 
ro juntos los dos, alegando, parecen locos, alegando no nos dejaron salir por San Diego y entrar 
por Tijuana, ni salir por Calexico y entrar por Mexicali, ni salir por Nogales Arizona y entrar por 
Nogales Sonora, ^hasta donde nos van a mandar? ^hasta el mar? ^vamos a entrar nadando a 
Mexico? ipor que no entienden que queremos regresar a Mexico sin nada puesto, despojados, 
limpios? jdennos posada, en nombre del cielo! ^no se dan cuenta que detras de nosotros nos vie- 
ne persiguiendo la basura armada, la muerte con desodorante y hacia nosotros avanza una vez 
mas la fuga, ley fuga, tierra muerta, tierra injusta? queremos entrar a contar la historia de la fronte- 
ra de cristal antes de que sea demasiado tarde, hablen todos, habla, Juan Zamora hincado aten- 
diendo un cadaver, habla, Margarita Barroso ensehando tu identidad incierta para poder cruzar la 
frontera habla, Michelina Laborde, deja de gritar, piensa en tu marido el muchacho abandonado, el 
heredero de don Leonardo Barroso, imaginate, Gonzalo Romero que no te mataron los cabezas 
rapadas sino los coyotes que ahora rodean tu cadaver y el de veintitres trabajadores en un circulo 
de hambre y asombro inseparables, encabronate, Serafin Romero y dite a ti mismo que tu vas a 
asaltar cuanto pinche tren se cruce en tu camino para que vuelva la guerra de siempre a la fronte- 
ra, para que no solo nos agredan ellos, ajustate los visores nocturnos, Dan Polonsky esperando 
que los huelguistas se atrevan a dar un paso adelante, hazte pendejo, Mario Islas para que tu ahi- 
jado Eloino pueda correr tierra adentro, mojado, joven, sin aliento, decidido a no regresar nunca, 
levanta los brazos, Benito Ayala, ofrecele tus brazos al no, a la tierra, a todo lo que necesite tu 
fuerza para vivir, sobrevivir, avienta los papeles al aire, Jose Francisco, poemas, notas, diarios, 
novelas, a ver a donde se Neva las hojas el viento, a ver a donde caen, de que lado, de aca o de 
alia, al norte del no grande, al sur del no bravo, tira los papeles como si fueran plumas, adornos, 
tatuajes para defenderlos de las inclemencias del tiempo, insignias del clan, collares de piedra, 
hueso y concha, diademas de la raza, adornos de cintura y piernas, plumas que hablan, Jbse 
Francisco, al norte del no grande, al sur del no bravo, plumas emblematicas de cada hazaha, ca- 
da batalla, cada nombre, cada memoria, cada derrota, cada triunfo, cada color al norte del no 
grande, al sur del no bravo, que vuelen las palabras pobre Mexico, pobre Estados Unidos, tan le- 
jos de Dios, tan cerca el uno del otro. 

FIN 

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